La sangre tira, aunque en su caso sea discutible. Pero eso sí: el ADN no perdona. Ya está
confirmado que Martha Susana Holgado no es, ni por las tapas, Lucía Perón. Y ahora que la ciencia
dio su veredicto indiscutible, llegó el momento de saber la verdad completa. Lejos de ser la
heredera plenipotenciaria del General, Martha Susana Holgado es apenas la hija pródiga del otro yo
de su padre, mi tío Meño, que se llamaba Eugenio Holgado y prefería hacerse llamar Valdivia.
Atentos, que nada de esto es broma.
Por obra y gracia de la fonética infantil, y de los modismos de un hogar de inmigrantes
españoles, Eugenio Holgado fue apodado Meño casi desde que nació. Yo lo recuerdo ya de viejo, con
la melena blanca más allá de los hombros y la barba blanca hasta la boca del estómago. Era tío
directo de mi papá, es decir, hermano de mi abuela paterna: Rosa Amalia Benedicta Holgado, que
prefería hacerse llamar Rosamalia, pese a que todos sus nietos le decíamos Palala.
Primera aclaración, por si hace falta: Martha Susana Holgado es prima hermana de mi padre,
quien se murió convencido de que “la gorda siempre estuvo colifata”. Mi tío Carlos,
hermano de mi papá, falleció aferrado a la misma certeza.
Obsesionada por persuadir a todo el mundo de su filiación peronista, Martha Susana Holgado (o
sea, mi tía segunda) tapó a Eugenio “Meño” Holgado, popularizándolo mediáticamente tras
un rótulo bastante despectivo: “Mi papá de crianza”, eufemismo equivalente a un
histórico par de cuernos. La cuestión es que así fue ocultándose a sí misma, tras la máscara de Don
Juan Domingo.
En esto de no llamar a nadie por su nombre exacto, su propio padre se refería a ella como La
Susy; a su hermano, es decir, el hijo varón, lo llamaba Cuero o Cuerito. Fue el mismo Luis Eugenio
(para mí, Cuero, quien también supo verse envuelto en problemas judiciales, si bien jamás tan
épicos) quien trató de “mitómana” a su hermana en Tribunales. El ADN de ambos es
compatible en el 99,98%. Cuero no es hijo de Perón, desde luego, ni pretendió serlo nunca.
Claro que debe haber resultado difícil ser los hijos de Eugenio Holgado. No es sencillo ser
el hijo de nadie, en realidad. Pero supongo que las mismas anécdotas que convirtieron al Tío Meño
en un mito familiar, habrán sido puros conflictos para La Susy y Cuerito cuando iban forjando sus
personalidades. El Tío Meño era de aquellos personajes capaces de avisarle a su esposa: “Voy
a comprar fósforos y enseguida vuelvo”, para volver a casa recién dos semanas más tarde, sin
fósforos y con una serie de cuentos increíbles e incapaces de calmar a la Tía Cecilia, o sea, la
madre de Martha Susana “La Susy” Holgado.
(Qué Perón ni ocho cuartos: mi mamá jura que “La Susy es el calco de Cecilia”; mi
tía Matilde avala el juramento).
El Tío Meño solía irse de juerga. Lo hacía, sobre todo, cuando la orquesta típica de Angel
D’Agostino salía de gira por el interior o debía tocar en Montevideo. El primer violín de
aquella exquisita formación tanguera, donde brillaba la voz de Angel Vargas (el Ruiseñor de las
calles porteñas), era Benjamín Holgado Barrio, quien, en este caso como su nombre lo indica, era el
hermano menor de Meño. Benja murió de cáncer a los 33 años.
No le fue nada mal, de joven, al Tío Meño. La buena suerte tocó a su puerta cuando la General
Electric le otorgó la representación comercial exclusiva de sus productos. La asumió a través de
una sociedad anónima denominada Valdivia y Asociados. Desde entonces se hizo llamar como su
negocio: Señor Valdivia.
La Argentina se industrializaba a paso veloz y, de golpe, Eugenio Holgado pasó a proveer de
materiales eléctricos de última generación a las principales industrias, y en especial a una que
pretendía ocupar el centro de la escena económica y política: las Fuerzas Armadas. Lector adicto de
Julio Verne y de Emilio Salgari, y simpatizante lateral del Partido Comunista, se vio rodeado de
coroneles y generales ambiciosos. El peronismo se venía con todo, aunque el Tío Meño nunca pensó
que, en su caso personal, sería para tanto.
La lectura había sido durante años el refugio para una vida de privaciones. Su papá abandonó
la casa cuando él era nada más que un chico. Y de algún modo se cobró venganza metiéndose de
polizón, con 15 años, en un barco que terminó anclando en el puerto de Cardiff, en Gales. Tuvo que
pagarse el regreso trabajando en otro barco carbonero. Quiero creer que allí empezó a nacer (en las
ensoñaciones de alta mar) el Señor Valdivia, el contador de historias, el inventor de apodos a
diestra y siniestra, el verdadero papá de Martha Susana Holgado.
Cuenta la leyenda que, en Valdivia y Asociados, el Tío Meño tenía un empleado afectado de
lepra. Y que lo había conchabado un poco de amiguero y otro poco, por piedad. Tal vez nunca haya
ocurrido, pero se dice que cada vez que le pasaba un llamado telefónico, él hacía que limpiaba el
tubo contra la camisa y le decía: “Gracias, Lepronio”.
Lo inevitablemente cierto es que disfrutando relatos como estos, mi familia fue armándose en
el culto a la ironía y al humor negro, esa especie de necrofilia al revés. En honor a esa pasión
por entretenerse afilando la lengua fue que, en medio de un asado reciente, con varios vinos ya
difuntos como testigos, el caso Martha Susana Holgado mereció el comentario poco digestivo de un
pariente muy cercano, diría carnal: “Seguro que ésta se hizo un caldo con las manos de Perón
para contagiarse el ADN”. Pero bueno, ya se sabe que un borracho es capaz de decir cualquier
cosa. Los argentinos nos comemos unos 10 millones de vacas por año y eso no nos convierte en seres
genéticamente bovinos. ¿O sí?
Debo confesar que las discusiones familiares sobre los reclamos de La Susy no siempre
tuvieron semejante voltaje etílico. Más bien, todo lo contrario. Si mi tía segunda pudo sacudir
años de certezas nacionales durante más de una década, el lector ya tendrá elementos suficientes
para imaginar hasta qué punto logró poner en cuestión los pilares básicos de la identidad
Zunino-Holgado. Tal vez esperábamos esos ADN como nadie.
Ahora me siento más tranquilo. Tanto que, si fuera más creyente, me imaginaría al Tío Meño en
el cielo, muerto de risa, diciendo: “Ya está, hija mía, has perdido. Ahora vete a casa y
déjate de joder”.
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