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Política

LIBRO/ANTICIPO

Esas polémicas papeleras

En Crónica del ocaso, Hernán López Echagüe –que desde hace años reside en Uruguay– radiografía la problemática ambiental de las orillas argentinas y uruguayas, a partir de los reclamos de Gualeguaychú y otras localidades ribereñas. Así, el periodista –sin ocultar su militancia ecologista– releva los pesticidas de cultivo que van a dar a las aguas y entrevista a los pobladores afectados por las perturbaciones gestadas tras la irrupción de las pasteras en la costa oriental. Para leer, reflexionar y discernir.

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Por Hernán López Echagüe | 23.01.2007

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El periodista vive hace años en Uruguay, desde allá recogió datos y testimonios en contra de Botnia. | Foto: Cedoc

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Bien, dice el Flaco de improviso, ya no hay tiempo, debemos irnos.” No tiene sentido preguntarle a dónde. Desde mi llegada a Gualeguaychú ha sido así; de su mano, mudo y sumiso, he ido a todas partes, siempre ignorando el destino. Cada desplazamiento se ha convertido en una sorpresa. En el trayecto, despatarrados los cuatro en el auto, lo asalta la cortesía y dispensa una concisa explicación: “Nos encaminamos a la casa de Juan y Gilda Veronesi, miembros de la asamblea, no puedo cometer el desatino de omitirlos, son tipos macanudos, con historia, él es apicultor, tienen un comercio de venta de productos regionales, dulces caseros, escabeche de vizcacha, ciervo y otros animales silvestres”.

En media hora estamos en Pueblo Belgrano (...). Conocí el lugar durante mi estadía correntina. Pueblo de 1.500 personas que da la impresión de permanecer estacionado en el tiempo. Museo inmemorial, a cielo abierto (...). Los Veronesi vivieron treinta años en Estanislao del Campo, a 400 kilómetros de Formosa. “Recuerdo los vientos, que de la polvareda que levantaban de la calle no podías ver a cincuenta metros. Una vez vino el gobernador con su comitiva, y hubo un viento tan fuerte, tanta polvareda, que los de la comitiva se perdieron por las callecitas del pueblo, se pusieron a caminar por cualquier parte. Mucha sequía, soñábamos con ver agua. Hubo una temporada de catorce meses sin lluvias, se secaron las represas, los riachos, todo se secó”. Decidieron huir de la sed, de la irremisible aridez, y tres años atrás, encandilados por el paisaje de arroyos, ríos y cuchillas, se instalaron aquí. “De un día para el otro nos encontramos de nuevo con el problema del agua, no porque no había, acá era para defender la que había. Con alma y vida nos metimos con el Juan a luchar contra las pasteras. Y no paramos. El río Uruguay es la vida de toda nuestra gente, de toda la zona. Unos nos llaman ambientalistas, algunos nos llaman terroristas, otros nos llaman asambleístas. Todas esas palabras ponen un límite. Si soy ambientalista me tengo que dedicar al ambiente. ¡Macanas! Dentro de esta lucha, que es defender el río Uruguay y decirles no a estas pasteras, yo me tengo que dedicar también a lograr el bien común, la igualdad en la repartija de la riqueza, compartir la conciencia del otro. Así que no es solamente el ambiente. Es mucho más, y pocos lo entienden.” Matea en silencio, observa, con un dejo de complicidad, ojos risueños, al Flaco. “Estos muchachos me han hecho ver otra dimensión de las cosas. La experiencia de vida a raíz de esto de las pasteras ha sido espectacular. Cuando fui a la primera reunión, yo creí que estaba en una cátedra de la mejor universidad del mundo. Qué respeto, qué nivel. Este movimiento de la asamblea es una experiencia preciosa.”

Juan aparece de pronto, echa una mirada ceñuda al grabador, a mí, a Gilda, a su hija Victoria y se sienta. Dice que tiene apuro, debe resolver asuntos pendientes: “¿Para qué hablar conmigo, si seguramente ya te habrán dicho todo? Y, además: ya sabemos cómo es esta historia, siempre fue así, las benditas multinacionales vienen a llevarse todo sin respetar el equilibrio que existe en la naturaleza ni nuestros derechos, es una desgracia, es la expresión de una dominación que viene del Norte, de los que manejan la plata del mundo. La plata para ellos y la destrucción para nosotros, y no los vamos a dejar; no, de ningún modo”.

Anoche, después de las pizzas y el vino, de los raptos de poesía sideral y costumbrista y las improvisadas chacareras en la casa de las Madres, Gualeguaychú, día 23 de marzo, semana de la memoria, a 30 años del golpe militar, anoche, digo, luego de los guiños y abrazos y conversaciones con Aurora Fraccarolli, madre esencial, imprescindible, Andrés y Cucho me hablaron de un tal Montenegro, pescador bohemio, conocedor del río y sus historias y senderos que buscó refugio en una islita sobre el río.

