Mao Yushi es el más lúcido de los economistas chinos, lo que le trae como consecuencia ser vigilado
permanentemente por milicianos de la Seguridad pública. El mismo se preocupa por ello, no por temor
personal, sino porque calcula el costo de esta vigilancia para las finanzas públicas: cuatro
hombres, a veces dos vehículos estacionados frente a su edificio, y los que le siguen cada paso.
Con cerca de ochenta años, Yushi considera que esta abundancia de precauciones es totalmente
inútil: ¿Adónde se escaparía? Como todos los intelectuales independientes en China –una
especie escasa–, Mao Yushi lleva una vida humilde. El edificio donde vive en Pekín es
vetusto: una casa destartalada, mal construida, característica de los años sesenta, helada en
invierno, sofocante en verano; minúsculo y sin comodidades, el departamento que comparte con su
esposa está repleto de libros, de recuerdos, y también de baldes de plástico donde cae el agua de
lluvia que se filtra por el techo. Si se pusiera al servicio del Partido, su tren de vida se
transformaría; el gobierno siempre está muy dispuesto para comprarse a los intelectuales; es una
manera de neutralizarlos que le sale menos cara que el hecho de vigilarlos. Precaución eficaz: la
mayoría de los rebeldes ya no son rebeldes, sino “expertos” que sólo se ocupan de su
disciplina. ¿Conviene utilizar acá el término occidental “intelectual”? El novelista A
Cheng, que vivió mucho tiempo en los Estados Unidos antes de volverse a Pekín, cuando compara a
China con Occidente considera que su país cuenta ahora con “muchos letrados, pero con pocos
intelectuales”.
En cuanto a Mao Yushi, cuya salud es débil, un poco sordo, duda de su capacidad para
derrocar al Partido Comunista. Sus intervenciones en la vida pública no son ni violentas ni
revolucionarias; pero es impertinente. Durante el decimoquinto aniversario de la represión de
Tiananmen, en 2004, dirigió una carta al jefe de Estado sugiriéndole que los responsables de la
masacre reconozcan los hechos y le pidan perdón a la nación china; según él, sería la mejor manera
para terminar de una vez por todas con ese pasado doloroso y para pasar a otra cosa. Seguir
esperando hará que los odios crezcan cada vez más. La carta de Mao Yushi circuló por Internet,
otros intelectuales que comparten su movida liberal la firmaron también, la prensa extranjera habló
del tema. Pura pérdida.
A los dirigentes de la poderosa China no los hace sufrir la contradicción, por más modesta
que sea. Pero, en 2005, Mao Yushi reincidió, publicando un compilado de sus artículos con el título
“A los que amo, les deseo la libertad”. A los censores no les gustó; el editor, después
de haber impreso el libro, debió sacarlo de la calle. Mao empezó un juicio contra ese editor,
porque a nadie se le ocurriría litigar contra el Departamento de Propaganda. El editor perdió el
pleito: a veces pasa. ¿Realmente progresa el estado de derecho, o es que el Partido quiere hacernos
creer que las cosas son así? Este éxito aparente quedó en la nada, porque el libro de Mao Yushi
sigue siendo inhallable. En China, donde no se queman los libros, porque al Partido le alcanza con
hacer que desaparezcan.
Aun más provocador, Mao Yushi considera que el desarrollo económico de China es más un
desastre que un milagro. ¿No se alegra por el 9 o 10 por ciento de crecimiento anual de su país?
Estaría muy satisfecho de ello si la cifra fuese verdadera. Probablemente no lo sea, ya que el
gobierno es el único que tiene acceso a las estadísticas y que éstas no se pueden verificar con
sencillez; no podemos tomar a priori como verdaderas informaciones que provienen de un gobierno
para el cual la búsqueda de la verdad no es la principal virtud. Entre 1960 y 1980 no hubo más
estadísticas; cuando reaparecieron en 1980, no estaban exentas de rarezas. Por ejemplo, en 1990,
China estimaba que eran 95 millones de hectáreas las superficies cultivadas, o sea, 0,08 hectáreas
por persona, menos que en Bangladesh. Esta cifra no comprobada hizo surgir el espectro de la
hambruna; parecía imposible que los chinos pudiesen alimentarse así. Pero las fotografías
satelitales encontraron el error: en 2000, las estadísticas llevaron a 130 millones de hectáreas la
superficie cultivada. Ésta es en realidad de 150 millones, pero, al engañar con las superficies, el
Partido hace creer que la productividad es ejemplar. Se podrían multiplicar los ejemplos de
aberraciones estadísticas como éstas, que no son minoritarias, sino considerables.
