COLUMNISTAS RARA ELECCION LA DE LOS DIRIGENTES

Vivir del Estado y del escolazo

PERFIL COMPLETO

Si alguien pone en duda tus valores, no argumentes sobre tu integridad: descalificá al que te acusa. No importa si tenés merca posta o pescado podrido. Tirá al boleo; no sólo habrá gente que te va a creer, sino que el otro, ése que tiene el tupé de ponerte en jaque, va a sentir el rigor de uno que no se come ninguna, que juega a los flejes más que el mítico Jimmy Connors. Probablemente, no se meta más con vos. Además, habrás anunciado al mundo de lo que sos capaz. ¿Dignidad? ¿Decoro? ¿Compromiso con la verdad? Vamos, muchachos. ¿Qué creemos? ¿Que las acusaciones baratas, anónimas y/o cobardes son sólo asunto de redes sociales? Asumámoslo de una vez. Twitter no es una forma ordinaria de comunicación social. En realidad, es el periodismo presuntamente convencional el que ha pasado a ser una forma de comunicación social levemente menos ordinaria que Twitter.

Y hay que celebrarlo.

Hasta hace un tiempo, para ser formalmente periodista bastaba con hacer 24 aportes jubilatorios durante dos años. Dicho en bruto: si metías una colaboración por mes durante dos temporadas ya tenías derecho a gestionar lo que, en tiempos en los que acompañaba encantado –en toda la dimensión de la palabra– a mi viejo por canales o redacciones, era una libretita con tapa marrón con la frase “Periodista profesional” impresa debajo del escudo argentino. Jamás la tuve. Pronto me explicaron que la misma libretita que al abuelo Diego o a Dante Panzeri se la entregaban a Neustadt o al Gordo Muñoz. Más aún: el mismo derecho que al Negro Juvenal le podía asistir al buen amigo que preparaba las palabras cruzadas o al par de “perros” a los que algunos colegas le inventaban las colaboraciones para incluirlos en los equipos que jugaban el torneo del CEPA en el Parque Pereyra (la primera jugaba en Pepiri. Nosotros –La Nación–, casi siempre jugamos en la B).

Hoy ya no es necesario gastar tiempo pensando en si vale la pena o no andar de trámite. Para ser periodista alcanza con abrirse una cuenta de Twitter. Aunque millones de personas en el planeta no aspiren a ello, las redes están invadidas de gente que se presenta como “periodista, licenciado en micrófonos e hincha fanático del Sportman Cavanense”, biografía que descubrís cuando se te ocurre averiguar algo de esa persona que acaba de acusarte de ser la peor de todas las basuras que jamás existieron.

Que quede claro que ésta es sólo una parte del asunto: ni todos los periodistas somos iguales, ni las redes sociales merecen el cadalso. Por el contrario, sigo convencido de que se trata de un fenómeno social de enorme valor y hasta, en algún caso, si uno tiene la suficiente prudencia y perspicacia como para no caer en la trampa, es un excelente punto de partida para enterarse de las cosas. Sin embargo, a la democracia de Twitter le anda faltando un poder judicial que les explique a los patoteros sin carné que esto de insultar a mansalva no sólo no constituye parte de las libertades individuales, sino que tampoco debería ser gratuito.

Valga toda esta perorata para comprender por qué hay que andarse con pies de plomo cuando se acerca el final de un torneo como el nuestro. Malo. E incierto, no apasionante. Los pregoneros del optimismo oficial, pagos o por convicción, suelen acumular términos como creyendo que, de tal modo, afirmarán en el televidente o el lector el concepto que quieren instalar. Apasionante… incierto. No son sinónimos. Más bien son términos que no debieran convivir en una persona más o menos sana.

Y hay que andarse con pies de plomo por este asunto de las especulaciones. El tema ya se instaló antes de la fecha pasada: los Barros Schelotto jamás pondrían en peligro el título de Gimnasia. Por eso, ellos no sólo serían tramposos, sino que también convencerían de serlo a los 14 jugadores que Lanús usó en el Bosque. El 0 a 0 dejó a muchos negando haber dicho lo que dijeron.

