—¿Para gobernar hay que estar un poco loco?
—En el Talmud se cuenta la historia de una conspiración en un pueblo, donde dos de los
confidentes del rey quieren derrocarlo y ponen en el agua de manantial, que bebía todo el pueblo,
una pócima que tenía el efecto de enloquecer a todos. Cuando comienza a hacer efecto, el pueblo
empieza a tener comportamientos extraños, nada de lo que hace el rey les gusta, se crea un estado
de conmoción y el pueblo sale a las calles para protestar. Hasta que la esposa del rey, enterada de
la trampa porque en el castillo se tomaba el agua de otra fuente, le propone al marido que tome un
poco del agua de la locura, de manera tal que pueda entender a este pueblo en su demanda, pero no
tanto para poder estar lo suficientemente lúcido y así poder encaminarlo hacia las metas.
Efectivamente él bebe un poco del agua de la locura y puede volver a gobernar a ese pueblo.
—¿Para poder gobernar la Argentina hay que estar un poco más
loco aún?
—Para poder gobernar cualquier instancia hay que entender que esa
racionalidad que uno tiene, con la mejor y la mayor de las
convicciones, tiene que estar atravesada constantemente
–pero un poco, porque sino es demagogia–
por las demandas. La demanda es la expresión del deseo y
contra el deseo no se puede. Hay que entender que un pueblo tiene sus expresiones de deseos
diversas, y
gobernar es comprender la manifestación del deseo, por
irracional que parezca, y un gobernante tiene que tener esas dos condiciones: convicciones, ofrecer
un cuaderno de bitácora de cómo llevar una ciudad o una nación, pero también
comprender el deseo de los otros, aunque sea irracional.
—¿Alfonsín, Menem y Kirchner, tienen esa pócima de locura
que los hicieron o hacen simpáticos a la población?
—Sin duda. El país todavía sigue generando, por decisión social, líderes
democráticamente elegidos con características sobresalientes con el común. Gobernar a un país es
una tarea complejísima. Por ejemplo, Menem fue una persona muy querida, tiene una capacidad de
conversación, pero cuando no se escucha lo suficiente y se enamora de sus propias ideas, hay doble
riesgo. Uno, menor: terminar siendo despreciado por aquellos que lo amaron; ese es un riesgo
narcisista y que se jorobe al que le pase. El verdadero problema es cuando en ese proyecto lo que
también se destruye es la economía del país y la armonía social.
—¿A Macri le falta esa locura?
—No me cabe la menor duda.
Le falta una compresión más acabada, audacia para dialogar y
comprender el deseo del pueblo.
—¿Carrió la tiene?
—Sí.
—¿Afectaron la popularidad de Lilita los últimos anuncios y
contra-anuncios sobre su candidatura para la Ciudad?
—A mí
me parece una de las mejores bromas en la que todo el mundo
cayó. Carrió tiene un sentido del humor encomiable. También me parece que eso es producto de
la
fragilidad del escenario político, un tejido político más
consolidado no debería conmoverse tanto
porque alguien declara una cosa. Lo mismo cuando anuncié
las
fechas de las elecciones. Todo el mundo sabía que iban a
ser entre junio y julio, porque la ley lo dice, y sin embargo
produjo un tembladeral: la gente se conmueve rápido por
cosas excesivamente pasajeras.
—¿Votaría por Carrió como presidente?
—No. Ya lo he dicho varias veces,
el país está mejor que hace tres años, no es producto del
azar ni de la coyuntura internacional, que por supuesto favorecieron a la Argentina. Pero hoy
estamos como estamos por el acierto de políticas en varias aspectos, el
económico esencialmente. Me gusta cómo se maneja la
política económica del Gobierno nacional.
—¿Sigue votando por Néstor Kirchner, entonces?
—Sí.
—
¿Y por Cristina?
—Votaría por ese espacio.
—
¿Qué le parece Lanata como candidato sorpresa de Carrió para la
Ciudad? ¿Le quitaría a usted parte del voto progresista?
—Yo creo que le quitaría mucho a toda la sociedad que
Lanata dejara de hacer periodismo. Sería una enorme
pérdida.
—¿Cree que Macri es una buena persona?
—Yo quiero pensar que el otro lo es. No soy yo el que tiene que hablar de eso.
Me parece que lo que está mal de Macri es la forma en
que aborda las problemáticas de la Ciudad. No me atrevería
a hablar de su alma. Ya es suficiente las diferencias que tengo con su cuerpo, con lo que quiere
hacer.
—¿Le parece un buen gestor?
—Sé que en lo privado no fue un buen gestor.
