En las historias de Hollywood, el magnífico telón de fondo histórico sólo sirve de pretexto para
contar “de qué trata” la película en realidad… del viaje iniciático del héroe o
de la pareja. En
Impacto profundo, la ola gigante que arrasa la costa este de los Estados Unidos sirve para
la reunión incestuosa de la hija con su padre; en
La guerra de los mundos, la invasión de los alienígenas sirve para que Tom Cruise reafirme
su función paterna. No sucede lo mismo en
Niños del hombre, en la que el telón de fondo persiste y se mantiene constante.
En una típica película de ciencia ficción de Hollywood, el mundo futuro podrá estar lleno de
insólitos objetos o inventos, pero hasta los cyborgs interactúan exactamente de la misma manera que
nosotros… o, más bien, como solíamos hacerlo en los viejos melodramas y películas de acción
hollywoodenses. En
Niños del hombre no hay nuevos aparatos y Londres se ve tal cual es ahora, sólo que un
poco más… Alfonso Cuarón ha enfatizado sus potenciales poéticos y sociales: las tonalidades
grises y la decadencia de los suburbios cubiertos de basura, la omnipresencia de la
video-vigilancia. La película nos recuerda que, entre todas las cosas extrañas que podemos
imaginar, la más extraña de todas es la realidad. Hegel comentó hace mucho tiempo que el retrato de
una persona se le parece más que la misma persona.
Niños del hombre es la ciencia ficción de nuestro propio presente.
Estamos en el año 2027. La especie humana se ha vuelto infecunda y el habitante más joven de
la Tierra, nacido hace dieciocho años, acaba de morir en Buenos Aires. El Reino Unido vive en
estado permanente de emergencia: brigadas antiterroristas persiguen a inmigrantes ilegales, y el
poder estatal controla a la población decreciente que vegeta en un hedonismo estéril. ¿No son acaso
estos dos aspectos –la permisividad hedonista, además de las nuevas formas de apartheid
social y control basados en el miedo– los que caracterizan a nuestras sociedades? Y como dijo
Cuarón, en una entrevista: “En muchos relatos del futuro siempre aparece algo así como el
Gran hermano, pero creo que ésa es una visión de la tiranía del siglo XX. La tiranía actual se
presenta con nuevos disfraces… la tiranía del siglo XXI se llama
‘democracia’”. Esta es la razón por la que los gobernantes del mundo actual no
son burócratas orwellianos totalitarios, grises y uniformados, sino administradores democráticos
ilustrados y cultos, y cada uno o cada una con su propio “estilo de vida”. Cuando el
protagonista de la película visita a un viejo amigo, convertido en un ministro de alto rango,
ingresamos en algo así como el loft de una pareja gay de clase alta de Manhattan.
Niños del hombre no es, obviamente, una película sobre la esterilidad como problema
biológico. La infertilidad de la que trata la película de Cuarón fue diagnosticada hace mucho por
Friedrich Nietzsche, cuando percibió el modo en que la civilización occidental avanzaba en
dirección al Último Hombre, una criatura apática, sin grandes pasiones o compromisos. Incapaz de
soñar y cansado de la vida, no asume ningún riesgo y sólo busca lo cómodo y lo seguro, una
manifestación de tolerancia hacia todos. El Último Hombre no quiere que le destruyan sus ilusiones:
por eso “acoso” es la palabra clave en su universo mental. En su sentido más simple, el
término designa hechos brutales de violación, palizas y otras formas de violencia social que, sin
duda, deberían ser condenadas con toda severidad. Sin embargo, en el uso predominante, el
significado simple se desliza en forma imperceptible hacia la condena de cualquier cercanía
excesiva de otro ser humano real, con sus deseos, temores y placeres. Dos tópicos determinan la
actitud tolerante liberal de hoy hacia los otros: el respeto hacia la otredad, la apertura hacia
ella y el miedo obsesivo al hostigamiento. El otro es aceptable mientras su presencia no sea
invasora, mientras el otro no sea realmente otro. La tolerancia coincide con su sentido opuesto: mi
deber de ser tolerante con el otro significa efectivamente que no debo acercarme demasiado. Esto es
lo que emerge cada vez más como el “derecho humano”: el derecho a no ser acosado, es
decir, a mantenerse a prudente distancia de los otros.
