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Sociedad

NUEVAS CLAVES CIENTÍFICAS PARA VIVIR CON ALEGRÍA

El misterio de la felicidad

¿Creés que la felicidad la trae el dinero, el amor o la salud? La clave está en cómo te relacionás con vos mismo y con los otros. Para estar satisfecho con la vida hacen falta optimismo, hormonas anti-stress, autonomía, emociones positivas, dopamina, endorfinas y creatividad. Todo mezclado con el último grito de la moda: resiliencia. Y mucha risa.

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Por Teresa Aguirre. revista NEO. | 29.09.2006

Buenas noticias: podés tomar el control de tu propia felicidad.

O de un buen porcentaje de ella. Al menos así lo muestra el boom de investigaciones científicas que la tienen como target.

Aunque con distintos nombres y abordajes, la búsqueda de la felicidad viene insistiendo entre filósofos y optimistas de diversos credos desde hace siglos. Sin embargo, la nueva reivindicación surgió apenas unos años atrás, cuando un grupo de psicólogos norteamericanos, hartos de transitar los pasillos de la depresión, la angustia y las fobias, decidieron enfocar su mirada científica en la dirección del lado menos oscuro de la salud mental. Así nació la Psicología Positiva, con Martin Seligman -de la Universidad de Pensilvania y ex presidente de la Asociación Norteamericana de Psicología- y Edward Diener -de la Universidad de Illinois- a la cabeza. Explotar el costado placentero de la vida, comprometerse con lo que uno hace y encontrarle un sentido existencial trascendente, son los tres caminos que conducen a la Autentica Felicidad, tal el título del libro de Martin Seligman.

La receta es salir de uno para ocuparse de otro, mediante gestos de gratitud y generosidad, tal como los que describen quienes realizan tareas de voluntariado en iglesias, hospitales, escuelas, barrios humildes. Lo que parece hecho para otro se convierte en un bumerang que los conecta con un sentido de trascendencia que muchos definen como el encuentro. En este sentido, cada vez más investigaciones revelan que las creencias religiosas son un capital fundamental a la hora de no desbarrancarse ante los problemas.

Pero, ¿cómo recortar algo tan etéreo como la felicidad? Científicos estadounidenses definen la felicidad como “satisfacción con la vida” y así la investigan.

¿Se nace o se hace feliz?
Uno de los primeros límites que tuvieron que salvar, en defensa del nuevo campo del Tú-Puedes-Ser-Feliz, fue el determinismo genético de la felicidad que había sido promulgado en 1996 por David Lykken y Auke Tellegen, de la Universidad de Minnesota, en los Estados Unidos. Estos genetistas del comportamiento indagaron a 2.300 mellizos y concluyeron que el 50% de la satisfacción personal con la vida viene escrita en el ADN. El dinero, el estatus matrimonial, la religión y la educación aportarían apenas un 8% a la cuenta de la felicidad. El 42% restante quedaría librado a los vaivenes de la vida.

Lykken avanzó un paso más y postuló que nuestro estado de ánimo tiene un punto de equilibrio al que siempre regresamos. Este estado básico de felicidad/infelicidad no se modifica con hechos excepcionales como puede ser ganarse la lotería. Pasado un tiempo de júbilo inicial, como un eterno retorno de lo igual, se vuelve al mismo nivel de satisfacción.

Un estudio realizado por los fundadores de la Psicología Positiva y publicado el año pasado en la revista Psychological Science concluyó: “El estatus económico no define el bienestar de una nación”. Es más: la carrera del consumo, la fama y el dinero demostró ser la puerta de entrada a emociones displacenteras y frustrantes, depresión y ansiedad, según el psicólogo Tim Passer. Como muestra: Angelina Jolie, a pesar de su apellido alegre, anduvo flagelándose por la vida hasta que adoptó un niño (y lo enganchó a Brad Pitt). Payasos como el Dr. Patch Adams suelen ser unos amargos y, acá mismo, sobran los ejemplos de humoristas hundidos en la desesperación, como el gran Olmedo.

El psicoanalista norteamericano Michael Guy Thompson aportó la frutilla del postre: “A pesar de la prosperidad que disfrutamos los norteamericanos, con un nivel de vida que es la envidia del mundo, cada año gastamos millones de dólares en antidepresivos y ansiolíticos; y aunque son efectivos para aliviar nuestro sufrimiento, poco es lo que pueden hacer para convertirnos en seres humanos más felices”.

Un estudio que define el ranking de las sociedades más felices confirma que el dinero no hace la felicidad ni mucho menos. Países no muy ricos, como México, están en le top ten de la alegría. La Argentina quedó ubicada en un digno nivel medio de felicidad y bienestar (puesto 28, entre 84 analizados). Y los habitantes de Indonesia son los más infelices, incluso antes del tsunami.

Otro de los fetiches que también se desintegró como productor de felicidad fue la pareja. Un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, buceó durante 15 años la satisfacción matrimonial de 24.000 alemanes y llegó al decepcionante concepto de adaptación: el matrimonio dispara un brote inicial de felicidad que retorna a los niveles previos apenas se rompe la magia. Claro que el amor no se limita a la pareja. El amor hacia los otros, la generosidad y los sentimientos de gratitud son puntos a favor a la hora de sentirse feliz.

