COLUMNISTAS ARGENTINA

Víctimas de la inmigración masiva

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A partir de 1870, cuando va pacificándose nuestro país, comienza a ser objeto de una creciente inmigración internacional. En las primeras décadas del siglo XX, el proceso se agudiza debido a la prosperidad que reina en la Argentina, que gracias a la invención del frigorífico exporta carnes al exterior y se convierte en una de las diez naciones más ricas del mundo. Españoles, italianos, franceses, turcos, judíos de Rusia, irlandeses, polacos, griegos y gitanos, entre otros, llegaban hasta aquí, incentivados en buena medida por el gobierno nacional, que otorgaba pasaje gratuito en barco y documentos de residencia. Esto produjo un fenómeno único en la historia moderna de la humanidad: en la Capital Federal había casi dos veces más inmigrantes que nativos, la población foránea superaba a la nacida en suelo criollo. También se dio otro fenómeno extraño, que fue la gran desproporción entre hombres y mujeres, que alcanzó a cinco varones por cada mujer. Llegaban de a miles, dormían en plazas o debajo de marquesinas, y si conseguían trabajo y vivienda, con el tiempo mandaban traer a sus familias.

El fin de la Segunda Guerra Mundial provocó otra enorme ola de extranjeros que escapaban de la hambruna y la destrucción en sus países. La mayoría eran europeos, incluso de nacionalidades tan pequeñas como San Marino, aunque asimismo venían japoneses y otros inmigrantes de origen asiático.

Cuando los miembros de la clase patricia argentina observaban descender de los barcos a los europeos de comienzo del siglo XX, decían: “Estos vienen a trabajar porque sufren hambre, pero sus hijos reclamarán derechos políticos y querrán ocupar cargos públicos”. Y así fue, porque con los años el doctor Arturo Frondizi asumió la primera magistratura del país. Más adelante, el doctor Raúl Alfonsín también ocupó la presidencia de la Nación, ambos descendientes de inmigrantes masivos. No debe confundirse la inmigración masiva con la individual, ya que Carlos Pellegrini, en el año 1890, fue presidente de la Nación y era hijo de un ingeniero italiano. Pero este hombre había sido contratado por Rivadavia para construir el puerto de Buenos Aires. Era hijo de un extranjero llegado al Río de la Plata en forma individual.

Desde el establecimiento de la joven democracia, en 1983, el origen de los inmigrantes cambió. Vinieron camboyanos y coreanos por un acuerdo político internacional, y comenzó de a poco la ola de sudamericanos que mudó a vivir en nuestro país, incrementada en gran volumen luego del lanzamiento del plan de convertibilidad uno a uno con el dólar estadounidense. Chilenos, uruguayos, peruanos, paraguayos y bolivianos pasaron a ser los principales inmigrantes. Y en años recientes los chinos, colombianos, nigerianos, dominicanos y rusos pasaron a destacarse. En este momento, de nuevo españoles, a causa de la crisis económica en su país, arriban de a miles a nuestras costas.

Los inmigrantes masivos que llegan a un país suelen alterarlo. Ocurrió en Estados Unidos y también en Argentina. Se generan animosidad, mafias, racismo y violencia. El habitante nativo casi nunca rechaza a un inmigrante individual, pero se siente invadido por la inmigración masiva, que de pronto ocupa los puestos de trabajo, los cupos en los colegios, las camas en los hospitales, las viviendas populares. El trabajador extranjero, en su desesperación por colocarse, acepta empleos sin inscripción, sin regularizar, y sueldos por debajo de los mínimos de ley. Han trascendido famosos actores y directores de cine de Hollywood de origen alemán, francés o nórdico, pero la historia secreta cuenta de muchos más que eran rechazados por los estadounidenses, sobre todo montajistas, guionistas, electricistas, vestuaristas. En Argentina se emplean mucho en la construcción, en casas particulares como domésticas, o venden por la calle en forma ambulante.

Dice un argentino que vive en el Primer Mundo desde hace años y visita nuestro país de manera periódica: “Impresiona mucho la decadencia educacional argentina. La política migratoria destrozó el Estado, porque dejan entrar en forma indiscriminada. Educación, salud pública, vivienda. Los inmigrantes pobres y sin educación u oficio demandan colegios, hospitales y casas donde vivir. En Suiza no permiten votar a los inmigrantes, en Austria o Estados Unidos nadie ingresa si no viene a trabajar. Filtran el ingreso al país. Acá obtienen documento nacional de identidad y tramitan un subsidio de la Anses apenas llegados. El narcotráfico violento en Argentina es producto de la inmigración indiscriminada”.

Australia y Canadá solicitan periódicamente albañiles, carniceros, personal de enfermería. Pero nadie sin contrato de trabajo y permiso estatal ingresa al país. Gran Bretaña exige una suma de dinero si se carece de domicilio fijo y empleo. Ni a Brasil se puede ingresar a pedir limosna. Peor aún, a delinquir muchas veces en forma organizada, en mafias. Además, todo esto produce otro fenómeno paralelo e igualmente negativo, que es la migración de talentos nacionales. Muchos argentinos se van a vivir a Estados Unidos, Europa e incluso Chile, Uruguay y Paraguay, países con menor índice de violencia, donde se puede trabajar y comerciar en paz.

La política inmigratoria argentina ha sido suicida desde el comienzo, pero sus consecuencias agravaron la situación en los últimos treinta años. En muchos países, la medicina no es gratuita y la educación tampoco. Aquí no se les cobra nada a extranjeros por estudiar en los centros universitarios u operarse en los hospitales públicos.

La solución pasa por una doble vía de medidas. Por un lado, endurecer mucho las leyes para ingresar al territorio nacional; y por otro, la cruel y en ocasiones seguramente injusta expulsión de miles de irregulares. Mientras la Argentina continúe con su permisividad ante el delito, la corrupción, la inmigración sin filtros y los gobiernos tan poco exigentes, la degradación de la sociedad y de las instituciones seguirá su camino inexorable. Se escuchan a diario planteos como urbanizar villas miseria, donde las solas entrevistas televisivas permiten notar que se trata de ocupantes foráneos. Ocurre desde Jujuy hasta la Patagonia, con especial gravedad en Capital y Gran Buenos Aires, donde bandas de narcotraficantes peruanos rivalizan a tiros con bolivianos. El asesinato en plena calle a tiros entre colombianos pasó de ser algo que observábamos en películas extranjeras a la realidad cotidiana. Los ocupantes ilegales exigen viviendas, colegio para sus hijos, asistencia médica y servicios de luz y agua, todo lo que tendrían en sus países de origen en caso de regresar, ya que Perú, Uruguay, Bolivia y Paraguay están teniendo un mucho mejor desempeño económico que la Argentina. Y eso sin mencionar a Chile y Brasil, estrellas de la región. Cuando se les pregunta a narcos colombianos el motivo de su radicación en nuestro país, responden que “las leyes penales son muy blandas”. A riesgo de sonar políticamente incorrecto o incluso xenófobo, debe dejarse claro que lo que viene haciendo Argentina en materia de inmigración es muy negativo para el país y forma parte de su degradación.

*Ex directivo de Ambito Financiero.



Claudio Ramos