COLUMNISTAS PERDONES

Velo y cuchillo

PERFIL COMPLETO

No me alcanza la imaginación para internarme en el mundo de una mujer musulmana. Una mujer con velo. Una mujer que tiene que esconder la cara obligatoriamente por mandato de un hombre, de una ley diseñada por los varones. Una mujer sometida, que tiene la vida en un hilo porque, aunque no sea culpable, la mera sospecha de que lo es la condena a morir apedreada en la plaza pública, como ni siquiera muere un animal dañino, a pedradas, y atención que las piedras, también por mandato, no deben ser muy grandes para que no se muera enseguida, ni muy chicas para causarle poco daño. ¿Habrá alrededor del escenario del martirio unos puestitos en los que se venden las piedras más adecuadas? Venga, señor, compre, mire qué buenas piedras, mis hijos y yo nos pasamos la noche tallándolas, ninguna de éstas la va a matar demasiado pronto; al contrario, venga, compre, usted apunte bien, trate de darle en el ojo o en la nariz, en la frente no porque en una de ésas la atonta, venga, compre. Puede ser incluso que hayan sido misericordiosos y en vez de matarla a pedradas la maten e latigazos. En una de ésas, hasta sobrevive aunque claro que no puede volver a su casa pero, bueno, la cosa es que sobrevivió y va a pedir limosna en la calle el resto de su vida, que es mejor que estar muerta. ¿Será realmente mejor? No sé, no me alcanza la imaginación. No sólo eso: mi imaginación me traiciona. Me cuenta un cuento y a mí me gustaría muchísimo creérmelo. Y no puedo. Pero me alegra oírlo. Bueno, oírlo no porque la muy turra no me habla, no, hace algo peor, me lo muestra, como si fuera una película. En la cual, le cuento, querida señora, a usted que no usa velo y que si se le da la gana se pelea a los gritos con su marido. No, si ya sé, ya sé que usted y él se llevan maravillosamente, pero usted es mujer y hoy le hablo a usted. En la película la mujer con velo busca a otras mujeres con velo y entre todas preparan un veneno mortal y de a poco van dándoselo a los varones que las oprimen y las castigan y las matan. De a poco, de a gotas, cuidado, que no se mueran enseguida. Pero se mueren, ¡al fin! y ellas son de allí en adelante felices y andan en el sol, sin velo y sin peligro. Eso es todo lo que puedo hacer. Eso y comparar la vida de esas mujeres con el cachito de vida, precaria, cortita, insignificante, siniestra, que les queda a los que van a morir a cuchillo según manda la Sharia. ¿Quiere verlos, querida señora?  Prenda el televisor. Van a degollar a otro. Tal vez ya lo hicieron.



Angélica Gorodischer