Cuando el jueves
21 de septiembre se decidió
sacar de servicio la central energética nuclear Atucha I,
por una falla en el intercambiador de calor que demoraría al menos tres meses en repararse,
la noticia no salió en ningún medio. Nucleoeléctrica
Argentina S.A. (Na-Sa), la operadora, tardó más de una semana en darle difusión pública al
problema. Pero no fue para todos igual. Los principales operadores del sector lo supieron casi
simultáneamente cuando leyeron, la mañana siguiente, el informe de situación de la Compañía
Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico (Cammesa): “23.42 Atucha controlada
indisponible”.
Mantener en secreto la novedad trajo incertidumbres: organizaciones como
Greenpeace exigieron información por miedo a un derrame
radiactivo y, por otra parte,
volvió el fantasma de los posibles problemas energéticos en
pleno ingreso al período de alta demanda. Hoy, en la Argentina, casi
el 8% de la electricidad consumida es de origen nuclear.
Además de Atucha, cuyo cierre implica una disminución del 3%, funciona la central atómica Embalse.
Se está construyendo
Atucha II, que finalizaría en 2010, y ya hay proyectos de
levantar una cuarta central.
Este no es el único problema en el sector energético:
se sumó la salida de otras centrales eléctricas clave como Dock
Sud, Puerto y Río
Grande. El Gobierno, para intentar paliar la crisis,
postergaría la parada técnica de Embalse hasta el último plazo que permiten los protocolos
internacionales. Fuentes del sector creen que se intentó de todas maneras que la falla de Atucha
pase inadvertida para no incrementar la sensación térmica de conflicto. “Estamos a las
puertas de una crisis energética inminente, en el verano va a ser una situación acuciante y la
tecnología nuclear, más que ofrecer una solución al problema, lo profundiza”, advierte Juan
Casavelos, coordinador de la campaña de energía de Greenpeace.
Falla. El hermetismo trajo consigo una serie de dudas y
preguntas que aún no tienen respuestas. “La primera noticia, que se publicó en el diario
Infobae, informó sobre una falla en el sistema
convencional de Atucha I que no compromete componentes nucleares. Después, en el diario
Clarín, la operadora de la central dijo que se trataba de
una falla en el sistema intercambiador de calor, que es en el componente nuclear”, explicó
Casavelos.
La organización ambientalista pidió información precisa sobre los motivos de la falla a la
Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN), un ente autárquico que tiene como función regular y finalizar
la actividad nuclear. Exigieron que se aclare si el problema provocó pérdidas al medio ambiente de
sustancias radiactivas y afectó la salud de la población. “Pasó algo que en principio no es
lo que dijeron, ahora se confirmó que es
una falla seria en la parte nuclear y queremos saber su
gravedad”, alerta Casavelos.
Na-Sa, la operadora de Embalse y Atucha I y II, depende de la Secretaría de Energía que está
bajo la órbita del Ministerio de Planificación. Se creó el 7 de septiembre de 1994 por el decreto
1540. En plena ola privatizadora, se buscó despejar el camino para que las tres centrales pudieran
pasar a manos privadas. Finalmente no sucedió esto y hoy las plantas están en manos de una sociedad
anónima del Estado Nacional, cuyo directorio está conformado en su mayoría por ex y actuales
miembros de la CNEA.
Por su parte, Raúl Racana, presidente de la ARN y gobernador alterno de la Agencia
internacional de Energía Atómica (AIEA), minimiza lo sucedido: “Nosotros veníamos viendo hace
mucho tiempo una pequeña pérdida de agua pesada, y a partir de un punto se decide parar para hacer
un mantenimiento correctivo. No significa nada, no son fallas peligrosas y tienen que ver con un
daño a las instalaciones y no a la gente. No puede traer una pérdida radiactiva”.
Sin embargo, un experto vinculado con el área nuclear –que pidió reserva de su
identidad– no se muestra tan optimista: “No se sabe todavía cuál es la falla: sí saben
que fue en uno de los dos intercambiadores de calor del moderador. Son dos y fueron reparados hace
como siete años; se supuso que la reparación era completa, pero se vio que no”.