Dentro de una semana, lo mismo le va a caber a Carlos Bianchi y a sus muchachos. Más allá de lo que sucediese esta tarde, los tres puntos en disputa entre Gimnasia y Boca del domingo próximo influirán en el desenlace del torneo. Está claro que River podría llegar a ese día hasta con tres puntos de ventaja. Pero, aun infructuosamente, la única chance que tendría Boca de intentar perjudicar a River sería perdiendo con el Lobo. Otra especie que desprecio de cuajo. Aun con la sospecha de que esta misma tarde, en la Bombonera, habrá un coro más o menos multitudinario pregonando “que el domingo, cueste lo que cueste, el domingo tenemos que perder”, no logro imaginarme ni a Bianchi ni a sus jugadores yendo para atrás. Por cierto, Boca atraviesa una etapa de su vida en la que las actuaciones y los resultados dejan a cualquier derrota libre de toda sospecha.

El asunto es el de siempre: si voy a andar creyendo que todo está arreglado, tengo una infinidad de ficciones mucho más entretenidas para mirar que estos enjambres de 44 piernas muchas veces poco avezadas maltratando un pedazo de cuero artificial que en contadísimas ocasiones es trasladado con sentido asociado o estético.

Sin embargo, como el fútbol es asunto de vivos, tampoco vamos a andar pasando por tonto. Usted y yo podemos armar una lista de los partidos que nos rebotan en el rincón escéptico de la memoria. Si, además, te dedicás a trabajar de periodista más o menos cercano al fútbol, multiplicarás por decenas los casos en los que esos influyentes de boquilla aseguran haber arreglado a un cuarto árbitro o resuelto una deuda entre clubes con un resultado acorde con ciertos intereses y/o necesidades.

Ni tanto, ni tan poco. Y, de última, mi elección es seguir creyendo en la transparencia. Al fin y al cabo, cuesta creer que esté arreglado jugar tan mal.

Terminará este torneo, terminará el próximo y todo indica que, antes de fin de año, conoceremos el paquete entero que los clubes de primera dejaron que Grondona les impusiese. Sabremos, también, cómo será el asunto del sistema de apuestas y quiénes –o quién– lo explotarán.

En ningún lugar del mundo la opinión pública futbolera estuvo tan pendiente de un asunto como éste. Y conste que en Inglaterra podés apostar por el partido que vas a ver, dentro del mismo estadio y hasta segundos antes de que comience. Pero ni allí, ni en Italia, donde los escándalos de las apuestas terminaron en descensos obligados de equipos legendarios, ni en ningún lugar del planeta el fútbol depende de las apuestas.

Así se explica, hoy, en la Argentina el futuro torneo de treinta equipos. Es una imposición del nuevo sistema que permitiría recaudar el dinero extra que exigen todos los clubes. Entonces, lo que no alcanza con la guita de la tele se cubrirá con la guita de la timba. Detalle: si usted es abonado a platea de algún club, paga sus impuestos y le gusta apostar, entonces bancará de tres modos diferentes el mismo espectáculo.

No es lo más grave. Lo grave es que la dirigencia de nuestro fútbol elija que los clubes sobrevivan con los aportes del Estado o del escolazo antes que optimizar recursos sincerando presupuestos, siendo responsables con las compras de futbolistas y la contratación de técnicos y pagando sólo los sueldos que se puedan pagar. Y, fundamentalmente, antes que poner en caja a los barras bravas y, de tal modo, ganar decenas de millones de pesos más por año a través de ingresos tan obvios en el fútbol del mundo como la venta de entradas, merchandising, catering y estacionamiento (súmenle disminuir costos de operativos policiales y demás).

Antes que hacer las cosas bien, mejor depender de un rubro que, en un fútbol al cual la misma gente del fútbol pone bajo sospecha, ubica al concepto de trampa como una variable entre la vida y la muerte. Que de ese modo y no de otro se trata a quienes a través de una agachada lastima los intereses de quienes manejan el negocio.

¿Cuántas veces por año escuchamos hablar de barras que amenazan a los jugadores, que les van a meter bala si no ganan? ¿Por qué no les exigirían, ahora, perder un partido si eso fuese negocio para los violentos en el mercado de apuestas?

Como verán, aquellos viejos párrafos del comienzo no tenían nada que ver con estas horas de patoteadas, extorsiones, miserias y mierda puesta delante del ventilador que invade los medios. ¿Para qué llegar a tanto? ¿Para qué ganarme el fastidio de quien, con mentiras o verdades, puede dejarme en evidencia?

Con el fútbol ya tengo suficiente.



Gonzalo Bonadeo