A pocos pasos del anexo del Congreso de la Nación y frente a su edificio histórico funcionan las
oficinas del ARI.
—No aguantaba el caos del anexo. Tampoco el del viejo edificio. Aquí estamos tranquilos
y muy bien –explica una radiante Lilita con su envidiable toque de sol en la piel, más
delgada y con la discreta elegancia de un top de encaje blanco que asoma bajo un conjunto negro.
Las manos tienen la prolijidad de una discreta manicura y de las sandalias oscuras asoman los pies
(impecables) con uñas al tono.
Dentro de este antiguo piso reina una actividad incesante que resulta posible por las
proporciones que, en otro siglo, se les asignaba a las viviendas de la burguesía. El parquet de los
pisos ha vuelto a su color original a través de un pulido renovador; en el despacho de la doctora
Carrió todo está pintado de rosa y, en su tranquila sencillez, el conjunto indica que la inventiva
y la laboriosidad han tenido una buena parte en esa instalación.
Sin embargo, a pesar de la placidez de este búnker político, los acontecimientos alarmantes
de las últimas semanas han dejado también su huella.
—Creo que Marx tenía razón cuando decía que la historia vuelve a título de parodia para
irse finalmente –piensa Lilita en voz alta–. Y la oportunidad histórica de una nación
vuelve para revisar su pasado, para producir una reconciliación sobre la memoria, sobre la verdad.
En esta parodia de los años 70 que hemos estado viviendo en este último tiempo, el hecho trágico
aparece en la víctima. En el testigo que ha desaparecido. También en la responsabilidad ineludible
del Estado que no ha establecido un sistema de protección para los testigos. Quizá sea ésta,
entonces, la oportunidad para que toda la sociedad se permita una reflexión profunda. La cuestión
no es decir “estoy harta” o “quiero venganza” o “quiero
impunidad” sino preguntarse cómo una sociedad puede salir de la crisis con memoria y con
justicia. Cómo puede salir con concordia. “Concordia” es una palabra maravillosa que
casi no se usa, pero que significa unidad de corazón en la diferencia de ideas. Nosotros, los
argentinos, tenemos el mejor sistema legal de verdad y justicia del mundo sobre hechos del pasado.
Tratados internacionales, nulidades. Pero también, tenemos el peor enemigo del mundo...Y ésta es la
diferencia, por ejemplo, con la experiencia de Sudáfrica.
—¿Qué han hecho los sudafricanos que no hemos podido realizar nosotros?
—El sistema legal de Sudáfrica, comparado con el nuestro, tiene muchas imperfecciones
en cuanto a verdad y justicia pero ha tenido, en cambio, magnanimidad y generosidad. La capacidad
de Nelson Mandela y de muchos otros líderes negros que han hecho posible que hoy Sudáfrica esté en
el desarrollo y la construcción de la paz. Y si te ponés a analizar, verás que en el mundo hay dos
movimientos de liberación exitosos en las relaciones Sur-Sur en el siglo XX: uno es el de la India
de Gandhi y el otro, el de la Sudáfrica de Mandela. Y hay procesos de liberación fracasados que son
los latinoamericanos. Es el momento, entonces, de parar las cosas y preguntarse cuál es el modelo.
Lilita pasea la mirada por el humo de su único cigarrillo y pregunta:
—¿El modelo chavista con el que Chávez busca la partición de la sociedad o el de
reconciliación sudafricano? Y te digo más: acabo de volver de allí y lo que los sudafricanos te
dicen es: “¡Lo único que no queremos es latinoamericanizarnos!”.
—¿Por qué fuiste a Sudáfrica?
—Nosotros preparamos un viaje que le agradezco a María Eugenia Estensoro y a Elsa
Quiroz. En abril, empezamos a trabajar en esto, el Foro de Mujeres para tratar Amor y Política. Yo
tenía claro que la situación del país se iba a agravar y que, en algún momento, iba a ser necesario
reconciliar a esta sociedad. Hablando del tema con María Eugenia, ella me dijo que conocía a la
canciller sudafricana, y fue así como se organizó esta visita que tuvo lugar, precisamente, en la
semana en la que se desencadenó en Argentina esta especie de enfrentamiento que primero se dio con
otros países, luego con otras religiones y ahora culmina con la propia Iglesia. Hoy es con los
trabajadores del Hospital Francés, mañana... Mirá, la Argentina es así: empieza en forma
corporativa con el Pacto de Olivos y el paso previo a la Argentina republicana es la Argentina
fascista que, a título de parodia, estamos viviendo.
