La casa de los Andahazi, en Villa Crespo, tiene el infinito encanto de los lugares que cobijan amor y creación.
Los listones de madera que recubren el piso en desnivel, un entrepiso en el que Federico ha establecido su mesa de trabajo; la cocina (enorme y luminosa) desde la que se observan el jardín y la pileta; un gato siamés que responde al nombre de Satanás (“y que es buenísimo”, explica Federico) configuran el universo de este hombre que ha liderado las listas de best sellers del verano con su última novela, y que no parece cansarse de acumular premios.
En efecto, El conquistador es el último Premio Planeta otorgado por un jurado imponente. Lo cierto es que Andahazi, como ya lo hizo con El anatomista, logra arrastrar al lector hacia la zona apasionante del revés del destino. Así como Mateo Colón descubre el goce femenino a través del clítoris, y no sólo a través del amor compartido, en El conquistador, Quetza, el hijo de Tenochtitlán, se convierte (desde la tierra aún virgen de América) en el descubridor de la lejanísima y remota Europa –reflexiona Andahasi–.
—Bueno, yo siempre digo que quizá mi único mérito en términos literarios consista en ser un descubridor de descubridores, por decirlo de alguna manera. Pienso que en El anatomista el hallazgo del personaje fantástico de Mateo Colón por sí solo merecía una novela. Y en el caso de El conquistador, Quetza establece los mapas del cielo antes que Copérnico, y los de la Tierra antes que Toscanelli. También es el primero en dar la vuelta completa al mundo sin que Magallanes pudiera imaginar semejante hazaña. Fijate que Quetza no sólo descubre un continente sino que describe a los “salvajes” que lo habitan...
—Que serían algo así como los hunos, los primeros vikingos...
—Mirá, lo que yo pretendo con esta novela es que el lector pueda desembarazarse de la
visión eurocéntrica que, obviamente, nos llega por herencia. Trato de ver así al mundo con ojos
nuevos. Literalmente, con la mirada de quien viene de otro espacio. Podría decir que yo escribo El
conquistador como una novela de aventuras y me encantaría que se instalara en ese mismo
malentendido en el que crecimos todos nosotros, puesto que leíamos literatura
“juvenil”, entre comillas, mientras que en esas colecciones había autores como Jack
London, que no debería ser ubicado en ediciones juveniles. También Edgar Allan Poe. Un disparate.
De “juvenil” tenía bien poco... El conquistador está escrita en el mismo registro, y
allí pretendo que sea parte de este malentendido. Me encantaría que los jóvenes llegaran a El
conquistador a expensas de este error.
—Bueno, Federico, confesemos que tus malentendidos tienen respuestas inmediatas.
“El anatomista” provocó que la señora de Fortabat, presidenta de la fundación que lleva
su apellido y te otorgó el premio, se rasgara las vestiduras... pero fue un éxito internacional.
Ahora, con “El conquistador”, has ganado el Premio Planeta. ¡Debe ser muy gratificante
sentir que tu ficción vuelve a vos cargada de honores!
—Por supuesto que me siento muy honrado con los premios que he recibido. Yo era un
autor inédito y sin demasiadas chances, y se me presentaba un horizonte incierto porque éste es un
país particularmente ingrato con los autores no publicados. De modo que, viendo esta falta de
oportunidades, decidí, hace exactamente diez años, presentar toda mi obra en distintos concursos.
Algunos cuentos míos ganaron premios con jurados ilustres, compuestos por gente como Marco Denevi,
Victoria Pueyrredón, María Granata... Una semana después me enteré de que Almas misericordiosas,
otro cuento mío, había ganado un premio instituido por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En
fin, con El sueño de los justos gané también el premio del Instituto Movilizador de Fondos
Cooperativos. Y aunque parezca increíble, a la semana de todo esto me entero por los diarios, al
ver mi seudónimo “Parker-Biró”, ¡de que era finalista en el Premio Planeta! Siguen los
hechos extraordinarios cuando me llega la comunicación oficial de la Fundación Fortabat,
¡anunciándome que había ganado el primer premio! Por supuesto, me vi obligado a retirar El
anatomista del Planeta, pues la novela no podía haber recibido un lauro anterior. Imaginate que,
con todo eso, el Premio Planeta me quedó como una asignatura pendiente. Después ocurrió todo el
escandalete Fortabat, con el retiro del premio y una solicitada que se publicó en todos los medios,
por parte de la señora Amalita, en la que decía que mi novela no contribuía a los valores más altos
del espíritu humano. En fin...
—Es mejor reírse, pero la verdad es que creo que finalmente te ayudó, porque todo el
mundo quería leer tu novela.
