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Ya no queda tiempo

La realidad económica europea exige medidas inmediatas y reformas estructurales para evitar la inminente entrada en deflación. 

Ha sido definida como el mayor problema económico del mundo. En consecuencia, no estamos ante una situación pequeña, irrelevante, sino por el contrario ante una cuestión que plantea un dilema enorme y sobre todo muy peligroso para la humanidad, porque ya hemos estado en ese lugar, por la década de años 20 al 30, el mundo, Europa y los Estados Unidos se precipitaron en una debacle económica que, en gran medida, estuvo en los orígenes de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. No está sucediendo lo mismo ahora porque nunca la historia se repite, pero lo que quiero aportar en este momento es un listado de las cuestiones que están planteadas sobre la agenda del mundo y aun cuando puedan ser alegremente ignoradas desde la Argentina, están.

Empiezo por una constatación escalofriante: la deflación en la zona euro está demasiado cercana a la realidad y es extremadamente peligrosa. Según el semanario The Economist en su edición de esta noche, la economía mundial no está en buena forma. Aun cuando lo que venimos sabiendo de los Estados Unidos y de Gran Bretaña parece ser razonablemente positivo en términos de actividad económica y ocupación, la economía de Japón sigue contra la pared, luchando, y el crecimiento de China, el gran motor mundial, es en estos momentos el más lento de lo que se ha vivido a partir de 2009. El crecimiento de Alemania, la enorme locomotora europea, ha estado tambaleando, y según dicen los expertos, la zona del euro está literalmente en el precipicio de concretar su tercera recesión en seis años.

Estos son detalles que no merecen respuestas ideológicas y demagógicas, merecen conocimiento, merecen seriedad. Lo cierto es que los gobiernos de Francia e Italia han estado, en muchos sentidos, esquivando llevar adelante reformas estructurales socialmente costosas. Pero en el otro extremo, el gobierno de Alemania, que es, de hecho, el estratega central de Europa, ha insistido a sus socios más débiles en que adopten medidas demasiado o excesivamente austeras. En estos momentos, la inflación general de la zona euro, vista desde un país como la Argentina, que anda en el 40% anual, está en el 0.3%, y el año que viene, 2015, literalmente, este resultado cero, podría mutarse en deflación. O sea que los precios no solamente no aumentarían para nada, sino que bajarían.

La zona euro es prácticamente la quinta parte de la producción mundial, y el camino que tiene por delante parece ser irrevocable: estancamiento y deflación. No es un caso aislado, como Japón, que vivió con deflación más de una década de tristeza económica. La zona euro, en cambio, no es un caso aislado. Desde China a los Estados Unidos, la inflación es preocupantemente baja. Así que, más temprano que tarde, la moneda euro, esa gran creación económica, financiera y cultural, colapsará. ¿Por qué? Porque si los mercados, la gente, la sociedad y las empresas, confían en que los precios seguirán bajando, habrá claramente una reducción del consumo. Y si el consumo se contrae, habrán de aumentar los defaults en los créditos. Esto fue lo que sucedió en la Gran Depresión del siglo XX, que tuvo consecuencias terribles, e inolvidables por lo siniestras, en la Alemania de comienzos de la década del ‘30. Los economistas suelen hablar de un concepto nada sencillo de explicar, que es proponerse un índice de inflación (le dicen en inglés target inflation) para indicarle a la sociedad que el año que viene estamos dispuestos a admitir una inflación de hasta el 20%, el año subsiguiente el 15, etcétera. De los 46 países del mundo cuyos bancos centrales adoptan el criterio de apuntar a metas específicas la inflación, 30 ya están por debajo de su objetivo.

Otra noticia escalofriante: los países ricos que integran la Organización Económica para el Desarrollo (OCDE) tienen 45 millones de trabajadores desocupados. Los activos financieros se van pulverizando, las tasas de interés – sobre todo a corto plazo - están prácticamente en cero en muchas economías. Así que los bancos centrales mucho no pueden hacer. Con tasas cercanas a cero no pueden reducirlas para aumentar el gasto, porque el gasto no va a aumentar de ninguna manera.

Europa continental, su economía, que se armó después de la Segunda Guerra, la economía del bienestar y de la plena ocupación, hoy está mostrando enormes debilidades. Por de pronto, la demografía, cada vez se tienen menos hijos en Europa, los países van envejeciendo. Esas poblaciones envejecidas generan más necesidades y gastos a los gobiernos. Y también, desde luego, hay  endeudamiento importante, y los mercados laborales –definición fantástica de The Economist- están escleróticos. Pero además, se han cometido enormes errores en las políticas económicas. Francia, Italia y Alemania, han estado esquivando reformas estructurales que permitan el crecimiento. Es un tema del que no es agradable hablar, pero del que hay que hablar.

Así como, por un lado, Alemania es culpable de una cierta rigidez en su insistencia de exigir mucha rigidez fiscal, también es cierto que la caída en la deflación parece para mucha gente poco menos que inevitable. Los bonos, por ejemplo, en Grecia, que tuvo una crisis de la deuda enorme, están aumentando rápidamente; el apoyo a un partido de extrema izquierda, el partido Syriza, ha aumentado, Francia y Alemania siguen enfrascados en sus habituales torneos retóricos. La conclusión es esta: algo estructuralmente radical debe ser consumado en Europa, porque si Europa no detiene su empeoramiento económico, tendrá que hacer frente  a una conducta autodestructiva y a los resultados de esa conducta.

Angela Merkel, la canciller de Alemania, la mujer más poderosa de Europa y, muchos dicen, del mundo, debería, de alguna manera, aflojar con Francia e Italia en cuanto a sus reclamos de recortes fiscales; pero también es cierto que tanto Francia como Italia deberían acelerar las reformas estructurales de las cuales la socialdemocracia y los sindicatos no quiere saber nada.

Una vez que la deflación le haya hincado su mandíbula a la economía, según dicen los que saben, va a ser muy difícil de sacársela de encima, porque es una enfermedad contagiosa, larga y muy atroz para erradicar. Los líderes europeos estarían corriendo contrarreloj y se quedan cada vez más sin tiempo.

Todo esto a manera de aporte, de reflexión, sobre lo que nos pasa a nosotros, a los argentinos, en donde a menudo solamente una parte del espectro ideológico quiere ser vista. Reformas estructurales sí, pero también medidas de protección al trabajo, sí.

El casamiento, la unión, entre estos dos conceptos es lo que se está haciendo inasible para Europa y lo que también en gran medida, y a nuestro modo, está estrangulando a la Argentina.

(*) Emitido en Radio Mitre, el jueves 23 de octubre de 2014. 



Pepe Eliaschev