Hace mas de veinte años que Jorge Julio López llena una carpeta. La tapa, rústica y desgastada, es
de una cartulina doblada en dos, y el interior está repleto de anotaciones y hojas desparejas,
reunidas por azar y escritas bajo la urgencia de la memoria: papel de envolver, hojas de cuaderno,
servilletas, formularios escritos del lado de atrás. Algo une, sin embargo, la diversidad de las
hojas: todas están llenas hasta el borde del papel. No hay espacios en blanco en esta carpeta
dibujada con una cuidadosa y elemental caligrafía de albañil. La memoria le salta encima como un
gato y trata de aprovecharse del espacio hasta su mínima expresión. Todo debe ser escrito, todo
debe ser contado. El tono de la carpeta no es el de un diario íntimo, sino el de un manual de
instrucciones; cada hoja describe hechos con una aparente y técnica lejanía. Fui secuestrado aquí,
el sitio tenía tal tamaño, el sol salía por este lado, la puerta estaba a tantos pasos. Ella me
dijo tal cosa. Escuché tantos disparos. Llevaba tal pantalón y su voz sonaba de tal modo. Si las
neuronas tuvieran pequeños cartelitos y pudiera darse un paseo por el cerebro, lo que veríamos
sería eso: una región de la memoria de Jorge Julio López en la que luchó contra el olvido al punto
de recordar los detalles más pequeños. Alguien podría pensar que la mejor manera de superar el
temor al monstruo es mirarlo de cerca y a los ojos. No lo sé. Hace falta haber bajado todos los
círculos del Infierno para llegar a esa conclusión. Durante los días del juicio a Etchecolatz,
Irene, la mujer de López, y sus hijos, Gustavo y Rubén, descubrieron la carpeta con tapa de
cartulina. Nunca habían escuchado esas historias: para ellos, Jorge Julio López era Tito, o Papá, y
de ningún modo un perseguidor de recuerdos tormentosos. ¿Los habrá callado para mantenerlos lejos
del horror? ¿Habrá pensado que no tenía derecho a pedirles que miraran al monstruo a los ojos?
A fines de 1987, estaba en Israel cubriendo la primera Intifada. La atención del país se
centraba en Gaza y Cisjordania, claro, pero por algunos días ocupó la primera plana de los diarios
el juicio a John Demaniuk, un oficial de las SS. Uno de los testigos
–ex prisionero de Demaniuk en el campo de concentración de Treblinka– se
convirtió en el shock del juicio. Su hija, entre el público, nunca lo había escuchado hablar del
Holocausto. No sabía ni siquiera que su padre había sido prisionero. En su declaración, el testigo
le pidió disculpas públicas y confesó que había sido usado en el campo como homosexual. Durante el
relato, lloraba y volvía al lenguaje de su infancia. En Ramot Menashé, un kibutz donde pasé algunas
semanas, sucedió un hecho similar: una anciana, fundadora del kibutz, recibió la Medalla al Valor
otorgada por el gobierno polaco. Recién entonces el kibutz supo que aquella mujer había sido
prisionera en un campo. Nunca, durante cuarenta años, pudo hablar del tema.
La carpeta de Jorge Julio López comienza hace treinta años, el 27 de octubre de 1976, en su
casa de 140 y 69, en Los Hornos, cuando fue secuestrado.
CITA CON EL HORROR
En su libro Por algo habrá sido, Jorge Pastor Asuaje recuerda la llegada de Jorge Julio López
a la unidad básica Juan Pablo Maestre, de la Juventud Peronista de Los Hornos. Allí, López no era
Tito ni López, lo bautizaron ‘Partido Socialista’: “Partido Socialista
–escribe Pastor– era y es, todavía, un hombre robusto y parco, rubio y de ojos claros,
con la piel rojiza y una cabeza que le da aspecto de toro. Le pusimos “Partido
Socialista” porque en una de esas primeras reuniones que estuvo, dijo, en una discusión sobre
lo que estaba pasando en el peronismo: ‘Esos que gritan Perón, Evita, Partido Socialista, no
son peronistas’. Y sabíamos que el palo era para nosotros (...) Cuando la cosa se puso cada
vez más turbia por la represión, el hombre empezó a participar cada vez más. No era un militante de
jornada completa, como los más jóvenes, sino un trabajador que aportaba a las reuniones, a las
pintadas y a algunas otras tareas más riesgosas cuando hacía falta”. Entre fines de octubre y
noviembre de 1976, gran parte de los militantes de “la Juan Pablo Maestre” fueron
secuestrados. La mayoría continúan desaparecidos.