Mao Yushi rehace entonces los cálculos reparando en las incoherencias o en las omisiones;
porque cuando un número preocupa a los estadísticos oficiales, lo suprimen. De un año a otro,
tomando en cuenta estas fallas, Mao reconstruye la realidad, estimando que la tasa de crecimiento
real es de alrededor del 8 por ciento al año: un buen número que se explica ante todo por el efecto
mecánico del traslado de la población campesina, improductiva o desocupada, hacia las industrias.
Esta tasa de crecimiento es comparable a la que alcanzaron Japón o Corea en una etapa de despegue
similar: no es milagroso y, sobre todo, no tiene sentido en sí. Ante todo, conviene descontar de
esta tasa los efectos negativos que son característicos del modelo chino: por ejemplo, los
desastres ecológicos, el agotamiento de los suelos, la contaminación y las epidemias provocadas por
ella, los disturbios sociales individuales y colectivos a consecuencia de las migraciones masivas.
Mao Yushi, considerado en el ámbito internacional de los economistas como un precursor en este
campo, evaluó que el valor anual de las destrucciones del medio ambiente representa un 10 por
ciento de la producción; esta pérdida debería ser lógicamente descontada de la riqueza de China. Es
un modo de evaluación que, fuera de China, los expertos no ponen en duda en absoluto.
Mao Yushi no niega por esto que cualquier desarrollo pasa por el éxodo rural y por ciertas
destrucciones del patrimonio natural; lo que discute es el modo de gestión salvaje. No le parece
que el ritmo de crecimiento sea sostenible, porque tropieza contra obstáculos físicos; éstos ya se
hacen notar, como por ejemplo la falta de energía, de materias primas o de agua. Las materias
primas o la energía se pueden importar, pero no así el agua. Y, en China, hay escasez de agua y,
además, no está regulada: al ser gratuita, se derrocha; está contaminada, pero no es tratada. El
gobierno chino no considera que las plantas de depuración del agua sean una inversión útil: varios
centenares de millones de chinos no tienen, por lo tanto, acceso al agua potable, y muchos de ellos
mueren como consecuencia de esto.
Después de haber calculado nuevamente la tasa de crecimiento y de haber descontado de ella
los efectos negativos, Mao Yushi cuestiona el contenido de esta tasa. Mucho de lo que se produce es
inútil, no encuentra compradores, sea porque no hay mercado, sea porque la calidad es nula. Es
particularmente el caso de las empresas públicas. China aún tiene cien mil de ellas que funcionan
siempre según el antiguo modelo maoísta. Producen porque sí, para justificar su existencia y
alcanzar los objetivos de crecimiento exigidos por el Partido; poco importa lo que pase con ellas
una vez que los objetivos cuantitativos sean alcanzados o dejados atrás. La otra función de las
empresas públicas es la de emplear una mano de obra obrera que el Partido no puede permitirse
despedir o reasignar en nuevas actividades.
Me asombro de que tales empresas puedan seguir con sus actividades en una economía de
mercado. Pero, replica Mao, ¡China no es una economía de mercado! La mayor parte de las empresas
públicas, al no tener contabilidad fiable, ignoramos si son viables o no; poco les importa, ya que
hay bancos dispuestos a financiar sus pérdidas. En China, son los dirigentes del Partido los que
dan a los bancos la orden para otorgar préstamos, por motivos políticos o personales, y de no
exigir el reintegro de esos préstamos. Esto, explican en Pekín, va a cambiar: los bancos van a ser
verdaderas empresas. En este Año del Gallo, aún no es el caso: la dependencia política de los
bancos explica la proliferación de edificios, viviendas, oficinas, muchas veces vacíos, y de
infraestructuras –rutas, aeropuertos– muchas veces inútiles. Los beneficios del
crecimiento, principalmente las divisas obtenidas con la exportación, son engullidos por esas
inversiones improductivas que no crean, a largo plazo, ni nuevas riquezas, ni empleos. Esta
politización de la inversión, que escapa a la lógica del mercado, es, según Mao Yushi, la principal
falla de la economía china; explica en parte la altísima tasa de desempleo, de la cual el Partido
se vanagloria menos que de la tasa de crecimiento.
