—¿Piensa que en los últimos años hubo un auge por recuperar
la propia historia?
—Antes que nada,
hay que distinguir entre la historia profesional o científica y lo
que está relacionado con un interés público por la
historia o una referencia a la historia como una cantera para el
debate público. Y en esta segunda acepción, yo diría que en la
Argentina, por lo menos desde que yo tengo memoria,
la historia o las visiones del pasado tuvieron un papel importante
en las
definiciones políticas. Desde que yo recuerdo, todo el
mundo en este país toma posición sobre si Juan Manuel de Rosas era bueno o malo. Esto no es una
cosa habitual en otras sociedades. Me sorprende cuando voy a otros países y nadie está pensando
permanentemente si algún héroe del pasado fue bueno o malo. Forma parte del panteón o no, pero no
se discute 150 años después que se murió si era magnífico o si el país tiene que construirse a
partir de él.
—¿Cree que los dirigentes políticos de nuestro país apelan
de modo más recurrente a la historia que antes para hablar de su actual proyecto político?
—Eso siempre fue así. Incluso se trazaban genealogías para atrás. La línea
Mayo-Caseros. San Martín-Rosas- Perón. Esas genealogías son muy viejas. Lo que me parece que es
nuevo, y que sí compartimos con el resto del mundo, es un doble movimiento. Una especie de
aceleración de los tiempos, de manera tal que
la gente vive más pensando en el presente que en el pasado o en
el
futuro. Hay una especie de aceleración de la vida contemporánea. Y
eso viene junto, paradójicamente en muchas sociedades, con una
especie de impulso de memoria, por eso ahora está de moda la idea
de la memoria histórica o colectiva. Sobre todo en la medida en que la memoria nacional se
resquebrajó por distintos mecanismos, entonces grupos particulares ahora buscan rastrear hacia
atrás su genealogía, su pasado, hacen operaciones que diría que son más de memoria que de historia.
—Usted dice que este doble movimiento, que implica la
aceleración de los tiempos y el reclamo de anclaje de memoria, lo compartimos con el resto del
mundo. ¿Hay alguna tendencia que sea más local?
—Sí. Está vinculado con la manera en que los argentinos atravesamos por un período en
el cual hubo un gran entusiasmo innovador luego de la dictadura. Una sensación compartida ligada a
una creencia en el futuro de que íbamos para mejor, que por lo tanto había que dejar atrás muchas
tradiciones que habían sido bastante negativas, por ejemplo las tradiciones autoritarias, no sólo
de militares sino también de una sociedad que nunca les había prestado mucha atención a los
derechos humanos. Incluso, desde los sectores de izquierda. Casi siempre se pensó que eran cosas
menores y que estaba en juego la revolución social.
Pero las desilusiones y las dificultades de la construcción
democrática, la certeza de que esa construcción no es algo automático y que requiere mucho
esfuerzo, más los momentos difíciles de la crisis de fines del siglo pasado y de principios de
este, generaron una paradójica nostalgia del
pasado. Mientras en el ’83, ’84, la idea era
cómo transformar, cómo ir para adelante, cómo construir la democracia, de repente ahora todo eso es
una especie de desilusión. No era lo que pensábamos, las situaciones son mucho más complicadas. Es
una vuelta para atrás, para buscar y rastrear viejos caminos.
—A partir de lo que menciona, esa vuelta al pasado parece
más una mirada nostálgica que una mirada para entender lo que pasó...
—
Es una mirada que no es interrogativa. Uno puede mirar
hacia atrás para preguntarse por qué, qué pasó, qué cosas son diferentes del pasado.
El pasado no brinda respuestas mágicas, simplemente puede
ayudarnos a entender cosas. Esa es una mirada interrogativa. Y después
hay una mirada para el pasado que no me gusta, que es la asertiva
que dice “siempre fuimos iguales, miro
para atrás para corroborar lo que ya sé: que los malos son los
malos y los buenos son los buenos”.
Es una mirada que tiene éxito en
la Argentina y que se manifiesta en algunos de los éxitos de los
best sellers masivos. Otra cuestión es lo que está relacionado con la mirada sobre el pasado
reciente. Es decir, la mirada sobre el proceso de la dictadura, que es mucho más complejo. Hay
quien no quiere mirar, hay miradas interrogativas y hay miradas que son para corroborar lo que ya
sabemos.
