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Voto a voto

Antes, cuando el voto venía recién estrenado, los caudillos conservadores te arrastraban en carros, se guardaban tu libreta y los cuchilleros te decían a quién votar: vos sabías qué hacer si sabías cuidarte el lomo.

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Antes, cuando el voto venía recién estrenado, los caudillos conservadores te arrastraban en carros, se guardaban tu libreta y los cuchilleros te decían a quién votar: vos sabías qué hacer si sabías cuidarte el lomo. Si eso no quedaba bien arreglado en el cuarto oscuro, después la patria lo arreglaba a fuerza de fraude. Después de la mera fuerza vinieron los rudimentos de seducción, los asados con cuero y vino y el par de alpargatas dividido en una antes para que votes al que te digo y la otra después, cuando lo votaste. El tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos, y los métodos ya no nos expresan, como ayer. A las alpargatas hay que sumarles colchones, alimentos, electrodomésticos. Se sabe que el que da es porque tiene, y si tiene puede repartir, entonces, ¿por qué no votarlo? Entre uno y otro movimiento de captación hay interregnos donde el voto es sometido a interdicción: la lógica de la violencia estatal ha establecido consensos vinculantes que no requieren de periódicas aprobaciones mayoritarias. Pero después, al final, el voto, la democracia, vuelve. Persuasiones y seducciones siguen siempre, a escala de discurso o de obra o de reparto. El control de la manzana rige el todo y en sus cortes aparece la cocaína o el paco como instrumento de circulación y pago. Desde luego, todo es relativo, hay candidatos que no convencen, versos y prosas que se desgastan, amenazas o advertencias que no surten efecto, no podemos ponderar lo mejor y lo peor, o lo menos malo, porque siempre (nos advierten los especialistas) la convicción emocional rige la elección de los argumentos para defender una u otra causa. La disputa entre lo viejo y lo nuevo, entre la juventud y la experiencia, entre la experiencia y la promesa. Todos aspiramos secretamente a la santidad, como si no supiéramos que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.

La cuestión es que en una de esas noches que empiezan a parecer cálidas me encuentro tomando una cervecita con un amigo que vive en una villa. ¡Nada ilegal, agente! ¡No le compro ni me vende nada! Me cuenta que el domingo de las PASO hizo un regio asado para la familia con la plata de las elecciones. Le pregunto si fue fiscal. No, me dice. En un localcito de la villa le dieron doscientos pesos para que en el ingreso al cuarto oscuro agarrara una boleta equis, se sacara una selfie metiéndola en el sobre, cerrara el sobre y luego lo metiera en la urna. Después volvió al localcito, mostró la selfie (sonrisa Odol, el chabón introduciendo la boleta) y le dieron quinientos pesos más, con los que compró la carne. Le pregunto quiénes le compraron el voto y me dice: “¿Quiénes van a ser?”. “Dale, confesá”, le digo. Me contesta: “En esta época no se puede confiar en nadie”. Lo miro y me río: “Te sacaste la selfie y después cambiaste la boleta”. Pedimos otra cerveza. Ya no se puede confiar en nadie.