Desempleados: 20 por ciento. ¿No está el desempleo estabilizado en el 3,5 por ciento? Este
numero oficial, invariable, se anuncia por adelantado a principios de cada año. Lo que hay de
cierto en él no se puede realmente calcular: no se puede considerar ni empleados ni desempleados a
los cien millones de emigrantes que se desplazan sobre el territorio y que, en función de las
circunstancias, trabajan en una obra, en una mina o vuelven al campo. Tampoco se puede incluir a
los millones de campesinos desocupados, sin tierra, o que viven en una parcela de tierra
insuficiente; si tuviesen la posibilidad de dejar el campo para conseguir un empleo en la ciudad,
lo harían.
¿Un 20 por ciento de desempleados en China? Es una cifra plausible. Este desempleo no sólo
afecta a los humildes: las dos terceras partes de los ingenieros recibidos en las universidades
chinas no encuentran un trabajo acorde con sus calificaciones en los tres años posteriores a la
conclusión de sus estudios. El desempleo de los que tienen un título universitario se debe a la
naturaleza del desarrollo, que se basa más en la utilización masiva de una mano de obra poco
calificada que en la investigación o que en los servicios que necesitarían más calificaciones. Es
entendible por qué muchos de ellos parten para los Estados Unidos o Canadá.
A pesar de su tasa, y en razón de la reinversión no productiva de las ganancias, el
crecimiento no genera pues una cantidad suficiente de empleos. Los inversionistas extranjeros, por
su lado, crean, ante todo, unidades altamente productivas y que emplean poca mano de obra. En
cuanto a las empresas exportadoras, en el rubro textil o en la informática, toman preferentemente a
mujeres jóvenes sin formación para contratos breves. Los campesinos pobres, los estudiantes y los
obreros despedidos por las fábricas públicas se encuentran así sin perspectivas de futuro.
¿Qué es lo que propone Mao Yushi? Solamente imitar los modelos anteriores de Japón, de
Taiwan, de Singapur, de Hong Kong y de Corea: utilizar los beneficios de la exportación para
inversiones rentables, así el empleo podría seguir creciendo a la par del crecimiento. Mejor sería
también invertir en las ciudades medianas, en lugar de concentrar el capital en el litoral oriental
y de crear allí gigantescos atascamientos de población. Finalmente, invertir en los recursos
humanos, en la educación y en la salud, haría disminuir las tensiones sociales y le permitiría a
China pasar de un estadio primitivo del capitalismo a un desarrollo sostenido. Mientras que los
primeros “dragones” de Asia habían basado su desarrollo en la calidad de sus recursos
humanos, el modelo chino juega con la explotación de sus obreros.
¿Es Mao una voz escuchada? No, porque el modelo económico es el reflejo de la organización
política: dado que el país está dominado por una clase urbana, que el Partido está manejado por
burócratas, que los campesinos no tienen ninguna representación política, las decisiones económicas
son el reflejo de los intereses del poder.
Bancos: bombas de tiempo. De todos los escenarios que amenazan a China, ¿cuál es, según Mao
Yushi, el más probable?
Seguramente lo es la quiebra de los bancos debido a la importancia de los préstamos
irrecuperables. En lo inmediato, los bancos no están en peligro, porque los fondos que ingresan
superan ampliamente a los montos prestados: los riesgos son absorbidos por la abundancia de dinero
en efectivo. Es cierto que China pasó por algunas corridas bancarias recientemente, sobre todo en
Cantón cuando, en 2002, los ahorristas se enteraron de que el director del establecimiento había
huido con el dinero de la caja; pero el banco central puso inmediatamente plata fresca en sus
sucursales para tranquilizar los ánimos. En su conjunto, los chinos les tienen mucha confianza a
sus bancos, reconoce Yushi, lo que habilita a estos últimos a otorgar préstamos a pedido de las
autoridades políticas, sin cálculo económico.
¿Será duradera esta euforia? Sí, hasta tanto el mercado mundial sostenga el crecimiento
chino, los inversores extranjeros sigan embobados con China y los chinos sigan depositando sus
ahorros –es legendario– en las oficinas de correo y en los bancos. Este ahorro sigue
siendo abundante y estable, porque los que depositan no tienen otra elección: ya no tiene peso la
Bolsa de Shanghai luego de haber arruinado a sus inversores; por otra parte, la exportación de
capitales está legalmente prohibida y las posibilidades para colocar el dinero fuera del circuito
de los bancos son casi desconocidas. La única verdadera alternativa a los depósitos bancarios, pero
que necesita de una disponibilidad de fondos más importante, es la inversión inmobiliaria. El
ahorrista chino puede elegir entre dejar su dinero en un plazo fijo o participar de la gran locura
inmobiliaria, una burbuja con precios inalcanzables y con millones de departamentos y de oficinas
vacíos. Si por casualidad el mundo dejase de ocuparse de China luego de un conflicto o de una
epidemia, y si los chinos se preocuparan por sus ahorros, un pánico generalizado se llevaría con él
a los bancos y al país entero. Los chinos, concluye Mao Yushi, a lo sumo, aceptan renunciar a toda
o a una parte de su libertad, pero ¿perder sus ahorros? ¡Eso no se lo perdonarían jamás al Partido
Comunista!