Así lo relató Jorge Julio López ante el tribunal: “Golpearon atrás en la casa,
rompieron la puerta y entraron. Etchecolatz estaba ubicado en diagonal a mi casa, en el auto, y ahí
también estaba Guallama, que apuntaba hacia la vivienda. Me vendaron los ojos con un pulóver por
encima de la cabeza y lo ataron con las mangas y con un alambre, pero algo podía ver. En el
carromato donde nos llevaron estaba Rodas (otro detenido de la unidad básica). Nos llevaron a un
centro de color rosado, con paredes descascaradas, que estaba cerca de la aviación. Allí estuve dos
días. Escuché a Etchecolatz diciendo: ‘Voy a felicitar al personal porque han agarrado a
estos dos montoneros’. Me picanearon junto a Rodas durante toda la noche. Recuerdo que llovía
mucho. Luego nos pusieron en una celda con dos ventanitas donde se veía la aviación. Cuando
aclaraba la mañana y venía el viento del Sur, se veían las avionetas y venía también un intenso
olor a chancho. Yo sabía que Venturino tenía un criadero de chanchos en esa zona, y entonces me di
cuenta de que ahí había estado antiguamente el Centro de Cuatrerismo. Conocía bien la zona porque
había trabajado en una casa vecina. El día 29 nos sacaron de ahí y llegamos a un lugar (N. del A.:
describe con exactitud la ruta que tomaron) que luego reconocí como la estancia La Armonía. Ahí nos
volvieron a picanear a mí y a Rodas, y el día 30 apareció Alejandro Sánchez todo torturado, todo
lastimado. Nos picanearon juntos y al otro día llevaron al lugar a Guillermo Cano, pero luego lo
separaron. El 1º de noviembre llegó Etchecolatz con el grupo de picaneadores, donde pude reconocer
a Garachico, Aguiar y Urcola, que después fue comisario, y también a Manopla Gómez, que nos pegaba
patadas. Allí nos volvieron a torturar.
”El día 3 me llevaron a la celda y me tiraron al suelo. Entonces sentí a una mujer que
gritaba: ‘¡No me peguen!’. Era muy grande, gorda, medio alta, y mientras la picaneaban
le decían: ‘¿Quién te trajo a vos, el Palomo (por monseñor Plaza)?’. El día 4 llegaron
otros chicos detenidos y el 5 de noviembre de 1976, a eso de las 11 o 12 de la mañana, llegó
Patricia Dell Orto con su marido, toda torturada. Gómez la torturó los días siguientes
preguntándole a ella y a su marido qué hacían en la unidad básica. Patricia no respondía y el
marido estaba tirado en el piso. A Patricia la habían violado. A ella después la ataron en el cepo
y Gómez pateaba al marido diciéndole que se levante, que no sea flojo. Patricia gritaba y entonces
le taparon la boca y le pegaron, eso era noche y día. Yo veía por una mirilla que había abajo y
otra arriba, aunque por la de arriba menos, porque no quería que me vieran. El 9, el día que
tiraron la bomba en el Departamento de Policía, llegó a la noche toda una patota. Había un tipo
gangoso que hablaba a los gritos. Nos tiraron en una celda a todos juntos y Patricia me preguntó si
yo era López; le dije que sí y me pidió que si salía le avisara a su familia. A la media hora lo
sacaron a Rodas de la celda y el gangoso le dijo: ‘Ah, hijo de puta, estuviste poniendo
letreros en Quilmes...’.
”Escuché un tiro, un grito y después nada más. Después escuché a Patricia gritar que no
la mataran porque quería criar a su hijita, pero igual se la llevaron. Alguien de la patota decía:
‘Por cada soldado que muera van a morir cinco de ustedes’.
”(Luego de relatar varias sesiones de tortura) Julio Mayor me dijo, por las quemaduras,
que si quería un remedio agarrara y me meara todo y, si no, me meaban ellos. Así no me infecté,
andaba con los pantalones bajos y se me curó mejor que cualquier herida. Julio había estado
estudiando Medicina. Una vez que nos llenamos todos de sarna, el pibe Cano, que tenía la barba
larga hasta la panza, pidió algo y le rompieron la cabeza con un bastonazo. Y le hicimos el mismo
remedio, lo curamos con orín. El 20 o 21 de diciembre vienen y dicen: ‘Julio Mayor,
levántese, Jorge López, levántese’.