Los juzgados de la mayoría de las sociedades occidentales expiden en la actualidad una orden
de restricción cuando alguien demanda a otra persona por acoso. Al acosador se le puede prohibir
legalmente acercarse con malas intenciones a la víctima, y debe guardar una distancia de más de
cien metros. Por necesaria que sea esta medida, contiene, no obstante, una suerte de defensa contra
la realidad traumática del deseo del otro: ¿no resulta obvio que el despliegue abierto de la pasión
por y hacia otro ser humano es terriblemente violento? La pasión, por definición, hiere a su
objeto, y aun cuando el destinatario acepte gustoso ocupar ese lugar, él o ella no pueden hacerlo
sin experimentar asombro o sorpresa. Ocurre incluso con la creciente prohibición de fumar. Primero,
todas las oficinas fueron declaradas “libres de humo”; después, los vuelos; después,
los restaurantes, los aeropuertos, los bares. Después –en un caso único de censura
pedagógica, que nos recuerda la práctica estalinista de retocar las fotos de nomenklatura–,
el servicio postal de los Estados Unidos borró el cigarrillo en las estampillas que muestran la
fotografía de Robert Johnson, el guitarrista de blues, y la de Jackson Pollock, el pintor. El
objetivo de estas prohibiciones es acabar con el deleite excesivo y riesgoso del otro,
personificado en el acto de encender un cigarrillo e inhalar profundamente con placer descarado. En
efecto, como decía Jacques Lacan, después de la muerte de Dios, ya nada está permitido.
En el mercado de hoy encontramos una serie de productos despojados de su propiedad nociva:
café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol... ¿Y qué podemos decir del sexo virtual
como sexo sin sexo, de la doctrina de guerra sin víctimas (de nuestro lado, por supuesto) de Colin
Powell como guerra sin guerra, la redefinición contemporánea de la política como el arte de la
hábil administración o política sin política, mientras que temas como esposas golpeadas o
violaciones incestuosas no son tomados en cuenta?
A los que pertenecemos a los países del Primer Mundo se nos hace cada vez más difícil
siquiera imaginar una causa pública o universal por la que estaríamos dispuestos a dar la vida.
Pareciera ser, en efecto, que la grieta que separa el Primer Mundo del Tercer Mundo se ahonda cada
vez más en la oposición entre llevar una vida larga y satisfactoria llena de riquezas materiales y
culturales, y dedicar la vida a una causa trascendente. ¿No es éste el antagonismo entre lo que
Nietzsche llama nihilismo “pasivo” y nihilismo “activo”? Nosotros, en el
Oeste, somos los Ultimos Hombres, inmersos en los estúpidos placeres cotidianos, mientras que los
radicales musulmanes están preparados para arriesgarlo todo, comprometidos con la lucha nihilista
hasta alcanzar la autodestrucción. No sorprende, pues, que el único lugar en Niños del hombre donde
impera una extraña sensación de libertad sea Blackpool, la ciudad aislada y convertida en un
campamento de refugiados administrado por sus propios habitantes, inmigrantes ilegales, y al final
de la película, bombardeados sin piedad por la fuerza aérea. Aquí prospera la vida, con
demostraciones militares fundamentalistas del islam, pero también con actos de auténtica
solidaridad… No sorprende, pues, que allí aparezca el niño recién nacido.
En un debate sobre la suerte de los prisioneros de Guantánamo en la NBC en 2004, uno de los
argumentos más extraños a favor de la aceptabilidad ético legal de su estatuto era que “ellos
fueron los que se salvaron de las bombas”. Puesto que eran el blanco de los bombardeos
estadounidenses y los sobrevivieron por azar, y puesto que el bombardeo era parte de una operación
militar legítima, no se puede censurar el hecho de que los hayan capturado después del
combate… Este razonamiento dice más de lo que pretende decir: coloca al prisionero casi en
forma literal en la posición de los muertos vivos, los que de algún modo ya están muertos, de
manera que ahora son casos de lo que Giorgio Agamben llama Homo sacer, el que puede ser eliminado
con impunidad porque, ante los ojos de la ley, su vida ya no cuenta. Si se coloca a los prisioneros
de Guantánamo en el espacio “entre las dos muertes”, muertos desde el punto de vista
legal aunque estén vivos biológicamente, entonces el caso de Terri Schiavo, que atrapó nuestra
imaginación en marzo de 2005, plantea lo contrario. Schiavo sufrió un grave daño cerebral en 1990 y
los médicos nombrados por la Corte alegaron que estaba en estado vegetativo permanente, sin
esperanzas de recuperación. Mientras su marido quería que la desconectaran para que muriera en paz,
sus padres argumentaron que podía mejorar. El caso llegó al nivel más alto del gobierno de los
Estados Unidos, con la intervención de la Corte Suprema y el presidente. Lo absurdo de la
situación, vista en un contexto más amplio, es asombroso: con millones de personas muriendo de sida
y hambrunas en todo el mundo, la opinión pública en los Estados Unidos se centró en un caso
particular de prolongación de una vida inerte, privada de todas las características específicamente
humanas. Estos son los dos extremos en los que nos encontramos hoy con respecto a los derechos
humanos: por un lado, los que “se salvaron de las bombas” (seres humanos despojados de
sus derechos); por otro lado, un ser humano reducido a una simple vida vegetativa, pero amparada
por todo el aparato estatal.
