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Vidas contadas

Avergonzado por De Quincey, decidí leer un libro de esos que siempre están esperando que uno cumpla con su deber.

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Una recorrida por los libros que leí o espié en la semana pasa primero por La liberación de la mosca, de Luigi Amara, un mexicano que se propuso un curioso desafío: escribir sobre los temas más insignificantes. Amara se ocupa del placer de hacer cola, del robo de encendedores o del amante de la mujer barbuda con erudición e ingenio. Cuando acierta, es una hazaña; cuando fracasa, a diferencia de quienes emprenden poemas épicos o novelas históricas, se parece a un futbolista que intenta patear la pelota en el medio de la cancha y se cae sentado: es un poco ridículo, pero intrascendente.

En un capítulo, Amara habla de los libros famosos que la gente no leyó y le da vergüenza confesarlo. Debería existir una palabra alemana específica para esta situación, algo equivalente al famoso Schadenfreude, que designa la alegría ante la frustración ajena, ya que el asunto es igualmente universal. De lo mismo, aunque con más gracia, habla De Quincey en un ensayo que se llama Conversación. Hace la cuenta de las horas que hay en la vida para dedicarlas a la actividad intelectual y concluye que son pocas, por lo cual es lamentable dedicarles tiempo a lecturas inútiles, en lugar de elegir las mejores (lector: abandone ya mismo esta página).

Avergonzado por De Quincey, decidí leer un libro de esos que siempre están esperando que uno cumpla con su deber. Elegí Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, que pasó a estar en mi lista de libros imprescindibles. Es muy impresionante comprobar lo que le debe Borges, que también le debe a De Quincey, gran admirador de Stevenson, otro escritor de la familia borgeana. Por otra parte, el género de la biografía imaginaria se ha convertido en un género que ha dado, entre muchas obras, las Vidas minúsculas de Pierre Michon o las Vidas de idiotas de Ermanno Cavazzoni. Existe un subgénero, que son las biografías brevísimas, que de tan breves no hay más remedio que considerarlas imaginarias. Uno de estos casos es el de Eugenio Baroncelli y su Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos, con el que también me topé esta semana, colección de mezquindades que podrían resumirse en el viejo dicho de que nadie es verdaderamente grande para su peluquero. En el prólogo de Vidas imaginarias, Schwob explica que su propósito no es el del historiador y que sus biografiados podrían ser desconocidos, porque lo que cuenta es dotarlos de una singularidad independiente de su fama. Baroncelli se superpone con Schwob en la muerte de Petronio. Uno lo describe como frívolo y cobarde, el otro construye una bellísima parábola sobre el amor y la libertad. Las vidas de Schwob terminan en tragedia, las de Baroncelli en tiros pifiados.

Pero ya que ésta es una semana de felicidad futbolística, hay que reconocer que Baroncelli hace una excepción en su inventario de artistas y emperadores para tratar con simpatía a Renato Cesarini, jugador y técnico ítalo-argentino, un dandi que triunfó en ambos países. Después de entrenar a la célebre Máquina en los años 40, Cesarini volvió a dirigir al glorioso River Plate entre 1965 y 1966. Recuerdo que la hinchada cantaba entonces “Chupe Cinzano / Chupe Martini / Chupe la pija / de Renato Cesarini”. Nótese la fineza de elegir dos aperitivos de origen italiano para homenajear al personaje.