En el prefacio que escribió para la selección de sus relatos titulada
The Stories of John Cheever (1978) –la misma que
acaba de publicar Emecé como
Relatos I y II–, Cheever hace una comparación entre
los primeros pasos de un escritor y los de un pintor. Según dice, en la pintura los maestros y los
aprendices establecen alianzas que les evitan a estos últimos exponer en sus obras ciertos errores
propios de la inmadurez. El escritor, en cambio, dice Cheever, “se presenta solo”, por
lo que “incluso una cuidada selección de sus primeros trabajos será siempre la historia
desnuda de su lucha por recibir una educación en economía y en amor”. Por esta razón, Cheever
eliminó los cuentos de su juventud, a los que encontró “embarazosamente inmaduros”. Y
eso es algo para lamentar: sería interesante poder observar el proceso completo de maduración de
este autor, poder ver de qué manera fue mutando su estilo hasta alcanzar algo parecido a la
perfección.
Más allá de esto, la aparición de
Relatos I y
II constituye un acontecimiento editorial para celebrar:
reúne sesenta y un relatos –la mayoría de ellos inhallables– que el propio Cheever
organizó cronológicamente, aunque con una pequeña modificación para que
Adiós,
hermano mío estuviera en primer lugar. Aun así, quedan
todavía sesenta y ocho relatos de su autoría que no fueron reunidos todavía en libro.
El narrador recatado. Cheever es un escritor singular:
además de ser un autor prolífico, logró ser best seller publicando obras de primer orden –
Falconer (1977), por ejemplo, se mantuvo varios meses en
el primer lugar de ventas en los EE.UU.–, y obtuvo además prestigiosos premios, el National
Book Award en 1957, y el Pulitzer (precisamente por
The Stories...) en 1978, entre otros.
Su primera publicación fue un cuento autobiográfico, titulado
Expelled, al que escribió cuando lo expulsaron por fumar
de la Thayer Academy, en Massachusetts, a los diecisiete años. Sobre el final de
Expelled leemos: “En el colegio, Estados Unidos es
siempre hermoso. Es siempre la gema del océano y está muy mal que así sea. Está mal porque la gente
se lo cree. Porque se vuelven indiferentes. Porque se casan y se reproducen y votan y no saben
nada. Porque el periódico está siempre de buen humor y pasa el tiempo mirando al cielo raso para no
ver la suciedad del suelo. Porque todo lo que ellos saben y conocen es lo que les dice el periódico
siempre de buen humor”.
Este adolescente, díscolo y frontal, poco tiene que ver con el escritor maduro, orgulloso de
haber alcanzado un estilo “recatado”. En este aprendizaje, Cheever reconoce
fundamentalmente una deuda con Harold Ross, el director de
The New Yorker –donde publicó ciento diecinueve
relatos. Según Cheever, Ross le enseñó que “el recato es una forma del discurso tan profunda
y connotativa como cualquier otra, diferente no sólo por su contenido, sino por su sintaxis y sus
imágenes”.
El equilibrista. En la entrevista que le concedió a Annette
Grant en 1969, John Cheever se definió como un escritor “intuitivo”. “No trabajo
con tramas –dijo–. Trabajo por intuición, aprensión, sueños, conceptos.” Por su
estilo, fue comparado con un equilibrista, y es una comparación acertada: por momentos, no sabemos
de dónde se sostienen sus relatos, qué están narrando. Y ésa es su marca personal: Cheever se lanza
a contar sin red porque considera que la trama es “el intento calculado de captar el interés
del lector a expensas de la convicción moral”. No hay otra fórmula, para evitar esto, que la
de abandonarse a narrar.
En una de sus notas de prensa, titulada “Mi Hemingway personal”, Gabriel García
Márquez hace una interesante comparación entre los estilos de Faulkner y Hemingway. Dice:
“Faulkner no parecía tener un sistema orgánico para escribir, sino que andaba a ciegas por su
universo bíblico como un tropel de cabras sueltas en una cristalería. Cuando se logra desmontar una
página suya, uno tiene la impresión de que le sobran resortes y tornillos y que será imposible
devolverla otra vez a su estado original. Hemingway, en cambio, con menos inspiración, con menos
pasión y menos locura, pero con un rigor lúcido, dejaba sus tornillos a la vista por el lado de
afuera, como en los vagones de ferrocarril”. Siguiendo con esta comparación, Cheever parece
estar en medio de los dos: no anda a ciegas, pero tampoco es riguroso. Y en sus relatos no hay
“resortes y tornillos”, sino sólidas piezas narrativas pulidas y ensambladas con
pericia y elegancia. Si, como hace García Márquez, comparáramos su estilo de narrar con el diseño
de un tren, sin duda se parecería mucho al del modelo que Cheever tiene a sus espaldas
–aunque sin los remaches– en la excelente fotografía que le sacó Donal Holway en 1979
para The Washington Post, en la que se lo ve tomando café en un jarrito de loza.
