COLUMNISTAS

Vísperas inciertas

Ya no sorprende ni estremece a nadie: el jueves, una vez más, un paro general paralizará la normalidad de la vida cotidiana de los argentinos. 

En su peripecia histórica, la Argentina puede exhibir una importante experiencia –se podría decir casi hasta una “especialidad”- en la historia de los paros generales. Es un dato muy específico de nuestro país, si se lo compara, ya no con las naciones más desarrolladas de América del Norte, Europa u Oceanía, sino inclusive con la propia América Latina. Los paros generales son muy excepcionales y de muy escasa incidencia en la totalidad del hemisferio, con la salvedad de la Argentina. Esto tiene que ver, seguramente, con la importante raigambre que el peronismo tiene en los sindicatos, pero como quiera que sea, que este 28 de agosto haya un paro es un hecho que no conmueve ni estremece a nadie, porque el país exhibe, en la materia, poco menos que una maestría: se ha graduado en la especialidad de los paros generales, muchos de los cuales tuvieron una impronta netamente oportunista, de perfil político, a lo largo de los años, y otros fueron el resultado de situaciones sociales explosivas e inmanejables.

Sucede que este paro, de pasado mañana, que llega con el escenario de un sindicalismo más fragmentado que nunca, se produce cuando crujen las restricciones de la situación social, algo que el Gobierno no está en condiciones de negar totalmente y si lo hace, es a sabiendas de que está forzando la realidad. Hay un diagnóstico que está hablando de suspensiones, cierres, reducción colosal de las cuentas sueldo; en una palabra, el país vive una recesión, y además una fragmentación que estos once años de gobierno kirchnerista nunca lograron superar: la brecha cada día más infranqueable entre trabajo formal y trabajo informal.

Por otro lado, el apetito fiscal del Gobierno es tan voraz que no ha conseguido, siquiera, la posibilidad de ofrecerle al sindicalismo la modificación de los coeficientes para el cobro del impuesto a las ganancias, un auténtico despropósito, sobre todo en el marco de un gobierno que se define a sí mismo como “nacional y popular”, y llevando a cabo un modelo de redistribución que choca de manera frontal con ese impuesto que se ha hecho inaguantable para decenas de millares de trabajadores.

La fragmentación del sindicalismo en medio de la cual se llega a este paro de pasado mañana no requiere de mayores adjetivos. Sencillamente, basta echarle una mirada al quinteto de jugadores que aparecen –algunos más importantes que otros- en este ajedrez sindical. La CGT oficial, a la que se llama justificadamente “CGT Balcarce”, porque en definitiva, su política es básicamente articulada por la Casa de Gobierno, permanece fiel a Cristina, y lo hace, desde luego, como contraprestación de una serie de prebendas y favores que el oficialismo ha prodigado, con ese talento tan especial que ha tenido el kirchnerismo a lo largo de toda su historia en el poder, para jugar a unos en contra de otros, y favorecer así los propios intereses oficiales.

El sector más importante que lleva adelante el paro es el que reconoce como líder a Hugo Moyano, un hombre con una extensa y muy probada trayectoria en materia de paros generales, como sucedió en los años 90 y como viene sucediendo desde aquel momento. La propia Central de Trabajadores Argentinos (CTA), que había nacido esencialmente integrada por los sindicatos del Estado como alternativa democrática, de base e independiente de las manipulaciones de una burocracia que ellos condenaban, también fue partida por el impulso del oficialismo, a tal punto que hay una CTA que se manifiesta contraria a las políticas del Gobierno, y otra que, lealmente, juega para el Gobierno, la que encabeza el dirigente docente Hugo Yasky. También existe una mini CGT, el pequeño grupo de sindicatos que siguen siendo leales a José Luis Barrionuevo. Éste es quinteto de jugadores, que es algo extraordinariamente funcional al Gobierno.

Lo que impresiona a pocas horas del paro del jueves 28 es la ratificación de un viejo esquema de decisiones, en el sentido de que las huelgas son promulgadas o levantadas prácticamente por la voluntad concentrada de grupos muy pequeños de dirigentes. ¿Qué es lo que llevó, por ejemplo, al filósofo renacentista Roberto Fernández, a anunciar el levantamiento de la adhesión de los colectiveros al paro? Nunca se sabrá del todo. Seguramente ha habido ahí una mano del Gobierno: no podría ser de otra manera.

Esta mecánica convierte a los sindicatos –y ya no se puede decir inconscientemente, sino que lo hacen con muy clara conciencia de su política- en peones de las extorsiones del Estado. “Si me das esto, te devuelvo lo otro; si no me lo das, te castigo”: en una palabra, hay un reconocimiento explícito a las plenipotencias del Gobierno y una toma de decisiones clandestina, como se supo esta tarde. Si bien era evidente que la Unión Tranviarios Automotor (hasta su nombre es arcaico porque ya no hay más “tranviarios”), iba a levantar su decisión de acompañar a Hugo Moyano, cuando comenzó a balbucear Roberto Fernández, todos sentimos una gran vergüenza, porque no podía explicar una cosa ni la otra.

La división de los sindicatos juega a favor de un gobierno que ha tenido, hay que reconocérselo, una actividad portentosa puesta al servicio de esa fragmentación.

Tambien hay que mencionar el fantasma de la metodología: ¿qué puede pasar en la madrugada el jueves, si efectivamente, los grupos sindicales que se reconocen probadamente como de postura radicalizada, de izquierda, o explícitamente marxista-leninista, o trotskista, deciden salir al cruce de la normalidad laboral con piquetes violentos? Quiero ser leal conmigo mismo, para ser leal a ustedes: he condenado en todos los gobiernos este accionar violento y compulsivo, que consiste en impedir que la gente trabaje, como si fuese realmente decisión de las vanguardias esclarecidas el poder disponer de quién cumple y quién no con la huelga. Un movimiento obrero orgulloso de su condición independiente, y unos sindicatos y agrupaciones de trabajadores que permanezcan leales a estos principios, no deberían, bajo ningún concepto, propiciar episodios violentos para evitar que la gente trabaje. La huelga debería ser una expresión de la autoconciencia obrera y una expresión de la voluntad de los trabajadores por llevar adelante un plan de lucha que, equivocado o no, responde a sus pretensiones.

Lamentablemente, muchos así no lo entienden y lo más probable es que tengamos, durante el jueves, algunos episodios de fricción que ojalá que no lleguen a una gran violencia. El día viernes 29, cuando regresemos a la normalidad, nada fundamental habrá cambiado, básicamente porque en el país hay un grupo gobernante que cuando no divide, confronta abiertamente, y cuando no logra que la confrontación le dé resultados, encara otras vías siempre eficaces para poder dividir la voluntad de la sociedad civil.

Habrá que repensar en el país de mañana, del que casi nunca hablamos: cuál debe ser y cómo debe ser el rol de los sindicatos en una sociedad más evolucionada que la nuestra de hoy, la sociedad argentina, que se prepara para una nueva jornada de incertidumbre, conjeturas y sospechas.

(*) Emitido en Radio Mitre, el martes 26 de agosto de 2014. 



Pepe Eliaschev