En su trayectoria empresarial, en sus cosas personales, no fue un
gestor. En el club de mis amores,
Boca, hizo una buena gestión, pero no me parece que eso
balancee
sus dificultades para comprender de qué se trata gobernar,
de qué se trata consensuar, de qué se trata t
ener unas ideas complejas y abarcadoras sobre el fenómeno de la
vida. Para eso hay que tener una preparación y unas curiosidades que no tiene.
—¿Su relación con Alberto Fernández es
irreconciliable?
—No lo veo, pero tenemos tantas diferencias... Nunca fui amigo de él, nunca estuve
cerca de él. Hemos elegido caminos distintos. Él es presidente del PJ,
hay enemistad de su lado hacia mí, su gente dice cosas terribles y
graciosas sobre mí y no tengo la menor idea de por qué. Pero tampoco tengo mucho interés en
saberlo.
—¿Si Fernández no fuera jefe del Gabinete su relación con
Kirchner sería mejor?
—Mi relación con el Gobierno es todo lo fluida que tiene que ser en las cosas que
importan, que son las acciones de gestión que tenemos que desarrollar.
En las cosas importantes nos ponemos de acuerdo. Pero no
pertenecemos al mismo espacio político. Yo
no
soy kirchnerista, aunque lo vote a Kirchner porque me
parece que está haciendo bien las cosas. Vengo del peronismo y nunca pertenecí ni pertenezco al
espacio orgánico del kirchnerismo.
—¿Votó a Kirchner en 2003?
—No solamente voté a Kirchner, sino que hice campaña por él. No me arrepiento: el país
está mucho mejor.
—¿Ganaría o perdería votos si su posición fuera claramente
antikirchnerista?
—Creo que uno no puede ganar más votos a costa de los demás. A mí me votará mucha gente
que también votará a Kirchner. Incluso habrá gente, menos, que vote a Macri y también a Kirchner.
El voto de la Ciudad de Buenos Aires es un voto muy politizado, no
partidario. De una elaboración compleja, que solo los porteños podemos entender. Somos un
pueblo fantástico, pero también un dolor de cabeza para nosotros mismos y, sobre todo, para la
dirigencia.
—¿La Capital no tiene un tendencia a ser siempre opositora
al Gobierno nacional?
—Ya no vota en contra de nadie. Ese es uno de los muchos errores que tienen estos
pensamientos que se dicen progresistas. Como también “armemos la barrera en contra de la
derecha”.
—¿Así no le ganaron a Macri?
—No. En la última elección de la Ciudad influyó el voto a favor: hacía poco que había
asumido Kirchner y la sociedad dijo: “apoyemos a este Presidente”.
—¿En 2003 Macri era Menem?
—Hay una cuestión de responsabilidad. Los porteños seremos contra, complejos, pero en
los momentos cruciales aprendimos bastante, nos caímos muchas veces y nunca tan profundamente como
en 2001. Por eso, se acababa de elegir un Presidente y la sociedad acompañó su proyecto.
—¿Usted es culposo?
—No me da culpa el sentimiento de haber pecado. Me da culpa el sentimiento de haber
herido.
—
Para conducir, ¿no es a veces necesario herir a unos para
beneficiar el bien común?
—Herir algunos intereses, sí. Doy un ejemplo: sigue existiendo el conflicto entre
vecinos y desarrolladores inmobiliarios por el tema de las torres. Es una discusión muy rica porque
tiene un gran nivel de abstracción, porque lo que se discute ahí no es si hay cañerías suficientes,
sino si la cantidad de sol que entra en mi barrio va a ser la misma. Se discute el derecho de
propiedad, iniciativa económica, calidad de vida. Es de una complejidad enorme, porque venimos de
años en que no se construía nada y ahora hay un
boom de construcción, pero concentrado. Las decisiones que
tomé van en contra de algunos intereses, pero espero que el más resguardado sea el interés común.
Gobernar es siempre debilitar ciertos intereses.
—¿La prensa y la opinión pública fueron injustas al evaluar
la gestión de Grosso?
—Las ideas que se tuvieron respecto a ciertas cosas, como por ejemplo Puerto Madero,
fueron muy buenas. No fue la gestión de Grosso lo criticado, sino las decisiones políticas.
—
¿Fue Grosso el intendente porteño más formado
intelectualmente?
—Hasta este momento sí.
—¿Usted lo superó?
—No, no me comparo con él.
—¿Habla con él?
—No.
—¿Cuándo habló con él por última vez?
—Hablábamos más cuando éramos jóvenes de la Renovación. Siempre en nuestra generación
fue la persona que los jóvenes del peronismo veíamos en un escalón superior. Luego, yo fui muy
crítico mientras fue intendente y le empecé a tomar afecto cuando cayó en desgracia.
—¿Allegados a Lavagna intentaron cerrar un acuerdo para que
usted fuera su candidato en la Ciudad?
