COLUMNISTAS SOBREACTUACION PRESIDENCIAL

Yankees go home

Cristina declamó antiimperialismo tardío y montó un show de la nada con Putin. Más monodiscurso.

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Foto:Pablo Temes

Este es un gobierno extraño: se hace antiimperialista cuando el imperio se desvanece y se hace prosoviético dos décadas después de la desaparición de la URSS. La reedición de la nueva fase de la Guerra Fría en clave nacional y popular se desprende de dos notables gestos producidos en los últimos días por la principal responsable de la política exterior argentina, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. El primero tuvo tono de advertencia: “Si me pasa algo no miren a Oriente, miren al Norte”. Y mereció una respuesta descafeinada del Departamento de Estado de USA: “Not relevant”. Pero también una oportuna aclaración por parte del jefe de Gabinete, Jorge Milton Capitanich, reclamando a los Estados Unidos no tener “cola de paja” (sic) ya que el Norte “comienza en el ecuador”.

El segundo gesto –inevitable no entenderlo como parte de una fina estrategia de nuevo alineamiento internacional– llegó esta semana con la videoconferencia que la jefa de Estado mantuvo con su par de la Federación Rusa, el ex agente de la KGB Vladimir Putin.

Anunciada con enigmático sigilo por la Casa Rosada, la cumbre bilateral despertó expectativas en los analistas económicos ya que, tanto por el lugar elegido por la parte argentina (la ciudad de Las Heras, en la provincia de Santa Cruz, una importante base de operaciones de YPF) como por la presencia del máximo responsable de la petrolera de capital mayoritariamente estatal, Miguel Galuccio, todo hacía suponer que los anuncios tendrían una enorme gravitación para el futuro energético argentino. Un nuevo y rotundo golpe al corazón del sistema especulativo internacional parecía ponerse en marcha. El país no está aislado. Yankees go home. Se ilusionó parte de la platea.

Pero no. El misterio y las esperanzas duraron muy poco. Una eufórica Cristina y un más parco y casi inexpresivo Putin –interrumpidos ambos por las disonantes voces de los traductores oficiales, que le daban al coloquio un inocultable tufillo a Superagente 86– mantuvieron una pintoresca conversación satelital acerca de las bondades de la información pública “sin la intermediación de las grandes cadenas internacionales que transmiten noticias de acuerdo con su intereses”, según la original definición de la presidenta argentina.
Formateado en la temible inteligencia soviética y educado en el concepto del partido único, el hombre fuerte de Rusia explicó a su turno que los medios de comunicación son “un arma terrible que permite manipular la conciencia social”. Putin sabe de qué habla. Cuando revistaba en los servicios de espionaje de su ex país, se produjo la Glasnost, la famosa política de “transparencia” impulsada por Mijail Gorbachov, que antecedió a la disolución del coloso socialista. Una de las primeras medidas que el tío Mijail tuvo que adoptar fue ordenarles a los comunicadores oficiales que volvieran “a poner en su sitio” el gigantesco lunar rojo que el ex jefe del Partido Comunista tiene en su calva cabeza y que había “desaparecido” de los retratos distribuidos por la agencia de noticias TASS para anunciar su ascenso. La manipulación estaba incorporada a los usos y costumbres del socialismo real. En esa cultura creció y se formó el jerarca ruso que maneja con mano de hierro los destinos de su país desde hace tres lustros (a veces como presidente, otras como primer ministro) y que ha sido denunciado por violación sistemática a las libertades públicas. Según la organización Reporteros sin Fronteras, Rusia ocupa hoy el puesto 148 en libertad de expresión sobre un ranking de 180 países de todo el mundo. Para evitar suspicacias, digamos también que Estados Unidos se encuentra en el lugar 46 y Argentina en el 55, que el país mejor calificado es Finlandia y que los peores son Corea del Norte y Eritrea.

A pesar de las expectativas que se habían generado entre los soldados oficialistas, la escenografía montada por Cristina en el lejano Sur sirvió finalmente para realizar un modesto anuncio: la incorporación de Russia Today (RT) a la programación de la Televisión Digital Abierta de nuestro país. “No queremos que nos tutelen los pensamientos”, exageró más tarde la jefa de Estado ante una multitud de militantes de La Cámpora, que festejaba al grito de “¡El que no salta es de Clarín!”. CFK pareció obligada a justificar la pobre charla que había sostenido minutos antes con un hombre al que se puede recurrir por su poderío militar o energético pero difícilmente por sus cualidades como custodio de la libertad de información. Metida en la dinámica de esa retórica fuera de lugar, la Presidenta aprovechó también para asegurar que Argentina tiene “por primera vez” en su historia “una televisión pública en serio”. Otro dislate a tono con su interlocutor ruso. Nunca antes tantos recursos del Estado argentino fueron puestos al servicio de un proyecto político. Los medios públicos son –al menos en materia informativa– un ejemplo de lo que no se debe hacer: discrecionales, partidistas, ajenos a todo pluralismo republicano. Difícilmente la incorporación de Russia Today venga a corregir en parte esas violaciones.

No termina de comprenderse por qué la Presidenta eligió un polo petrolero para realizar la videoconferencia con el líder ruso para anunciar un simple intercambio televisivo. Su sobreactuación acerca de las maléficas redes de la desinformación mundial y el lanzamiento del Sistema Federal de Medición de Audiencias sonaron definitivamente fuera de contexto. Es posible que la expectativa por el acuerdo con Putin haya tenido otros ingredientes. Al cerrar su discurso en Las Heras, la jefa de Estado deslizó un vago llamado a recuperar “el autoabastecimiento energético”. La opaca mirada de Galuccio durante la ceremonia contrastó con la forzada vitalidad de la Presidenta. Seguramente el destacado ejecutivo –que debe moverse en el mundo real de las relaciones económicas internacionales y no en el antojadizo paraíso de las palabras y las imágenes– tiene otras urgencias a la hora de administrar la principal petrolera de una nación con las cuentas en rojo.

Es que el país de los encantos y el país real se parecen cada día menos. Aunque ahora se pueda ver por Russia Today.

*Periodista y editor.



Jorge Sigal