—Por supuesto. De todos modos, durante mucho tiempo yo tuve la incómoda sensación de
que le debía a esta señora más de lo que le debo porque, bueno, El anatomista después se publicó en
China, en Japón, en Turquía, en Finlandia. Países donde, afortunadamente, a esta señora no la
conoce nadie y la novela, en cambio, tuvo el mismo éxito que en la Argentina. La publicación en el
exterior también me hizo ver que –Andahazi se ríe francamente– no es tanto lo que le
debía a la señora Fortabat. Entiendo que los escándalos generan el efecto contrario al que se
proponen los censores, pero también es verdad que en un punto hice esfuerzos muy grandes para que
la novela no se contaminara con aquel escándalo. Volviendo a mi asignatura pendiente, después de
diez años me dije: “¿Por qué no?”. Por supuesto, me escondí tras un seudónimo que fue
esta vez “Remington-Olivetto” haciendo honor a las viejas máquinas de escribir de
nuestra profesión y, actuando de la misma forma que cuando era un escritor inédito, hice de cuenta
que no había presentado nada. Fue como revivir los nervios de diez años atrás: intervenir en un
concurso con seudónimo, etc. También pienso que si me hubiera presentado con mi nombre real, por
ahí no hubiera ganado... Esta es una de las utilidades del seudónimo. Resumiendo, me siento muy
agradecido no solamente con el jurado sino con otros participantes como, por ejemplo, Víctor
Heredia, que era también finalista y tuvo palabras muy elogiosas y muy cálidas. Pienso que muchos
escritores deberían aprender de la humildad de los músicos que, quizá porque trabajan en conjunto,
suelen tener un espíritu mucho más solidario.
—¿No te dio satisfacción, también, haber estado todo el verano en las listas de best
sellers?
—Son de esas cosas que los escritores no debemos mirar...
—Pero ¿por qué?
—Simplemente porque creo que debemos despojarnos de toda presión y, así como yo creo
fervientemente en el lector y escribo para él, y tampoco podría escribir si no sospechara la
existencia de un lector hipotético, creo que muchas veces se confunden dos entidades antagónicas
como son el lector y el mercado. Entonces sí, como efectivamente yo escribo para un lector, no
podría nunca hacerlo sólo para el mercado porque el mercado es una fracción, y para mí muy difícil
de entender. Me parece que los autores tenemos que despojarnos de esas presiones y, así como cuando
era un autor inédito pude escribir El anatomista, que tuvo tanta repercusión, pienso que logré
hacerlo porque justamente era un autor no publicado y, por lo tanto, no recibía ningún tipo de
presión. Tuve una absoluta impunidad. Trato entonces de conservar este lugar subjetivo de ese
escritor que yo fui. Trato de pensar que lo que estoy escribiendo nunca se va a publicar y, como te
decía, me genera esta ilusoria impunidad de que “total, no se va a imprimir”.
—Me parece que vos estás describiendo una forma de ser libre, ¿no?
—Claro. Absolutamente. Creo que la literatura es el ejercicio supremo de la libertad.
Junto con las otras disciplinas artísticas, es el único lugar donde uno puede hacer,
afortunadamente, lo que le place. Yo siempre diferencio el oficio de escritor de mi antigua
profesión de psicoanalista. Cuando la ejercía, sentía una enorme responsabilidad hacia los
pacientes, tenía que ser absolutamente fiel a una técnica, a una teoría. En cambio, la literatura
nos permite, al ejercerla dignamente, hacer sólo lo que nos place.
—¿Dejar el psicoanálisis te demandó un esfuerzo intelectual muy grande?
—Desde ya, porque no se trata solamente de dejar de ejercer como psicoanalista sino de
dejar de pensar como tal. Y esto es lo más complejo: despojarme, por ejemplo, del léxico
psicoanalítico que contamina muchas veces la prosa. Me ocurre, a veces, que estoy trazando el
perfil del personaje y descubro que, en cambio, ¡estoy haciendo una historia clínica! Es el
momento, claro, en el que rompo el papel y vuelvo a empezar.
—En “El conquistador”, más allá de inventar el personaje, te instalaste en su
cabeza, y te confieso que pensé que el psicoanálisis debía haberte ayudado a confeccionar esa
personalidad tan especial...
—Sin embargo, así como Freud decía que para ser psicoanalista había que dejar de pensar
como médico, yo creo que para ser escritor hay que dejar de pensar como psicoanalista. Y esto es
tan cierto que Freud (que nunca escribió ficción) recibió en su momento un premio de literatura por
su obra científica. Por supuesto que la obra de Freud tiene una raigambre literaria tan fuerte que
cuando construye ese edificio fenomenal que es el psicoanálisis, y por no tener un
“corpus” teórico de consulta, recurre a la literatura. Entonces, cuando leemos a Freud
encontramos a Shakespeare, a Goethe, a Madame Bovary. Por eso, sostengo que, así como el análisis
no pudo prescindir de la literatura en el momento de su concepción, la literatura, en cambio, lo
hizo.