Lo que importa es la salud
Muchas investigaciones vinculan emociones positivas con salud física. Una de las últimas fue publicada el mes pasado por la prestigiosa revista Proceedings of the Nacional Academy of Sciences de los Estados Unidos. En este estudio, Andrew Steptoe -del University College London- rastreó la vía química que une estados mentales positivos y buena salud. Al sumarle momentáneas experiencias de felicidad a un día habitual de trabajo de los londinenses estudiados, Steptoe encontró una considerable reducción de cortisol, la hormona del stress, responsable de desencadenar una catarata de respuestas hormonales y nerviosas muy nocivas para el cuerpo. Además, bajo el estricto control de un monitor, el corazón respondió bajando sus pulsaciones a los momentos de felicidad propuestos.

Existen incluso experimentos que demuestran los efectos benéficos que tienen la risa, la meditación y el yoga. Pero existe una paradoja: ¿nos reímos porque nos sentimos felices o somos felices porque nos reimos? Algunos afirman que el sólo hecho de ponerse a reír es terapéutico. La risa liberaría ciertos compuestos a nivel cerebral (como la endorfina y la dopamina) vinculadas al placer, la calma y la gratificación. Otros expertos apuestan a que el comportamiento extrovertido -en vez de tímido y retraído- suma para ser feliz. Pero la fórmula no se cumple siempre. Hay personas optimistas que se enferman, y otras que parecen alargar sus años de vida gracias a su actitud positiva. Aunque existe una correlación entre alegría y salud, el secreto de la felicidad sigue siendo esquivo para la medicina. La llave empieza a dibujarla la psicología.

La felicidad psicológica
“Nuestro bienestar depende de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. Es decir, que los recursos para el bienestar están primordialmente adentro nuestro y en nuestra red interpersonal. Esto significa que, a pesar de la disposición biológica, es mucho lo que podemos hacer para influir positivamente en nuestro nivel de bienestar”, lanza Cecile Rausch Herscovici, profesora de la Universidad del Salvador y co-autora del libro El bienestar que buscamos. Y rescata tres caminos marcados por la Psicología Positiva: “la bondad, la gratitud y la capacidad de amar están directamente asociadas a la felicidad, ya que hacen que uno se sienta más y mejor conectado con el otro y con su entorno”. Algunas claves de fácil concreción: “tener un gesto de amabilidad; hacer un inventario diario de cosas que hayan salido bien; perdonar; agradecer; cuidar el propio cuerpo; dedicar tiempo para estar con amigos…” Por su parte, la psicóloga Kennon Sheldom, de la Universidad de Missouri, coordinó una investigación que delimitó cuatro necesidades psicológicas básicas para el camino hacia la felicidad. Y las enumera: “autonomía (que no significa individualismo sino sentido de pertenencia con lo que se hace); competitividad (ser efectivo en lo de cada uno); capacidad de vincularse con los otros; y autoestima”.

Desde una posición que siempre se catalogó como sombría, emerge el Psicoanálisis, al parecer enemigo público de la Psicología Positiva. “Siempre se le adjudicó al psicoanálisis una mirada pesimista, pero es por lo menos infantil pensar en la felicidad idílica en un mundo plagado de injusticias, guerras y dificultades. A ellas se refirió Freud cuando habló del inevitable malestar enquistado en la cultura”, comenta el psicoanalista Emilio Aguerreberry, profesor de Salud Mental de la UBA. Ya a principios del siglo pasado, el mismísimo Freud postuló que “con una vida mental restaurada el individuo tendrá mejores armas para luchar contra la infelicidad”. Es decir que su premisa de base no fue la construcción de la felicidad sino la defensa contra la infelicidad. “Esto significa que el objetivo de un tratamiento psicoanalítico no está dirigido a alcanzar la felicidad sino a obtener una buena disposición mental para acercarse lo más posible a ella”, sostiene Aguerreberry. “Porque el error es entender la felicidad como una estación de llegada y no como el camino. Obtener todo lo que se sueña, la satisfacción absoluta, implica la ausencia de deseo y, en este sentido, es la antítesis de la vida y de la salud”.

“La felicidad, en la gente inteligente, es lo más raro que hay”, observó Ernest Hemingway, un escritor que vivió entre la alegría y la depresión hasta el final, como algunos miembros de su familia.

Quizás, habría que recurrir al muy de moda concepto de “resiliencia”, como una capacidad de fortalecerse gracias a la relación con los otros, que se aprende más allá de lo que cada uno trae desde la cuna. El médico y psicólogo norteamericano Peter Ubella asegura: “Las personas son más resilientes de lo que creen que puede ser, y pueden atravesar cosas que probablemente nunca imaginaron que podrían”.

De última, si la capacidad de amar e interactuar con los otros no te hace feliz, conseguite un perro. Las mascotas no sólo alegran la vida de los deprimidos, sino que también ayudan a bajar los niveles de colesterol y presión arterial, disminuyen la sensación de soledad, mantienen el corazón funcionando a buen ritmo y ayudan a seguir las dietas.  
 

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