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Una utopía modesta

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Mis ambiciones para el futuro son modestas: un país normal de personas amables en el que gobiernen las instituciones, el combate a la pobreza sea la prioridad del esfuerzo nacional, la ley el chaleco de fuerzas que maniate las megalomanías personales y una ciudadanía que honre con responsabilidad los que son sus derechos. O sea: una sociedad adulta con valores democráticos respetados por todos.

Los años me enseñaron que en relación con el tiempo por devenir poco podemos predecir. Sin embargo, me animo a contrariar a los que simplifican la sociedad con las cifras de la megaeconomía o los porcentajes de las encuestas: “Es la cultura política, ¡tontos!.. Si no, cómo explicar que a tres décadas de la democratización se vivan como normal, los “ismos”, expresión del sectarismo, incompatible con la pluralidad democrática; se confunda autoridad con poder, prensa con propaganda, rutina electoral con plebiscito; predominen en el debate público las descalificaciones personales y las técnicas del mercadeo se utilicen para hacer de los gestos un simulacro de la gestión; se haya naturalizado la mentira como expresión del debate público y la corrupción como el “modus operandi” de los negocios del Estado; se invoquen los Derechos Humanos, pero se restrinja lo que los define, la universalidad; se viva como normal la cancelación de la mediación política, reemplazada por el atril, las cadenas nacionales, el personalismo y los cortesanos del palacio, más acorde con una monarquía que con una república representativa y federal, el sistema de gobierno que consagra nuestra Constitución. ¿No será que todo esto fue posible porque carecemos de una cultura democrática? ¿Por qué habríamos de tenerla si vivimos medio siglo gobernados por generales? Y los gobiernos de la democracia, urgidos por la economía, institucionalizaron las crisis y postergaron la educación basada en principios. Así el autoritarismo naturalizó esos comportamientos políticos, redujo la democracia a las urnas, tergiversó la historia e hizo del pragmatismo y el poder un fin en sí mismo.

Alejados del miedo y las emergencias económicas, la década del matrimonio Kirchner actuó como un catalizador. Apareció lo que estaba oculto: el resentimiento como enfermedad social, el dogmatismo como falsa ideología, la historia como venganza, nuestra maestría para la destrucción y la gran incapacidad para construir el país que debió erguirse sobre su debacle. Conductas colectivas que demandan explicaciones menos simplistas y nos increpan para su comprensión. Desde que veo desprecio en los ojos de los que creí mis amigos, cuando desde las galerías pobladas de pañuelos blancos escuché el insulto de “fascista” porque me opuse al desmantelamiento del Banco Genético o reclamé debate para el dilema del ADN compulsivo, cuando debí esperar diez años para editar un libro en el que abordé el perdón y todo el tiempo debo aclarar que lo que no se puede perdonar es el crimen, ni es una amnistía jurídica, sino una clemencia con nosotros mismos por no impedir el sacrificio de tantos compatriotas. Pienso que la odiosidad debe responder a razones más profundas que al cambio de un gobierno. En tanto, el fenomenal sinceramiento que provocaron las PASO, es una oportunidad para saber con qué atuendos nos queremos vestir.

No alcanzan los jóvenes dirigentes en la política si no cambiamos las reglas de juego de la política. Si no se erradica la cultura del trueque que cambia votos por favores, el secretismo de los despachos y el deber a obedecer del cuartel en lugar de la libertad de opinión y acción. La sociedad argentina es hoy más compleja de lo que fue en su pasado reciente. Por eso demanda intelectuales que dejen de buscar en la historia la justificación de lo que debemos erradicar, la intolerancia y su prima hermana, la violencia.

En el 2015 habrá sencillamente un cambio de gobierno. Ojalá entendamos que los derechos se ejercen y no dependen de gobernantes providenciales que llegan siempre para refundar la Nación. De esa conciencia cívica, sin tutelas ni un papá que nos diga qué pensar depende nuestro futuro democrático.


*Senadora del Frente Cívico.



Norma Morandini