COLUMNISTAS MACHISMOS

Violencia de género

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Mataron en Junín a una chica de 17 años. ¿No es raro que, siendo así, no se hablara de femicidio para nada? Al menos yo no he visto ni oído que se usara esa palabra, aunque en los hechos lo que ocurrió es ni más ni menos que eso: que mataron a una mujer en tanto mujer. Tal vez se dijo y no me enteré, en algún canal que no vi, en alguna radio que no escuché o en algún diario que no leí; pero puedo decir que seguí con atención la cobertura general del crimen y no di con ese término en ningún lado.

El caso trajo conmoción, y por cierto no le faltan lúgubres condimentos para eso. Toda muerte joven consterna, y consterna toda circunstancia en que los padres sobreviven a los hijos: el orden esperable de las cosas en el tiempo se altera cuando eso pasa. Consterna el ensañamiento: que se pegue hasta matar. Consterna que la cosa ocurriera en torno de la escena escolar (de bullying sí se habló, y mucho). Consterna la desproporción del varios contra pocos o del todos contra uno (de “patota” sí se habló, y mucho).

A mí personalmente me impacta toda muerte que se da con las manos. Presiento (no me consta) que la muerte tiene en el cuerpo cierta textura singular, cierta consistencia singular también, y que el que mata con sus manos (no con armas, no de lejos) no puede sino sentirlas: palpar, tantear, moldear esa muerte en los crujidos o los ruidos secos, en lo duro o en lo blando, del cuerpo con vida al que se le quita la vida.

Me impactan mucho, además, esas veces en que la muerte, ladina, se esconde y espera, ya está ahí pero se disimula, ese siniestro diferirse de una fatalidad ignorada, una consecuencia que se demora como si quisiera escabullirse de su causa. La paliza fue propinada un miércoles. La víctima volvió a su casa, dolorida pero por sus propios medios. Se puso a ver televisión, tomó un calmante, se quedó dormida. La muerte ya estaba en ella. Pero eso se sabría solamente después.

Se llamaba Naira Cofreces. Cursaba en la Escuela Nocturna Nº5 de Junín. Dicen que la tunda no estaba destinada a ella, sino a una amiga que ahora sabe de la que se salvó. También dicen que la razón de la golpiza (razón por así decir) era castigar a estas chicas por lindas: por ser lindas o hacerse las lindas (de “envidia” se habló también, y de la necesidad de aprender a disimularla, a administrarla, a sobrellevarla).

No entro en estas conjeturas: son versiones tentativas, y corren en estos casos con una excesiva facilidad. Prefiero detenerme en aquella designación, omitida por lo que sé: que no se dijera “femicidio”, que de “violencia de género” no se haya hablado. ¿Por qué será? ¿Será tal vez por esto: porque las que mataron son mujeres también? La patota fue patota de mujeres. Y lo son las tres primeras detenidas del caso, que se negaron a declarar ante la Justicia.

La muerte de Naira pertenece a varias series, como suele pasar con las cosas. A la serie de la violencia escolar, que suma episodios de revólveres en aulas, coscorrones a maestras, etc. A la serie de la violencia juvenil, sus agarradas a la salida de los boliches, etc. Y a la serie de hechos de violencia que aquejan a Junín, descompensando las estadísticas generales. Pero también pertenece, según creo, a la serie de las violencias de género. Porque a Naira la agredieron a propósito de su condición de mujer.

A menos que se suponga, y no veo por qué, que la violencia de género ha de producirse por necesidad entre géneros, y no, llegado el caso, en el género: dentro del género. Un poco como razonaba aquel feminismo tan añejo, tan dado a los estereotipos, el que suponía que la lucha por la dignidad de la mujer en la sociedad era tan sólo un asunto con los hombres o contra los hombres. O a menos que a la mujer se la quiera pensar siempre apenas como un objeto pasivo (objeto pasivo de la violencia, por ejemplo) y nunca como un sujeto activo, autónomo, capaz de decisión e iniciativa (aun, por ejemplo, en ocasiones, de la violencia). Un poco como razonaba aquel machismo más que añejo, tan dado a los estereotipos, el que suponía que a la mujer no le toca nunca hacer, sino siempre que le hagan. Un machismo por fortuna en vías de pronta extinción, según parece o parecía.



Martín Kohan