—Yo no puedo hacer un acuerdo con nadie cuya mayor intención sea cerrar el paso a otro,
por amigo mío que sea. Yo no soy amigo de Lavagna. Todo el mundo sabe el respeto intelectual que le
tengo a Lavagna. Me parece que nuevamente algunos tomaron demasiado del agua de la locura.
Van al fracaso quienes se agrupan para vencer a otro. Eso
se acaba rápido, porque para colmo a veces se lo vence. Ahora, si me llaman para una causa perdida,
por ahí me gusta, porque a mí
me encanta apoyar causas perdidas.
—¿Pero le ofrecieron o no?
—Yo nunca tuve charlas con la gente de Lavagna. A mí me pareció una muy buena gestión
la suya en el Ministerio de Economía. Él sabe que yo aprecio su pensamiento económico, intelectual.
Me parece, otra vez, que cuando tu proyecto es en contra de otro, y que nadie se sienta ofendido
con esto, habla más de resentimiento, de espanto, que de construcción.
—¿Qué va a hacer para seducir a Carrió?
—Nada. Creo que es una persona inteligente. Bueno, eso lo piensa todo el mundo. Me
gusta el énfasis que pone en la discusión de los valores.
—
¿Tiene expectativas que la gente de Carrió lo vote a usted?
—Yo creo que la gente que la quiere y gusta de sus principios, ve muchas de esas cosas
reflejadas en mí. Muy humildemente, ella puede ser muchísimo mejor que yo.
Me parece que la gente que está cerca de Carrió ve en nosotros un
buen camino. Lo veo por algunos dirigentes del Ari con los que estamos trabajando juntos.
—¿No teme que la elección de Macri por Gabriela Michetti
como vice pueda seducir a Carrió en una segunda vuelta?
—A mí me parece que el votante del ARI, quien sigue y le gusta Carrió, tiene
diferencias con Macri.
—¿Cuál cree que será el resultado en primera vuelta?
—Yo creo que vamos a estar arriba de Macri.
—
¿Imagina a Macri retirándose de la política si pierde con usted el
ballotage?
—Nunca lo vi muy cerca de la política.
Lo vi más cerca de la notoriedad que de la política.
Lamentablemente, en esta época se confunden ambos campos.
—¿Y si usted perdiera las elecciones, qué haría con su
vida?
—Lo que he hecho hasta ahora.
Volvería a la docencia, que me da un enorme placer.
Volvería al periodismo, me gustaba muchísimo hacer radio.
Seguiría conduciendo actividades culturales, soy curioso.
Y haciendo política. Yo no soy candidato de gobierno, soy
alguien que desde los 15 años proyectó algún zig-zag: sigo mis deseos.
—¿Sumó a su marketing político el mote de
“afrancesado”?
—
Me pareció un hallazgo del periodismo. Ya la gente ni sabe
de dónde salió. Pero cuando lo leí la primera vez no me gustó. Dije: “¡cómo van a decir
esto!”.
—
¿Por qué asoció afrancesado con gay?
—Es que no me gusta hablar de orientaciones sexuales. Es un terreno que hay que
reservarlo para uno.
—
¿Qué dice su familia de lo de afrancesado?
—Se ríen. Yo sé que tengo algunas cosas que pueden sonar medio extravagantes.
—¿Sus psicoanalistas usaron alguna vez la palabra
afectado?
—No. Hay anécdotas sobre un fuerte y gracioso atildamiento de gestos. Por ejemplo,
cuando tenía 6 ó 7 años, para ir a cenar me ponía saco y corbata. Y, aclaro, mi familia no era una
familia patricia, con ese tipo de costumbres. Nadie se burló de esas cosas en casa, me las
festejaron. Yo soy el más benjamín de la familia. Les gustaba que yo fuera payasito.
—En síntesis, con lo de afrancesado le debe derechos de
autor a la revista
Noticias.
—Sí.
—¿Filmus llega a las elecciones de junio?
—No entra en el terreno de mis hipótesis que se baje.
—¿Le preocupa la posibilidad de que Scioli vuelva a la
Capital?
—Me parece
un disparate. Yo no creo que nadie lo esté pensando. Y si
alguien lo piensa, no será un genio del mal sino un tonto del mal.
—¿Scioli será el candidato a gobernador?
—Scioli no sólo será candidato a gobernador: será gobernador.
—
¿No cree que la Justicia se lo pueda impedir por cuestión de
residencia, como comenzó a suceder con de Narváez?
—No miré mucho el caso, pero yo me estaba refiriendo a otra cosa: la política no se
decide entre tanta locura.
—¿Existe incompatibilidad entre un funcionario del área de
Medios como Albistur y su empresa de carteles licenciada por el Gobierno porteño? ¿Alcanza con que
haya pasado la propiedad de la empresa a sus hijos?