Navegamos, en la fría y soleada tarde de domingo, de movedizas nubes en el cielo, en el yate del padre de Andrés y Cucho. Y aquí está la madriguera de Montenegro, en la isla Del Corte, nombre adecuado a la circunstancia. El muelle, de madera carcomida por el correr del tiempo y la intemperie, es inestable, se estremece a cada paso. Las evidencias de la escasez echan por tierra cualquier impresión estética. Pero Montenegro es un adelantado, usa energía solar, una pequeña placa que le sirve para absorber los rayos del sol y alimentar las lamparillas y la batería de la radio. Perros de aspecto cimarrón, redes extendidas de un árbol a otro, vegetación frondosa que se precipita sobre el quincho de techo de lona y juncos. Montenegro me extiende una mano fornida y sarmentosa. Es el Coto, pero entrerriano y algo más viejo o, quizá, los dos no sean más que uruguayos y entrerrianos, iguales, de catadura y palabra. Habitante de la República Oriental del Uruguay, Montenegro enciende un cigarrillo, toma otro trago de vino, apoya el cuerpo sobre el tronco de eucalipto que sostiene parte del cobertizo, y del recelo y la inspección primera pasa a la verbosidad.

“El río y el mar siempre me dieron de comer (...). Trabajábamos a 40 metros de profundidad. Y dejé por viejo, ¡qué querés que le haga!, tengo 67 años, no me caliento más, acá vivo feliz. Van a hacer tres años y medio que estoy en la isla, ¡dejame de joder con el pueblo! Acá tejo, hago los pescados y después un carpincho, algún ciervo que agarro, y pa’comer yo me arreglo. Ciervo colorado maté uno solo, grande, con 16 puntas, me dieron 15 pesos por las guampas. A veces vos ves ciervos muertos, sin cabeza, se llevan las guampas y dejan al animal muerto, si serán jodidos. Me vine para esta isla por la tranquilidad. (...). Estos días no hay pescado acá; entre las hojas y los remedios que tiran, se acaba. Los remedios de la soja, hay campos acá cerquita. No sé de dónde vendrá la correntada de agua, que viene y viene y se pone toda el agua verdosa, y el verdín que hay de las fábricas. En San Pedro los sábalos están todos verdes adentro, pero verdes, verdes, les abrís la panza y están todos verdes. Echan cloro al río, y el pescado se va o al otro día ya no te sirve. Todo el cuero del pescado se te mancha. Y están esas conchillas que nos trajeron los barcos asiáticos, acá está lleno, vos das vuelta el bote y está lleno, abrís el pejerrey y está con las conchillas, porque se comen al bicho pero no a la conchilla. Lo ves en todas partes; del río Negro para abajo, en la playa de los 33, hasta Palmira, el pejerrey viene a comer esas conchillas. Vamos a ver cuando vengan las papeleras, porque las van a hacer, sí que las van a hacer, loco. No tenés culo con qué pararlo, loco, no hay plata para devolver a esas fábricas, loco. Tuvieron la oportunidad de parar todo cuando empezaron a poner los eucaliptos, ahí tenían que parar, y no quisieron, ahora andá a parar todas las plantaciones que hay ahí adentro, y acá va a ser lo mismo. En Concepción del Uruguay también están plantando árbol para vender a las fábricas papeleras. ¡Y no tenés culo con qué pararlo, hermano, si vienen con cuatro o cinco millones de dólares para comprarte un campo! ¡Y no vale eso la tierra, loco! Pero para ellos les vale, le encajan pino, le encajan cualquier cosa y el fruto les da. A mí, si vienen a comprarme, le prendo fuego a todo ese monte y planto árbol, claro, loco. ¿Sabés la plata que se sacó de ahí? Los millones y millones que sacaron con la resina, y ahora decime vos para qué mierda sirve la resina. El pescado casi no lo vendo. ¿Querés pejerrey? Bueno, llevátelo y traeme un paquete de fideos, una botella de aceite, y te vas a la puta que lo parió. Cuando llueve estás jodido, la lluvia arrastra todos esos remedios de la soja para acá y mata todos los pescados, pero ellos, los de la soja, dicen que no. En los tiempos en que no plantan soja, pescado hay. Y también el fertilizante ese que le ponen. Queda todo el río aceitoso. Al sábalo no le hace nada, pero vos lo agarrás, lo sacás de la red, y ves el manchón de aceite. Yo lo he comido, porque no puedo elegir, loco, y a las horas se te viene para arriba una cosa como combustible, lo eructás, loco, el estómago no lo quiere más, se te viene como un combustible para la boca. A las dos horas, dos horas y media que lo comés, ya te empieza a trabajar el estómago, lo eructás y sale como un olor a gas, como una cosa amarga.