Pero antes de sumergirnos en la óptica nacional de Lilita, queremos saber más sobre
Sudáfrica.
—Lo primero que podemos decir –explica la Dra. Carrió– es que Sudáfrica fue
un país colonizado en el 1600 por los holandeses, los que perpetraron grandes matanzas de negros.
Después vinieron los ingleses, que encarcelaron en campos de concentración a los holandeses, y,
finalmente, se unieron (ingleses y holandeses) para fundar esa cosa terrible que fue el apartheid.
El apartheid es el sistema más brutal de represión contra los derechos humanos de los pobladores
negros, ¡que eran, claro, los dueños de casa! ¡Ellos constituían el 80% de la población pero no
podían entrar ni a la ciudad de Pretoria ni a Ciudad del Cabo! El negro que, a pesar de todo, osaba
entrar en estas ciudades era detenido. Allí comienza, entonces, un movimiento de liberación con el
Congreso Nacional Africano. Muchos de sus líderes van presos, como Nelson Mandela. Paradójicamente
y no casualmente, ¡lo encarcelan en la misma prisión en la que había estado detenido Gandhi en su
experiencia sudafricana! Otros líderes van al exilio y luego, ya en una lucha más fuerte contra el
apartheid se produce en los años 90 lo que se llama una “transición pactada” que es
distinta a la nuestra.
—Bueno, pero seguramente allí son determinantes la figura y la presencia de Mandela?
—Por supuesto. Son esenciales porque los blancos más reaccionarios incluso matan a
negros para impedir el acuerdo. Se logra así una preConstitución y, finalmente, una Constitución
definitiva y se crea una Comisión de Reconciliación. Por eso digo que su sistema legal es menos
perfecto que el nuestro, ya que estipulaba que los que confesaran todos sus delitos y se
arrepintieran describiendo los hechos podían acceder a una amnistía. La segunda característica de
esta “transición pactada” es que ellos establecieron “la equivalencia
moral”, en la que estaban incluidos no sólo los que establecieron el apartheid sino también
los integrantes del Movimiento Nacional Africano que estaban acusados de haber ejecutado a sus
propios compañeros. Habían violado los derechos humanos de negros a través de juicios sumarios en
los que habían juzgado por traición a sus propios hermanos. La Comisión por la Reconciliación
empieza entonces a funcionar en el corazón del Congreso Nacional Africano. Te aseguro que la
conversación con ellos fue una cosa impresionante. Después de esa reconciliación interna hacen un
documento donde asumen su responsabilidad ante la Comisión y dicen: “Nuestra causa fue justa,
peleamos contra el sistema más brutal pero, en el camino, violamos los derechos humanos. Asumimos
nuestra responsabilidad pero queremos decir la verdad porque la filosofía de la Verdad nos lleva al
objetivo que nosotros tenemos y que es una Sudáfrica unida y en paz”. Es decir que ellos no
aconsejan sino que confiesan para conseguir la paz y un país unido. Mucha gente fue amnistiada pero
se estableció que los que no confesaran o lo hicieran en forma incompleta serían llevados a juicio.
Para mí –explica Lilita–, esto es lo que falla en Sudáfrica porque, en realidad, muy
poca gente es llevada a juicio. Dicen que los procesos de perdón entre víctimas y victimarios
fueron realmente impresionantes pero este sistema legal que yo no comparto, porque prefiero el
sistema argentino que es más amplio, tuvo el peso de la magnanimidad de Mandela y de los líderes
negros, su capacidad de perdón y el convencimiento para transmitirles a sus hermanos de color que o
constituían un país unido o mantenían una nación eternamente dividida y emponzoñada para siempre.
—Allí también desempeñó un papel muy importante Winnie, la esposa de Mandela...