—En relación a esto último, Kirchner dijo en varias
oportunidades que es preciso no olvidar los sucesos del pasado reciente para no repetir viejos
errores; sin embargo, ciertos sectores de la oposición prefieren no rever esa parte de la historia,
¿por qué?
—En principio, me parece que hay algo que es importante y es que una sociedad no pasa
fácilmente por procesos traumáticos y lo que hubo en Argentina fue un proceso muy traumático, que
implicó mucha violencia y sobre todo la existencia de un aparato estatal puesto al servicio del
terror. Otro problema es cómo colectivamente nos interrogamos sobre ese pasado.
Es importante tener verdades sobre lo
que pasó, pero también es importante que la gente se pregunte por
lo que sucedió. Y en ese sentido, creo que hay que ser muy plural y hay que dar lugar a que
haya todas las interpretaciones que surjan y que pueden ser diferentes.
No estoy a favor de una verdad oficial
sobre lo que pasó. No sobre los crímenes, que sí creo, que
tiene que haber una verdad oficial, sino sobre las causas y las consecuencias. Me parece que es
algo que la sociedad debe procesar pluralmente. Sería muy importante que circularan distintos
discursos sobre eso, que se debatiera públicamente, que no hubiera discursos prohibidos, que no
hubiera discursos censurados.
—No obstante, algunos afirman que no hay que revolver el
pasado y mirar para adelante...
—
Hay sectores o grupos que no quieren revisar porque tienen mucha
responsabilidad en lo que ocurrió. Y ahí hay dos cosas: están los que tienen responsabilidad
y lo reivindican.
Y yo soy favorable a que ese discurso circule. No hace mal
escucharlos. No darles espacio estatal pero sí que ese discurso circule.
Y está otro discurso que es más dañino para los procesos de
construcción colectiva,
que dice ya pasó, no tenemos por qué mirar. Ese discurso es
un discurso que niega. Y habrá gente que piensa que tiene que ser así. De hecho, esto tiene cierto
arraigo popular. Esta posición puede ser contrarrestada si se logra que la discusión se abra de una
vez. Como dije antes, me preocupan los discursos oficiales. En algunos momentos este gobierno tuvo
esa inflexión de decir “la verdad es ésta y todo lo demás no tiene lugar”.
—Vinculado con esta disputa constante por apropiarse de la
historia argentina, ¿se puede decir que ya no corre más la vieja frase “la historia la
escriben los que ganan...”?
—En realidad, la historia no siempre la escriben los que ganan. Es interesante, en este
país lo que más vende es cuando te dicen que te van a contar lo que nadie te contó. Y
lo que más circula son visiones populistas de la historia,
más que versiones oficiales. Incluso en la escuela. De
manera tal que uno podría decir que la historia escolar no es una producción espontánea que surja
de alguna verdad recóndita que alguien tiene. Son operaciones culturales. Operaciones que hace el
Estado, operaciones que hacen los medios. Los medios a veces tienen un papel muy importante, a
veces más que el de la escuela. Pero también distintos grupos ideológicos, que proponen versiones
de la historia. Y si hay algo que pasó en las últimas décadas es que circula mucho la historia
alternativa. No hay monopolio de las elites dirigentes, que también ellas mismas son muy mezcladas.
Eso se podía decir cuando el aparato ideológico del Estado estaba muy monopolizado por un grupo.
Ahí había una versión oficial de la historia. En realidad, la historia es un campo de disputa.
—¿Por qué?
—Porque cada uno saca a la luz su mensaje. Las lógicas del debate público histórico
tienen que ver con la capacidad de intervención que tienen distintos grupos en ese debate. Es un
campo de disputa porque no hay versiones únicas. Hay versiones que en algún momento arraigan más o
menos en el imaginario colectivo. Mi impresión es que las versiones que existen son muy mezcladas
porque tienen un pedacito de cada cosa.
—¿Para qué sirve revisar la historia?
—La primera cuestión es que la historia es una ciencia pero también es un arte y además
el hombre tiene ese impulso de mirar hacia atrás. Y también se relaciona con la construcción de
memoria que un grupo humano necesita para consolidarse como tal. Construir bases de valores
compartidos para construir identidad, para reconocerse mutuamente, en los cuales el pasado juega un
rol fundamental.
