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Veo gente pobre

TEVEZ Y SARA SALVAN A BOCA, ¡Y EL NENE DE ‘SEXTO SENTIDO’ ES FAN DEL ASCENSO!

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—Veo gente muerta.

—¿En tus sueños?

(Cole niega con la cabeza)

—¿Mientras estás despierto?

(Cole asiente)

—¿Muertos en sus tumbas?

—Caminando, como gente normal. Ellos no ven a los demás, sólo ven lo que quieren ver.

—¿Y cuándo los ves?

—Todo el tiempo. Están por todas partes.

De “Sexto sentido” (1999), escrita y dirigida por M. Night Shyamalan. Cole Sear (Haley Joel Osment) le cuenta su secreto al doctor Malcom Crowe (Bruce Willis).


Para Hegel fue un sistema dialéctico de pensamiento que bien podía alcanzar el Espíritu Absoluto. Karl, que no Groucho, fue derecho al hueso y ahondó en la lucha de clases. La Guerra Fría lo simbolizó de manera brutal con el muro que dividió Berlín durante 28 años. Las guerras religiosas y el odio ancestral lo eternizan en Medio Oriente.

Aquí, un show televisivo lo llamó la grieta. Una abertura larga y profunda en corteza terrestre, cercana en sus bordes, en los que cada bando –los originales y los colgados del péndulo– se parapetan, ciegos, para gritar y culpar al otro de todos los males que aquejan a estas pampas de crisis.

Humm… Demasiado sencillo. Sobre todo si el tiempo pasa, o nos pasa por encima fatalmente en un país absorto, noqueado, intoxicado. Pobre cualquier país con 32% de pobres y estadísticas con flechas que apuntan hacia abajo, con obstinación.

—Lo noto preocupado, Asch. Vamos, ¡anímese! Invíteme con una chocolatada, así le cuento en qué ando.

La vocecita me arrancó de los malditos números. Era Cole Sear, el chico de Sexto sentido, un viejo amigo. La primera vez que vino a la redacción fue en 2011, luego de la horrible Copa América de la Selección de Batista, de la que era hincha. Estábamos listos para nuestro rito, el diálogo más famoso de la película y una obviedad.

—Yo veo…

—Gente muerta.

Cole me clavó la mirada, furioso.

—¡Esa es mi línea!

—Sí, pero me moría por decirlo, Cole. Mil perdones. Por cierto, ¿cómo es que después de 17 años todavía parecés de 9?

—Por… ¡Por la misma razón que Gardel canta cada día mejor! No me rompa, ¿OK?

Bravo. Ahora sí, a charlar.

—¿Volviste a ver a Grondona? ¿En que anda?

—Lo vi, claro. Se ríe mucho, pero igual se agarra unas rabietas infernales con lo que pasa en AFA. Salvo por la final perdida en Brasil, a la que ese equipo llegó gracias a la autopista que metió en el grupo y los cruces, se le dio todo mil puntos y zafó del escándalo FIFA. Ahora muchos extrañan su... ¿cómo lo llama usted?

—Socialismo mafioso.

—Eso. Una antigüedad, me dijeron los técnicos del Von Mises Old Boys y el Hayek for Ever, equipos de la Liga So-So-Liberal con barrabravas heavies: la 42 de Prats Gay, La Guardia Melconian y Los Borrachos del Holdout. ¿Las conoce, Asch? ¡Lo que alienta esa gente!  

—Se hacen notar. Muchos juegan acá ahora, sobre todo desde que mandaron al descenso al Athletic Keynes. Habrá que ver qué pasa. El fútbol siempre da revancha.

—Oiga, ¿cuándo me lleva al Ascenso? Me encantan esas categorías.

—Lo sé, ¡están vivos de milagro! Este fin de semana imposible, pero el que viene ya sí. Armando Pérez se hizo cargo de la deuda y levantaron el paro. Por ahora. Daniel Ferreiro, vice de Chicago y líder de la mesa del Nacional B, lo había advertido no hace mucho, cuando cerraron otro arreglo de urgencia para que empiece el torneo. “Tarde o temprano esto va a explotar”. La historia se repite porque, juran, lo que les entra no alcanza para abrir los estadios, para pagar los operativos de seguridad ni los sueldos de nadie.

—Lo bueno es que…

—No hay buenos en esta novela negra, Cole. El Ascenso está liquidado porque hubo demasiados dirigentes que vaciaron sus clubes y porque, se nota, al Gobierno le importan poco el Nacional B y las categorías más pobres. Prefiere la utopía de una Superliga y eso tiene su lógica. Viendo cómo la luz y el gas son gestionados para obtener mayor rentabilidad, no como un recurso estratégico, a muchos les parece sensato que el Estado deje el fútbol y lo devuelva a manos privadas.

—¿Y a usted?

—No. Pero en medio de un naufragio es difícil preocuparse por otra cosa que no sean las cuestiones de vida o muerte.

—¡Ah, eso es lo mío, Asch! Por eso me pasé la semana siguiendo a Tevez y a Sara. ¡Bien, eh! Uno estaba cansado y quería largar, el otro no quería que lo siguieran mirando de reojo. En 90 minutos cambió todo. Tevez es otra vez el jugador del pueblo y Sara, el héroe, un atajador serial, infalible. Lo que puede un resultado, ¿eh?

—Lo sabe bien Gaby Milito. Cuando llegó a Independiente elogiaron su formación europea, su liderazgo. Pero el club no le trajo ni un refuerzo y él, prudente o resignado, abrió el paraguas. Dijo que, ídolo o no, los resultados serían lo que decidiera su fututo. Ojalá se equivoque, porque ahora, con dos eliminaciones de copa en poco tiempo, quedó golpeado y con el agua al cuello.  

—Yo me hice fan del ruso Zielinski, ¿sabe? De visitante los mata, pero en su debut como local los de Racing lo querían matar a él por empatar con todos atrás. ¡Imposible no estar de su lado!

Cole, entusiasmado, tomaba la chocolatada y probaba un alfajor que le hice traer al escritorio. Hablamos del bajón de Bou; de Benedetto, al que siguió siempre, y de Pablo Pérez, que pasó de hombre muerto a líder espiritual. Me juró que jamás hizo una donación fantasma a la Fundación de Michetti, dijo que su banda preferida seguía siendo Dead Can Dance y que escuchaba más a Crosby, Stills, Nash & Young que a D’Elía, Mariotto, Esteche & Boudou. Muy afinado.

Los dos miramos el reloj: a mí me esperaba un cierre y a él, Bruce Willis, en Recoleta. Agitó la mano para despedirse y antes de dar el segundo paso giró y dejó la frase final, como en un buen policial.

—Esa cifra del 32% es terrible. Hágame caso, Asch, póngales el ojo a esas minorías con poder de daño y hable sin miedo. Como yo, que veo a la gente muerta pero también a los vivillos.