Aunque
niega que el problema pudo haber traído pérdidas radiactivas al
medio ambiente, agrega una cuestión de ineficiencia: “Es un equipo diseñado en los 60,
con más de 30 años de operación continua. Se usa con el reactor andando y apagado, y tendría que
haber sido renovado. El problema tiene que ver con el mal gerenciamiento, porque en Nucleoléctrica
saben que los dos intercambiadores están mal. La ARN debería exigir los planes de mantenimiento
preventivo y no lo hace. Ahora se supone que van a arreglar este intercambiador, pero el otro está
en tan mal estado como el que se rompió, así que puede suceder lo mismo en cualquier
momento”.
Historia repetida. La falla en Atucha trajo a la memoria
los anteriores problemas de las centrales locales. “
Un problema de todo el
sector es el secretismo. El mecanismo de información
pública está condicionado y eso limita las capacidades de control y fiscalización real. La mayoría
de los accidentes nucleares de los últimos años se oculta”, critica Eduardo Gudynas, director
del Centro Latinoamericano de Ecología Social.
Según una investigación de Greenpeace, en 1998 Atucha I sufrió un incremento de actividad y
vibraciones dentro del reactor que provocó su salida de operación por un año: parte de los
elementos combustibles se encontraron dentro de la vasija de presión. Además, el año pasado, un
operario sufrió una sobreexposición a la radiación cuando realizaba actividades de mantenimiento de
máquinas para manipular el combustible.
La Fundación para la Defensa del Ambiente (FUNAM) relevó los accidentes sufridos por la
Central de Embalse en Córdoba: “Estuvo muy cerca de tener un gravísimo accidente al comenzar
sus operaciones en junio de 1983, pero recién se supo cuatro años más tarde. En septiembre de 1989
hubo una pérdida de agua pesada al lago de Embalse; en diciembre del mismo año dejó de funcionar
por problemas en sus válvulas. En 1995 se comprobaron daños en tubos de presión y pérdida de agua
pesada, y en 1996 hubo contaminación con tritio radiactivo en el interior de la central. Por
último, en 2003 existió un problema en un generador de vapor y se fugó agua pesada al lago”.
Polémica. El debate globalizado sobre la energía nuclear
–que produce aproximadamente un 17% de la energía eléctrica en el mundo– concentra
opiniones polarizadas. Según informa la OIEA, hoy hay 442 plantas en operación, 6 en vías de
cumplir su ciclo de vida y 28 en construcción. A esta cifra hay que sumarle los planes de
construir, al menos, 73 reactores más. En Europa, un tercio de la energía eléctrica es nuclear, hay
165 reactores y 59 de ellos se encuentran en Francia, uno de los íconos atómicos.
Mientras el Gobierno argentino lanza el plan nuclear como una solución de avanzada,
en España, uno de los pilares del gobierno
socialista es la apuesta antinuclear: no renovar los
permisos de las plantas y que haya un plan de cierre progresivo. Del otro lado del Atlántico, el
país ibérico tiene ocho reactores en funcionamiento que producen el 23% de la electricidad
consumida.
Eduardo González, presidente del Foro de la Industria Nuclear Española y presidente de la
Asociación Europea de la Industria Nuclear (Foratom), polemiza con la decisión en su país:
“Yo creo que en España todavía se sigue ligando lo nuclear a una cuestión de derechos y de
izquierda, de ideología política, se considera que es progresista el que no haya energía atómica.
Yo creo que es una equivocación del progresismo de salón. Es una energía que necesitamos hoy más
que nunca. Además, nosotros defendemos la convergencia entre renovables y lo nuclear”.
En el mismo sentido, opina el presidente de la ARN: “La radiación tiene mala prensa; es
un tema político y psicológico. En Francia no contamina, en Inglaterra poco, en Alemania contamina
mucho y en Italia tanto que no tienen ni una sola central nuclear”.
En Argentina, los críticos de los átomos echan la culpa de los
males al lobby nuclear enquistado en todos los gobiernos y que representa a concepciones
anacrónicas. Sin excepción, todos apuntan contra el secretismo del sector, aun hoy influenciado por
el origen militar de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA): todo lo que sucede puertas
adentro de las centrales es confidencial y reservado. El caso de Atucha I, entonces, sería una
confirmación más de una historia conocida: la información atómica en democracia se sigue manejando
como un secreto de Estado.
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