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¿Y qué pasa si hoy pierde Brasil?

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El entrenador de Brasil, Luiz Felipe Scolari, “Felipão”, lleva meses diciendo que el rival que no quiere enfrentar es Chile. Bien, hoy, sábado 28 de junio, apenas pasado nuestro mediodía, Brasil y Chile se eliminarán en octavos de final en el Mineirão de Belo Horizonte. ¿Y si gana Chile?

No es de ahora este temor. Felipão, cuando se realizó el sorteo mundialista, en diciembre de 2013 en Costa do Sauipe, tras conocerse las llaves y al saber que obligatoriamente se cruzaría con rivales del Grupo B, dijo que si algo prefería era evitar al Chile del casildense Jorge Sampaoli.

Minimizó a España, entonces campeona del mundo, y a Holanda, culpable del anticipado regreso brasileño de Sudáfrica en 2010.

Si los temores del entrenador Scolari se confirman y hoy Brasil queda fuera de la vigésima Copa, no apenas cambian las expectativas argentinas, los pronósticos generales y las apuestas deportivas: explota todo. Normalmente, cuando el dueño de casa es eliminado antes de semifinales el clima cambia considerablemente: para peor. En Brasil ese efecto será triple y tiene otras lecturas, todas muy particulares, que no tuvo ninguna otra Copa.

Brasil quiere conquistar su sexto título no solamente para escaparse aún más en la estadística, principalmente lo desea para vengarse del famoso Maracanazo sufrido en 1950, en Río de Janeiro, a manos de Uruguay, cuando fue anfitrión por primera vez. No existe un solo brasileño que acepte –después de haber conquistado cinco títulos en el exterior– no quedarse con una de las dos Copas que le tocó organizar en casa. El país entero necesita esa reivindicación.

Más allá de esta lavada de alma futbolera, en el país que preside la izquierdista y ex guerrillera Dilma Rousseff existe un descontento social tan inesperado como contundente, que amenazó la realización del Mundial hasta el mismísimo día de su inauguración. Las protestas por corrupción se hicieron oír durante todo el último año, creándose inclusive el movimiento Não vai ter Copa que alejó a muchos patrocinadores locales, asustó turistas y enfrió la previa como nadie podía suponerlo. Sólo cuando la pelota comenzó a rodar y los goles brasileños aparecieron, sellando triunfos, se calmaron los ánimos y el pueblo, en las canchas, volvió a cantar el tradicional “sou brasileiro, com muito amor, com muito orgulho”. Hoy apenas sobreviven pequeñas manifestaciones, con no más de doscientas o trescientas personas, en pocas ciudades, los días en que hay partidos. Son los más radicales pero también los que sabiamente no perdonan que el dinero se haya mal invertido en estadios, con gastos hasta diez veces lo autorizado, cuando los sistemas de salud y educación continúan siendo precarios, la seguridad es paupérrima y las obras de infraestructura que mejorarían el país se  realizaron mal  o no salieron de los papeles.

Si Brasil pierde se arma. La mufa deportiva, el fantasma del Maracanazo y el disgusto de gran parte de la población, la pensante y más productiva, reaparecerán con mucha fuerza. Tanta que generarán caos y desorden, incrementarán las pérdidas, incomodarán a los turistas y dañarán la imagen del país. Así siendo, ojalá gane Brasil: justifiquemos este raro deseo argentino diciendo que es porque lo queremos encontrar en la Final.

*Director Perfil Brasil, creador de SoloFútbol y autor de Archivo [sin] Final.



Edgardo Martolio