COLUMNISTAS ALTERNATIVAS

Único camino

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El kirchnerismo terminó, víctima de su propia construcción imperfecta. No se trató de un error, aquí o allá, sino de una falla en la concepción general, que tampoco fue producto de un desvío de un momento, sino de un modo profundo – profundamente elitista– de entender la política. Si política es lo que dice o hace una persona, o dos, y si ese esquema necesita, para mantenerse, de “la bolsa y la espada,” esto es, del dinero y del manejo de la coerción, luego, el plan dispuesto dura lo que dura esa persona en control del poder económico y del poder de fuego. En otros términos, el kirchnerismo –finalmente, Néstor y Cristina– no se ocupó de la formación de cuadros; de la promoción cuidadosa de sus miembros; de la distribución del poder; de la construcción ladrillo a ladrillo y desde abajo: lo que distribuyeron fue dinero y órdenes desde arriba, apoyados en su capacidad y disposición para disparar al contrario.

Muchos dicen que el camino escogido fue el único. Dicen que no había alternativas, que la urgencia imperiosa era la de reconstruir autoridad luego del desierto (la debacle de 2001, la crisis de los presidentes que se suceden unos a otros en cuestión de días, etc.). Creo que esta respuesta se equivoca todo a lo largo: no es cierto que no había alternativas, como no es cierto que lo que requería la salida de la crisis era un unicato de ejercicio autoritario (¿por qué no un gobierno de coalición, un pacto de gobernabilidad, etc.?). Si se optó por el camino de reforzar el hiperpresidencialismo fue por otro tipo de razones, más vinculadas con una tradición verticalista, con una vocación ansiosa por centralizar los negocios en la cabeza del gobierno, finalmente con una idea de democracia en manos de pocos (en donde los pocos contratan y pactan sólo con los elegidos –los que “juegan en primera”–).

La alternativa macrista es otra cosa, porque otros son sus méritos y otros también sus defectos. Lo que se vislumbra es una histórica síntesis, entre el menemismo que no volverá a ser, y lo que el kirchnerismo dijo que era. Un gerenciamiento, para bien o mal, con vocación de servicio; una administración técnica, pero con responsabilidad social. Para los que estuvimos en la vereda de enfrente de menemistas y kirchneristas, la síntesis que se promete entre ambas corrientes no representa el mejor de los mundos posibles. Ello así, aun cuando –entiéndase bien– no me refiero a la desagradable suma de vicios que supieron cultivar ambas fuerzas, sino a una síntesis de las virtudes que, en su mejor versión, ambos grupos respecto de sí han proclamado.

De lo que queda por fuera tampoco hay mucho. El sciolismo puede despedirse de la política grande, si es que alguna vez estuvo en ella; mientras que el massismo no merece mayores augurios, aunque se esfuerce por pronunciarlos. Podrán seguir en carrera, de esta última fuerza, el dirigente aquel, o la dirigente aquella, pero otra cosa es la ilusión de pensar que lo que queda intacta es la fuerza, luego de esta contienda.

La pregunta que más me inquieta es la atinente al lugar de la izquierda en la política por venir. Pienso en una izquierda convencida, principista, democrática, dialógica e igualitaria; pienso en la izquierda que desde hace décadas, y de distintos modos, viene siendo devastada. Me pregunto, y no sé la respuesta, cómo la afectarán estos años en que desde el poder se encubrieron ilícitos y se hicieron innombrables negocios usando el ropaje, las propuestas y el lenguaje de la izquierda. Confío en que se pueda dejar atrás en tiempo breve la patraña, el izquierdismo rimbombante con que el kirchnerismo disfrazó los aspectos más vilmente capitalistas de sus miserias. Es lo que hoy tenemos.

(*) Doctor en Derecho. Miembro de plataforma 2012.



Roberto Gargarella