Esta vez, el INDEC dio a conocer un indicador que no levantó sospechas. Con la publicación del
Estimador Mensual de la Actividad Económica (EMAE) de diciembre, además de mostrar el 48º mes de
guarismos positivos, se cierra el 4º año de crecimiento económico ininterrumpido, con 8,5% para
2006. Una trayectoria tan sorprendente como aceptada por los analistas y gente de a pie. La certeza
de tal performance empieza a comprenderse considerando el punto de partida: la peor crisis en un
siglo de la historia económica argentina.
En este punto, la percepción converge con las estadísticas: un dinamismo palpable en casi
todos los segmentos de la actividad económica, con algunos motores visibles que oficiaron de
palanca en este período de “vacas gordas”. El primero tiene que ver, seguramente, con
la férrea decisión de mantener el esquema de superávits “gemelos”, favorecidos a su vez
por la dulce coyuntura internacional que viven los países exportadores de commodities. La
combinación de un crecimiento notable de los principales demandantes de materias primas (China,
India) y la buena marcha de la economía de EE.UU., con las consecuentes tasas de interés bajas en
el mercado de capitales, favoreció un flujo comercial y de fondos como pocas veces se vio. Y eso
fue aprovechado desde los inicios de la gestión de Roberto Lavagna para articular un esquema que
sigue vigente en sus líneas principales: cobrar retenciones a los exportadores, no coparticipables,
y con ello financiar un superávit fiscal, utilizado para comprar divisas y evitar así que la
recesión primero y el boom exportador, después, bajen el dólar a precios poco competitivos.
Esta obsesión por dejar el tipo de cambio inalterado (alrededor de $ 3 desde 2003), cuando
las monedas de los países vecinos (comenzando por el real) se revaluaron frente al dólar, recuerda
rápidamente al establecimiento de la paridad 1 a 1 de la convertibilidad. Si bien podría parecer
una herejía, y el sistema busca a corto plazo un objetivo diferente, el supeditar todas las
variables al mercado cambiario es el hilo conductor de las dos políticas económicas.
Durante la convertibilidad, fijar el dólar implicaba, por un lado, asegurar puntos de
referencia monetarios y de expectativas de precios, luego de un período de turbulencias
inflacionarias de varios años. Luego de los primeros años de crecimiento vigoroso, la salud del
sistema estuvo puesta a prueba por el jaque al sistema financiero durante la crisis mexicana y su
“efecto Tequila”. Más tarde, el “amesetamiento” de la economía y la
dinámica del gasto (crecientes en relación con los ingresos y el PBI) y los salarios (en alza para
el sector formal de la economía) desembocaron en déficits crónicos en las provincias, luego en la
Nación y en sobreendeudamiento. Así, la revaluación forzada del peso dio paso al estancamiento de
la producción, al desempleo y abriendo las compuertas para el “tsunami” de 2002.
La política del “3 a 1”, en cambio, se sustenta en una coyuntura internacional
favorable. Según números de la CEPAL, la economía de los países industrializados crecerá durante
2007, entre 2% y 3%, contra 4,7% de América latina y 9% de China. La reciente decisión de la
Reserva Federal de los EE.UU. postergó una vez más el ajuste en una peculiar pugna entre
“halcones” y “palomas” monetarios y dejó el nivel de tasas (5,25% anual)
más firme que antes, empujando el índice bursátil Dow Jones al máximo histórico, bajando la tasa de
retorno de los bonos del Tesoro, hundiendo al dólar frente al euro y soplando a favor de las
economías emergentes.
Con este marco proyectado para el resto del año, la vulnerabilidad del actual esquema vendría
por dos flancos: la inflación que surge de continuar con la pauta monetaria y cambiaria y un
desborde salarial. De lo primero intentó ocuparse el Gobierno acordando, controlando ahora, la
evolución de los índices desde la “cocina” misma. Sobre lo segundo, mucho más caldeado
con urnas a la vista, deberá utilizar todo el arsenal político para menguar las expectativas
sindicales en las negociaciones patronales. Según estadísticas seguras del INDEC, entre diciembre
de 2002 y de 2006 los sueldos crecieron, en promedio, 75%. Pero, nuevamente, las matemáticas
esconden realidades diversas: mientras los empleados públicos subieron sus ingresos 45%, los
privados “no registrados” (eufemismo por “en negro”) lo hicieron 67% y los
“registrados” (en blanco), 94%. Aun así, subieron mucho menos que los precios
mayoristas, el mejor pronosticador de la inflación futura y el que terminó marcando el ritmo de un
crecimiento sobre la base de precios (y salarios) baratos. Una buena razón para que turistas
extranjeros hayan dejado en caja US$ 2.344 millones durante 2006, trasladando el
“deme-dos” de los “malls” de Miami a la calle Florida.
Ingrese su usuario y contraseña para dejar un comentario. Si no está registrado haga clic aquí para crear un usuario.