—¿No considera que además ayuda a no repetir errores del
pasado?
—No, la gente no aprende. Puede servirle a un estadista o a un dirigente conocer para
no cometer los mismos errores pero colectivamente es muy difícil porque simplemente no es la misma
sociedad. Si yo digo que la Argentina es lo mismo que en 1850, estoy diciendo un disparate total, y
justamente no se puede pensar el hoy como se piensa lo que pasó hace 20 o 30 años.
—Viniendo un poco más a la actualidad, ¿cómo cree que van a
pasar a la historia los presidentes desde Raúl Alfonsín en adelante?
—No sé, porque no tengo idea de qué es lo que las generaciones futuras van a rescatar.
Eso
tiene que ver mucho con lo que suceda en
el futuro. Generalmente, las figuras históricas se revalúan
retrospectivamente. Aunque Yrigoyen había ganado las elecciones, se fue muy mal. Quién hubiera
pensado que ahora aparecería como una de las dos grandes figuras políticas del siglo XX. De todas
maneras,
yo quisiera que Raúl Alfonsín fuese recordado por el juicio a las
Juntas. Creo que es el hecho histórico más importante del último cuarto de siglo y que
realmente tuvo mucho que ver con su voluntad política. Más allá de lo que pasó. De todos los
problemas que hubo después.
En el caso de Carlos Menem, no sé. Yo lo veo como uno de los
grandes artífices de la crisis argentina pero cómo lo verán en el futuro, no sé.
Felipe Pigna, el “reaccionario”
—
¿Cree que el programa
Algo habrán hecho... y los libros de Felipe Pigna sirven
para difundir la historia?
—No. Uno podría decir: “Será muy bueno, será muy malo o regular, pero por lo
menos la gente se preocupa por la historia”. Claro que la pregunta es si toda preocupación
por la historia y por el pasado es necesariamente positiva. Y aquí me parece que hay que tener en
cuenta que
varias de las cuestiones que marcan el libro de Pigna y el
programa no contribuyen a que la gente se pregunte por el pasado
sino a que reafirme todos sus prejuicios. Por lo tanto, en
vez de generar intriga o curiosidad, genera certezas sobre cuestiones que ya son conocidas y que
todo el mundo repite. Esto tiene que ver con algunas características de estos productos.
—¿Cuáles?
—En primer lugar, se va al pasado a comprobar cosas que se plantean desde hoy como
verdades que ya conocemos. La segunda cosa es que hay
un anacronismo total: buscar en el pasado las continuidades con el
presente, no las diferencias. Y esto constituye un
elemento muy reaccionario, ya que se desdibujan muchos
rasgos de la historia reciente o de la actualidad, diluyéndolos en una especie de pasado que
siempre fue igual. Es decir,
la responsabilidad presente se diluye en la responsabilidad
pasada. Para mí eso
es muy reaccionario.
La tercera cosa es que es una historia de buenos y malos.
Construye una visión de los hechos humanos como hechos de héroes. Esos héroes son los artífices de
todo. El pueblo es una especie de conjunto bueno, que está en el trasfondo. Además usa los mismos
héroes que ya tenemos: San Martín y Belgrano.
Es la historia de Billiken. Es la reconstrucción de los
mitos, no la deconstrucción.
—Sin embargo, muchos jóvenes se acercaron a la historia a
partir de este programa y desde los textos de Pigna...
—Sí, pero sirvió para reafirmar estas cosas que mencioné. Además, todo esto se enmarca
en la idea de que alguien alguna vez nos lo ocultó, y
que Pigna lo viene a revelar cuando en realidad no revela
nada. Uno puede decir que genera una inquietud por el pasado, pero me pregunto: ¿genera una
inquietud por el pasado o reafirma una idea de blanco o negro sobre la realidad?
—¿Puede ser que las futuras generaciones de historiadores
tomen como ejemplo este modo de difundir la historia?
—No creo. Me parece que todo esto
es un fenómeno mediático. Despierta un interés que, además,
está muy fogoneado desde los medios de comunicación. También hay que analizarlo como operación
cultural, no se trata de una persona que escribe un libro y tiene éxito. No podemos pensarlo así.
