COLUMNISTAS EL RELATO DEL DEFAULT

Una película buitre

Entre el Gobierno y Griesa armaron una trama disparatada. El “héroe” Kicillof vs Fábrega. ¿Reestructuración en puerta?

Foto:Pablo Temes

Apenas respondió la taquilla, los productores de Hollywood fueron por una continuidad del film. Como la segunda versión también resultó exitosa, seguramente intentarán una tercera. Lo que se dice una saga. Disparatado, el argumento se basa en la pérdida de la memoria de los cuatro integrantes de una despedida de soltero, amnesia temporal provocada por el alcohol y otras intoxicaciones que, al perder su efecto, descubre el itinerario de una noche delirante, inverosímil.

Es cine, claro. Y eso que pasó ayer, aproximadamente el título de la ficción, bien podría acomodarse a la vorágine argentina vivida por el Gobierno, el juez Griesa, los holdouts, abogados y bancos: alguien registrará cada episodio de esta historia, tendrá un guión formidable. Sólo que no podrá incluirlo en el rubro comedia; con buena voluntad y optimismo apenas si lo ubicará en la categoría grotesco.

Siempre y cuando finalmente la resaca se vaya.
 La amnesia –selectiva, transitoria, provisional, tanto como el default– incluye los capítulos de la Presidenta referidos a “vamos a pagarles al ciento por ciento de los acreedores”, “no negociaremos con los buitres” o “cumpliremos el fallo judicial”, promesas meditadas y finalmente incumplidas. O la usurpación de título de Axel Kicillof, quien se presenta como un experto letrado, docente del Derecho sin haber cursado una materia en la facultad, para “explicarle a la gente” desde su púlpito las contingencias jurídicas del caso. Una concesión del héroe, así denominado por Cristina, quien se atrevió a sentarse en una mesa frente a los buitres cuando un ciudadano común se habría convertido en cipayo si unas horas antes se hubiera saludado en la calle con alguno de esos personajes odiados. Para ofrecer, por otra parte, lo mismo que ofreció en 2005 y en 2010, cuando sus rivales no disponían, como ahora, de un fallo favorable de la Justicia norteamericana. Casi un desvarío. Como las burlas personales, y de la mandataria, a una alternativa financiera gestada dentro del propio Gobierno, con funcionarios de alta jerarquía (Fábrega, Zannini, Capitanich), que protagonizó Jorge Brito pero que implicaba la colaboración de numerosos empresarios, tanto o más vinculados que el banquero con la administración kirchnerista. Quizás alguien desconfió de esta iniciativa por una presunta venia otorgada desde la Embajada de los Estados Unidos. Justo la descalificación individual de Kicillof llegó sobre quien encabezó públicamente el pensamiento de calma deliberada luego divulgado por Cristina. Dijo antes Brito: si hay default, no pasa nada. Menos significativas pero relevantes en esta colección cinematográfica han sido la discusión lingüística sobre lo que significa “default” en las formas, en los hechos y hasta en los diccionarios británicos Appleton, Collins u Oxford y la interpretación del ministro y su mandante sobre las plagas de Egipto: para Ella, fueron diez; para Kicillof, siete (al parecer, la leyenda dice que las plagas eran diez, pero a Egipto lo afectaron sólo siete).

 En suma, y al margen de los temores publicitarios sobre la cláusula RUFO, la imprecisión sobre lo que es default o no, lo cierto es que el Gobierno decidió no aceptar el fallo de Griesa (convalidado por una Cámara y la propia Corte de EE.UU.). Incluso advierte que no lo haría en el futuro, imaginando resolver daños colaterales por las desventuras presuntas con los bonistas que intervinieron en el canje y que podrían disparar pleitos y sumas perentorios debido al dictamen del juez norteamericano que paralizó esos pagos. Una forma de volverse buitres, claro. Hay quienes trabajan para elaborar otra reestructuración de esta deuda trabada para cambiar la jurisdicción de pago, salir de los tribunales de Nueva York a los que Juan Domingo Perón tomó como referencia, doctrina luego mantenida por los Kirchner, sin conocerse una encuesta aceptable de estos acreedores a este emprendimiento. Un proceso largo, engorroso y que manifiesta dificultades por los problemas estatutarios de quienes debían cobrar hace un mes: aunque lo desearan, quizás no lo podrían hacer por su propia constitución. Habrá que esperar y soportar, ya que entender es un dilema: se suponía que el affaire de los buitres era complementario, menos oneroso y complicado que los otros pagos a los que ya se avino el Gobierno, desde el Club de París hasta la indemnización a Repsol, pasando por arreglos pendientes del Ciadi.

 Un film que empieza con cierta violencia, mientras se dirime el cortometraje de Kicillof versus Juan Carlos Fábrega –a quien viene operando desde hace tiempo–, el ensayo de sometimiento a cuatro provincias que se niegan al arbitrio de Miguel Galuccio convalidado por Cristina, el señorío sobre el resto por un goteo trimestral de acuerdos financieros y el destino cada vez más azaroso del vicepresidente Amado Boudou, a punto de padecer otro procesamiento judicial y con el antecedente de que un funcionario en su misma situación judicial, un amigo de Julio De Vido (José Ramón Granero, ex Sedronar, ex Enarsa), renunció al cargo para no complicar a Cristina. Quien devolvió el gesto agradeciendo y pidiéndole al ministro: “Contenelo al dentista”.

Mientras, claro, la oposición guarda reserva, se excusa. Como la tradicional enfermera de la fotografía que reclamaba: “Silencio, hospicio”.



Roberto García