—Este fue un hecho trágico. Ella defendió magníficamente a su marido mientras él estuvo
en la cárcel y luego se quebró. Incluso se vio envuelta en hechos de corrupción y terminó por
divorciarse de él. Acaba de aparecer un magnífico libro, La tragedia de Winnie, en el que queda
claro que, en última instancia, Mandela fue el menos expuesto ya que estaba en la cárcel, y Winnie,
la más golpeada, porque luchaba sola en un combate que, finalmente, pudo con ella. La pregunta
entonces sería: ¿qué tiene que ver el milagro sudafricano con todo esto? Bueno, con el hecho de que
tanto la canciller como la ministra de Educación como los miembros de la Comisión son negros.
Cuando se entra a Pretoria, en la cual ellos no tenían derecho a circular, te encontrás con todas
estas funcionarias de color. Muchas de ellas se han formado en el exilio y tienen un fuerte
compromiso (aun cuando han formado parte de la Guerra Fría y tuvieron mucha ayuda de Rusia y de
Fidel Castro) con la democracia y la libertad. En el Congreso Nacional Africano hay distintas
posiciones. También está el Partido Comunista pero todos han hecho una apuesta muy fuerte a la
construcción de una nación.
—¿Cómo fue posible el perdón?
—Después de varios siglos de persecución e injusticia, ellos tienen el mismo concepto
que Confucio: es lo que llaman Ubutu, una especie de regla moral, algo así como los Diez
Mandamientos. Confucio dice que la regla moral básica es “No hagas a tu prójimo lo que no
quieres que te ocurra a ti mismo”. Ellos dicen que la humanidad de ellos se juega en la
humanidad del otro. Es un tema humanitario, en el que es imposible que seas más humano si no
intentas humanizar al otro. La confesión del otro habrá de humanizarlo y tu perdón hará lo propio
contigo, en primer término, y luego con el otro. Esto es lo que permite la comunidad. Es algo muy
espiritual. Por eso el papel del obispo protestante Desmond Tutu fue tan importante. Era presidente
de la Comisión por la Reconciliación.
—¿Las tribus son paganas?
—Sí, pero podríamos decir que comparten las reglas más destacadas de la cosmovisión
indígena latinoamericana. Mirá, como coautora de los tratados internacionales de derechos humanos
de la Constitución de 1994; del tratado sobre desaparición forzada; del medio proyecto (porque tuvo
media sanción en Diputados) para que las cámaras federales pudieran buscar la verdad, y siendo a la
vez coautora de la ley de nulidad de las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida –por la que
trabajamos durante muchos años–, yo creo en la verdad y la justicia completas. Lo que estoy
rescatando del sistema sudafricano es el ánimo. Si la pregunta es ¿qué diferencia hay entre Mandela
y Kirchner?, la respuesta sería justamente ésa: el ánimo. Hay en algunos espíritus resentimiento y
venganza y, en el caso de Mandela, existe un gran proyecto de país hacia el futuro y espíritu de
grandeza y magnanimidad. Quiero que esto se entienda bien: el perdón no está ligado a la amnistía.
Por ejemplo, Juan Pablo II perdonó a su agresor Ali Agça pero no pidió una rebaja en la pena que le
había dictado la Justicia.
—Es verdad. Tuvieron una larga conversación en la cárcel de Regina Coeli...
—Para que se entienda: en Argentina hay sectores reaccionarios que usurparon la palabra
“reconciliación” y la palabra “perdón” y las utilizaron de una manera
barata: “Todo es reconciliación, todo es amor”. Y esto no es así, de ninguna manera.
Desmond Tutú dice que “el olvido es la peor forma de la mentira”. No puede haber olvido
sino verdad y justicia. Lo que no puede haber es sed de venganza. El otro día me acusaron de buscar
la impunidad pero lo sostengo desde la autoridad moral que me da haber trabajado en todo el sistema
que, desde 1994, posibilita la apertura de los juicios. Pero, repito, tampoco puede aceptarse que
para algunos, detrás de la justicia, se esconda la sed de venganza. De esa forma se pervierte el
proceso. Se pervierte también la palabra “reconciliación” cuando la usan los que buscan
impunidad. Del mismo modo se pervierte el término “justicia” cuando lo usan los que
sólo quieren venganza. La experiencia que acabamos de vivir fue realmente impresionante porque,
recordemos, Tata Quirós, ahora presidenta del ARI, estuvo ocho años presa durante la dictadura.
