Uno de los temas más importantes y no reconocidos en el universo cultural es el de la admiración o
respeto del que suelen ser objeto muchas de las figuras de las artes y las letras. ¿Cuál es el
problema? Que la admiración, siendo una especie de tributo o expresión de respeto, estanca la
vitalidad y la producción de la cultura, dando lugar a una especie de pasividad inhibitoria y
nociva. Vamos por partes.
Es común que uno se enamore de sus grandes, sea cual sea la selección que haya hecho, y que
se complazca en expresar ese amor bajo la forma de una admiración que, dependiendo de la edad, va
desde el endiosamiento hasta una especie de culto respetuoso y refinado. A veces se trata de un
encandilamiento con la capacidad de algún artista, cuya obra expresa una forma de la sensibilidad
que permite que uno desarrolle la propia, relación guiada por una saludable necesidad personal de
desarrollo y despliegue. Otras veces, más bien, se trata de un proceso de auto anulación, en el que
el adorador se hunde en la inhibición y por contraste en una despiadada versión de sí mismo.
Otra capa del asunto es que, por supuesto, los protagonistas cultivan esos distintos juegos.
Hay autores, como Sabato, que miran al público desde un narcisismo extremo, invitando a la pobreza
de un culto, y hay autores, como Borges, que invitan más bien a la diversión de compartir ideas y
emociones. Las personas que más necesiten postergarse, adoptar una posición religiosa frente a la
intensidad, tenderán más a encontrar en Sabato a su figura ideal; las que necesiten por el
contrario potenciarse, crecer, expandir su relación con el mundo, se sentirán más bien atraídas por
el humor de Borges y por su malicia liberadora.
¿Por qué digo que es este un tema central en el universo cultural? Esta matriz afectiva
determina la producción posible. Una cultura rica tiene más que ver con la creatividad que con el
respeto. Hay una paradoja siempre vigente y es la siguiente: los más respetuosos de las figuras,
los que tienden a cerrar su placer estético en una forma reverencial, suelen ser las personas menos
generadoras de formas propias. A estos, la misma cultura no los reconoce tanto como a aquellos que,
en cambio, han faltado al respeto debido y han hecho su propio camino, probando, sintiéndose dueños
y mirando más lo suyo que lo ajeno. Sí, por supuesto que todo artista se nutre de la obra de otros
y que su amor por lo generado por otros colegas valiosos le resulta estimulante, pero en el caso de
personas productivas la obra ajena nunca es admirada al punto de la sequedad. Actúa más bien como
un fertilizante, no como un veneno.
Cuando una persona admira una obra, o a un artista, lo hace porque experimenta en relación
con ella una intensidad emocional de alguna manera satisfactoria, y esta experiencia bien puede
entenderse como algo que pertenece a la obra o bien como algo que, surgiendo de la interacción con
ella, pertenece también legítimamente al receptor mismo.
Si un adolescente se emociona con una canción de Oasis, o una señora al leer a Sandor Márai,
ambos pueden creer que esa emoción es una cualidad de las obras o pueden, de otra forma, abrir las
puertas a las consecuencias y continuaciones de esa emoción, entendiendo que son ellos los que han
completado a la obra al hacer posible la explosión del universo que sugiere. Cuando una canción
hace eclosión en uno lo hace porque uno vibra en esa frecuencia y no porque la genialidad del
artista realizó en nosotros un cambio sobrehumano. La misma canción en otra persona no produce
nada.
La frecuencia con la que en el universo cultural se admira desaforadamente a las personas y a
las obras valiosas arman una coraza de actitudes y valores que no son útiles a la hora de permitir
la evolución de la cultura. Entre nosotros hay demasiada valoración del pasado, y más de un artista
no demasiado valioso pasa, después de muerto, a ser venerado como un genio, ¿sólo porque es
inalcanzable, como todo buen muerto?