COLUMNISTAS HISTORIAS BICENTENARIAS

Viva la polémica

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Sarmiento fue un ferviente discutidor, alguien que no se detenía en eufemismos a la hora de imponerse frente a un oponente. En su opinión, el periodismo era un campo de batalla donde se disputaban las ideas y la organización del país. La polémica fue en su vida un ejercicio natural y permanente: en su intento por captar la atención de los demás, esta práctica se convierte en método para Sarmiento.
Su cruce quizás más célebre fue con su amigo y rival intelectual Juan Bautista Alberdi, quien había sido inicialmente aliado suyo en la lucha contra Rosas. Se habían hecho cercanos y confidentes en tiempos de exilio, pero los dividió el momento posterior a la caída de Rosas: la toma de posiciones frente a la organización del Estado que promovió Urquiza luego de Caseros los puso en veredas opuestas.
Después del triunfo del Ejército Grande, Sarmiento vio en Urquiza a un sucesor de Rosas y emigró nuevamente a Chile. El tucumano organizó en Valparaíso a los residentes argentinos en apoyo a la política de Urquiza y redactó las Bases. De visita en su casa de Valparaíso, Sarmiento intentó persuadir a Alberdi de quedarse al margen de los acontecimientos de Buenos Aires. Creía que era mejor esperar para entrar en escena cuando los dos bandos enfrentados por la organización nacional se hubieran destruido. Alberdi lo dejó hablar como si asintiera y luego salió a rebatirlo, lo que enfureció a Sarmiento y devino en una dura polémica.
Alberdi publicó sus notas en El Diario y luego las reunió en el libro Cartas sobre la prensa (conocidas como Cartas quillotanas, escritas en el pueblo de Quillota). Sarmiento respondió con la publicación de Las ciento y una.
El temperamento de ambos se deja ver en los tonos de la contienda. En las Quillotanas se analizan las virtudes y los defectos de la prensa de combate que surgió para enfrentar a Rosas, en la que Sarmiento fue uno de los más destacados soldados. A juicio de Alberdi, Sarmiento no podía parar la inercia facciosa que traía de Chile e inventaba otro “tirano” para justificar su sed de combate.
“No espere usted de mí sino una crítica alta, digna, respetuosa –escribe Alberdi–. Usted que tanto defiende la libertad de examinar, de impugnar, de discutir… no podrá encontrar extraño que ese mismo derecho se ejercite para con usted”. Sarmiento responde con munición gruesa llamándolo “empleado de Urquiza”, “mentecato que no sabe montar a caballo”, y “escritor de periodiquines, compositor de minuetes y templador de pianos”. Alberdi devolvió gentilezas: denunció que, con Urquiza, Sarmiento crea un Rosas aparente porque no puede abandonar la pelea; lo llama “el Facundo de la prensa” y opina que en sus manos “la pluma fue una espada y no una antorcha”.
Sarmiento no hizo más que subir la apuesta: “Yo tengo muchas plumas en mi tintero. Téngola terrible, justiciera, para los malvados, poderosos (…) Para los sofistas, para los hipócritas, no tengo pluma; tengo un látigo, y uso de él sin piedad, porque para ellos no hay otro freno que el dolor, pues que vergüenza no tienen cuando apelan a esos medios para dañar”.
Alberdi lo descalificó con lo que más le dolía: ser un periodista puesto a opinar de asuntos de Estado. “Sus trabajos políticos no pasan de gacetas –señaló–. La ciencia pública no le debe un libro dogmático, ni un trabajo histórico de que pueda echar mano el hombre de Estado o el estudiante de derecho público”. Sólo rescató como serios y dignos sus escritos sobre educación.
 “¡Viva la polémica! Campo de batalla de la civilización en la que así se baten las ideas como las preocupaciones, las doctrinas como el pensamiento o los desvaríos intelectuales”. Sarmiento amaba la polémica: si no la había espontáneamente, el sanjuanino la creaba. La frase anterior, escrita en El Mercurio el 3 de junio de 1842, es reveladora de su faceta de punzante polemista.

*Periodista e historiador.



Diego Valenzuela