Detectamos, entre los muebles del living de Andahazi, el típico diván de cuero negro que suele
poblar los consultorios de los psicoanalistas, y no podemos dejar de comentarlo:
—¡Qué cambio de vida!
Y Andahazi se ríe:
—Hoy por hoy, el sofá de la consulta es casi un objeto de museo. Justamente lo exhibo
como a aquello que está en desuso.
—¿Te volverías a analizar, ahora que sos famoso?
—No, no. De ninguna manera, porque lo hice durante muchos años y, para ser
completamente honesto, debo decir que, así como la teoría psicoanalítica me parece una construcción
teórica perfecta, de la teoría a la práctica hay una gran distancia y guardo mucho escepticismo en
cuanto a la eficacia del psicoanálisis. Me explico: del mismo modo, así como también la Teoría de
la Relatividad de Einstein es perfecta y no ha sido igualada hasta hoy, para demostrar ciertos
aspectos de esta teoría habría que superar la barrera de la velocidad de la luz, cosa que por ahora
es imposible. Entonces, te repito, pienso que con el psicoanálisis ocurre lo mismo. Creo que son
muy pocos los psicoanalistas buenos y que ejercen su oficio con dignidad.
—Bueno, el paciente también tiene sus "trampas" y sus escondites frente al
analista...
—Esto también lo advertía Freud. Por eso su disciplina propone una especie de
revolución copernicana donde ya no se trata del “yo” visible del paciente sino que el
sujeto que propone Freud es el sujeto del inconsciente. De modo que esta comunicación entre
paciente y analista trasciende las fronteras de la verdad y la mentira en la vida cotidiana.
—Es casi inevitable que se produzca lo que Freud llamaba la “transferencia”
del paciente hacia el analista, ¿no? Y a veces se da en ambos sentidos (ida y vuelta) porque,
suponemos, para analizar a un paciente hay que sentir un mínimo de transferencia hacia él...
—Claro. Es el ABC de un análisis. Para que funcione tiene que establecerse una
transferencia. Lo que uno puede percibir, sin embargo, es que muchas veces, en virtud de esta
transferencia tan fuerte que se establece entre analista y paciente, determinados analistas
aprovechan este vínculo. A mi juicio, hoy por hoy, el psicoanálisis se ha convertido en una terapia
excesivamente larga. Los análisis de Freud duraban muy poco. Eran, sí, muy intensos. Quizá cinco
sesiones por semana, pero no se prolongaban tanto en el tiempo. De modo que yo creo que, a veces,
se hace uso de la transferencia para eternizar una suerte de situación contractual...
—¿O de dominio?
—Sí, de dominio. Cosa que me parece bastante discutible.
Todo parece ajustarse, en esta casa silenciosa y apacible, a un clima favorable a la creación. Y
debo confesar que lo que me explicó Andahazi al respecto me conmovió profundamente. Surgió de una
pregunta absolutamente banal como ésta:
—¿Ha variado tu ritmo de trabajo con respecto a las novelas anteriores?
—Este año cambió no solamente mi régimen de trabajo sino que cambió mi vida
drásticamente. La literatura es realmente misteriosa y nos depara sorpresas que en algún momento me
gustaría poder explicar. Yo estaba promediando la escritura de El conquistador, cuyo protagonista,
Quetza, es un chiquito que se salva de ser sacrificado al dios de la muerte por los ruegos de un
anciano del Consejo de Sabios. El chiquito sufre una enfermedad muy terrible, el anciano consigue
salvarlo también de ella, y por esa condición Quetza aparece luchando constantemente contra la
muerte, con absoluta belleza y dignidad...
Aquí, Andhazi se emociona, al punto de interumpir su relato. Luego, continúa:
—Yo iba avanzando en la novela cuando, de manera completamente impensada, nació
prematuramente mi hijo Blas, con apenas 25 semanas de gestación y 800 gramos de peso, y... con la
misma enfermedad que yo describo en la novela... Lo operaron tres veces de los intestinos.
Misteriosamente, repito, se trataba de la misma enfermedad que yo describo en mi libro. Un libro
que he escrito en los jardines del Hospital Italiano, en distintos bares. Un libro completamente
supeditado a mi hijo, casi con la idea supersticiosa de que estaba escribiendo su propio destino...
Quiero decir que Blas, mi bebé, es un héroe hecho de la misma madera de Quetza, y que ha luchado
con la misma belleza y la misma dignidad. A pesar de su escasísimo peso, se ha hecho entender, y a
pesar de sus poquitos días, se impuso a los médicos y hoy puedo decir que aprendí de Blas, mi
hijito, a luchar y a enfrentar el destino.
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