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Los medios y la política

Ser para ser periodista

Cuando la vocación por informar deja su lugar al interés por los negocios.

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Por Jorge Fontevecchia | 24.09.2006

El Presidente junto al empresario Daniel Hadad, la primera dama y el embajador Wayne.

El Presidente junto al empresario Daniel Hadad, la primera dama y el embajador Wayne. | Foto: Télam

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Cuando yo comencé, los medios eran conducidos por periodistas. Por ejemplo, de los que aún perduran, Héctor Ricardo García de Crónica (ya no diario lamentablemente sino sólo TV) y Julio Ramos de Ambito Financiero. Otro ejemplo de entonces fue Jacobo Timerman, a quien yo no alcancé a conocer mientras dirigía La Opinión pero sí varios años después.
Hasta hace no mucho tiempo, incluso los medios que continuaban los descendientes del fundador tenían al frente de la empresa a alguien que actuaba como periodista: el padre de Bartolomé Mitre en La Nación y el de Máximo Gainza en La Prensa, a pesar de haber nacido ricos y herederos en tercera generación, se sentían periodistas.
Y también combinaban la función creativa con la conducción de medios el mítico Natalio Botana –del diario Crítica– y Roberto Noble, el fundador de Clarín, empresa hoy tan asociada a un estilo de conducción gerencial.
En Brasil existe un ejemplo paradigmático: el fundador de la red Globo, diez veces más grande y diversificada que Clarín, Roberto Marinho, fallecido hace tres años, sentía tanto orgullo de su profesión que en el protocolo interno de la Globo siempre se anteponía la palabra periodista antes de su nombre; con ese “título” ingresó a la Academia Brasileña de Letras y una calle del centro de Río de Janeiro lleva el nombre “Periodista Roberto Marinho”.
El fundador de la revista Time, la que se transformó en la mayor empresa de medios del mundo –incluye CNN y American On Line–, Henry Luce, no sólo sentía el mismo orgullo que Marinho de ser periodista sino que a su muerte dejó como legado que al frente de su empresa sólo podría estar un periodista (legado similar había dejado el fundador de Reader’s Digest).
Sólo respetaron su voluntad durante una década: luego el número uno pasó a ser un master en Administración. Y el darwinismo directivo continuó su camino: para aprovechar la revolución tecnológica, luego se pasó a un ingeniero, y últimamente están de moda los abogados (Hadad, por ejemplo, es abogado), porque la misión ya no reside en satisfacer a la audiencia sino a los futuros socios. O sea, el producto es el contrato.
Pero mientras que en Estados Unidos conviven esas situaciones simultáneamente con medios firmemente comprometidos con la tradición periodística como The New York Times o The Washington Post, en la Argentina, especialmente a partir de los ‘90, fiel a nuestro estilo extremo, la cantidad de medios de comunicación adquiridos o conducidos por personas ajenas a la creación de contenidos, y/o con una actitud casi de desprecio por el periodismo, es alarmante.
Y en ese contexto, el caso de Hadad es igualmente paradigmático al de Marinho pero en sentido inverso. Hadad, que es periodista, pareciera no sentirse completamente satisfecho con esa profesión y preferir que su vida se desarrollara por otros caminos. Siguiendo el espejo invertido de Marinho, que algún día una calle lleve el nombre “Empresario Daniel Hadad”.

Contexto. En 1983, en la misma semana en que el anterior propietario de Canal 9, Alejandro Romay retomó lo que hoy es la empresa de Hadad, muere en cámara el padre de un alumno durante la primera emisión del emblemático programa Domingos para la juventud. Por entonces yo dirigía la revista predecesora de Noticias, La Semana; me llama el director comercial de Canal 9, Rogelio Pianezza (actual presidente de la International Advertising Association para Argentina), a quien conocía por haber ocupado igual cargo antes en las revistas de Perfil, y me pide una reunión urgente ese mismo lunes, el día de cierre, con Romay.
Con Rogelio Pianezza de testigo, Romay me solicita que cambie la tapa de La Semana sobre su trágico debut en la TV comercial, porque él ya había “convencido” a las demás publicaciones para que tampoco lo hicieran. Le respondo lo obvio, que no iba a omitir el tema, y Romay me dice: “Vos no entendés, Jorgito (sic), estoy dispuesto a ofrecerte lo quieras del monopolio de la TV privada de los próximos seis años”. Le contesto: “Alejandro, en mi vida impedí la publicación de un hecho relevante de interés público; lo lamento pero soy periodista”. Y él concluyó: “Cuando seas grande, vas a dejar de ser periodista para ser empresario”.
Con los años, cada vez que Romay se cruzaba en mi vida, me decía: “Jorgito, ¿seguís siendo periodista o ya sos empresario?”. Siempre respondí: “Sigo siendo periodista”.
Imagino que desde su lógica debe decirse: ‘Cómo tarda en madurar este muchacho’. Por mi parte, nunca pude comprender esa lógica: quien tiene la posibilidad de trabajar de lo que le gusta siente que su profesión es la mejor del mundo. ¿Por qué cambiarla, entonces?
Durante la conferencia sobre “Internet: cómo ganarle a la censura” (ver página 44), Mariano Grondona sostuvo que el periodista que siente la vocación vive enamorado de ella, con una entrega absoluta y, sin horarios, no se cansa porque hace lo que le da placer.
Luego se refirió a cuando el Presidente dijo que los periodistas le dan lástima “porque son empleados”. Grondona dijo que “tratando de eximirlos de culpa –el dueño del medio los haría escribir o hablar en un sentido o en el otro–, al mismo tiempo Kirchner los desvalorizaba totalmente como personas y como profesionales. Los periodistas no se sienten empleados a pesar de que haya, por supuesto, una relación funcional con la empresa”.
Lo mismo sucede con un periodista que conduce un medio de comunicación: no se siente sólo empresario, sigue siendo periodista. Y si así fuera, no puede estar tan cerca, como Hadad, del Gobierno.

Posdata: El diario Página/12 publicó la foto de Presidencia que ilustra esta contratapa cortando a Hadad, como hacía el Pravda con Trotsky.

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