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Viajes y desenlaces

La segunda vuelta electoral, vista desde lejos. La intensidad política en la Argentina y la perplejidad de los extranjeros. 

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Foto:Cedoc Perfil

Viajé a Estados Unidos tres semanas antes de la segunda vuelta electoral. Las cosas se habían arreglado de tal modo previamente y, cuando llegó el momento, me pareció bien que pudiera ver desde lejos lo que pasaba en los últimos días. La relación que mantenemos algunos argentinos con la política es tan intensa y reconcentrada que muchos extranjeros nos observan con cierta curiosidad benevolente. Los latinoamericanistas, esos investigadores que han visitado el Sur muchas veces, juzgan nuestras obsesiones simplemente como rasgos de un estilo hiperbólico. En consecuencia, mirar el último capítulo de la campaña desde lejos parecía un inesperado privilegio.

Estoy en Berkeley, donde Tulio Halperin Donghi vivió y enseñó durante décadas. Hoy imaginaba una conversación con él; imaginaba sus ironías sobre lo nuevo que acaba de imponerse. Halperin era un ironista que combinaba un humor implacable, una inteligencia como no he conocido igual y el escepticismo de un historiador que recorría el pasado como si hubiera vivido allí durante varios siglos. Pero no está Halperin en Berkeley. Murió en 2014 y esa conversación sobre las novedades argentinas será para siempre una añoranza.

Nuestra relación con la política es tan intensa que los extranjeros nos miran con curiosidad

Durante las semanas de la campaña por la segunda vuelta, quizá para recordar a Halperin, que escribió de modo inigualable sobre el tema, leí los Viajes de Sarmiento frente a estudiantes que no sabían que había visitado Estados Unidos ni que, junto a Tocqueville, fue el extranjero que mejor entendió ese país cuando llegó, por primera vez, en 1847. Sarmiento percibió la dimensión cultural de la democracia (de colonos blancos) que se estaba implantando en las fronteras, hacia el Oeste. Un régimen de granjeros, que el domingo se ponían los mejores trajes para bajar desde sus campos a la aldea donde rezaban, discutían y votaban para elegir un sheriff, un fiscal, un alcalde o un representante ante el Congreso; y cuando les tocaba en suerte, aprendían a deliberar en un jurado. Sarmiento siente envidia. En América del Sur no se consolidó una comunidad democrática (aunque limitada a los blancos), entre otras razones porque los nuevos Estados sudamericanos no vendieron la tierra pública en pequeñas fracciones, sino que la transfirieron a oligarquías viejas y nuevas. Esa sociedad entre propietarios privados y Estado le obsequió las peores deformaciones a nuestra economía.

Sarmiento subraya que ya entonces existían en los Estados Unidos miles de periódicos que circulaban gracias a un eficiente servicio postal (a través del que los granjeros y sus familias compraban mercancías a distancia: Amazon sin internet). Voto, mercado, periodismo y libertad de palabra. Debajo de esta sociedad, los indios y la esclavitud, alma de un régimen que explotaba a los negros y toleraba, en palabras de Sarmiento, ese repugnante parásito en el verde árbol de la libertad.
Sobre esas cosas hablaba con los estudiantes, que no parecían tan conmovidos como yo frente a la aguda percepción de Sarmiento. Me preguntaba también por qué esa dimensión histórica de la sociedad norteamericana, ese pasado donde había mucho para repudiar y mucho para reconocer en términos culturales y políticos, no ofrecía a esos estudiantes la vitalidad de nuestros mitos criollos.

Durante esas semanas anteriores a la segunda vuelta argentina, por contraste, los Viajes de Sarmiento alimentaban mi ansiedad. Anclada en el instante, sólo me interesaba quién iba a ganar las elecciones. Herida de autocentramiento coyuntural, mi pregunta tenía enigmas marcados, para decir lo menos, por la fugacidad: ¿sería posible que los errores cometidos en la campaña de Scioli fueran suficientes para privar de la victoria al justicialismo-peronismo-cristinismo? ¿Serían esos errores más poderosos que una máquina política que había gobernado los últimos doce años?

Lo que ocurrió el domingo puede ser considerado un salto, no sólo una sorpresa inesperada

Por debajo estaba la pregunta, más permanente, sobre un desenlace del peronismo, desenlace en el sentido más literal, que se desenlazaran las diferentes vetas de ese movimiento: un pedazo para acá y otro para allá; gobernadores dispuestos a transar porque necesitan la plata que no llega por coparticipación; intendentes, como se vio en estos meses, patinando de una carpa a otra; dirigentes de base apostando sus lealtades en nuevas mesas; políticos de Primera División como De la Sota o Massa encarando la reconquista de algo que, una vez reconquistado, quieren cambiar profundamente.

La pregunta tenía no sólo un sentido para el presente, sino que era también la primera vez que se me ocurría que el peronismo podía pasar a formar parte de la historia y no de la actualidad, y que las claves con las que estamos habituados a pensar la política iban a ser cambiadas por otras. Lo que se llama un salto, no sólo una sorpresa inesperada. El peronismo convertido en recuerdo o en objeto de la historiografía, ya que todo se vuelve a escribir, porque cada presente encuentra un interés absorbente en renovar interpretaciones. Como en el caso de Sarmiento, volveríamos a estudiarlo. Pero, con este sentido historiográfico, el peronismo sería algo definitivamente pretérito. Más sobre esto, mañana.

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Jorge Fontevecchia no escribe su habitual contratapa por estar de viaje.



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