—No sé si incompatibilidad jurídica. Me parece que quien se dedica a una actividad
privada, cuando pasa a la pública claramente debe abandonarla o
debe no atender un área que esté tan vinculada. Atenta
contra la imprescindible necesidad de mejorar la calidad institucional. Y no sólo ésta, sino los
vínculos entre la sociedad y la representación política.
—
¿Usted exhibe como fortaleza para su campaña la gestión. ¿Qué
cambió con su gestión?
—Pasaron sólo doce meses desde que nos tuvimos que hacer cargo de la crisis política
más profunda de la Ciudad. Cuando pocos creían, y es comprensible que así pudieran imaginarlo, que
alguien que no venía con una estructura política propia ni un armado de coalición pudiera
sobrellevar el peso de la crisis, la superamos. Pero,
además, pusimos en marcha un gobierno que, por distintos motivos (antes por crisis económica, luego
por crisis política y también por defectos de gestión) estaba aletargado.
Hoy hay un ritmo y una presencia y una visibilidad de acciones que
claramente contrarrestan la percepción de letargo que había antes.
—¿Y en gestión concreta?
—El espacio público, como concepto filosófico y material. El espacio público es lo que
define a la ciudad. La ciudad es, en su origen, la plaza. Pero la plaza es mucho más que parque, la
plaza es, desde el origen, el lugar donde se diseña la ciudad. El ágora, como en la época de los
griegos, sigue el articulador de la vida comunitaria. Pero hoy el ágora no es sólo la plaza
propiamente dicha: las calles, el hospital público, la escuela pública. El ágora también hoy son
los medios de comunicación. El espacio público nos hace armoniosos, porque es el único lugar donde
efectivamente se juntan los miembros de la comunidad, se mezclan los miembros de la comunidad con
independencia de los sectores sociales. Yo lo veo en las actividades culturales. Y puse un énfasis
en eso cuando era ministro de Cultura y ahora jefe de Gobierno, por la fascinación que produce no
sólo ver o disfrutar un artista, sino hacerlo con otros 3.000 al lado sentados o tirados en el
pasto. Da la idea de ciudad homogénea. Muy pocos lugares en el mundo tienen esta actividad pública,
pero lamentablemente todavía estamos lejos de algunos de los lugares que sí tienen homogeneidad.
Cuando defino el espacio público como el elemento central es ahí donde se ve la dinámica, porque es
eso lo que creo que funciona como ciudad.
—En 2006 dijo que un eje de su gestión iba a ser la
urbanización de la villa de Retiro. ¿Qué pasó?
—Una ciudad no es un lugar donde hay 80.000 personas viviendo en condiciones
infrahumanas. Eso no es ciudad. Sobre la Villa 31 en particular hay un proyecto que hemos
presentado, pero es la única villa que está asentada sobre terrenos que no son de la Ciudad, así
que ahí nosotros no podemos actuar por iniciativa propia, sino en conjunto con las reparticiones
del Gobierno nacional. Sigo creyendo que urbanizar las villas tiene que ser responsabilidad de la
región metropolitana. Pero revertir el proceso por el que un tercio de la población vive en la
diezmilésima parte del territorio del país, tiene que ser el eje de una política nacional.
—¿Aumentó la cantidad de gente que vive en villas durante
los doce meses de su gestión?
—No, al contrario. No es algo de lo que nosotros estemos haciendo promoción y
publicidad, porque me parece obsceno, pero hemos levantado asentamientos. Frente a la problemática,
hablar de crisis habitacional es un eufemismo. Hablemos de
miserabilidad
habitacional, así es como vive toda esta gente. Pero
tenemos que distinguir dos situaciones: villas que hay que urbanizar, para que se vayan
convirtiendo rápidamente en barrios populares, y asentamientos que deben desaparecer. No son
urbanizables los asentamientos. Muchos están en lugares insalubres, como la Reserva Ecológica,
debajo de una autopista o el caso de la villa El Cartón. Eso lo hemos levantado, pero aún
lamentablemente no hay una política. Insisto: no es por definición municipal, en relación a cómo y
por qué migran los pobres de este país y los países limítrofes. Voy abordar ese tema con franqueza
y sinceridad. No con posiciones xenófobas. La Argentina fue grande cada vez que se abrió
inteligentemente al mundo. Hay una realidad que obviamente no es de una política municipal: qué se
hace con las corrientes migratorias internas y externas es un proyecto nacional. Ese es el
proyecto, obviamente con una legitimidad renovada, después de las elecciones al que quiero convocar
a todos los gobernadores. ¿Dónde desarrollamos nuevos polos habitacionales? Nuevamente: tenemos que
escapar de cualquier actitud xenófoba, pero también de
cualquier actitud de “sobre eso no voy a hacer nada”. Las políticas públicas tienen que
pensar la problemática demográfica y poblacional. Y eso no es de derecha ni de izquierda: es
inteligente o no.
