La busca de la salud y el rechazo a la enfermedad parecerían estar fuera de discusión en casi todos
los tiempos. Sin embargo, a lo largo de la historia de la humanidad y aún en la era de apogeo de la
ciencia, existen interpretaciones distintas y opuestas desde perspectivas mitológicas, religiosas,
filosóficas, paracientíficas y estéticas.
Al mismo tiempo que, en la antigüedad griega nacía la medicina, en los cultos dionisiacos el
desborde, la alucinación y el estado de trance de las sacerdotisas era considerado una
“enfermedad sagrada”, estadio superior de la espiritualidad.
En la Edad Media cristiana la enfermedad perdió el carácter festivo de los ritos paganos para
adquirir, por el contrario, el estigma de la maldición. Las grandes pestes eran el castigo por el
pecado y debían ser vividas con sentimiento de expiación y culpa. Para la concepción medieval, no
obstante, el momento culminante de la vida de un hombre era su muerte, y la enfermedad se
justificaba como su preparación.
Las enfermedades son sucesos individuales, solitarios que aíslan al enfermo; las grandes
pestes de otros tiempos eran, en cambio, un acontecimiento colectivo que originaba, por lo tanto,
mitos distintos. Albert Camus –él mismo un tuberculoso– recurrió en la novela
La
peste (1947) a una epidemia ocurrida en el año 194 en Orán
como una alegoría de la ocupación alemana en Paris. Pero la novela admitía a su vez otra lectura en
clave metafísica, la peste era un símbolo de la humanidad entera, de la miseria del hombre frente a
los sufrimientos, la enfermedad, la muerte y a la vez su grandeza y su dignidad cuando luchaba
contra esos males y expresaba su solidaridad con los sufrientes.
Romanticismo y enfermedad. La salud como valor y como ideal
logró imponerse plenamente sólo con el advenimiento de la modernidad, fue una conquista de la
Ilustración y el humanismo. Pero la historia de la cultura es siempre contradictoria, cuando
aparece una idea nueva surge al mismo tiempo la opuesta. Fue así como entre los siglos XVIII y XIX,
contrapuesto al positivismo cientificista y al racionalismo apareció el romanticismo, no sólo como
corriente literaria y artística sino como una concepción del mundo y un estilo de vida que
implicaba, entre otros aspectos, una idea distinta de la enfermedad y la salud. Para los
románticos, la enfermedad era una forma superior de vida más espiritual y profunda, un rasgo de
mayor sensibilidad; asimismo, representaba lo misterioso, lo angustioso, lo siniestro, “el
lado nocturno de la vida” según Susan Sontag, y este era otro aspecto atractivo para los
románticos.
La salud, en cambio se identificaba con la claridad de lo clásico y la frialdad de la
ciencia, tan devaluados por el romanticismo. Para los buscadores de la profundidad, la salud era
una trivialidad, una manifestación del filisteísmo burgués, representado por Gustave Flaubert en el
ridículo boticario Homais de Madame Bovary.
La tuberculosis era una enfermedad elegante en el siglo XIX y las grandes heroínas de la
novela y del teatro solían morir bellamente de tuberculosis. La Margarita Gauthier de
La dama de las camelias de Alexander Dumas (hijo) y la
Mimí de
Escenas de la vida bohemia de Henri Murguer –él
mismo un tuberculoso–, más conocida por la ópera
La boheme de Giacomo Puccini, fueron tuberculosas
emblemáticas.
El positivista Emile Zola, por el contrario, condenaba a la desenfrenada prostituta Naná a
una viruela negra que la degradaba fisicamente. Marcelo Peyret en
Los pulpos –una exitosa novela argentina de los años
treinta– atribuía a la pasión por la mujeres la tuberculosis de su protagonista.
El mito romántico de la tuberculosis persistió hasta pocos años antes de su desaparición:
Hollywood lo reflejó en la Margarita Gauthier de Greta Garbo (1936) a la que su guionista Robert
Sherwood hacía decir :“Nunca estoy más bella que cuando me estoy muriendo”.
La enfermedad romántica no era tan sólo un tema literario: llegó a influir en ciertos
sectores sociales y se convirtió en una moda entre los artistas y las mujeres elegantes que bebían
vinagre para empalidecer el rostro. Chopin, tuberculoso, era el ídolo musical, una gota de sangre
sobre el teclado era bella. Lord Byron, poeta romántico y dandy se miraba al espejo y exclamaba:
“Estoy pálido, me gustaría morir consumido porque todas las damas dirían ‘miren al
pobre Byron qué interesante aparece al morir’”. Henry David Thoreau, tuberculoso,
escribía: ”La muerte y la enfermedad suelen ser hermosas como la fiebre tísica”.
