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Voto por la vieja

El debate presidencial norteamericano de esta semana me radicalizó: si tuviese que escoger entre esos candidatos, votaría sin duda por la vieja política.

Candidatos. Hillary Clinton y Donald Trump en el segundo debate presidencial.
Candidatos. Hillary Clinton y Donald Trump en el segundo debate presidencial.
El debate presidencial norteamericano de esta semana me radicalizó: si tuviese que escoger entre esos candidatos, votaría sin duda por la vieja política. Las nuevas formas de comunicación, si están en manos de líderes preparados y rodeados de equipos profesionales, pueden ser instrumentos maravillosos para enfrentar los desafíos del siglo XXI. Manejados por personas como Trump provocan estremecimiento: nos llevan a pensar qué puede pasar con la humanidad si alguien así puede decidir si el mundo desaparece con una guerra nuclear.

Hillary Clinton y Donald Trump son los candidatos más impopulares de la historia de las elecciones norteamericanas. Cuando alguien tiene una imagen tan mala al iniciar la campaña, su primera meta debe ser reducir las evaluaciones negativas. Esto consta en el ABC de la consultoría política: Hillary empezó con más de 50% de negativas, necesitaba bajar hasta noviembre a menos de 30%. En una estrategia profesional, se hace un cronograma que señala números concretos a los que se debe llegar en cada fecha. Un problema como éste es complejo, necesita de expertos que puedan hacer investigaciones cuantitativas y cualitativas para conocer las razones del rechazo al candidato y proponer un plan para superarlas.

Los demócratas, por alguna razón, no actuaron así. Es probable que el síndrome de Hubris haya impedido que una candidata con tan importante formación pudiera enfrentar tareas elementales. Vivir en las alturas impide ver lo único importante en la política: los detalles de la vida cotidiana. Bill Clinton no habría ganado si no hubiese sido porque fue solamente gobernador de un Estado pequeño, por cuyo triunfo nadie apostaba dos céntimos, y además tocaba el saxo y decía cosas imprudentes, por lo cual tuvo la libertad de aceptar las osadas sugerencias de su asesor James Carville. No tenemos acceso a las investigaciones que debe haber realizado la campaña de Hillary, pero parece que sus evaluaciones negativas deberían estar vinculadas a sus formas anticuadas. Siendo la candidata del partido más progresista de Estados Unidos, tiene una comunicación más conservadora que la de su esposo hace 24 años. Tanto tiempo en el poder envejece y la realidad cambia. Cuando Clinton llegó a la presidencia, arribaban los primeros celulares a la Argentina, y actualmente se producen accidentes porque hay gente cazando Pokemones.

Donald Trump fue, en algunas cosas, un exponente de la nueva política: rompió los esquemas e hizo cosas inusuales. Pero las formas no lo son todo. En temas sensibles, su mensaje estuvo a contramano de la sociedad contemporánea. Trump trasladó a los Estados Unidos los peores defectos del populismo atrabiliario: nacionalismo, machismo, autoritarismo, falta de respeto a las religiones, una mentalidad excluyente y una enorme ignorancia acerca de cómo funciona el mundo. Cuando arrancó la campaña, su imagen negativa era muy alta y debió analizar a fondo si podía ganar las elecciones como un candidato convencional o si era mejor intentarlo como anticandidato. Los estudios debían haberle proporcionado información sobre las dos posibilidades de juego para que pueda resolver en cuál de las dos vías se sentía más cómodo. Si optaba por la primera alternativa, debía investigar las razones de su rechazo para tratar de superarlas. Si optaba por la segunda vía, debía jugarse a fondo por el cuestionamiento al sistema. Para el anticandidato, las evaluaciones negativas no atentan en contra del triunfo, pueden incluso ayudar si se las maneja estratégicamente. Desde luego que tampoco un candidato puede hacer cualquier cosa. El enfrentamiento con el sistema debe obedecer a un plan que busca fortalecer su relación con targets específicos. Lo más probable es que los berrinches misóginos de Trump, si bien llamaron la atención, al mismo tiempo desmoronaron su campaña. En todo caso, como lo vimos una vez más, los debates no sirven para discutir programas de gobierno sino para exhibir las características personales de los candidatos y reafirmar posiciones previas. En mi caso decir, contra Trump, prefiero la vieja política.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.