COLUMNISTAS EN BUSCA DE CONSENSO

Víctimas de nosotros mismos

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Hasta mediados del siglo XIX se pensaba que la enorme superficie del territorio argentino contenía pocas tierras fértiles. Entonces se descubrió el potencial productivo de las llanuras pampeanas, gracias al esfuerzo de terratenientes modernos y de miles de colonos inmigrantes. En pocas décadas, donde “no había nada” se levantó una potencia económica, el país se transformó en el “granero del mundo”, prosperaron en distintas regiones los cultivos de la caña del azúcar, de la uva y otras frutas, del tabaco, del algodón, de la yerba mate. A partir de la transformación agropecuaria –la “revolución en las pampas”– se conformó un país que no existía.

A principios del siglo XX se descubrió, por casualidad, que había petróleo en nuestro subsuelo. El mundo comenzaba a hacer uso del petróleo como un elemento fundamental para el desarrollo. La Argentina también tomó conciencia de lo que podía significar ese recurso.

Se había tendido una extensa red ferroviaria que servía a una gran parte de la superficie del país y modernos puertos se construían en nuestro litoral.

En paralelo, se desarrolló un sistema de educación pública sin parangón en el mundo de habla hispana, por su calidad, su inclusividad y sus notables resultados. La movilidad social alcanzó, hasta pasada la mitad del siglo XX, niveles que pocos países del mundo conocieron. En tiempos de la Primera Guerra Mundial la Argentina era una de las diez economías con el más alto producto por habitante. En el mundo se le auguraba a nuestro país un futuro de prosperidad.

No sucedió; casi todo aquello fue neutralizado, ahogado o desmantelado. El país dispone de una extraordinaria reserva de capacidad humana creativa, innovadora y productiva. Pero desarrolló una sorprendente capacidad para deshacer lo que se hace. Somos una sociedad movida por dos pulsiones contrapuestas, una constructiva, otra destructiva, como si cada una obedeciese a motores distintos. Tan pronto como algo funciona bien, la sociedad encuentra razones para intentar neutralizarlo o destruirlo. Seguimos siendo una potencia agroindustrial, pero desde hace casi un siglo el agro es sistemáticamente castigado por las políticas de los gobiernos y estigmatizado por visiones del país que circulan por la sociedad; estamos desaprovechando nuestro potencial productivo agropecuario. El petróleo y el gas fueron declarados “recursos inalienables de la nación”, con el resultado de que frecuentemente la producción nacional no alcanza para cubrir las necesidades del país; se renuevan sin cesar argumentos que justifican mantener el petróleo “nacional” bajo tierra antes que extraerlo y transformarlo para beneficio de toda la economía. Nuestra red ferroviaria fue desmantelada y casi no quedó nada; la infraestructura es hoy insuficiente. La educación ha declinado hasta situarse por debajo de varios otros países del continente. La movilidad social se detuvo: hay más personas viviendo bajo la línea de pobreza hoy que medio siglo atrás. Y ostentamos otro récord: la tasa de inflación más alta del mundo durante los últimos setenta años.

No hay factores externos que puedan haber causado lo que nos sucede: ni catástrofes, ni grandes conflictos, ni guerras –excepto algunas que inventamos los argentinos, internas y externas–. Somos víctimas de nosotros mismos. Casi siempre lo que se hace para producir esos resultados, y lo que se dice justificándolos, es en nombre de la patria o de propósitos o ideales nobles. Pero apenas algo funciona bien y califica como exitoso, encontramos razones para atacarlo. Siempre se alega que hay algún objetivo preferible, algún bien superior, algún ideal que debe ser perseguido, que son incompatibles con lo que somos y con lo que hemos logrado, y elaboramos entonces argumentos para deshacer lo que hay o ahogar su desarrollo.

Hace varias décadas Paul Samuelson ofreció un diagnóstico: buscando una explicación a este raro destino argentino de conseguir que nos vaya siempre peor, propuso que la Argentina sufre una crisis permanente del consenso social. Tal vez allí resida una de las claves para romper este ciclo del eterno retorno argentino: necesitamos consensos básicos que permitan acumular los esfuerzos constructivos de los gobiernos, ponernos de acuerdo en los lineamientos fundamentales de una estrategia productiva agroindustrial y energética, en una política ferroviaria, en un enfoque sostenible para el desarrollo de la infraestructura, en una política educativa a la altura de los tiempos actuales.

Si la política busca y encuentra la fórmula para converger hacia esos consensos, y la sociedad se siente expresada de ese modo, el país podrá retomar el camino del crecimiento. Estamos ante una oportunidad inmejorable.

*Sociólogo.



Manuel Mora y Araujo