Las lánguidas y exhaustas figuras femeninas de la pintura prerrafaelista inglesa
–Burnett Jones, Gabriel Rosetti– señalaba el tipo ideal de la mujer victoriana,
anoréxica antes de tiempo.
Después de la segunda guerra mundial, con la aparición de la penicilina, la tuberculosis
desapareció de la vida real y por lo tanto dejó de ser un tema en el arte y las letras. Sólo
entonces pudo hacerse una versión
camp acerca de la seducción ejercida por la tuberculosis
en
Boquitas pintadas de Manuel Puig.
Epilepsia, locura y genialidad. Hubo otra enfermedad mítica
en el siglo XIX, la epilepsia y el encargado de darle esa categoría fue Fedor Dostoievski. El mismo
la padecía. En
El príncipe idiota, la epilepsia procuraba al protagonista
iluminaciones interiores, revelando el aspecto divino de ese mal, al que se designaba como
“enfermedad santa”. Pero en Dostoievski la santidad no se diferenciaba demasiado del
malditismo, las fronteras del bien y del mal no estaban bien delineadas. El otro personaje
epiléptico de su literatura, Smerdiakov de
Los hermanos Karamazov era un asesino.
La enfermedad destinada a tener el mayor protagonismo en los mitos filosóficos y estéticos
fue sin duda, la locura. Schopenhauer , padre fundador del irracionalismo, en
El mundo como voluntad y representación, asoció la idea de
locura con la genialidad y definió al arte como una especie de delirio. Entre los grandes íconos
artísticos del siglo pasado se encontraban varios locos: Hölderlin, Nietzsche, Van Gogh, Artaud,
Roussell. Los surrealistas reivindicaban la locura como una de las mayores fuentes de inspiración
humana.
Michel Foucault
–Historia de la locura– no diferenciaba el
tratado objetivo sobre la locura y una exaltación ditirámbica de la misma. No solo osaba negar la
locura como enfermedad y atacar la psiquiatría sino que también combatió la medicina en general
como creadora de las enfermedades.
La medicina tuvo también sus defensores, los médicos y los psiquíatras han sido héroes de
algunas novelas y películas:
La ciudadela, de Archibald J. Cronin, un bestseller de los
años treinta, luego llevada al cine, y la serie cinematográfica del Doctor Kildare –
dieciséis filmes entre 1938 y 1947– precursora a su vez de las series televisivas sobre
hospitales y salas de guardia, realizadas con mayor realismo que la de Hollywood, revelan el
insistente interés del público por las enfermedades.
Thomas Mann y la filosofía de la enfermedad. Thomas Mann,
fluctuando entre el romanticismo y el clasicismo, es el autor que más se ha dedicado a reflexionar
sobre la enfermedad y la salud hasta elaborar una verdadera “filosofía de la
enfermedad”. Citando a Nietzsche cuando decía que “el hombre es un animal
enfermo” deducía que en la enfermedad yacía la dignidad del hombre y el genio de la
enfermedad era más humano que el de la salud. Con el ejemplo de dos escritores enfermos
–Schiller, tísico, y Dostoievski, epiléptico–, encontraba Mann en la enfermedad de
ambos “una nobleza, una distinción que significa profundización, elevación y refuerzo de una
humanidad, atributo de un humanismo mas elevado” (Goethe y Tolstoi, 1921).
En
La montaña mágica (1924) Mann transformaba a un lujoso
sanatorio de tuberculosos en Davos, en el símbolo del mundo. Y entre dos de sus pacientes se
desarrollaba una polémica acerca de la enfermedad: el jesuita Naphta, encarnación del romanticismo
irracionalista, decía: “La enfermedad es perfectamente humana, pues ser hombre es estar
enfermo. El hombre es esencialmente enfermo, el hecho de que este enfermo es lo que hace de él un
hombre, quien desea curarle no busca otra cosa que deshumanizarle y aproximarle al animal.”
La parte decadentista de Mann se mostraba al vincular la enfermedad y la muerte con el
erotismo. El amor secreto del protagonista por el adolescente Tadzio –
La muerte en Venecia (1912)–, lo llevaba a caer
víctima de la peste que asolaba la ciudad.
Con cruel ironía trataba, en el relato
El cisne negro la confusión de la enfermedad con el
erotismo. Una mujer madura que se sentía rejuvenecida con un amante joven, creía descubrir con
alegría que estaba embarazada –a pesar de haber pasado la menopausia– cuando en
realidad se trataba de un tumor canceroso. En
Doctor Faustus (1947) reiteraba: “Las relaciones de
la salud con la inteligencia y el arte son pocas, existe incluso un cierto contraste entre una cosa
y otra y en todo caso, nunca la salud se ha preocupado gran cosa del espíritu y viceversa”.