¿Qué pasó con nosotros? ¿Qué salió mal? Cualquier lector atento del Marqués de Sade no puede
dejar de notar la paradoja que surge cuando la afirmación sin restricciones de la sexualidad
sadeana la convierte en un ejercicio mecánico carente de auténtica pasión sensual. Y cabría
preguntarse si acaso no es fácilmente discernible una inversión similar en el callejón sin salida
de los Ultimos Hombres de hoy, los individuos “posmodernos” que rechazan las grandes
metas y se dedican a sobrevivir colmados de placeres cada vez más refinados y estimulados en forma
artificial. Si las antiguas sociedades jerárquicas oprimieron las fuerzas vitales a través de sus
rígidos sistemas ideológicos y del aparato del Estado que los impusieron, las sociedades de hoy
están perdiendo su vitalidad por medio de su hedonismo demasiado permisivo: todo está permitido,
aunque descafeinado y despojado de su esencia.
Y lo mismo que se aplica a nuestros placeres se aplica a nuestra democracia. Esta se va
convirtiendo cada vez más en una democracia descafeinada, despojada de su esencia. Hace un siglo,
G.K. Chesterton escribió: “Los hombres que empiezan a luchar contra la Iglesia por el bien de
la libertad y la humanidad terminan por abandonar la libertad y la humanidad, aunque sea sólo para
seguir luchando contra la Iglesia”. Hoy, lo primero que tendríamos que añadir es que esto
también es válido para los partidarios de la Iglesia: ¿cuántos defensores fanáticos de la religión
comenzaron a atacar de modo feroz la cultura secular contemporánea y terminaron por abandonar la
religión? ¿Y no es verdad que, de un modo estrictamente homólogo, los guerreros liberales están tan
ansiosos por combatir el fundamentalismo antidemocrático que van a terminar por abandonar la
libertad y la misma democracia, con el solo fin de combatir el terror? Su pasión por demostrar que
el fundamentalismo no cristiano es la amenaza principal contra la libertad es tan poderosa que
están dispuestos a defender la posición de que debemos limitar nuestra propia libertad, aquí y
ahora, en nuestras sociedades supuestamente cristianas. Nuestros guerreros contra el terror están
dispuestos a destruir su propio mundo democrático por odio hacia el otro musulmán. Jonathan Alter,
Alan Derschowitz y Sam Harris aman tanto la dignidad humana que están dispuestos a legalizar la
tortura –la degradación extrema de la dignidad humana– para defenderla…
La modalidad predominante de la política es la política del miedo: miedo a los inmigrantes,
miedo al delito, miedo a la impía depravación sexual, miedo al Estado excesivo (que es la razón por
la cual la Corrección Política es la forma liberal ejemplar de la política del miedo). Este tipo de
política siempre confía en las manifestaciones aterradoras de hombres asustados. El gran
acontecimiento en Europa a principios de 2006 fue que las políticas antiinmigratorias empezaron a
formar parte de la “tendencia principal”: por fin habían cortado el cordón umbilical
que las relacionaba con los partidos de extrema derecha. De Francia a Alemania, de Austria a
Holanda, a los principales partidos les parece aceptable insistir en el hecho de que los
inmigrantes son huéspedes que deben adaptarse a los valores culturales que definen a la sociedad
anfitriona. Esa es la razón por la cual “el choque de civilizaciones” es el mal de
Huntington de nuestros tiempos. Como dijo Samuel Huntington, al final de la Guerra Fría, la
“cortina de hierro de la ideología” ha sido reemplazada por la “cortina de
terciopelo de la cultura”. Esta visión tenebrosa puede parecer lo opuesto a la brillante
perspectiva del “fin de la historia” de Francis Fukuyama bajo el aspecto de una
democracia liberal global. Quizá, sin embargo, el “choque de civilizaciones” SEA
“el fin de la historia”, es decir: los conflictos étnico-religiosos son la forma de
lucha que le conviene al capitalismo global. En nuestra época de “pospolítica”, en que
la administración social llevada a cabo por expertos reemplaza en forma progresiva a la política
propiamente dicha, la única fuente de conflictos legítima que queda son las tensiones culturales
(étnicas, religiosas).
Así, pues, para citar el inolvidable lapsus freudiano del presidente Bush, no
“malestimen”
Niños del hombre: la última película de Cuarón pega justo en el blanco de nuestra terrible
y problemática situación.
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