Buenas noticias: podés tomar el control de tu propia felicidad.
O de un buen porcentaje de ella. Al menos así lo muestra el
boom de investigaciones científicas que la tienen como
target.
Aunque con distintos nombres y abordajes, la búsqueda de la felicidad viene insistiendo entre
filósofos y optimistas de diversos credos desde hace siglos. Sin embargo, la nueva reivindicación
surgió apenas unos años atrás, cuando un grupo de psicólogos norteamericanos, hartos de transitar
los pasillos de la depresión, la angustia y las fobias, decidieron enfocar su mirada científica en
la dirección del lado menos oscuro de la salud mental. Así nació la Psicología Positiva, con Martin
Seligman -de la Universidad de Pensilvania y ex presidente de la Asociación Norteamericana de
Psicología- y Edward Diener -de la Universidad de Illinois- a la cabeza. Explotar el costado
placentero de la vida, comprometerse con lo que uno hace y encontrarle un sentido existencial
trascendente, son los tres caminos que conducen a la
Autentica Felicidad, tal el título del libro de Martin
Seligman.
La receta es salir de uno para ocuparse de otro, mediante gestos de gratitud y generosidad,
tal como los que describen quienes realizan tareas de voluntariado en iglesias, hospitales,
escuelas, barrios humildes. Lo que parece hecho para otro se convierte en un bumerang que los
conecta con un sentido de trascendencia que muchos definen como el encuentro. En este sentido, cada
vez más investigaciones revelan que las creencias religiosas son un capital fundamental a la hora
de no desbarrancarse ante los problemas.
Pero, ¿cómo recortar algo tan etéreo como la felicidad? Científicos estadounidenses definen
la felicidad como “satisfacción con la vida” y así la investigan.
¿Se nace o se hace feliz?
Uno de los primeros límites que tuvieron que salvar, en defensa del nuevo campo del
Tú-Puedes-Ser-Feliz, fue el determinismo genético de la felicidad que había sido promulgado en 1996
por David Lykken y Auke Tellegen, de la Universidad de Minnesota, en los Estados Unidos. Estos
genetistas del comportamiento indagaron a 2.300 mellizos y concluyeron que el 50% de la
satisfacción personal con la vida viene escrita en el ADN. El dinero, el estatus matrimonial, la
religión y la educación aportarían apenas un 8% a la cuenta de la felicidad. El 42% restante
quedaría librado a los vaivenes de la vida.
Lykken avanzó un paso más y postuló que nuestro estado de ánimo tiene un punto de equilibrio
al que siempre regresamos. Este estado básico de felicidad/infelicidad no se modifica con hechos
excepcionales como puede ser ganarse la lotería. Pasado un tiempo de júbilo inicial, como un eterno
retorno de lo igual, se vuelve al mismo nivel de satisfacción.
Un estudio realizado por los fundadores de la Psicología Positiva y publicado el año pasado
en la revista
Psychological Science concluyó: “El estatus
económico no define el bienestar de una nación”. Es más: la carrera del consumo, la fama y el
dinero demostró ser la puerta de entrada a emociones displacenteras y frustrantes, depresión y
ansiedad, según el psicólogo Tim Passer. Como muestra: Angelina Jolie, a pesar de su apellido
alegre, anduvo flagelándose por la vida hasta que adoptó un niño (y lo enganchó a Brad Pitt).
Payasos como el Dr. Patch Adams suelen ser unos amargos y, acá mismo, sobran los ejemplos de
humoristas hundidos en la desesperación, como el gran Olmedo.
El psicoanalista norteamericano Michael Guy Thompson aportó la frutilla del postre: “A
pesar de la prosperidad que disfrutamos los norteamericanos, con un nivel de vida que es la envidia
del mundo, cada año gastamos millones de dólares en antidepresivos y ansiolíticos; y aunque son
efectivos para aliviar nuestro sufrimiento, poco es lo que pueden hacer para convertirnos en seres
humanos más felices”.
Un estudio que define el ranking de las sociedades más felices confirma que el dinero no hace
la felicidad ni mucho menos. Países no muy ricos, como México, están en le
top ten de la alegría. La Argentina quedó ubicada en un
digno nivel medio de felicidad y bienestar (puesto 28, entre 84 analizados). Y los habitantes de
Indonesia son los más infelices, incluso antes del tsunami.
Otro de los fetiches que también se desintegró como productor de felicidad fue la pareja. Un
estudio publicado en el
Journal of
Personality and Social Psychology, buceó durante 15 años
la satisfacción matrimonial de 24.000 alemanes y llegó al decepcionante concepto de adaptación: el
matrimonio dispara un brote inicial de felicidad que retorna a los niveles previos apenas se rompe
la magia. Claro que el amor no se limita a la pareja. El amor hacia los otros, la generosidad y los
sentimientos de gratitud son puntos a favor a la hora de sentirse feliz.