Ejemplificando esta tesis, el protagonista encontraba impulso para su creación artística en la
sífilis.
Enfermedades sin glamour. La tuberculosis, la epilepsia, la
locura fueron enfermedades capaces de convertirse en mitos filosóficos y estéticos, otras
enfermedades por sus propias característica resultaban más difíciles de idealizar. El infarto
–una de las más frecuentes causas de muerte– no ha sido estetizado, es demasiado
prosaico, demasiado vinculado a burgueses estresados y sobrealimentados y apenas fue introducido
por Paul Morand en su novela
El hombre apurado (1941) como un síntoma de vértigo de la
vida moderna.
El cáncer fue tomado por Alexandre Solyenitsyn, él mismo curado de esa enfermedad, en su
novela
El pabellón de los cancerosos (1968) como una metáfora del
sistema totalitario estalinista, donde el cáncer de lengua parecía ser el castigo del que hablaba
demasiado.
El cáncer fue imposible de idealizar, se construyó a su alrededor un mito negativo, como lo
ha mostrado Susan Sontag, ella misma enferma de cáncer. Esta autora, en
La enfermedad y sus metáforas (1977) se propuso
desmitificar las metáforas y figuras que deforman y estigmatizan la enfermedad real.
Algunos psicólogos y los psicoanalistas en la época de su apogeo, inventaron la peligrosa
teoría del origen psíquico del cáncer como consecuencia de la autorepresión de los impulsos. El
cáncer, según esta concepción, sería todo lo contrario a la dionisíaca y desinhibida locura, y más
cercano, en cambio, al carácter culposo de las pestes medievales.
De esta teoría psíquica del cáncer derivaría la terapia de la autoayuda. Louise Hay, una de
las creadoras de ese subgénero con su best seller
Usted puede sanar su vida, pretendía haber curado su
cáncer de matriz por sus propios medios con sólo haber logrado superar el resentimiento.
El sida entra en escena. Los partidarios de la
interpretación de la enfermedad como producto de la voluntad o del carácter del paciente tuvieron
un regalo inesperado, aunque terrible, en la década de los ochenta, con la aparición del sida. El
sida, cuando al comienzo pareció estar limitado a los homosexuales y a los drogadictos, parecía
venir a confirmar todas las doctrinas de las enfermedades como originadas en la personalidad del
paciente. Además dió la oportunidad de desencadenar campañas moralistas y puritanas. Los sectores
fundamentalistas de los distintos grupos religiosos interpretaron a la nueva enfermedad como un
castigo de Dios por pecados nefandos, prejuicio que debió ser olvidado tras descubrirse que estaba
extendido a todo tipo de individuos.
El tema del sida se ha convertido hoy en un subgénero literario, iniciado por el cuento de
Susan Sontag “Ahora vivimos asi” y con la novela semiautobiográfica de Hervé Guibert
Al amigo que no me salvó la vida, aparecida en Francia en
1990. Guibert narraba el proceso de su propia enfermedad y de algunos de sus amigos y la relación
con el otro, con los que permanecían sanos. Eran identificables entre los personajes, aunque con
nombres de fantasía, la actriz Isabelle Adjani y el filósofo Michel Foucault, cuya agonía es
detalladamente descripta. El autor explicaba: ”Insisto en decir que este libro es único
porque no cuento mis relaciones con estas personas en concreto , sino más bien la encrucijada de
destinos que se ven trastornados por la presencia del Sida, sus modelos existen, pero han sido
transformados en personajes”.
También el sida pudo ser presentado con sentido del humor negro en la pieza
La visita inoportuna, de Copi, él mismo enfermo terminal.
Los nuevos métodos que prologan la vida del enfermo de sida han quitado mucho de la
dramaticidad que esta enfermedad tuvo en sus comienzos, y parecería destinado a languidecer como
tema literario.
Lo obsesión del hombre occidental desde el último tramo del siglo pasado ya no es la
enfermedad sino la salud. Gimnasia, dietas y cientos de terapias alternativas junto con pilas de
medicamentos en la mesa de luz forman parte del combate del hombre moderno contra la enfermedad y
la muerte que han perdido su glamour de los años románticos para transformarse más bien en algo
vergonzoso, que debe ocultarse en el interior de clínicas ascéticas. No sabemos todavía qué
literatura y arte podrán surgir del nuevo mito del “hombre sano”. Las familias felices
no tienen historia, decía León Tolstoi Podríamos decir asimismo que los hombres sanos no tienen
novelas. Pero la plenitud de una vida sin enfermedad es un deseo aun lejos de cumplir, tal vez una
utopía inalcanzable; la literatura y el arte no se quedarán sin tema.