COLUMNISTAS RELIGION Y POLITICA EN ARGENTINA

Una relación con historia

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Religión y política. Política y religión. Términos que se asocian, términos que deben estar separados. Poco se ha investigado en nuestro país y los supuestos sobre lo que debe o debería ser ese vínculo, o en otras palabras miradas teleológicas, opacan o eliminan el análisis científico. Quienes investigamos estos temas en las ciencias sociales tratamos de tener una mirada de largo plazo. La identidad nacional y la identidad religiosa no son cosas separadas sino que históricamente han creado fuertes relatos sociorreligiosos de la república, la nación y la patria (la chica y la grande), donde ambos componentes están presentes. Es una disputa sin fin entre múltiples actores que no niegan esa doble identidad sino que se busca a los “verdaderos y falsos”, a los “legítimos e ilegítimos” representantes e intérpretes de cada uno de los campos. Recordemos que la religión no es asumida ni por el actor político ni por el actor religioso como algo que pertenece al “espacio privado” sino que es constitutiva del espacio público tanto ayer como hoy.

El ejemplo del Código civil vigente desde sus orígenes en la votación parlamentaria en 1871 hasta hoy reconoce a la Iglesia Católica como la única institución con personería jurídica pública igualada al Estado-nación, provincial y municipal, sin que los proyectos para su actual modificación tengan éxito en cambiarlo. Por eso es tan importante distinguir entre los múltiples y diversos especialistas, movimientos, culturas e imaginarios que conforman el campo político y el religioso donde los partidos y la institución eclesial son una ínfima parte del amplio mundo de la política y de la religión.

El Estado no se comprende a sí mismo satisfaciendo las demandas de los ciudadanos sino que busca el complemento de grupos religiosos dentro del amplio y polifacético concepto cristiano de bien común. La autonomía total entre los campos (social, político, religioso, económico, cultural, simbólico y hoy mediático) no es real sino que prevalecen en el largo plazo la cooperación y la complementariedad entre los mismos con el Estado. Más aún, se crean vínculos de sociabilidad en el largo plazo entre esos especialistas. Complementariedad que no es sólo social sino que se comparte un mismo imaginario clasificador, ordenador y regulador de la sociedad. En momentos de pérdida de credibilidad política los partidos políticos creen que la compensan juntándose, nutriéndose y reproduciendo el lenguaje, los ritos y la compañía de grupos religiosos. El caso argentino es el típico ideal: los dirigentes de partidos políticos sueñan con tener un sacerdote, pastor, rabino amigo u obispo amigo y, desde hace un mes, el papa amigo. Hoy, mas allá de su ideología, cada uno de los miembros de la sociedad política (partidos, dirigentes sindicales, medios de comunicación) “se disputa” y se “esfuerza” por mostrar la amistad y la cercanía con “el papa Francisco”.

En una Argentina del siglo XXI, secularizada con fuerte proceso de individuación y cuentapropismo religioso donde el peso institucional del catolicismo es cada vez menor: ¿la definición de lo nacional posee fuerza aún? ¿Seguimos siendo una nación católica? La designación de un papa argentino demuestra la actualidad de estas temáticas para la política y la sociedad argentinas de hoy. Reflexionarlas es ya democratizar.
 

*(Conicet-CEIL/UBA).



Fortunato Mallimaci