—
¿Interpreta el gesto de sumar a Ibarra a la lista de Filmus como
un cachetazo de Kirchner contra usted?
—Me resulta entre aburrido e innecesario interpretar las estrategias políticas de los
otros.
—¿Cuáles son los principales defectos de Kirchner?
—Yo creo que no es azarosa la recuperación de la Argentina y, efectivamente, aspectos
centrales de la Argentina se han recuperado. Pero por mi inclinación a las formas,
puedo no estar de acuerdo con la poca inclinación a estar abierto
al diálogo. Así como reparo menos en el pasado y en cómo arreglar las cuentas del pasado.
Pero no me parece conveniente andar contándolo en público.
—¿Cuánta plata lleva puesta encima?¿Cuánto gasta en
ropa?
—Me gusta vestirme agradablemente. Hay otra máxima taldmúdica: “Aliméntate menos
de lo que puedes, vístete como puedes y ofrece más de lo que puedes”. El estar bien
presentado es agradable para uno, pero también para los demás.
—¿Dónde y qué compra?
—Me gusta mucho el diseño argentino. Me gusta mucho la ropa de Hermanos Estebecorena,
me parece uno de los jóvenes diseñadores más talentosos. Y lo vemos puntualmente en la cantidad de
turismo de buen poder adquisitivo que está viniendo, entre otras cosas, a comprar diseño de ropa y
de objeto.
—¿Se afeita usted la cabeza?
—Sí, yo. Nunca fui a una barbería.
Todos los días me afeito. La cabeza es infinitamente más
rápido que la barba, porque no tiene pliegues. No necesito espejo, se desliza fácil y de un solo
movimiento se cubre toda la traza.
—¿Legalizaría alguna droga?
—No estoy a favor de la legalización de la droga. Entre otras cosas, por la
comprobación empírica. No hay buenos resultados.
—¿Alguna vez consumió drogas?
—No pienso hablar sobre esas cosas.
—
¿Qué piensa de la prohibición de fumar en lugares públicos?
—Como fumador evalúo de manera excelente la iniciativa que la Legislatura y el
Ejecutivo tuvimos. Además, el cumplimiento de la ley por parte de la sociedad ha sido y es
ejemplar, sin requerir de la coerción estatal, sabiendo todo el mundo que no hay capacidad de
desplegar un ejército de 20.000 controles.
—
¿Mira G
ran Hermano? ¿Se inspiró en esa idea para emitir imágenes
en vivo desde su despacho durante un día?
—No miro
Gran Hermano. Transmito imágenes en vivo de mi despacho
porque soy muy aficionado a la informática.
—¿Sería una solución para el problema de gobernabilidad
bonaerense, que en el futuro un nuevo pacto federal extienda las fronteras de la Ciudad de Buenos
Aires hacia el Conurbano?
—Es imprescindible la conferencia entre gobernadores.
La Argentina tiene, desde principios de siglo XX, una deuda en relación con la falta de
planificación demográfica. Durante mucho tiempo, además, fue sinónimo de políticas refractarias de
derecha y, lamentablemente entre otra de las ignorancias de cierta progresía, fue rechazar
permanentemente esa cuestión. Muchísimos países gobernados con fuerzas progresistas se lo plantean.
Si hay una postal del fracaso y ausencia de un proyecto nacional es que un tercio de la población
viva en la diezmilésima parte habitable de nuestro territorio. Entre el 75 y el 80% de servicios de
nuestro sistema hospitalario son para gente que no es de la Ciudad. Los porteños y las porteñas
usamos un 25% de nuestra capacidad hospitalaria.
—¿Cuál es su plan para los cartoneros y el trabajo
infantil?