La boca de Montenegro debe de andar lanzando vestigios de glifosato, uno de los virulentos herbicidas que se utilizan en el cultivo de la soja transgénica, la RR (Roundup Ready), cordial invención de los grandes laboratorios y empresas del Norte. Monsanto, digamos. Soja pervertida genéticamente que, voraz, vertiginosa, crece en todas partes. Una plaga. Alimento que, vaya contrasentido, envenena paulatinamente al que lo siembra, lo fumiga y lo consume, arruina la tierra, ocasiona el éxodo de millares de pequeños productores. Las consecuencias del glifosato en los hombres, producto químico de amplio espectro, indicado por Monsanto para eliminar plantas no deseadas, como pastos anuales y perennes, hierbas de hoja ancha y especies leñosas, son graves e insondables. Lesiones en glándulas salivales, inflamación gástrica, daños en células sanguíneas, trastornos reproductivos, aumento de la frecuencia de tumores hepáticos en el hombre y de cáncer tiroideo en mujeres. Irrita sobremanera las membranas mucosas, en particular las conjuntivas y bucales. Los síntomas de envenenamiento incluyen irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, vómito, pérdida de conciencia, destrucción de glóbulos rojos, electrocardiogramas anormales y daño o falla renal. Sus efectos carcinogénicos han sido verificados por diversos científicos. Al decir de un estudio que realizaron oncólogos suecos, y que publicó la Journal of American Cancer Society, existe una clara relación entre la exposición al glifosato y el brote del linfoma no Hodgkin (lnh), una delicada forma de cáncer.

El suelo absorbe el producto y lo conduce hacia las primeras napas de agua potable; por lo tanto, cabe suponer que el malestar nauseabundo que padece Montenegro también lo padecen animales y vegetales que consumimos: vacas, gallinas, ovejas, conejos, cerdos, tomates, lechugas, manzanas, rabanitos y papas. Intoxicación a largo plazo cuyo origen, años después del roce directo, en otra geografía, resulta complejo determinar.

“Yo soy médico general de familia, hago toda la medicina desde el embarazo hasta la muerte del abuelito –dice Darío Gianfelici, del hospital Doctor José M. Miranda, de Cerrito, Entre Ríos–. Me interesé en esto porque empezaron a aparecer dos patologías: la muerte del bebé durante el parto y la otra que se llama muerte fetal precoz. Es una situación donde se produce el embarazo, la bolsa, la placenta, pero no se produce el bebé. (...). Para el año 2000, cuando empecé, ya llevaba 18 trabajando en Cerrito. Tenía idea de lo que era el pueblo antes y después de la soja. He visto gente que se ha muerto de cáncer a los 30 años, los problemas de gestación y de fertilidad. De 1994 a 2004 las dermatitis se quintuplicaron. Las enfermedades respiratorias aumentaron casi un 200%.”
La Argentina es el segundo productor mundial de soja transgénica. Entre 1995 y 2004, la superficie sembrada con esta semilla artificial, cuya protección requiere el ininterrumpido empleo de agrotóxicos implacables, ha tenido un incremento del 137%. El brutal imperio de la soja ha causado la desaparición de más de 250.000 pequeñas y medianas empresas agropecuarias. Valga a la manera de muestra la mala fortuna que corrieron los tambos: poco más de 30.000 en 1988; menos de 15.000 en 2003. “El presidente Kirchner finge demencia cuando se enoja por el alza del precio de la carne –escribió mi amigo Teodoro Boot–. La carne sube porque no hay vacas: se las comió la soja.”

Entre Ríos es un triste espejo del ocaso. En la última década desaparecieron seis mil productores. En ese lapso, la explotación de soja transgénica pasó a ocupar 1.400.000 hectáreas, acaso el 80% de la producción de granos de la provincia. Infinidad de pueblos y ciudades han caído en desgracia: Irazusta, Costa Uruguay Norte, Tala y Echagüe; Las Guachas, Altamirano Sur, Nogoyá, Guardamonte. Otros están en vías de extinción. El éxodo de millares de campesinos y chacareros hacia los suburbios de las grandes ciudades se ha vuelto hábito. Sólo en un año, el uso de glifosato se duplicó en todo el país: de 28.000.000 de litros saltó a 56.000.000. Según el capricho de vientos y lluvias, las continuas fumigaciones logran desparramar el tóxico 10 o 15 kilómetros más allá del campo sembrado (...). Pobre Marx, que alguna vez sentenció: “El periodismo es el reflejo de la historia actual en toda su plenitud”.

 
 

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