Lugares, personajes y atmósferas. Cheever no necesita
muchos personajes ni desplegar grandes escenarios. Todo sucede en un departamento de Manhattan, en
un restaurante, en una casa de los suburbios de Nueva York, incluso en un modesto ascensor por
donde la vida simplemente pasa. Importan menos los lugares que los deseos, las frustraciones y los
tormentos de sus personajes: acosados siempre por la pérdida de la juventud, los privilegios de
clase, el dinero, la familia o el amor. “El, o todo lo que lo rodeaba, daba la impresión de
haber cambiado imperceptiblemente para empeorar”, dice el narrador de
¡Adiós, juventud! ¡Adiós, belleza! Y en estas historias,
esa sensación es recurrente. Sobre todo cuando aparece el abuso de alcohol. Cheever es uno de los
primeros escritores en mostrar con crudeza el flagelo del alcoholismo en la clase media
norteamericana, evidentemente porque durante muchos años lo padeció en carne propia. Su hija,
Susan, publicó
Home before dark, un libro en el que habla de la
rehabilitación de su padre, y dice: “... era como tener a mi antiguo padre de vuelta, un
hombre cuyo humor y ternura yo recordaba vagamente de mi infancia. (...) En tres años, pasó de ser
un alcohólico con problemas de drogas que fumaba dos atados de Marlboro por día, a ser un hombre
abstemio para quien su principal droga era el azúcar en sus postres y la cafeína que tomaba en
lugar del whisky”.
Cheever capta con maestría los signos de incompatibilidad o deterioro en las relaciones
personales. Y algunos vínculos le interesan más que otros para exhibirlos. El matrimonio, por
ejemplo, es uno de sus favoritos: con o sin hijos, de ancianos o de jóvenes, pobres o ricos, de
ambiciosos o conformistas, de ejecutivos o campesinos. Le gusta mostrarlos yendo a la ciudad, con
sus sueños provincianos intactos, y fracasar –los Malloy en
Oh, ciudad de sueños rotos, que incluye una de las mejores
escenas de todos los relatos, cuando Alice Malloy, en medio de una fiesta de ricos, al final de la
canción que le había enseñado la señora Bachman (y que terminaba diciendo
“I’ll lay me down and dee”), se desploma
en el piso para darle énfasis, provocando que a una mujer le estallara el collar de la risa. O al
revés, cuando van de la ciudad al campo con la esperanza de encontrar algo de paz –los Hollis
en
Granjero de verano. O simplemente mientras están en sus
casas, sensibles a cualquier intromisión o alteración de la rutina –los Westcott en
La monstruosa radio.
Pero es el narrador del relato titulado
El tren de las cinco y cuarenta y ocho quien parece
sintetizar mejor el pensamiento de Cheever sobre las relaciones conyugales, cuando dice: “En
cualquier sitio donde se oigan voces de matrimonio –el patio de un hotel, los orificios de un
sistema de ventilación, cualquier calle en una noche de verano–, serán palabras ásperas lo
que se oiga”.
No en vano demostró –en
El marido rural– que es menos estresante un
accidente aeronáutico que la vida en familia. Sobre todo cuando los hijos son chicos, tu esposa
bebe demasiado y uno vuelve a casa cansado después de trabajar.
Dicho sea de paso, ésta es una escena de la que Cheever se apropió para siempre: la vuelta a
casa en el atardecer de un día agitado y el encuentro con la familia. También repite otras escenas:
cócteles, días de playa, viajes en tren... Y puede hacerlo porque le interesa menos la variedad
temática que la búsqueda de nuevos procedimientos narrativos. “La ficción es experimentación
–dice–; si deja de serlo, deja de ser ficción.” De ahí que en cada relato innove
en el modo de narrar, y así consiga crear una atmósfera particular para cada uno de ellos. En este
sentido, entre los mejores están aquellos que bordean el género policial, y aquellos en los que,
como Hitchcock en
El hombre que sabía demasiado, o Fritz Lang en
El vampiro de Dusendorf, Cheever no vacila en poner a una
niña en peligro para ganar en intensidad –
Los Hartley o
La historia de Sutton Place. “El primer principio de
la estética es el interés o el suspenso –declaró–. Usted no puede esperar comunicarse
con nadie si es un tedioso.”
La sólida agua verde. En sus clases de Literatura, Vladimir
Nabokov –quien dijo ser, al igual que Hemingway, un admirador de Cheever– recomendaba
no empezar una obra con generalizaciones. "Una generalización nos aleja del libro antes de haber
empezado a comprenderlo", dice. John Cheever parece haber tomado nota de este consejo como
narrador. Si algo se repite en sus relatos, casi como una fórmula, son los comienzos. No importa si
el relato está escrito en primera o en tercera persona, rápidamente el narrador se encarga de
hacernos saber cuál es el nombre del protagonista, de qué trabaja, cuál es su estado civil y qué
edad tiene. Todo lo demás es incierto. Nunca sabemos qué va a pasar, porque no sabemos qué hay más
allá del primer párrafo. De ahí que leer un relato de Cheever sea una experiencia parecida a la de
salir a nadar en aguas profundas. Como los Pommeroy en
Adiós, hermano mío, cuando bajan el acantilado para
alejarse de Lawrence, pero también para nadar en esa “sólida agua verde” y sentirse
renovados, “como si nadar tuviera la fuerza purificadora que reclama el bautismo”. De
la misma manera, la inmersión en la literatura de Cheever parece tener un efecto curativo en cada
uno de nosotros.
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