COLUMNISTAS ESCALA DE CALIFICACION


¿Verdaderos cambios?

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La reciente modificación, en la provincia de Buenos Aires, de la escala de calificación en la escuela primaria, hace visibles tanto el carácter conflictivo de la evaluación como el hecho de que los problemas que tenemos que resolver en la educación exceden el tema del cambio en el sistema de calificación utilizado.
La decisión previa de excluir de la escala los números que designan “desaprobación” como recurso para la generación de condiciones de inclusión, aunque podríamos considerarla bien intencionada –nadie dudaría en la Argentina de la necesidad de generar condiciones de inclusión en nuestras escuelas–, desconoce, a mi modo de ver, que el problema excede en complejidad el de la “exclusión de los desaprobados”. Dentro de las aulas, la estigmatización de los alumnos puede llevarse a cabo por procesos mucho más sutiles e incontrolables que el ser desaprobado en una evaluación. De hecho, la investigación ha mostrado que los juicios de valor están presentes en forma permanente en nuestro discurso.
Tal vez el uso de una escala cuantitativa no sea lo más apropiado para la escuela primaria, dado el nivel evolutivo de los alumnos; sin embargo, creo que el problema de la inclusión reviste mucha mayor complejidad que el del sistema de calificación en sí mismo.
De todos modos, de sostenerse la escala cuantitativa, la reciente restitución de los “desaprobado” contribuye a mantener la coherencia de los mensajes que transmitimos como educadores. Intentaré explicar por qué lo considero de este modo. Una nota numérica  no sólo representa para el alumno un punto en la escala de calificación, sino además es un mensaje acerca de cuál es la proporción de lo logrado. Y este mensaje está presente dentro y fuera del aula pues ha formado parte de la escuela como institución a través de las generaciones. Podemos cambiar el modelo siempre arbitrario de escala, pero difícilmente podamos cambiar la idea de “nivel de logro” porque es parte de cualquier proceso de aprendizaje.
Ahora bien, asumiendo que la idea de nivel de logro continúa presente como un significado del contexto escolar y extraescolar, ¿qué sentido podría adquirir en el interior del aula que “borráramos” una parte de la escala? Voy a referirme sólo a dos de ellos.
El primero de los sentidos posibles es de naturaleza social. Contraviniendo la intención de la medida –esto es, la de lograr mayor inclusión–, emitiríamos paradojalmente el mensaje de que “en este contexto específico debemos transgredir las leyes de la lógica y decir que ciertos números no existen”, porque consideramos que los alumnos no estarían en condiciones de tolerarlo. De este modo, aun con la intención de disminuir la fuerza de la clasificación social y evitar el abandono, les estaríamos transmitiendo el mensaje de que son diferentes.
El segundo sentido es de naturaleza psíquica o emocional. La posibilidad de aprender se basa, entre otras cosas, en la posibilidad de tolerar la frustración inherente al conocer. Sin esta capacidad, propia tanto del niño de escuela primaria como del científico, no podríamos construir conocimiento. Lo que nos cabe como educadores no es precisamente evitar la frustración de quien intenta aprender, sino acompañarlo en el proceso complejo de tolerancia que lleva a seguir buscando, única clave, hasta ahora conocida, para aprender. Generar condiciones para que esta función de acompañamiento se lleve a cabo en las aulas no es sencillo, y creo que sobre esto debemos trabajar.
Que la fuerte preocupación que tenemos por resolver los importantes problemas que tiene hoy nuestro país en la educación no nos lleve a confundir el objeto de nuestro análisis. Debemos trabajar en generar nuevas y mejores formas de acompañamiento, no sólo porque la inclusión es una necesidad social, sino porque además sólo siendo capaces de incluir aseguraremos condiciones para que nuestros niños se desarrollen como sujetos autónomos. Pero esto es infinitamente más complejo que la modificación de las escalas de calificación. Que nuestra propia frustración no nos lleve a equivocar el camino.

*Doctora en Educación. Docente e investigadora de la Universidad  de Buenos Aires.



Diana Mazza