COLUMNISTAS ENSAYO

Víctimas olvidadas de los 70

En Los otros muertos. Las víctimas civiles del terrorismo guerrillero de los 70 (Sudamericana), los autores se ocupan de los 1.094 muertos por las organizaciones armadas en la Argentina y sus familias, a las que “la historia y los DD.HH. han dado la espalda”, afirman. El libro echa luz sobre la idea de terminar con “la conversión del crimen en arquetipo del bien”. Aquí, la historia del asesinato del dirigente gremial Antonio Magaldi, en 1974.

El 25 de septiembre de 1973, Montoneros ejecutó el atentado que sus miembros y simpatizantes venían anunciando desde hacía tiempo en sus consignas y en sus necrófilos cantos de tribuna. Un comando cuidadosamente preparado asesinó al secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, cuando se disponía a subir a su automóvil, dos días después de que Juan Domingo Perón fue elegido para su tercera presidencia. Ese crimen trazó una línea divisoria en la historia del peronismo en el país.

El asesinato de Rucci fue un acontecimiento del que no se podía retornar. Todos comprendieron eso. Magaldi también.

—El día de la muerte de Rucci fue uno de los pocos en los que, casualmente, papá pudo almorzar con nosotros: mamá, mis hermanos y yo –dice Sergio–. Mientras comíamos –continúa recordando–, tocaron el timbre. Papá fue a abrir y yo corrí detrás de él. Era Dionisio Pereyra, el secretario general adjunto de la CGT San Nicolás, que le anunció: “Lo mataron a José”. Papá hizo un gesto con las cejas que siempre se le veía cuando tenía un disgusto. “Bueno… ahora sigo yo”, dijo.

La memoria del hijo quedó intacta, congelada en aquel instante. El lo acompañaba siempre que podía; lo admiraba. ¡Qué dolor tan profundo, escuchar a un padre anunciar su propia muerte!

El 3 de abril de 1974, Antonio estaba volviendo a San Nicolás, de una reunión en la quinta presidencial de Olivos. Manejaba el automóvil en el que se desplazaba siempre para todas sus actividades, un Dodge GTX. Lo acompañaba Omar Michellarena, un amigo de la juventud, de las épocas del boxeo, quien advirtió que eran seguidos por un Ford Falcon. El vehículo de Magaldi era más rápido. Sin embargo, él quiso ver quiénes eran los que lo seguían; disminuyó la marcha y dejó que el Falcon se pusiera a la par del GTX. Michellarena vio que los ocupantes del Ford sacaban ametralladoras por las ventanas y golpeó en la cabeza a Antonio, para que se agachara. Los disparos pasaron por arriba y ellos aceleraron inmediatamente. Cuando llegaron a Baradero, hicieron la denuncia.

A la mañana siguiente, Sergio se levantó a las 8.00 para ir al colegio y su papá ya se estaba afeitando. Lo saludó cariñosamente, como siempre. Ese día, los taxistas de San Nicolás entraron en conflicto con la municipalidad, porque no querían autorizarles un aumento. Magaldi fue hasta al municipio para hablar con el intendente y arreglar el problema, como finalmente lo hizo. Al salir, tomó por la calle Francia, pasó por el diario El Norte y saludó al fotógrafo con la mano. Cuando dobló por Belgrano, para ir a la CGT, que estaba a una cuadra y media, le atravesaron un automóvil delante y otro atrás. Lo acompañaba José Cartelli, un amigo de los tantos que se ofrecían diariamente para no dejarlo solo frente a tantas amenazas. Los ocupantes de los vehículos que se cruzaron en el camino descendieron y comenzaron a disparar con ametralladoras, pistolas y escopetas. Cartelli se arrojó del auto y se refugió en un zaguán; pero los terroristas tenían bien claro cuál era su objetivo.

Sergio ya había vuelto del colegio y estaba ayudando a su abuelo –en realidad, el padrastro de Antonio– en un maxiquiosco que él tenía al lado de su casa. La madre no estaba en ese momento, porque había ido a comprar un regalo y algunas cosas para el cumpleaños de Tomy, que iban a festejar al día siguiente. Entró allí a los gritos una hermana de Antonio, que a la vez era su secretaria en la CGT… La vida de la familia cambió para siempre.

