COLUMNISTAS

Vamos mal, pero igual somos felices

PERFIL COMPLETO

Un reciente estudio de TNS Gallup y la Universidad de Palermo arroja interesantes datos acerca de la sensación de felicidad de la población argentina. Con sus más y sus menos se ha mantenido estable —y alta para los parámetros internacionales— desde el retorno de la democracia. Somos felices, decimos. Y con un humor menos vulnerable de lo que parece a las altas tasas de inflación y al temor al desempleo.
Sin embargo, a pesar de lo que cree el Gobierno, y también los críticos y opositores, la percepción general de estas dos situaciones es peor que lo que unos y otros promueven.

El 88% de los argentinos está satisfecho con su situación. El informe es revelador en cuanto a qué hace feliz a las personas.
Gabriel Foglia, decano de Ciencias Económicas de la UP, explica que los elementos que más contribuyen a esa sensación entre los argentinos son una buena vida familiar, la vasta vida social, la salud y recién después influye la vida laboral y la situación económica financiera, donde aparecen preocupaciones.
La percepción de inflación entre la mayoría de los mil consultados por TNS Gallup es del 38%. El promedio de la sensación térmica de desempleo se sitúa en un áspero 26%.

Lo llamativo es dónde se forma tales expectativas la población, cuál es el termómetro que utilizan. Y no son mayoritariamente los datos que “informan los medios de comunicación” (la fuente para 23% de los encuestados) o “los porcentajes que manifiestan los políticos” (4%). En cambio, es por “el incremento de los precios de las compras que debo realizar habitualmente” (47%), o lo que “converso con colegas de trabajo, familiares y/o amigos” (28%) y lo que “pienso en mis ingresos actuales y la relacion con la variación de mi poder adquisitivo” (26%). Es decir, el perogrullo de la sensación de la calle, en cuyo cómputo debería agregarse, por la positiva, el usufructo de los planes de cuotas, el crédito para el consumo y los aumentos salariales.

La sensación de felicidad predominante habla más de quién tiene mayor capacidad para influir políticamente en el proceso electoral y de por qué sigue con altas chances de éxito una continuidad kirchnerista, que supo establecer políticas segmentadas por escalas de ingresos y hasta geográficamente a la población. “Es una exitosa estrategia de marketing”, apunta Foglia, que proviene de esa disciplina económica.
El divorcio de las percepciones, realidades e impactos se siente en otros sectores de la sociedad.
Por ejemplo, existe una cámara empresaria, la Cipibic, que agrupa a los productores de bienes de capital no seriados. Es decir, las instalaciones industriales específicas, proyectos petroleros, parques eólicos, centrales hidroeléctricas. Llaman la atención porque sólo admiten a empresas cuyos propietarios son argentinos. Si se asocian a un extranjero, lo expulsan. No tienen cabida empresas como Techint tampoco pero sí Impsa, de Enrique Pescarmona. Su preocupación central es porque los acuerdos del gobierno con China están condenando a la extinción al cluster de proveedores de grandes proyectos. Desde las dos centrales hidroeléctricas en Santa Cruz  (Kirchner y Cepernic) hasta los trenes y los parques eólicos concedidos. Ellos contemplan cómo se garantiza el suministro de equipos fabricados en el exterior, en detrimento de la capacidad instalada y en retroceso local.

Llamativamente, su capacidad de diálogo con el Gobierno nacional es muy acotada. Se quejan estructuralmente de que en la década kirchnerista, que el sector acogió en en principio con optimismo, se privilegió la matriz energética basada en combustibles sólidos (hidrocarburos) y en energía térmica, en lugar de indagar en las fuentes renovables de energías.
Donde sí pudo haber brillado el sector, en la tardía opción por la hidroelectricidad, la industria nacional no logra acceder a financiamiento para grandes proyectos, por las condiciones financieras de la Argentina. Antes brasileños y ahora los chinos llegan con sus productos junto con las divisas.
Son percepciones diferentes dentro de un mismo sistema productivo. Algunas felices, otras no, con datos que no les vende nadie.



Ariel Cohen