Cuando yo comencé, los medios eran conducidos por periodistas. Por ejemplo, de los que aún
perduran, Héctor Ricardo García de Crónica (ya no diario lamentablemente sino sólo TV) y Julio
Ramos de Ambito Financiero. Otro ejemplo de entonces fue Jacobo Timerman, a quien yo no alcancé a
conocer mientras dirigía La Opinión pero sí varios años después.
Hasta hace no mucho tiempo, incluso los medios que continuaban los descendientes del fundador
tenían al frente de la empresa a alguien que actuaba como periodista: el padre de Bartolomé Mitre
en La Nación y el de Máximo Gainza en La Prensa, a pesar de haber nacido ricos y herederos en
tercera generación, se sentían periodistas.
Y también combinaban la función creativa con la conducción de medios el mítico Natalio Botana
–del diario Crítica– y Roberto Noble, el fundador de Clarín, empresa hoy tan asociada a
un estilo de conducción gerencial.
En Brasil existe un ejemplo paradigmático: el fundador de la red Globo, diez veces más grande
y diversificada que Clarín, Roberto Marinho, fallecido hace tres años, sentía tanto orgullo de su
profesión que en el protocolo interno de la Globo siempre se anteponía la palabra periodista antes
de su nombre; con ese “título” ingresó a la Academia Brasileña de Letras y una calle
del centro de Río de Janeiro lleva el nombre “Periodista Roberto Marinho”.
El fundador de la revista Time, la que se transformó en la mayor empresa de medios del mundo
–incluye CNN y American On Line–, Henry Luce, no sólo sentía el mismo orgullo que
Marinho de ser periodista sino que a su muerte dejó como legado que al frente de su empresa sólo
podría estar un periodista (legado similar había dejado el fundador de Reader’s Digest).
Sólo respetaron su voluntad durante una década: luego el número uno pasó a ser un master en
Administración. Y el darwinismo directivo continuó su camino: para aprovechar la revolución
tecnológica, luego se pasó a un ingeniero, y últimamente están de moda los abogados (Hadad, por
ejemplo, es abogado), porque la misión ya no reside en satisfacer a la audiencia sino a los futuros
socios. O sea, el producto es el contrato.
Pero mientras que en Estados Unidos conviven esas situaciones simultáneamente con medios
firmemente comprometidos con la tradición periodística como The New York Times o The Washington
Post, en la Argentina, especialmente a partir de los ‘90, fiel a nuestro estilo extremo, la
cantidad de medios de comunicación adquiridos o conducidos por personas ajenas a la creación de
contenidos, y/o con una actitud casi de desprecio por el periodismo, es alarmante.
Y en ese contexto, el caso de Hadad es igualmente paradigmático al de Marinho pero en sentido
inverso. Hadad, que es periodista, pareciera no sentirse completamente satisfecho con esa profesión
y preferir que su vida se desarrollara por otros caminos. Siguiendo el espejo invertido de Marinho,
que algún día una calle lleve el nombre “Empresario Daniel Hadad”.
Contexto. En 1983, en la misma semana en que el anterior
propietario de Canal 9, Alejandro Romay retomó lo que hoy es la empresa de Hadad, muere en cámara
el padre de un alumno durante la primera emisión del emblemático programa Domingos para la
juventud. Por entonces yo dirigía la revista predecesora de Noticias, La Semana; me llama el
director comercial de Canal 9, Rogelio Pianezza (actual presidente de la International Advertising
Association para Argentina), a quien conocía por haber ocupado igual cargo antes en las revistas de
Perfil, y me pide una reunión urgente ese mismo lunes, el día de cierre, con Romay.
Con Rogelio Pianezza de testigo, Romay me solicita que cambie la tapa de La Semana sobre su
trágico debut en la TV comercial, porque él ya había “convencido” a las demás
publicaciones para que tampoco lo hicieran. Le respondo lo obvio, que no iba a omitir el tema, y
Romay me dice: “Vos no entendés, Jorgito (sic), estoy dispuesto a ofrecerte lo quieras del
monopolio de la TV privada de los próximos seis años”. Le contesto: “Alejandro, en mi
vida impedí la publicación de un hecho relevante de interés público; lo lamento pero soy
periodista”. Y él concluyó: “Cuando seas grande, vas a dejar de ser periodista para ser
empresario”.
Con los años, cada vez que Romay se cruzaba en mi vida, me decía: “Jorgito, ¿seguís
siendo periodista o ya sos empresario?”. Siempre respondí: “Sigo siendo
periodista”.
Imagino que desde su lógica debe decirse: ‘Cómo tarda en madurar este muchacho’.
Por mi parte, nunca pude comprender esa lógica: quien tiene la posibilidad de trabajar de lo que le
gusta siente que su profesión es la mejor del mundo. ¿Por qué cambiarla, entonces?
Durante la conferencia sobre “Internet: cómo ganarle a la censura” (ver página
44), Mariano Grondona sostuvo que el periodista que siente la vocación vive enamorado de ella, con
una entrega absoluta y, sin horarios, no se cansa porque hace lo que le da placer.
Luego se refirió a cuando el Presidente dijo que los periodistas le dan lástima “porque
son empleados”. Grondona dijo que “tratando de eximirlos de culpa –el dueño del
medio los haría escribir o hablar en un sentido o en el otro–, al mismo tiempo Kirchner los
desvalorizaba totalmente como personas y como profesionales. Los periodistas no se sienten
empleados a pesar de que haya, por supuesto, una relación funcional con la empresa”.
Lo mismo sucede con un periodista que conduce un medio de comunicación: no se siente sólo
empresario, sigue siendo periodista. Y si así fuera, no puede estar tan cerca, como Hadad, del
Gobierno.
Posdata: El diario Página/12 publicó la foto de Presidencia que
ilustra esta contratapa cortando a Hadad, como hacía el Pravda con Trotsky.