”Nos miramos y dijimos: ‘Cagamos. Nos vemos en el cielo’. Pensamos que nos
iban a boletear. Pero nos llevaron a la Comisaría 8ª. Cuando llegamos, uno de los canas al vernos
dijo: ‘¿Y a éstos de dónde los trajeron? ¿Del cementerio?’. Un oficial de apellido
Gigena, que me conocía porque su hermana vive a tres cuadras de mi casa, me dijo: ‘Te
salvaste, Gallego’.
”El 26 de marzo me dieron la noticia de que estaba a disposición del PEN. Nos llevaron
a la Unidad 9, donde escuché, otra vez, la voz del gangoso, que era el mismo que mató a la chica
Dell Orto, a su marido, a Marco y a Rodas. Vi cuando a Patricia le pegaron un tiro en la cabeza, a
Roberto Rodas no lo vi. Vi cuando sacaron al marido de Patricia, Ambrosio de Marco, lo agarraron
entre dos o tres y lo sacaron a la rastra, él se quedó así en el piso, unos gritaban, y le pegaron
un tiro en la cabeza. También vi cuando torturaron a Patricia, pero no quise decirlo antes, delante
de la familia, porque me daba lástima”.
PARADERO DESCONOCIDO
El domingo por la noche, después de ver Fútbol de Primera, Tito dejó lista la ropa que se
pondría a la mañana siguiente. Así hizo cada noche durante el juicio a Etchecolatz. Irene ya estaba
acostada durmiendo su sueño inducido por la pastilla de todas las noches. Temprano, en la mañana
del lunes 18 de septiembre, Tito se levantó, se calzó borceguíes en lugar de las habituales
zapatillas, puso una navaja en su bolsillo y salió sin su bicicleta.
Los borceguíes sugieren un terreno escarpado y la navaja un medio de defensa, o de
autoagresión. Su espíritu estaba inquieto: varias veces –según le dijo su amigo Pastor a
PERFIL– comentó que lo seguían, o que lo estaban vigilando.
Su familia eligió un angustioso silencio, convencida de que Tito va a volver. Creen
sinceramente que está extraviado, y “alguien lo debe estar bancando”. Pero hablan de
Tito, no de Jorge Julio López, ni de “Partido Socialista”, a quien recién conocieron
hace algunos meses, durante el juicio, o menos todavía, hace pocas semanas, cuando dieron con su
carpeta de tapas de cartulina.
Ni Jean Améry, el cáustico autor de Más allá de la culpa y la expiación, soportó describir el
horror bajo su propio nombre, Hans Meyer, judío de Auschwitz, oculto tras el anagrama de Améry
hasta que ambos vuelven a ser uno para quitarse la vida en 1978. “Sobre el antebrazo
izquierdo –escribe Améry– llevo tatuado mi número de Auschwitz.”
“Es de lectura más sucinta que el Pentateuco o el Talmud y, sin embargo, contiene una
información más exhaustiva.” “Del campo salimos desnudos, expoliados, vacíos,
desorientados”, escribió alguna vez.
“Todo perdón y olvido forzados mediante presión social son inmorales. Se me ha
infligido una herida. Necesito desinfectarla y vendarla, no reflexionar sobre por qué el verdugo me
asestó el golpe y de esa guisa, al comprender sus motivos, acabar medio disculpándolo.”
—No tenemos ni un nudo para empezar a desatar –dijo a PERFIL, agobiado, un alto
funcionario del Gobierno.
A cuatro días de la desaparición de López, el 911 y el 0800, con el tema en la tapa de los
diarios, sólo recibieron setenta llamadas.
—Una vez, López se fue de la casa por más de diez días siguiendo a un grupo de
linyeras, y volvió sano y salvo –señala un funcionario atribuyendo el comentario a la familia
del propio López.
Tres testigos distintos, uno de ellos muy cercano a Tito, dicen que lo vieron caminando por
el barrio esa misma mañana del lunes 18. López llevaba encima 25 pesos.
Lo buscan en el presente. No entienden que, tal vez, López caminó con sus borceguíes hasta el
pasado. Ojalá pueda salir de él.
Y Tito pueda vivir su vida.
INVESTIGACION: JL / ROMINA MANGUEL/ LUCIANA GEUNA / JAVIER “DJ” ROMERO.
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