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Y qué, ¿a los rivales no los contamos?

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Según el reglamento del fútbol, el ancho de los caños que conforman el arco debe ser de 12 cm, tanto para los postes como para el travesaño. El hueco en el interior de ese arco, allí donde la pelota entra o no entra, podría ser cubierto por 61 postes verticales como los que lo sostienen, diez puertas placa de medida convencional (70 cm) o una barrera humana de cinco Aceros Cali.
Para más datos, la superficie total del hueco es de 178.608 cm2 que, divididos en cuadrículas, permitiría el paso simultáneo de 369 pelotas reglamentarias de aproximadamente 22 cm de diámetro, las que no variaron demasiado en tamaño desde el prototipo hecho por Charles Goodyear en 1855. De modo que un arquero, frente a quien patea un penal, tiene una posibilidad en 369 de encontrarse con la pelota e impedir que pase.

Se estarán preguntando cuántas pelotas podrían impactar simultáneamente sobre los dos postes y el travesaño que forman un arco: 55 (14.640 cm2). Lo que significa que, considerando el hueco y los palos como un espacio común, la suma de la superficie de estos últimos representa poco más del 7,5% de la superficie total. Esto significa que la probabilidad de que una pelota pegue en los palos es muchísimo más alta que la de que en una cancha suceda algún milagro, cosa que no ocurre nunca, no el menos sin el auxilio de la física.

Los palos están adentro del campo, por lo tanto, juegan. No hay muchos partidos que terminen sin que, al menos, una pelota rebote en ellos. El 25 de junio de 1978, en el minuto 90 de la final entre la Argentina y Holanda, un palo devolvió un disparo de Rob Rensenbrink mientras Fillol y Olguín se miraban aterrados. El cabezazo horrible de Blerim Dzemaili del martes pasado, con todas las ventajas del arco libre, retoma aquel drama, pero no salva al delantero suizo de su ineficacia.
Estas fantasías matemáticas apuntan a quienes creen que Argentina ha jugado contra nadie y que hoy será la primera vez en esta copa que enfrentemos a un equipo. Pero si los palos intervienen de manera decisiva en el desarrollo del juego, ¿cómo no van a hacerlo los rivales, por grises que sean? Los once postes portátiles de la Selección de Irán, ¿jugaron o no jugaron? ¿Jugaron o no jugaron los once suizos, engranados a la perfección como homenaje a la historia de la relojería de la que son pioneros?
No sólo no es cierto que la Argentina no jugó contra nadie (considerar nadie a los otros no es de gente civilizada), sino que, además, todos jugaron contra Messi. Que Messi no juegue es una de las divisas de este Mundial. La paranoia con que lo marcan no la sufre ningún otro jugador ni, por extensión, ningún equipo. Frente a ese panorama, nuestro fenómeno, más sus diez compañeros y los tres palos que nos corresponden por reglamento, hacen lo que pueden.

 *Escritor.



Juan José Becerra