Lo que importa es la salud
Muchas investigaciones vinculan emociones positivas con salud física. Una de las últimas fue
publicada el mes pasado por la prestigiosa revista
Proceedings of the Nacional Academy of Sciences de los
Estados Unidos. En este estudio, Andrew Steptoe -del University College London- rastreó la vía
química que une estados mentales positivos y buena salud. Al sumarle momentáneas experiencias de
felicidad a un día habitual de trabajo de los londinenses estudiados, Steptoe encontró una
considerable reducción de cortisol, la hormona del stress, responsable de desencadenar una catarata
de respuestas hormonales y nerviosas muy nocivas para el cuerpo. Además, bajo el estricto control
de un monitor, el corazón respondió bajando sus pulsaciones a los momentos de felicidad propuestos.
Existen incluso experimentos que demuestran los efectos benéficos que tienen la risa, la
meditación y el yoga. Pero existe una paradoja: ¿nos reímos porque nos sentimos felices o somos
felices porque nos reimos? Algunos afirman que el sólo hecho de ponerse a reír es terapéutico. La
risa liberaría ciertos compuestos a nivel cerebral (como la endorfina y la dopamina) vinculadas al
placer, la calma y la gratificación. Otros expertos apuestan a que el comportamiento extrovertido
-en vez de tímido y retraído- suma para ser feliz. Pero la fórmula no se cumple siempre. Hay
personas optimistas que se enferman, y otras que parecen alargar sus años de vida gracias a su
actitud positiva. Aunque existe una correlación entre alegría y salud, el secreto de la felicidad
sigue siendo esquivo para la medicina. La llave empieza a dibujarla la psicología.
La felicidad psicológica
“Nuestro bienestar depende de cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los
demás. Es decir, que los recursos para el bienestar están primordialmente adentro nuestro y en
nuestra red interpersonal. Esto significa que, a pesar de la disposición biológica, es mucho lo que
podemos hacer para influir positivamente en nuestro nivel de bienestar”, lanza Cecile Rausch
Herscovici, profesora de la Universidad del Salvador y co-autora del libro
El bienestar que buscamos. Y rescata tres caminos marcados
por la Psicología Positiva: “la bondad, la gratitud y la capacidad de amar están directamente
asociadas a la felicidad, ya que hacen que uno se sienta más y mejor conectado con el otro y con su
entorno”. Algunas claves de fácil concreción: “tener un gesto de amabilidad; hacer un
inventario diario de cosas que hayan salido bien; perdonar; agradecer; cuidar el propio cuerpo;
dedicar tiempo para estar con amigos…” Por su parte, la psicóloga Kennon Sheldom, de la
Universidad de Missouri, coordinó una investigación que delimitó cuatro necesidades psicológicas
básicas para el camino hacia la felicidad. Y las enumera: “autonomía (que no significa
individualismo sino sentido de pertenencia con lo que se hace); competitividad (ser efectivo en lo
de cada uno); capacidad de vincularse con los otros; y autoestima”.
Desde una posición que siempre se catalogó como sombría, emerge el Psicoanálisis, al parecer
enemigo público de la Psicología Positiva. “Siempre se le adjudicó al psicoanálisis una
mirada pesimista, pero es por lo menos infantil pensar en la felicidad idílica en un mundo plagado
de injusticias, guerras y dificultades. A ellas se refirió Freud cuando habló del inevitable
malestar enquistado en la cultura”, comenta el psicoanalista Emilio Aguerreberry, profesor de
Salud Mental de la UBA. Ya a principios del siglo pasado, el mismísimo Freud postuló que “con
una vida mental restaurada el individuo tendrá mejores armas para luchar contra la
infelicidad”. Es decir que su premisa de base no fue la construcción de la felicidad sino la
defensa contra la infelicidad. “Esto significa que el objetivo de un tratamiento
psicoanalítico no está dirigido a alcanzar la felicidad sino a obtener una buena disposición mental
para acercarse lo más posible a ella”, sostiene Aguerreberry. “Porque el error es
entender la felicidad como una estación de llegada y no como el camino. Obtener todo lo que se
sueña, la satisfacción absoluta, implica la ausencia de deseo y, en este sentido, es la antítesis
de la vida y de la salud”.
“La felicidad, en la gente inteligente, es lo más raro que hay”, observó Ernest
Hemingway, un escritor que vivió entre la alegría y la depresión hasta el final, como algunos
miembros de su familia.
Quizás, habría que recurrir al muy de moda concepto de “resiliencia”, como una
capacidad de fortalecerse gracias a la relación con los otros, que se aprende más allá de lo que
cada uno trae desde la cuna. El médico y psicólogo norteamericano Peter Ubella asegura: “Las
personas son más resilientes de lo que creen que puede ser, y pueden atravesar cosas que
probablemente nunca imaginaron que podrían”.
De última, si la capacidad de amar e interactuar con los otros no te hace feliz, conseguite
un perro. Las mascotas no sólo alegran la vida de los deprimidos, sino que también ayudan a bajar
los niveles de colesterol y presión arterial, disminuyen la sensación de soledad, mantienen el
corazón funcionando a buen ritmo y ayudan a seguir las dietas.