Yo fui un dinosaurio. En la jerga del periodismo digital, semejante confesión no alude a un sentido
arcaico de la vida, que por suerte no me acompaña, sino al pasado de periodista gráfico. Gráfico a
secas. Que hasta ayer nomás, al menos para mí, se trataba de la más noble vertiente de la
profesión.
Ser periodista gráfico, escribir, editar, oler la tinta y el papel siempre fueron cosas muy
pero muy edificantes. Y seguramente lo seguirán siendo. Publicar informaciones siempre será un acto
de compromiso y de lealtad. Porque, ¿qué es un periodista sino alguien que vibra cuando tropieza
con una noticia? Ahora: ese periodismo se basa en recursos no renovables. Fíjense: ¿cuántos pinos
son necesarios para abastecer de papel a la edición dominical de un diario importante?
Para la edición dominical de
perfil.com el recurso más importante es virtual, son bits y
bytes, unidades de medida de la información digital. Mezcla rara de tecnología y oficio.
Hacer periodismo digital tiene la mayor de las ventajas. Uno no se siente obligado sólo a
trabajar un buen texto. La obligación ahora es el hipertexto. Es decir: este cóctel que suma un
buen texto para una investigación o para una crónica; buenas fotos; imagen en movimiento, sonido,
música, efectos especiales, animación y sensibilidad.
La posibilidad de hacer periodismo por Internet me llegó hace un año, medio de casualidad.
Ahora creo que es un viaje de ida. Y que el periodista digital está en la antesala del
periodismo del futuro. El periodista digital será llamado, en el futuro, “periodista”
simplemente, porque el futuro seguro pasará por la red y por todas las variantes de la tecnología,
cuyas novedades no dan respiro. Ya no habrá que hacer ninguna distinción entre unos y otros porque
mientras la tecnología no duerme, lo único que importará al final en la sociedad de la información
(comunidad entre periodistas y ciudadanos informables) será lo que siempre importó: el rigor, el
contraste, la verificación de los datos, la integridad y la belleza de las palabras y las imágenes.
Pero sobre todo la libertad propia para informar y el sentido crítico de la realidad. Que por
suerte es lo único que, aunque suba a Internet, nunca será virtual.
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