En 2005, los bancos chinos tomaron el camino de una reforma que debería, a largo plazo,
permitir ajustar las prácticas con las normas occidentales. Los bancos extranjeros, convidados para
que participen de esta modernización, no se hicieron rogar para invertir en los bancos chinos, con
la esperanza de utilizar las redes de éstos y de vender a los cien millones de chinos prósperos
nuevos productos, tarjetas de crédito y plazos fijos creativos. Pero, ¿realmente se pueden reformar
los bancos chinos? El tema parece técnico, pero apunta al corazón mismo del sistema comunista.
El gobierno central necesita bancos mejor administrados, capaces de financiar actividades
reales y racionales; al arruinar a los ahorristas, la quiebra de estos bancos arrastraría al
Partido en la caída. Pero si un banco se volviera racional ya no obedecería a las exigencias de los
jefes locales del Partido que consiguen, hoy en día, préstamos que los bancos no les pueden negar;
estos créditos sostienen empresas locales improductivas pero proveedoras de empleos y de prebendas.
Sin crédito, ¿qué quedará de la influencia de los cuadros y del empleo en las empresas públicas?
Otro tema sensible: si los bancos se vuelven racionales, ya no otorgarán más préstamos a los
estudiantes, sabiendo que nunca los devuelven y que nadie se atreve actualmente a exigir a estos
futuros cuadros que honren sus deudas. La reforma de los bancos podría entonces llevar a una
revuelta de los estudiantes, al cierre de miles de empresas con déficit, a la pérdida de influencia
de los dirigentes comunistas locales.
¿Qué hará el Partido ahora? ¿Cómo arbitrará estas exigencias contradictorias, la de la
racionalidad económica, la de evitar la quiebra del sistema bancario y la de la estabilidad social
y del poder de los jefes para otorgar préstamos? ¿Quién explotará antes? ¿El poder local del
Partido, los estudiantes no subvencionados, los nuevos desempleados o el sistema financiero? Si
sigue avanzando el crecimiento, si los capitales siguen llegando, si los ahorristas se quedan
tranquilos, los dirigentes chinos y los inversores extranjeros esperan que estas contradicciones se
solucionen solas, gracias a la abundancia de dinero en efectivo. Yushi tiene razón: el futuro del
Partido depende del futuro de los bancos.
¿No estará pasando China por una “transición” espontánea hacia la democracia? ¿No
habrá generado el crecimiento de una clase media, independiente del poder y que, a largo plazo,
revindicará una autonomía política? Mao Yushi no lo cree. Prefiere evocar a una clase de parvenus
cuyo poder de compra es más dependiente de sus relaciones con el Partido que de su educación o de
su espíritu empresarial. La mayoría de ellos son burócratas, oficiales de alto rango y sus
familias, que viven de gastos que paga el Estado, de favores y de prebendas relacionadas con sus
cargos. El destino de esta seudo clase media se confunde con el del Partido: o bien sus miembros
pertenecen a la casta de los burócratas, o bien sus ingresos dependen del buen querer de los
cuadros dirigentes. Con la excepción de un puñado de empresarios individuales auténticos, los
parvenus son empleados de las administraciones públicas, del ejército que es en sí una potencia
económica autónoma, de empresas del Estado o de las firmas jurídicamente privadas, pero que
pertenecen de hecho al Partido, al ejército o a sus cuadros. A los que no son apparatchiks
podríamos llamarlos “empresariochiks”: empresarios por la gracia del Partido.
La mayoría de las veces, el tren de vida de esta nueva clase de parvenus no depende del monto
de sus sueldos, pero sí de las ventajas en especias, legales o ilegales. La casi totalidad de los
automóviles de lujo importados, las dos terceras partes de los teléfonos celulares, las tres
cuartas partes de las ganancias de los restaurantes y de los lugares de placer, las cortesanas que
se encuentran ahí, casi todos los viajes de estudios al exterior, los gigantescos gastos en los
casinos de Macao y de Las Vegas, todos ellos financiados por administraciones y empresas públicas
chinas. También la ausencia de una real propiedad privada contribuye a la dependencia de los
parvenus con el Partido.