COLUMNISTAS MISTERIOSO BOCA, RIVER SIN RIVALES, RACING ADOLESCENTE, EL SOLDADO ALMIRON

¿Y vos quién te crees que sos?

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“No hay hombre ni mujer que no se haya mirado en el espejo y no se haya sorprendido consigo mismo.”

Clarice Lispector (1920-1977), de “La sorpresa”; Crónicas; 19 de agosto de 1967; “Revelación de un mundo”.

 

Boca fue, sucesivamente, el candidato de la cátedra, un equipo nuevo al que había que esperar hasta que Bianchi lo moldeara a su gusto, un grupo de extraterrestres que no entendían el mensaje del técnico, futbolistas en crisis terminal, una banda sin alma que en un rato se quedó fuera de todo, unos troncos que se dieron el lujo de hacerle la cama al más ganador de la historia, los recuperados por Arruabarrena, un equipo nuevo al que no había que esperar porque explotó enseguida, muchachos muy comprometidos con la causa que sabían cómo defender a su entrenador en la cancha, una tromba que ganaba a lo Boca para pelear bien arriba, un flan que se dejó atropellar por Racing y al que no se le cayó ni una idea para quebrar al débil Capiatá en la mismísima Bombonera; oh no, catástrofe, curva descendente, mal momento; ojo que en Asunción lo pueden dar vuelta, cómo no.
Todo eso es Boca. Un electrocardiograma. Un cóctel que, batido y servido, tiene el sabor del último resultado.

El Cata Díaz pasó de ex jugador a referente de una defensa súbitamente sólida, donde también se afirmó Echeverría, clon artesanal de Schiavi. Meli mutó de encomienda a volante moderno, ideal para el mercado europeo; un jugador que pinta para ídolo al igual que su amigo Chávez, otro que nació para jugar en Boca como, ay, Santiago Silva. Erbes, parado como 5, ya es Rijkaard, o algo así. Calleri, una suerte de Lugüercio first class: no hace goles pero es elogiado por su esfuerzo, eso que llaman “trabajo sucio”. Colazo encontró su lugar en el mundo. Martínez y Castellani, no. Gigliotti, sentado, desespera. Carrizo fue figura hasta que dejó de serlo. Gago, el estelar jugador-escribano del primer pase a Messi, es siempre figura, y mucho más cuando no juega.

¿Qué es Boca? Un buen plantel con puntos altos, mesetas y abismos, que para nada es el mejor del país pero tampoco está como para ser dinamitado en nombre de la estética. Quizá la omnipresente leyenda de Bianchi los haya inhibido fatalmente a principios de temporada, lo que también habla –y no tan bien– de ellos. Si aceptamos esa lógica, la explosión anímica que provocó la llegada del nuevo técnico puede leerse como una reacción obvia, predecible. Tanto como su lento declive. El equipo es lo que se ve y nada más; pese al esfuerzo del cuerpo técnico y la especialista Andrea Fernández, de profesión motivadora, coach motivacional o como quiera que se llame, que no es psicóloga pero igual tiene bonita sonrisa y es nacida en Paraguay, si de algo sirve. En fin.

Boca es un rompecabezas al que le faltan pocas piezas cuando gana, o demasiadas si pierde. Un movimiento pendular medio histérico que, por ahora, le da tema a la prensa. Gracias. Algo es algo.

River es su antítesis. Un rompecabezas que se completó enseguida y todos quieren desarmar sólo para mantener viva la dialéctica con Boca. Un equipo sin rival al que los medios insisten en inventarle uno: el cansancio, un plantel corto, demasiados chicos, cierto desgaste, un sistema que ya no sorprende. Lo que sea.

River juega lindo, sencillo, triangulando y llega con mucha gente. A Gallardo, un técnico tranquilo, de pocas palabras, sólo se lo vio nervioso el día que supo que se iba Lanzini, su enganche. ¿Pisculichi? Nadie lo veía como solución. Es más: la mayoría apostaba a un esquema con cuatro volantes, con llegada por afuera, y dos delanteros. Pero el mediapunta sin tanta pausa ni panorama para ser conductor llegó para quedarse. Hoy maneja los tiempos del equipo y forma un power trio letal con Mora –exiliado de Ramón– y Teo, que ya no dice que no es 9 y quiere jugar atrasado, bla, bla, bla. Qué curioso todo.

River no tiene rival. Salvo Newell’s, si recupera juego y ánima; o tal vez Lanús, eternamente a punto de despegar. Los dos apuestan a cierta estética y buenas intenciones, que no siempre funcionan. Porque los rivales juegan, ellos también, y a veces no tan bien como quisieran.

Racing es un caso extraño. Un equipo que se asoma tímidamente por sobre las sábanas y vuelve a dormirse justo a la hora de levantarse. Tiene, como todo adolescente, un buen lejos. De cerca se le notan las imperfecciones: granitos, acné, falsetes inoportunos, mal manejo corporal, inhibición. Nunca es fácil crecer.

¿Independiente? Cuando empezó el torneo, su técnico Almirón fue crucificado por la crítica, indignada con su esquema “manta corta”: mucho arriba, nada abajo. Espasmódico, tenaz, fue goleado cuando se enfrentó con equipos más armados pero supo recuperarse. Está ahí nomás de la punta.
¿Qué tiene? A Mancuello. Cierta audacia suicida y otros problemas. Un mix de chicos todavía tiernos; jugadores que no terminan de explotar, veteranos en bajo nivel como Montenegro, y otros, pisados por un camión. Literalmente. Como Tula –la lesión más larga del mundo– o Insúa, un buen tipo al que humillaron como a un cadete con sueldo de gerente que depositó el cheque que no debía.

“Separarlo fue decisión de la dirigencia. Yo acato órdenes”, dijo el técnico, incómodo, con tono castrense, cuando intentó justificar su silencio a la hora de borrar a Insúa y mandarlo a entrenar con la Reserva. Uf. ¡Continúe, soldado Almirón!

¿Qué más? Poco, casi nada. Así son las transiciones.

Lo bueno del país en general y de su fútbol en particular –siempre tan unidos, uno como reflejo del otro– es cómo, a partir de una inocente enumeración de sus figuras más destacadas, podemos tomar conciencia del momento histórico con perturbadora claridad. No está mal eso, ¿eh?
A ver, anotemos. Massa, Penco, Randazzo, Funes Mori, Scioli, Matos, Macri, Videla, Carrió, Camacho, Pino, Mora, Sanz, Bou, Cobos, Pisculichi.
Wow. De Selección, compatriotas.



jasch