En octubre de 1995, después de una larga búsqueda, logré entrevistar al ex represor y general
Guillermo Suárez Mason, quien nunca había hablado desde que había sido indultado. Después, cada
año, mantuve contactos con el ex militar por distintas investigaciones.
Una de esas veces le pregunté si aceptaría hacer una nota y darse la mano con un rival que
hubiera tenido poder de mando y de fuego en los años negros. Quién, preguntó. Como estaban por
liberar a Gorriarán Merlo, le propuse al ex guerrillero del ERP. A Suárez Mason, que en su vejez
tenía un gran parecido a Pablo Neruda, se le iluminó la cara. Con un media sonrisa, el viejo
desafió: “Yo le doy la mano a cualquiera que no se haya metido bajo la cama. Esos son los
peores. A Gorriarán, como a Firmenich, los valoro como enemigos”.
El encuentro nunca se realizó por mi incompentencia. Suárez Mason murió preso y Gorriarán
libre. Pero mientras Gorriarán estuvo preso, el ex dictador gozó del indulto. Ambos era anverso y
reverso de la misma historia. Los dos se necesitaban entre sí. Hasta en la forma de morir se
equipararon. Amos y señores de vidas ajenas, murieron añosos, en camas de hospital. Lejos del
heroísmo, lejos de sus muertos, lejos de todos.
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