—Para el trabajo infantil no hay plan: hay que supervisar que no exista, castigar a los
responsables. Es como para la esclavitud: no hay plan, hay que respetar lo que resolvió la Asamblea
de 1813. Sobre los cartoneros, lo que estamos haciendo y hay que hacer de una manera articulada con
la provincia de Buenos Aires porque, sin la más mínima discriminación, hay que reconocer que la
inmensa mayoría de los cartoneros viene de la Provincia a realizar su tarea en la Ciudad, es crear
centros de reciclaje donde se pueda realizar esa tarea salubre y dignamente, y no de manera
miserable. La laxitud no es sensibilidad, es pereza e ignorancia, es condenar a esa gente a que
reproduzcan sus condiciones de miserabilidad. En el segundo período tenemos que inaugurar cinco o
seis centros más de reciclaje y pasar a formas de reciclaje infinitamente más complejas y
profundas. Ya no sólo por los cartoneros, la Ciudad produce 5.500 toneladas diarias de basura, que
todos tenemos la sensación que se esfuman en el aire, pero se vienen enterrando en el Conurbano. Y
en cualquier momento, con razón, con la creciente conciencia ambientalista, los habitantes de esas
zonas podrán decir “basta, aquí no se entierra más la basura”. Hay que empezar a pensar
en serio en las tecnologías que hoy existen, en inversiones sostenidas, para que dentro de diez
años enterremos no digo cero, pero el 10, 15 ó 20 por ciento de nuestra basura. Impedir que se
cartonée en la calle, construir centros de reciclaje y, como estamos haciendo ahora, crear
condiciones nuevas de presión y supervisión en las empresas para que pasen mucho más frecuentemente
por los lugares críticos. Antes llegamos a tener una ley, so pretexto de sensibilidad social, que
impedía que el camión de basura recogiera la basura hasta tanto, una hora determinada, la basura no
hubiera sido previamente revisada por el cartonero. Yo entiendo que en la crisis se decidieron
cosas como se deciden en medio de un incendio. No soy capaz de criticar a todos. En la
desesperación se hace de todo y se cometen errores. Pensando que fueron buenas intenciones, lo que
se hizo fue generar condiciones de excesiva laxitud, porque se sabía que en algún momento las cosas
iban a mejorar, porque mejoraban o nos íbamos al demonio. De la misma manera, en la otra punta, se
crearon condiciones para la edificación muchísimo más laxas para que se edifique, porque no se
ponía ni medio ladrillo sobre otro. Esas condiciones generaron la situación real que hoy tenemos:
ya no son ejércitos de gente que individual y espontáneamente carbonean: detrás de ellos hay
feroces y poderosísimos.
—¿La excepcionalidad como norma es un carácter
argentino?
—Durante mucho tiempo creímos en soluciones argentinas a los problemas universales.
Pero tampoco creo en las condenas idiosincrásicas, ni las condenas al fracaso, ni las condenas a
los éxitos, sino no se hubieran derribado los imperios y no se hubieran generado otros.
—¿Argentina precisa recuperar la normalidad?
—Me parece que es una buena base. Si no somos normales no vamos a poder llegar a
desplegar todas las potencialidades que tenemos. Tenemos una seria dificultad para el cumplimiento
de la norma y una maravillosa inteligencia para encontrar justificativos. Una inclinación poco
apropiada para exculparnos autoindulgentemente y culpar al otro.
—¿Cómo van las cuentas de la Ciudad? ¿Pasará en su gestión
del superávit al déficit?
—Cuando me tocó asumir había en el Banco de la Ciudad cerca de 2.000 millones de pesos,
por subejecución. No era que no había plata: no se hacían las cosas. Y obviamente todos aprendimos
a no gastar más de lo que se ingresa. Pero más allá de mirar las cuentas, hay que ejecutar, porque
nosotros tenemos un déficit de infraestructura enorme.
—¿El presupuesto de 2007 terminará con déficit?
—No, no. Este nuevo aumento salarial que le tuvimos que dar a los docentes, que es el
cuerpo de trabajadores más importante que tiene la Ciudad, en principio lo vamos a pagar con una
mejor perfomance de la reucadación por el cobro de morosidad.
—¿No se endeudará?
—Hasta hoy no solamente no nos endeudamos, sino que no hay en el horizonte motivos para
endeudarse. Mi preocupación, y lo sabe mi ministro por lo obsesivo que soy, es que no hay que
gastar todo el dinero que tenemos.
—¿Por qué quiere sacarle a Felipe Solá a Santiago
Montoya?
—Nunca se lo sacaría. En principio, Montoya en un tipo muy inteligente. Pero además de
eso, puso en un buen lugar la conciencia del pago de impuestos y eso no sólo ha sido muy bueno para
la Provincia, porque ha mejorado la recaudación, sino para todo el resto de los argentinos, que
vimos a un tipo que pudo dar una buena batalla cultural.
—
¿Cuál es su balance de Guillermo Nielsen, el número dos de
Lavagna, al frente de la cartera de Economía de la Ciudad?
—Había tensiones. Es una persona intelectualmente muy capaz, pero es imprescindible que
la inteligencia además armonice. La capacidad intelectual de Guillermo tiene que estar acompañada
en la armonía y en la coincidencia de quien es un superior.
—¿Cómo se maneja con los sindicatos para que la economía no
se le desborde?
—Nosotros tenemos tres sindicatos, tres grupos de trabajadores fuertes. Los
principales: la docencia y los hospitales. Son grupos de trabajadores que realizan tareas
indispensables y son sindicatos todos racionales, nadie tira más de la cuerda.
—Lula, que fue sindicalista, desea limitar el derecho a
huelga en servicios públicos esenciales porque considera que pueden ser extorsivas.
