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Una conocida librería porteña me pide que participe en la votación del libro del año eligiendo tres obras argentinas de ficción publicadas en 2012. A diferencia de los críticos de cine, que suelen seguir los estrenos, nadie ha leído siquiera un porcentaje razonable de los libros que salieron el año pasado. Y además, en estos casos predomina el amiguismo. Pero qué más da, no se puede esperar justicia de un premio literario, ni siquiera cuando no hay dinero de por medio. Me avisan que los votos se mantienen secretos (parece que hay gente que tiene razones que ocultar, como que votan por la novia y cosas semejantes), pero no creo que me prohíban divulgar el mío. Además, perfectamente podría engañar a los lectores y votar por otra terna. Así que allá vamos.
El viento que arrasa de Selva Almada (1973) es una elección obvia. Pocas novelas argentinas recientes reúnen tal nivel de originalidad y de inteligencia y brindan un placer semejante en la lectura. El libro parece la continuación, o si se quiere la versión tercermundista, de El apóstol, una película tan genial como ignorada que dirigió Robert Duvall. Pero ¿quién se podía imaginar una novela argentina excelente sobre un predicador evangélico? Esta mujer debutó con un clásico.

Otro libro que no puede faltar es Literatura argentina de Pablo Farrés (1974), del que hablé hace poco y que está en las antípodas del realismo y la limpidez de El viento que arrasa. Novela onírica, intrincada y autorreferente, pero también inspirada y liberadora, es asimismo un hito de la narrativa local. Después de Literatura argentina, nadie puede alegar que no le advirtieron lo que es el filicidio literario criollo ni que la vanguardia no implica un enorme trabajo y puede llevar a la locura. De todos modos, el copyright de mi ejemplar dice 2011, aunque el libro está impreso en 2012. No sé si figura entre los elegibles; si no es así voy a votar por el último de Aira sin leerlo, sólo por una cuestión de principios.

Queda un tercer libro y me parece que Paraísos de Iosi Havilio (1974, como Almada y Farrés está por llegar a los cuarenta) es el gran candidato. Havilio llamó la atención en 2006 con Opendoor, una novela que ocurría en medio de la nada y parecía también salida de la nada. Es la historia de una mujer urbana que se pierde en la periferia rural de la ciudad y establece lazos laborales, amistosos y sexuales de una libertad y una profundidad insólitas, a los que no les encuentro demasiados precedentes. Como Almada, Havilio contribuía al redescubrimiento de la Argentina profunda, en paralelo pero fuera de los clichés de la muchachada nacanpop, tan dominante en estos años.

Paraísos retoma la narración de la protagonista de Opendoor, que ahora hace el camino opuesto: vuelve a la ciudad y se sumerge en una infinita sordidez material y en un páramo afectivo. Opendoor terminaba así: “Eloísa me abraza fuerte, la siento caliente. Nos besamos como dos adolescentes, devorándonos a escondidas, contra el trompo de un ombú gigante. Me siento feliz”.  En Paraísos no hay abrazos, la naturaleza está atrapada en el cemento y la felicidad está fuera del alcance de personajes cargados de cicatrices, aunque una inexplicable llama de vida los impulsa. Entre las dos novelas, Havilio escribió Estocolmo, libro de una precisión, una originalidad y una negrura impresionantes, un tratado sobre el terror y la soledad ambientado en otro mundo. Nadie escribe mejor que Havilio. El tipo es diabólico. Pero no tengo idea de lo que vendrá a continuación, no sé si su régimen literario, en sintonía con la Argentina, ha decretado el fin de toda esperanza.



Quintín