Al otro día, bajo la puerta del diario El Norte, una nota con forma de proclama revelaba que el Ejército Revolucionario del Pueblo se adjudicaba el asesinato. Sin embargo, Sergio obtuvo sin querer otro dato. En 1975, el año siguiente al del crimen, él había empezado a cursar en el Liceo Militar General San Martín, como quería su papá. Allí tenía un compañero que muchos años después fue vinculado con el atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA): Carlos Telleldín.

Telleldín se acercó a Sergio y sacó el tema de Antonio Magaldi. “¿A tu papá lo mataron, no?”, preguntó Telleldín. “¿Y vos cómo sabés?”, repreguntó Sergio. Todos lo sabían, en realidad; pero el padre de Telleldín había sido jefe de la Policía de Córdoba y le contó una historia. En una escuela primaria de esa provincia, se escuchaban ruidos por la noche. Una maestra lo denunció, pero nadie prestó atención a su versión. La maestra insistió. Cuando la policía finalmente le creyó, verificó la información y montó una operación en la que detuvieron a varios guerrilleros que entrenaban en el área. Entre ellos, estaba Marcos Osatinsky, perteneciente a las Fuerzas Armadas Revolucionarias. El confesó haber sido el autor del asesinato de Antonio Magaldi y también de otros delitos. Reconoció, además, que había ascendido en el escalafón jerárquico de su organización, a consecuencia de aquel acto. Años más tarde, un testigo le contó a Sergio que vio cuando Osatinsky reía mientras disparaba contra su padre.

Si el ERP actuó en esa operación junto con las FAR o si las FAR, después fusionadas con Montoneros, actuaron sola, es algo que queda por investigarse. De hecho, existen fotografías en las que aparece Osatinksy posando junto al líder máximo del ERP, Roberto Santucho.
Antonio Magaldi tenía 38 años, una esposa más joven, que no volvió a casarse, y cinco hijos: Sergio, Jorge, Tomy, Alejandra y Viviana.

En el entierro, hablaron el intendente, Eduardo Colbert, y el gremialista Naldo Brunelli, histórico dirigente de la UOM de San Nicolás, entre otros.
La gente cubría el enorme playón del cementerio y desbordaba de tal manera que algunas personas se habían subido a las bóvedas para poder participar del cortejo fúnebre.

A comienzos de 1976, Sergio dejó el liceo y, con 14 años, fue a trabajar a una chatarrería. Después, se empleó en el puerto. Entre los hermanos, ayudaron a Tomy, que se recibió de médico y, más adelante, de psiquiatra. Mientras tanto, la familia quedó en el mayor desamparo. La viuda cobraba una pensión magra y el sindicato le asignó un subsidio para que tuviera un pasar un poco más digno; pero cuando llegó el gobierno militar, en 1976, la intervención le retiró esa ayuda.

Sergio sentía todo el tiempo ganas de llorar, pero no quería hacerlo, por los hermanos. Jamás cobraron una indemnización ni se les ocurrió reclamarla. Siguen viviendo en el mismo lugar.

San Nicolás fue un semillero político y un centro de agitación en los 70. Allí habían nacido y actuaron algunos de los más conocidos líderes de grupos terroristas, como Enrique Gorriarán Merlo y Benito Urteaga, ambos del Ejército Revolucionario del Pueblo. También residieron en San Nicolás algunas de las víctimas de aquella locura, como Arturo Mor Roig y Antonio Magaldi; uno procedente del radicalismo y el otro, peronista. Hombres de vida austera, quienes encontraban en la familia y en el servicio la fuente de su felicidad personal.

El dirigente a quien, como a tantos otros, los grupos clandestinos habían incluido en la categoría que ellos llamaban, con petulancia, “la burocracia sindical”, aliada de la oligarquía, fue inhumado en medio del cariño de los trabajadores de su ciudad. Su familia quedó en la pobreza.

Muchos de quienes reivindicaron la “gesta revolucionaria” se enriquecieron, años después, a costa del patrimonio público. Parte de la conducción guerrillera vivió en Europa con el botín de los secuestros. Casi nadie les pregunta si para esto querían la revolución.

 

*Abogado.
*Abogada y presidenta del Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (Celtyv).



Redacción de Perfil.com