COLUMNISTAS EDUCACION

Universidad: la innovación que queda

La educación universitaria se ha mostrado lenta para innovar: las metodologías pedagógicas en las universidades se han mantenido inmutables por siglos a pesar de estar inmersas en contextos de notorios cambios culturales, sociales y políticos.

Universidad
Universidad Foto:Cedoc

La educación universitaria se ha mostrado lenta para innovar: las metodologías pedagógicas en las universidades se han mantenido inmutables por siglos a pesar de estar inmersas en contextos de notorios cambios culturales, sociales y políticos. Sin embargo, el desarrollo tecnológico de las últimas décadas está teniendo un impacto en la educación comparable a la introducción de la imprenta. Idolatrada por muchos y temida por otros, la tecnología no enseña a pensar ni es la respuesta a todos los problemas educativos pero sí ha transformado el modo en que los conocimientos se producen, se accede a ellos, se enseñan y se aprenden.

El tradicional rol del docente, dueño del saber y transmisor unidireccional de contenidos a un grupo de alumnos reunidos al tiempo en un mismo lugar, ya no es la norma. El conocimiento y el diálogo fluyen multidireccionalmente. El aula se ha extendido a la casa, al lugar de trabajo, con horarios que caben en la fórmula “24 x 7 x 365”. Los encuentros son virtuales y presenciales, los intercambios constantes por diversos medios, el profesor respondiendo en un chat y videos del mismo profesor que se pueden consultar en cualquier momento en la plataforma virtual. Ejercicios con sus respuestas y comentarios sobre el desempeño de cada alumno son accesibles instantáneamente. Así, los más tradicionales encuentros entre docentes y alumnos pueden centrarse en resolver lo más difícil, en discutir posibilidades, en poner en práctica, en armar proyectos colaborativamente.

La sociedad espera que los docentes sepan no sólo qué quieren sus estudiantes, sino cuánto saben, y también que elijan la mejor metodología para enseñarles. Pedimos que los profesores tengan en cuenta las características físicas, mentales, sociales, emocionales y económicas de sus estudiantes, además de lo académico. O sea, los profesores deben poseer competencias tecnológicas, pedagógicas y disciplinares. Son demandas fuertes. Si la comunidad educativa en su conjunto se diese cuenta de cuánto la tecnología puede ayudarnos a satisfacer estas demandas y a cumplir mejor los objetivos de aprendizaje, quizá la resistencia a ese cambio cultural y a esta nueva modalidad sería menor. Por ejemplo, contar con software de análisis de datos que selecciona ejercicios de complejidad creciente para cada alumno según su ritmo de aprendizaje es una gran ayuda para que el propio estudiante mida su desempeño, para que el profesor adecue –o no– sus modalidades según los resultados de todos sus alumnos y para que la institución gestione sus programas.

Las innovaciones pedagógicas que conlleva la tecnología llegaron para quedarse. Las instituciones y programas que no logren adaptarse tendrán serias dificultades en generar resultados de aprendizaje útiles en los graduados que requiere el siglo XXI. ¿Quién responde por el tiempo, las expectativas e incluso el dinero invertido?

Una opción de estudios cada vez más valorada y ubicua es el e-learning, en sus modalidades completamente online e híbrida (que combina reuniones presenciales con clases virtuales en distintos porcentajes.) Pero atención: no se trata de digitalizar el mismo contenido de siempre y distribuirlo virtualmente. No compremos “un cementerio de PDFs” ni una colección de videos. Demandemos interacción real con profesores competentes y entre estudiantes, trabajo individual y en equipo, retroalimentación constante de nuestros ejercicios y aportes, materiales actualizados, evaluaciones y devoluciones pertinentes, resultados concretos de aprendizaje, acreditación de la carrera. Aprovechemos las grandes oportunidades de flexibilidad y autonomía que brinda el aprendizaje mediatizado por la tecnología. Exijamos calidad.


*Decana de UADE Virtual.