¡Ciertamente no fuimos a Sudáfrica como un grupo de aficionadas a la política! La política de
derechos humanos es una política liberal. Pero liberal en serio, a la manera sajona. La política de
DD.HH. que nosotros ayudamos a construir deberá sin duda, para preservarse en el futuro, estar
alejada de la venganza y no permitir la impunidad. En consecuencia es muy importante rescatar el
sentido de las palabras.
—Cuando hacías la diferencia entre Kirchner y Mandela me quedé pensando que quizás el
enojo, el rencor de Kirchner obedecen también a objetivos políticos. A construir una determinada
imagen a cualquier precio...
—Creo que esto es algo mucho más profundo. En la Argentina asistimos a lo que se llama
fascismo de carácter. Es muy importante dentro de las características del liderazgo. En la historia
observamos que este fenómeno va acompañado de una gran inseguridad personal. Salta a la vista si
leemos la biografía de Mussolini. Son personas que no se quieren a sí mismas, que arrastran una
gran culpa personal y esto suele generar dos rasgos. En primer término, digamos que la ignorancia
necesita ser soberbia para no mostrar su falta de lucidez, y luego insisto en que la inseguridad
produce un resentimiento enorme. También agregaría en tercer término que los que no estuvieron en
ningún lugar suelen exhibir esa fe de conversos que los hace sobreactuar. Creo que el modelo que
quiere instalar Kirchner en el Río de la Plata va mucho más allá, es el modelo chavista. Este
modelo, frente al de Mandela en Sudáfrica, aparece como un modelo de partición de la sociedad,
división para mantener la hegemonía. He recorrido America latina para comprender a fondo el
proceso, y veo que Chávez está apoyando a distintos candidatos para ahondar esta división. En este
momento el problema es Evo Morales que tiene, en Bolivia, un apartheid no escrito, y que debe
elegir entre ser Mandela o Chávez. Si es Chávez, rompe Bolivia; y si es Mandela, construye otro
país. En el Cono Sur, ni Chile ni Uruguay ni Brasil están en este proyecto. Sí está la Argentina
con Kirchner y creo que es muy peligroso porque no tenemos un modelo de división. Ricos y pobres
hemos concurrido a la escuela pública; a la universidad gratuita; los inmigrantes se integraron,
etcétera. Creo que están proponiéndonos un modelo político y artificial. Me hago una última
pregunta: ¿es posible vivir en este resentimiento permanente? ¿Cómo queda la sociedad después de
diez años aunque tengamos plata?
—Vos sabés que algunos sectores te consideran profeta de un futuro triste...
—Yo creo que con este mecanismo de odio y división terminaremos todos muy mal. Me
preocupa que una sociedad que, por motivos económicos avale esta situación, pueda sentirse culpable
por haber avalado el odio. La pregunta que suele hacerse después de los fascismos es: ¿dónde estaba
la sociedad mientras ocurrían las cosas? Y la respuesta es: “algunos resistían”; pero
yo no quiero que el pueblo argentino sienta culpa por haber sido cómplice. La sociedad tiene que
alejarse del odio, de la división. Si como te decía al comienzo nos peleamos con la comunidad
judía, con la jerarquía católica; si las fuerzas de choque de D´Elía y ahora de Alberto Fernández
comienzan a sustituir a las fuerzas de seguridad del Estado, si no nos damos cuenta ahora de lo que
está pasando, bueno... se nos está haciendo tarde. Yo no estoy diciendo que la gente salga a la
calle. No. Simplemente: “No entregue en préstamo su corazón (aunque cobre más jubilación) a
una política de odio”.
—Es un mensaje duro pero de dirigente. ¿Por qué, entonces, estás alejada de la
conducción del ARI?
—Porque me pareció que era lo que había que hacer. Cuando tomé distancia de mi partido,
fue porque sabía que venía un tiempo de divisiones, que mucha gente iba a ser probada. Hay que
entender que esto no depende de una conducción. Nadie obliga a nadie a estar donde no quiere. Esto
permite un decantamiento...
—Ante la indefinición de Lavagna, parte de la UCR piensa nuevamente en vos...
—Cuando hay fascismo, no existe una política competitiva. Hay resistencia. Después los
grupos se reunirán. Por ahora, antes o después de las elecciones, va a haber una crisis por exceso
de poder. Cuando pase esta crisis, tiene que haber una Argentina fuerte que quiera reconciliarse y
que desee tener un contrato moral serio y vivir una república.