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Enemigo del pueblo

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Por Pepe Eliaschev | 22.04.2007 | 03:33

Sentarse a una mesa de un país de ultramar para dialogar sobre discrepancias de cabotaje es la pura revelación de un fracaso. No era inevitable que fuera así.
La morisqueta de disgusto que produce una frontera internacional cerrada gracias a una tolerancia que es deliberada omisión de quien debería haberlo impedido es la más acabada ratificación de que la Argentina sigue prefiriendo, o al menos tolerando con soterrada complicidad, la estrategia de los hechos consumados, el apriete, los episodios de fuerza que son presentados como una razón agónica e inevitable.
Colocarse en las orillas de lo superlativo para no poder retroceder: he aquí la doctrina de lo trágico que expresa el alma nacional. Primera víctima: lo posible real. Almas bonitas pergeñaron incluso un sustantivo teóricamente despreciativo: “posibilismo”. Se lo vocaliza con desdén, aunque no sea otra cosa que reclamar lo que es factible conseguir.
¿O acaso era sensato que un 26 de julio de 1952 jóvenes libertarios de Cuba atacasen el cuartel Moncada, la fortaleza militar de un régimen pétreo y sangriento? Claro que no lo era. Pero proclamar que la búsqueda de lo posible es una degradación moral tiene consecuencias y el alma argentina produce, en consecuencia, espasmos de gigantismo necio, como para acercarse a ese ideal de perfección idiota.
En 1982, se trataba de desembarcar sin matar a nadie en las islas Falkland, bautizarlas, al menos momentánea y simbólicamente Malvinas, izar la Bandera argentina y regresar a los buques. En cambio, no: los militares se quedaron, hicieron morir en una guerra imposible a casi 700 soldados y terminaron derrotados y humillados.
¿No pasa lo mismo con Botnia? Negro sobre blanco: la planta no será relocalizada y en cambio estará funcionando a régimen industrial dentro de 100 días. Llueve o truene, ése es ya un hecho incontrastable.
Hay muchas reclamaciones razonables que podrían efectivizarse en la vida real si la Argentina tuviese la sabiduría de retornar al mundo de lo posible, pero ésa es una galaxia bastante ajena al modo nacional de existencia. Ese modo, en cambio, nos emociona y conmueve hasta las profundidades: ¿acaso no queríamos convertir el Sheraton en hospital de niños, allá por los (hoy remotos) tempranos 70?
Lo necio tiene prestigio. Y no es un invento argentino, como pude ratificar esta semana tras el estreno de la nueva versión de Enemigo del pueblo, la obra del noruego Henryk Ibsen resignificada por la inteligente puesta de Sergio Renán. En ella, dos hermanos chocan con estentórea beligerancia bíblica.
¿Es acaso el siniestro intendente del pueblo, Pedro Stock-mann, un sanguinario Caín y el afable médico de familias Tomás Stockmann un apacible Abel? Ese Pedro, que compone con dureza soberbia y entrañable Alberto Segado, impone un camino crítico truculento: el pueblo que gobierna será engañado y seguirá ignorando que yace junto a las aguas venenosas de una playa contaminada. Generoso y puro, de una pureza exasperante, Tomás, compuesto por Luis Brandoni con una contundente, densa y admirable autoridad escénica, ha sido pensado por Ibsen como un casi necio: será todo o nada, no concebirá ninguna salida que signifique aliviar el choque de los planetas.
¿Qué pasaría por cabezas y corazones de los espectadores del San Martín que en todo momento alucinaban con que el pueblito envenenado de Ibsen equivaldría a la levantisca e irredenta Gualeguay-chú argentina? Seguro que muchos fantasearon con la supuesta “actualidad” de la obra, su exaltación de las épicas embriagantes, ésas que excitan con sublime imbecilidad la supuesta ventaja de exigir lo imposible como síntoma de verdadero realismo.
Aquí amamos esas exhalaciones de coraje civil, pero solemos trocar lo realizable por la gloria retórica de la perfección imposible. Días atrás, por ejemplo, anduvo conferenciando por Buenos Aires una abnegada dirigente de los derechos humanos de Sudáfrica, a la que algún medio criollo la definió como figura prominente de una supuesta “Conadep sudafricana”.
Pero como además de amantes de los martirologios retóricos tenemos debilidad incontenible por adorar lo que viene de afuera, pese a que pueda llegar a ser subalterno con lo propio nuestro, nadie salió a puntualizar, a 20 años de la Semana Santa de 1987, que en la Argentina, a diferencia de la Sudáfrica destrozada por décadas de apartheid, sí hubo juicios, sí hubo condenas y sí hubo ejecución de esas sentencias, mientras que el país de Mandela prefirió sólo armar una comisión catártica, de “verdad y reconciliación”, nada más.
Asesinos, torturadores y carceleros que así lo quisieron, admitieron haber participado del régimen racista, pero Mandela no juzgó ni condenó a nadie. Allí, nadie salió a pedir por las calles juicio y castigo a todos los culpables.
No digo que el modelo de Sudáfrica haya sido mejor que lo que hizo la Argentina. Creo que, al revés, aquella Argentina de los 80 le dio una lección al mundo. Lástima que la mayoría de nosotros nunca apreció aquellos juicios. Se los vivió como “muy poco” y, como suele suceder, porque se percibía que era sórdido admitir que nunca la historia produce absolutos duraderos, lo verdaderamente transformador, en su humana limitación, era aceptar que una medida de alcances restrictivos, pero dura e importante, se convirtió en bisagra histórica.
Como en el pueblo noruego donde Ibsen crea la historia de dos hermanos que se odiaban y cómo uno de ellos era el mal y el otro era el bien, las simplificaciones tan obscenas desnudan una debilidad calamitosa.
Son débiles formulaciones porque parecen mesas de arena donde ejércitos virtuales libran guerras fantasmales, unos como encarnación de la excelsitud, otros como símbolo de la maldad más horrible.
Pero no es así. Botnia ya está. Pedir todavía que la saquen para recién entonces negociar es una soberbia tontería. La Argentina debe hacer cesar su absurda (y hace ya tiempo) obsoleta clausura de la frontera con Uruguay.
No soy, sin embargo, optimista en el corto y mediano plazo: en este país suscitan una formidable sensualidad los fracasos ilustres y las hazañas vacías. Por eso aún se habla admirativamente de Charly García y de Maradona. Como si aquello en lo que han devenido hoy esas atormentadas e irritantes vidas fuese lección, al margen de la música y el fútbol, de algo bueno y recomendable.

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