—Las huelgas que tenemos en los servicios esenciales nunca llegaron a la paralización
total de los servicios. La paralización total de un servicio sí sería extorsivo.
—¿Cuáles fueron sus experiencias más complejas en materia de
negociación con sindicatos?
—Mi intención es no resolverlas mediáticamente. Por ejemplo, las de las docentes pasó
sin la crispación que hubo en otros distritos. Pero fue negociación de diez días arduos, complejos.
—¿Y la de los anestesistas?
—Afortunadamente fue exitosa. Pero ahí sí, empezaba a ponerse en riesgo la prestación
de un servicio esencial. Para que la sangre no llegue río es mucho mejor generar previamente
relaciones de diálogo. Es mucho más fácil que un conflicto gremial o salarial se desate entre dos
personas que no se conocen, que no dialogan. Como en las parejas, hay que aprovechar los momentos
en que no hay conflicto para profundizar la relación, porque va a venir el conflicto y lo van a
resistir mejor si se conocen más. Yo alimento esas relaciones, me encuentro, charlo
–seguramente menos de lo me gustaría– con los responsables gremiales. Me parece que es
parte de mi tarea.
—¿Sintió presiones que lo hicieron sufrir?
—No, no la vivo con pesadez. A mí me gusta gobernar. Me preocupan y me duelen las cosas
que suceden.
—O sea que, como Menem, usted goza el poder.
—Esto no es poder. El poder está en otro lado.
El poder hace tanto que no pasa, y sobre todo en la Ciudad de
Buenos Aires, por el gobierno...
—¿Y por dónde pasa?
—Por factores económicos y por los medios. Y, en sociedades más complejas y
desarrolladas, hay mayor cantidad de actores poderosos. El jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos
Aires tiene la capacidad de hacer, que como sabemos es bien distinta a la de tener poder.
—Usted dijo recientemente que “los porteños ya estamos
en condiciones de ponernos los pantalones largos y hacernos cargo de nuestra propia policía”.
¿Cómo piensa financiar un eventual traspaso a la Ciudad?
—Hay quienes piensan que parte de la Federal debería pasar a la Ciudad.
Buenos Aires debería tener una fuerza de seguridad propia,
lo que requerirá, sin duda, de mayores erogaciones. Me gusta la idea de crear una policía
comunitaria, como la policía municipal de Madrid o de Roma. No una policía de investigación, sino
de prevención, pero que esté armada. No para la lucha contra grandes delitos, sino para lo
contravencional.
—¿Una Guardia Urbana ampliada?
—No un guardia urbano como sería un muchacho bien educado que dice “no haga esto,
por favor”, sino uno que primero lo dice pero si no se cumple pueda detener a esa persona.
Que tenga presencia y que, por ese mero despliegue de 2.000, 3.000, 4.000 hombres, logre prevención
y disuasión en la comisión de delitos. Yo comprendo que, cuando a la mañana le pasan el parte al
Ministro del Interior, no le cuenten como una de las cuestiones principales que una casa en Boedo
fue intrusada. Mis colaboradores, si hay una casa intrusada en Boedo, me lo cuentan como prioridad.
Por eso es absolutamente comprensible que la toma de decisiones sobre esas cuestiones, entre
comillas menores en relación al crimen organizado, pasen a la Ciudad.
—La Policía de la provincia de Buenos Aires también se ocupa
del crimen.
—Sí. Yo estoy hablando de otra cosa, una policía municipal: tenemos un territorio
chiquitísimo que, en buen estado, lo recorre de una punta a la otra en una mañana.
—Macri calificó de “payasesca” a la Guardia
Urbana...
—La Guardia Urbana me parece que efectivamente no fue una solución eficaz a lo que
intentó ser. Es un grupo estupendo de jóvenes que hay que reorientar para hacer una tarea que todas
las ciudades tienen, pero que no tienen que ver con la seguridad. Y el enorme pecado que se cometió
en el lanzamiento fue, sin decirlo claramente, de que algo estamos haciendo por la seguridad. La
Guardia Urbana no puede detener ladrones. Sirve para otras cosas, tiene muchísimas cosas para
hacer. No tiene que ver con la seguridad.
—Dado que fue vice de Ibarra, ¿elegir su vice está cargado
de significados?
—Más que pensar cómo tiene que ser el vice, me pongo a pensar cómo tengo que ser yo con
un
vice. Lo haría formar parte de mi toma
de decisiones. Sería parte de un proyecto y no solamente de
una comprensible pero pasajera conveniencia electoral.
—¿Rodolfo Terragno estaría dispuesto a ser vice suyo?
—No sé. Creo que es una gran figura de la política argentina.
—
Usted dijo que sentía culpa si hería a otra persona. ¿Sintió culpa
con Ibarra?
