COLUMNISTAS

¿Verso vs. realidad?

A pesar de las palabras de la Presidente y el proyecto de modificación a la ley de Abastecimiento, los mercados reaccionaron de forma positiva. 

Una vez más, la Argentina nos confronta con un interrogante poco menos que sempiterno. Lo que sucede, ¿sucede? ¿O en verdad son palabras? Esta pregunta, aparentemente simple y hasta cierto punto, cándida, se vincula con esta paradoja aparente que nos ofrece una agenda periodística en donde por un lado, la retórica del Gobierno, se exhibe a sí misma como enojosa, bélica, e intransigente, y por el otro lado, o como suele decirse, por cuerda separada, los agentes económicos principales se mueven con relativa independencia de las amenazas o de las peripecias verbales del oficialismo.

A lo largo de la semana que termina, en no menos de dos oportunidades, la propia Presidente y algunos de sus voceros más calificados volvieron a ensayar la técnica de la intimidación retórica. En unos casos, podría decirse con justicia que no era tan retórica, porque efectivamente, en el caso de las reformas a la Ley de Abastecimiento, se trata de un proyecto elevado al Congreso Nacional que ingresó por la Cámara de Senadores. O sea que, técnicamente, no puede ser calificado de retórico. No estoy diciendo, en consecuencia, que ese proyecto de ley sea solamente una colección de palabras de pura propaganda; sí, en cambio, estoy afirmando, que la factibilidad política verdadera, cuando estamos ya en la segunda quincena de agosto, para que ese proyecto se convierta en ley tal y como lo ha presentado el Gobierno es, por lo menos, materia opinable. ¿Cómo deben reaccionar los agentes económicos, que ven cómo se ven acumulando este tipo de normas, con algo que va a efectivizarse, o son solo palabras?

La primera reacción de las cámaras empresarias fue naturalmente contraria a un proyecto que literalmente parece blanquear la pretensión oficial de meterse en lo más íntimo y directamente involucrado con el carácter privado de las empresas de cada una de ellasEste proyecto de ley es de inspiración claramente chavista: pretende convertir a los operadores privados - todos ellos, no solamente los grandes, como alega Jorge Capitanich- en satélites del Estado que deben entregarle la totalidad de sus recursos informativos, incluyendo sus márgenes de rentabilidad, lo que convierte en una ficción a la economía de mercado.

Sin embargo, la paradoja de la que hablaba al comienzo se vincula con los primeros resultados de hoy en la calle: el cierre positivo de la Bolsa y la baja del dólar en el mercado paralelo, parecen indicar que, hasta cierto punto, las palabras intimidan, pero son dejadas pasar como producto de un gobierno enamorado de la retórica.

La que duplicó en este caso su insistencia en hablar como si el mundo se estuviera por terminar fue la Presidente, cuando en el caso de la empresa Donnelley, resolvió usar contra ella la ley de antiterrorismo y todo parece indicar que el Gobierno avanza en la dirección de pretender juzgar a esta empresa como si fuese un agente terrorista.

Es estremecedor y escalofriante que un Gobierno que en todo momento ha reclamado respeto por su  legitimidad electoral, se permita hablar de la ley antiterrorista cuando lo que hay de por medio es, en todo caso, una soberana decisión privada de hacer o no hacer negocios en la Argentina. Este es un tema difícil de digerir para muchos militantes y activistas políticos, que reclaman un orden social diferente. Lo que sucede es que ese orden social diferente puede hacerse de dos maneras: en contra de la voluntad de los actores y operadores económicos, o asociándose con esos actores económicos, admitiendo que, de lo contrario, queda el camino de la confiscación, la estatización y la colectivización. Por eso, parece insólito, además de arcaico y atrabiliario, que la Presidente denuncie a una empresa multinacional que ha resuelto irse del país. Pero ha resuelto irse pagando la completa indemnización. ¿En dónde se traza la raya fronteriza entre lo que corresponde y no corresponde, entre lo ilegal y lo legal? Otra cosa sería si Donnelley hubiera vaciado su establecimiento y hubiese huido sin pagarle un sólo centavo a los trabajadores con los que ha contado durante estos años. Pero si, como decisión de una estrategia internacional, que es en todo caso una decisión soberana de la empresa, resuelve no hacer más negocios en la Argentina, como ha sucedido con tantas empresas en tantas partes del mundo, inclusive en los propios países centrales, ¿puede el Gobierno acusarla de acción subversiva? Si así lo hace, estamos realmente perdidos.

En muchas, por no decir en la mayoría de las economías más desarrolladas, es muy normal la desaparición de plantas de manufactura, que buscan mercados en donde la mano de obra es más barata o el trabajador es más competitivo desde el punto de vista de los valores de referencia del salario. No imagino a las autoridades de Alemania, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos o Canadá alegando que hay una conspiración mundial contra ellos, como ha dicho la presidente, porque determinada empresa multinacional, pongamos por caso General Motors, o Ford, o Fiat Chrysler, por citar a las automovilísticas, decide comenzar a trabajar en Bangla Desh, Paraguay o algún país africano. Acá, en cambio, sí. La Presidente vive enamorada de su discurso conspirativo, de su percepción de que hay una intrincada red de intereses que vinculan a los fondos buitres con las multinacionales, todos ellos empeñados en hacerle daño a la Argentina.

Hay un lenguaje de amenazas y una carga retórica imponente en el hacer diario del Gobierno argentino, una narrativa de la que Presidente está claramente enamorada, que la seduce cada día y también un intento de imponer disciplina desde ese relato, para que continúe la ficción de una economía donde los grandes bancos nunca han ganado más dinero, realidad de los resultados de la última década.

¿A quién creerle? Es un momento delicado para poder discriminar entre ficción literaria, retórica exacerbada y hechos. Este viernes 15 de agosto, el mercado reaccionó tranquilo y la bolsa aumentó. Ese mercado es muy pequeño en la Argentina. La Bolsa no tiene la gravitación de Wall Street ni es necesariamente el centro dinámico del capitalismo argentino, pero (daría toda la sensación) es un indicador de que hasta los propios empresarios han comenzado a poner menos interés a las palabras y guiarse más por los hechos, a sabiendas de que la Presidente, conforme se avanza a la renovación presidencial de octubre de 2015, cada vez necesita más de palabras porque se puede valer cada vez menos de hechos tangibles, concretos y verdaderos.

(*) Emitido en Radio Mitre, el viernes 15 de agosto de 2014. 



Pepe Eliaschev