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Una palabra jamás inventada

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Por intermedio de Diego Vecchio conocí hace algunos años a Benoît Virot, editor del pequeño sello francés Attila, en el que publicó la traducción de El desierto y su semilla, de Barón Biza, entre otros buenos libros. Ya en el bar, no recuerdo cómo –aunque puedo imaginármelo–, nos pusimos a hablar sobre Raymond Roussel, y de allí un paso a Louis Wolfson, autor de una obra maestra llamada Le Schizo et les langues, publicada en Gallimard en 1970 (donde la había enviado en… 1963), y de otro gran texto, titulado Ma mère, musicienne, est morte de maladie maligne à minuit, mardi à mercredi, au milieu du mois de mai mille977 au mouroir Memorial à Manhattan, que precisamente Attila acababa de reeditar. Si el salto, en la conversación, de Roussel a Wolfson se hizo previsible, lo fue precisamente porque Wolfson es el otro gran escritor del siglo XX francés que escribió a partir de la idea de procedimiento. Aunque francés, en su caso, implica un desplazamiento: nacido en Estados Unidos, con un diagnóstico precoz de esquizofrenia, alternando entre la casa de su madre y los institutos psiquiátricos, rechazaba su lengua materna –el inglés–, y su método literario consiste en traducirse del inglés, bajo ciertas reglas, a todo un conjunto de idiomas a la vez (francés, pero también hebreo, ruso, alemán, italiano…) que podrían resumirse en este procedimiento: encontrar en una lengua extranjera una palabra de sentido similar al término inglés, que también tenga un sonido relativamente parecido, y desplazar esos sonidos hasta llegar a una multiplicidad de sentidos. Por ejemplo, la frase Don’t trip over the wire (no tropieces con el hilo, en francés: tu trébuche pas sur le fil) se convierte en Tu’ nicht trebucher uber eth he Zwirin. La frase inicial es inglesa, pero la de llegada es un simulacro que utiliza varias lenguas: alemán, francés y hebreo: “La torre babélica del parloteo balbuciente”. Esta frase no es mía sino de Deleuze, que rápidamente, después de Queneau (que realizó el informe de lectura para Gallimard) descubre a Wolfson, prologa Le Schizo et les langues (incluido más tarde en Crítica y clínica) y se fascina con esa escritura esquizofrénica, que luego va a ser analizada en un sinfín de artículos psi cargados de lugares comunes, y algo abandonada por la crítica literaria bajo el pretexto populista y antiintelectual (valga la redundancia) de que es difícil de traducir y de leer. Fuera de los campos neodeleuzeano, psicoanalítico, o psiquiátrico, pocos se ocuparon en castellano de Wolfson desde otra perspectiva (que ya lleva un juego de palabras en su nombre: Wolf-son, hijo de lobo: el que tiene una madre lobo, el hijo que odia a la madre, odia la lengua materna; etc., etc., etc.), pues debemos reparar entonces en “Louis Wolfson: el desafío de la traducción ante el fracaso del lenguaje”, de Lucía Sesma, incluido en Hijos de Babel. Reflexiones sobre el oficio de traductor en el siglo XXI, compilación publicada en España por la editorial Fórcola, que contiene artículos de Mercedes Cebrián y Xavier Farré, entre otros. El de Sesma es un ensayo preciso, ajustado, claro (pero nunca didáctico), que tiene el mérito de tomar a Deleuze para luego salirse de él, y analizar brillantemente, entre otras fuentes, un artículo de David Bellos (también biógrafo de Perec) en el que pone en cuestión el concepto de “lengua materna”. Pocas descripciones tan precisas como la que realiza Sesma: “El caso de Wolfson es el de un traductor que necesita una palabra jamás inventada”.
Louis Wolfson nació en 1931 en Nueva York, y según parece aún vive, supuestamente en Puerto Rico.



Damián Tabarovsky