—Nunca.
—
¿Pena?
—Antes no, pero ahora lo veo con pena, porque
está obrando desde el odio y el resentimiento.
—Como judío, ¿qué opina del reciente viaje de Luis
D’Elía a Irán?
—A mí me parece que las posiciones de Irán son posiciones riesgosas. Hay, como mínimo,
una negación del holocausto. Son en ese tipo de cosas donde se pierde la racionalidad. Lo racional
es no discutir con esa gente.
—¿Y de Hugo Chávez?
—Sus vinculaciones están dadas por la coyuntura,
no es el tipo de liderazgo que mí me agrada.
—
De la Sota dijo públicamente hace unos días que usted era su
candidato, porque era “un peronista de verdad”.
—Nos tenemos afecto con De la Sota. Espero que lo diga de verdad.
—¿Qué es ser peronista?
—
Un sentimiento que se baila, diría Borges (del tango). No
representa nada en términos partidarios. Yo soy un peronista cultural.
No soy
un peronista doctrinario, que me parece que es lo más
débil. Lo grandioso del peronismo, lo que para mi gusto lo hace el movimiento más
interesante del siglo XX, ha sido su clara e inconmovible opción no por los más pobres sino por la
cultura plebeya.
—
¿Se esperaba que Duhalde declarara que usted puede ganar la
primera vuelta?
—Más que un apoyo, eso es una previsión. Ojalá la sociedad le reconozca a ese hombre lo
mucho que hizo por la Argentina: en 2002 estábamos a punto de desaparecer como nación. Ese hombre
tiene una cosa shakespeariana de combate consigo mismo, de puesta en escena de una fuerza hercúlea,
con dudas, con temores.
—
¿En 1999 usted trabajó junto con Alberto Fernández en el grupo de
asesores de la campaña de Duhalde?
—
Ese es uno de los mitos. Lo vi cuatro o cinco veces a
Alberto Fernández y nunca tuve mucho trato con él, porque no era de su grupo: yo venía de Cuba.
—¿Qué significado nacional tendría un triunfo de Telerman en
la Ciudad?
—Que habría una mejor Ciudad.
—
¿El hecho de que pierda Macri alcanza para que Kirchner no se
sienta derrotado?
—Es que me parece un error que se sienta derrotado o triunfador.
—¿El hecho de que pierda Filmus alcanza para que Kirchner se
sienta derrotado?
—Espero que el Presidente no se sienta derrotado en ninguna instancia, porque no se
juega en esto. Acá hay fuerzas locales, o partidos que no tienen una representación nacional.
—Se llevó bien con todos: primero fue vocero del adversario
de Menem (Cafiero), luego fue embajador en Cuba de Menem, además de varios cargos diplomáticos en
París y Washington durante los ’90. Con Duhalde fue su asesor de campaña en 1999, pero
también luego en 2000 fue secretario de Cultura del gobierno de la Alianza en la Ciudad, adversario
de Duhalde a nivel nacional. ¿Cómo hace para lograr caerle bien a todo el mundo?
—Yo perdí contra la Alianza. Fue después que Ibarra llamó a dos peronistas a integrarse
a su gobierno, a Filmus y a mí.
—Eso no responde mi pregunta. ¿Usted se cree capaz de
seducir al político que desee?
—No me gusta la palabra seducir.
—¿Alguna vez usted quiso estar cerca de alguien y no lo
logró?
—Siempre logré estar cerca de las personas con las que quería estar.
—¿No teme que sus antecedentes le generen omnipotencia en
ese sentido y crea que también logrará estar cerca de Kirchner cuando quiera?
—El jefe de Gobierno de la Ciudad no precisa estar muy cerca del Presidente.
Simplemente no hay que llevarse mal.
—En su biografía, usted dice que fue profesor de Filosofía
en la cátedra de Tomás Abraham entre 1985 y 1989, y profesor de semiología en la cátedra de Oscar
Steimberg, en ambos casos en facultades dependientes de la Universidad de Buenos Airtes.
Paralelamente hubo una polémica porque apareció citado como licenciado en algunos documentos. ¿De
qué se recibió? Si no se recibió, ¿cómo pudo ser profesor universitario?
—Yo me recibí en una universidad privada en la carrera de Comunicación. Por aquellos
años, salvo en la Universidad de La Plata en la carrera de Comunicación, que era muy reciente, no
entregaban un título de licenciado como sí hay ahora. Respecto de haber sido profesor en la UBA, yo
fui ayudante de los profesores.
—También destaca en su biografía haber traducido textos de
Michel Foucault. Cuéntele al lector, en forma simple, la idea de Foulcault que usted más aplica en
su vida como político.
—La estrecha relación que existe entre conocimiento, entre saber y poder.