COLUMNISTAS

Una revolución en la comunicación

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Francisco ha convulsionado a Italia y al mundo. Su pontificado trae un aire fresco, porque muestra a un obispo de Roma cercano a la gente, simple y austero. Los taxistas y los mozos hablan de él, y lo muestran en contraste con los políticos gastados de una Italia golpeada por la crisis.
“Benedicto hablaba como profesor, en cambio Francisco se dirige a los fieles como pastor”, dice el cardenal Jorge Mejía en su departamento del palacio vaticano de Trastevere. Mejía, la primera persona a la que Francisco visitó cuando fue elegido Papa, porque estaba convaleciente por un preinfarto, destaca que el nuevo Papa retomó la senda de ser referente mundial, además de su rol como pastor de la Iglesia. Un ejemplo fue la jornada de ayuno y oración que convocó por la paz en Siria.

En la audiencia papal del 11 de septiembre, a la que tuve la oportunidad de asistir, pudo verse en toda su dimensión la impronta de Francisco. Primero, la dimensión de la convocatoria: las audiencias de Benedicto XVI eran en el auditorio Paulo VI, un hermoso recinto con capacidad para unas pocas miles de personas. Francisco hace sus audiencias en una plaza de San Pedro colmada de fieles y turistas. Antes de comenzar, estuvo dando vueltas a la plaza con su papamóvil, saludando gente; los guardias de seguridad se acostumbraron a levantar niños y alcanzárselos al Papa para que éste los bese.

En la audiencia habló pausado, pero con las palabras justas bajó línea, lo que ocurre en cada uno de sus discursos. Este Papa, en términos periodísticos, genera noticias, crea títulos. Una visita a Radio Vaticana para conversar con su director, el padre Federico Lombardi, nos permitió comprobarlo. Lombardi dijo que ahora el trabajo es mayor y en un marco de improvisación. Con el Papa anterior ellos programaban todo, sabían que Benedicto XVI no se saldría de libreto. Con Francisco es diferente: cada declaración es un posible título, lo que obliga a estar más atentos. Lombardi pone como ejemplo el viaje en avión desde Río de Janeiro por la reunión de juventud. Francisco pidió un encuentro con los periodistas. Le preguntaron qué temas quería abordar, y respondió “todos”. Fue –según el director de la Radio Vaticana– una conferencia de prensa única para un Papa.

Lo mismo percibimos en el CTV, Centro Televisivo Vaticano, donde monseñor Darío Viganó, un sacerdote carioca que conduce un equipo que realiza transmisiones del Vaticano. “Tenemos mucho más trabajo, y debemos estar más pendientes de sus movimientos”, admite. Tanto en la radio como en CTV se sorprendieron con la carta que Francisco envió al ateo director del periódico La República, otra actitud no habitual de un Papa, o la que envió al gran Imán de la Universidad islámica de al-Azhar. 

Pero además los obliga a mantener atención en la forma de comunicar del Papa, con gestos que pasan mensajes, con palabras simples y hasta con un lenguaje coloquial. Todos recuerdan cuando Bergoglio pasó por la sala de las lágrimas, donde el cardenal elegido Papa se cambia, para entrar en su nueva etapa con la vestimenta que realiza hace varias generaciones la casa Gammarelli, y optó por rechazar todos los implementos que denotaran lujo y solemnidad. Lo mismo con la vuelta en un Renault 4 blanco que le regaló un cura, una imagen que dio vuelta al mundo, o con la cruz austera con la imagen del buen pastor que lleva en su pecho, comprada en 2006 en la santería Ancora, situada frente a San Pedro, y que hoy se cansa de vender pequeñas réplicas a los turistas.

En la era de las imágenes, Francisco proyecta un nuevo rumbo para la Iglesia y el primer papado moderno en términos de comunicación, porque sabe dosificar gestos y palabras para comunicar de manera sencilla a audiencias amplias. Aún dura la sorpresa en las callecitas del estado soberano más pequeño del mundo.
 

*Escritor y periodista. Funcionario del gobierno porteño.



Diego Valenzuela