San Vicente, Perón y rosas
—A raíz del traslado del cuerpo de Perón y de los
incidentes, ¿por qué el personaje sigue siendo tan polémico?
—Es curioso, porque nadie cuestionó el traslado. Incluso se acepta que Perón fue uno de
los dirigentes importantes del siglo XX. El problema fue interno al peronismo, otra vez: no me
parece que lo que pasó refleje una controversia sobre Perón, sino ciertas características de la
política contemporánea.
—
Menciona los conflictos internos del peronismo, pero ese día no
estaba el ala revolucionaria...
—Es cierto, no estaba ninguna izquierda. De hecho, muchas de las consignas eran
consignas viejas. No representaban lo que estaba pasando.
Fue una cosa muy patética, una puesta en escena de las
peores costumbres, pero no espontáneas. Eran dos grupos identificados, que se peleaban por ver
quién estaba más cerca del palco y que se agarraron a palazos.
—¿En torno de qué otro líder político hubo tanta discusión
como con Perón?
—Rosas. En realidad, hay algo compartido con Perón. En ambos momentos hay algo que no
ocurrió en otros: hubo una especie de división muy tajante entre amigos y enemigos. Es una cosa que
no es patrimonio de esos dos períodos, pero allí fue donde se dio de manera más tajante. Eso creó
un cisma entre la sociedad del momento, que hace que el debate posterior sea mayor.
Currículum vitae
* Se licenció en Historia en la UBA y se doctoró en la Universidad de Londres.
* Fue investigadora en el Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la
Administración. Fellow del Social Science School of the Institute for Advanced Study, en Princeton,
y del Center for Advanced Study in the Behavioral Sciences, en Stanford.
* Algunos de sus libros son:
Capitalismo y ganadería en Buenos Aires: la fiebre del lanar; Los
trabajadores de Buenos Aires: la
experiencia del mercado, 1850-1880, en colaboración con
Luis Alberto Romero;
La política en las calles. Entre el voto y la
movilización.
Buenos Aires, 1862-1880; La vida política en la Argentina del
siglo XIX. Armas, votos y voces, en colaboración con Alberto Lettieri; y
Ciudadanía política y formación de las naciones. Perspectivas
históricas de América Latina.
* Está a cargo de la cátedra de Historia Argentina II de la UBA y es investigadora del
Conicet.
Hay 8 comentarios en esta nota
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eduvallejos | 15/10/2011 | 11:02
Excelente nota. Un punto de vista de investigador, que con las falencias propias del ser humano, trata de ver a la historia como lo que es: un periodo de tiempo donde componentes culturales y económicos se enfrentan e imponen unos sobre otros. Slds
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eduvallejos | 15/10/2011 | 11:01
Excelente nota. Un punto de vista de investigador, que con las falencias propias del ser humano, trata de ver a la historia como lo que es: un periodo de tiempo donde componentes culturales y económicos se enfrentan e imponen unos sobre otros. Slds
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eduvallejos | 15/10/2011 | 11:01
Excelente nota. Un punto de vista de investigador, que con las falencias propias del ser humano, trata de ver a la historia como lo que es: un periodo de tiempo donde componentes culturales y económicos se enfrentan e imponen unos sobre otros. Slds
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RodrigoBernabu00e9 | 14/10/2011 | 20:01
Muy bueno, una lastima que la nota de pigna y caparros sea tan leida y esta que es exelente tenga solo 4 comentarios.
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CarolinaGutiu00e9rrez | 14/10/2011 | 17:33
BRILLANTE !!!! como siempre Dra. Sábato !!!! Ud. encarna el estudio de la Historia a la altura de un Halperin Donghi ... y los otros que se hcargo de trabajar para la Korona !!!
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AurelioGrande_facebook | 14/10/2011 | 15:50
La historia es una reconstrucción de algo que ciertamente ya no existe, y que por lo tanto no puede refutarse ni comprobarse fehacientemente; esa es justamente la característica que la hace vulnerable a la manipulación.
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LilianaRodriguez | 14/10/2011 | 12:22
nadie lo hubiera dicho mejor.
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GuidoFoscarini | 14/10/2011 | 11:50
Excelente
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