De sus tiempos como periodista gráfico, a Jorge Lafauci le queda un cómodo ambiente en Palermo, que
compró con el rescate del retiro de su último trabajo, atrapado en el corralito. “Extraño,
pero no los cierres hasta la madrugada”, asegura el
más duro de los jueces de
Bailando por un sueño, próximo a un nuevo
estreno en Canal 9, junto a Beto Casella.
Las paredes son prueba de su personalidad ecléctica: en la cabecera de la cama, una
reproducción de
La anunciación de la Virgen se enfrenta a un póster en el
que Marilyn Monroe sonríe en lugar de Jesús, emulando
La última cena. Packs de gaseosas ocupan el hueco donde
debería haber un horno.
—¿Es un buen bailarín?
—Soy un patadura. Hubiera adorado bailar bien el tango, que es lo que más me gusta. Soy
fanático de Gardel para acá, sé las letras de todos los tangos. Los canto.
—¿Y como cantante?
—Tengo cierto estilo.
Hijo de un capitán de cabotaje de la Marina mercante,
su familia lo instó a estudiar Ingeniería o Abogacía. Pero
Lafauci
se recibió de
profesor en Letras en la Universidad de Buenos Aires en
1973. “Me acuerdo que ese día había caído Allende en Chile e hicimos un minuto de
silencio”, rememora. Por los pasillos de la Facultad conoció a su ex esposa y tuvo una hija.
Separado hace más de 20 años, no volvió a formalizar una relación.
—
No creo en la pareja. Si se da, bien; pero uno nace y muere
solo. Soy una persona bastante libre, no puedo estar con un control, al menos en este momento.
Nunca digas nunca, porque a una determinada edad, de pronto se necesita una compañía. He tenido mis
cosas, pero nada de mezclar la ropa en los roperos. Le tengo miedo a la pareja porque me cuesta
cortar, decir las cosas como tienen que ser. Y mirá que
tengo más terapia que Woody Allen.
—¿Ahora se analiza?
—Siempre estoy en terapia, desde los 25 años. Intenté otras técnicas que no me
sirvieron: control mental, meditación trascendental. ¡Hasta fui a la Asociación
Argentino-brasileña! Pero soy alópata, yo
no voy al canal sin un Rivotril en el bolsillo por cualquier
cosa.
Cuenta que cuando por su edad le negaban el ingreso a las salas de Barracas, cruzaba en
colectivo a Avellaneda para meterse en las películas de Isabel Sarli e Ingrid Bergman. “Hice
mi carrera viendo Fellini, Pasolini, Visconti, los grandes directores”, relata. Hoy ve de
todo, pero jamás en su casa: “No me gusta porque me distraigo, voy al baño, me sirvo café
–explica–. Prefiero el cine como antes.”
—
Nunca comenté una película u obra que no hubiera visto.
Tampoco en
Bailando por un sueño. No soy bailarín ni coreógrafo, pero
estudio el ritmo. Me tocó una carrera un poco difícil, porque en el periodismo de espectáculos
estás en el chimento, que me parece muy bien, o estás con los críticos de los diarios, que son muy
sesudos.
Estar en el medio, que es lo que me tocó a mí,
es muy difícil. Porque la gente no puede creer que sea el
mismo que hace payasadas con Moria Casán.
—
¿No siente que le quita credibilidad?
—Cuando estaba haciendo
Zap con todos los mediáticos y cartoneros de la
televisión,
presenté –pedido por ella–
el último libro de
María Elena Walsh en la Feria del Libro. La gente de
determinado prestigio me sigue llamando. Yo estoy a prueba de balas.
Ser un
outsider en la tele
“Viste cómo son estas cosas...”, advierte Lafauci, que de “estas
cosas” parece saber bastante. La fecha de salida al aire de
Bendita TV –se supone– será el próximo lunes
13, por Canal 9. Con conducción de Beto Casella, Lafauci integrará el panel. No es su primera
aparición por esta pantalla: cuando el 9 se llamaba Azul, acompañó a Marcelo Polino en
Zap, donde Guido Suller y su ladero “el Larva”
eran invitados frecuentes. “Al programa le iba bien, lo mató la censura”, afirma.
Los viernes secunda a Guillermo Blanc en
Yo amo a la TV, que volvió este año a Canal 7, y los
domingos es coequiper de Karin Cohen en
Todo por hacer, por Radio 10.
“Tuve que reinventarme”, explica, ya lejos de las redacciones en las que se
formó. Consiguió su primer trabajo a los 18 en la revista femenina
Maribel, con una nota sobre Ingrid Bergman. Después hizo
la programación de
TV Guía y fue escalando posiciones hasta dirigir la
publicación. Y compara: “La gráfica tiene otros tiempos. Hasta los conflictos se arreglan de
otra manera, no con una cámara que te enfoca todo el tiempo a ver cómo estás. Estoy desde el
’98, pero la televisión tiene un nerviosismo al que no termino de acostumbrarme”.