Sentarse a una mesa de un país de ultramar para dialogar sobre discrepancias de cabotaje es la pura
revelación de un fracaso. No era inevitable que fuera así.
La morisqueta de disgusto que produce una frontera internacional cerrada gracias a una
tolerancia que es deliberada omisión de quien debería haberlo impedido es la más acabada
ratificación de que la Argentina sigue prefiriendo, o al menos tolerando con soterrada complicidad,
la estrategia de los hechos consumados, el apriete, los episodios de fuerza que son presentados
como una razón agónica e inevitable.
Colocarse en las orillas de lo superlativo para no poder retroceder: he aquí la doctrina de
lo trágico que expresa el alma nacional. Primera víctima: lo posible real. Almas bonitas pergeñaron
incluso un sustantivo teóricamente despreciativo: “posibilismo”. Se lo vocaliza con
desdén, aunque no sea otra cosa que reclamar lo que es factible conseguir.
¿O acaso era sensato que un 26 de julio de 1952 jóvenes libertarios de Cuba atacasen el
cuartel Moncada, la fortaleza militar de un régimen pétreo y sangriento? Claro que no lo era. Pero
proclamar que la búsqueda de lo posible es una degradación moral tiene consecuencias y el alma
argentina produce, en consecuencia, espasmos de gigantismo necio, como para acercarse a ese ideal
de perfección idiota.
En 1982, se trataba de desembarcar sin matar a nadie en las islas Falkland, bautizarlas, al
menos momentánea y simbólicamente Malvinas, izar la Bandera argentina y regresar a los buques. En
cambio, no: los militares se quedaron, hicieron morir en una guerra imposible a casi 700 soldados y
terminaron derrotados y humillados.
¿No pasa lo mismo con Botnia? Negro sobre blanco: la planta no será relocalizada y en cambio
estará funcionando a régimen industrial dentro de 100 días. Llueve o truene, ése es ya un hecho
incontrastable.
Hay muchas reclamaciones razonables que podrían efectivizarse en la vida real si la Argentina
tuviese la sabiduría de retornar al mundo de lo posible, pero ésa es una galaxia bastante ajena al
modo nacional de existencia. Ese modo, en cambio, nos emociona y conmueve hasta las profundidades:
¿acaso no queríamos convertir el Sheraton en hospital de niños, allá por los (hoy remotos)
tempranos 70?
Lo necio tiene prestigio. Y no es un invento argentino, como pude ratificar esta semana tras
el estreno de la nueva versión de Enemigo del pueblo, la obra del noruego Henryk Ibsen
resignificada por la inteligente puesta de Sergio Renán. En ella, dos hermanos chocan con
estentórea beligerancia bíblica.
¿Es acaso el siniestro intendente del pueblo, Pedro Stock-mann, un sanguinario Caín y el
afable médico de familias Tomás Stockmann un apacible Abel? Ese Pedro, que compone con dureza
soberbia y entrañable Alberto Segado, impone un camino crítico truculento: el pueblo que gobierna
será engañado y seguirá ignorando que yace junto a las aguas venenosas de una playa contaminada.
Generoso y puro, de una pureza exasperante, Tomás, compuesto por Luis Brandoni con una contundente,
densa y admirable autoridad escénica, ha sido pensado por Ibsen como un casi necio: será todo o
nada, no concebirá ninguna salida que signifique aliviar el choque de los planetas.
¿Qué pasaría por cabezas y corazones de los espectadores del San Martín que en todo momento
alucinaban con que el pueblito envenenado de Ibsen equivaldría a la levantisca e irredenta
Gualeguay-chú argentina? Seguro que muchos fantasearon con la supuesta “actualidad” de
la obra, su exaltación de las épicas embriagantes, ésas que excitan con sublime imbecilidad la
supuesta ventaja de exigir lo imposible como síntoma de verdadero realismo.
Aquí amamos esas exhalaciones de coraje civil, pero solemos trocar lo realizable por la
gloria retórica de la perfección imposible. Días atrás, por ejemplo, anduvo conferenciando por
Buenos Aires una abnegada dirigente de los derechos humanos de Sudáfrica, a la que algún medio
criollo la definió como figura prominente de una supuesta “Conadep sudafricana”.
Pero como además de amantes de los martirologios retóricos tenemos debilidad incontenible por
adorar lo que viene de afuera, pese a que pueda llegar a ser subalterno con lo propio nuestro,
nadie salió a puntualizar, a 20 años de la Semana Santa de 1987, que en la Argentina, a diferencia
de la Sudáfrica destrozada por décadas de apartheid, sí hubo juicios, sí hubo condenas y sí hubo
ejecución de esas sentencias, mientras que el país de Mandela prefirió sólo armar una comisión
catártica, de “verdad y reconciliación”, nada más.
Asesinos, torturadores y carceleros que así lo quisieron, admitieron haber participado del
régimen racista, pero Mandela no juzgó ni condenó a nadie. Allí, nadie salió a pedir por las calles
juicio y castigo a todos los culpables.
No digo que el modelo de Sudáfrica haya sido mejor que lo que hizo la Argentina. Creo que, al
revés, aquella Argentina de los 80 le dio una lección al mundo. Lástima que la mayoría de nosotros
nunca apreció aquellos juicios. Se los vivió como “muy poco” y, como suele suceder,
porque se percibía que era sórdido admitir que nunca la historia produce absolutos duraderos, lo
verdaderamente transformador, en su humana limitación, era aceptar que una medida de alcances
restrictivos, pero dura e importante, se convirtió en bisagra histórica.
Como en el pueblo noruego donde Ibsen crea la historia de dos hermanos que se odiaban y cómo
uno de ellos era el mal y el otro era el bien, las simplificaciones tan obscenas desnudan una
debilidad calamitosa.
Son débiles formulaciones porque parecen mesas de arena donde ejércitos virtuales libran
guerras fantasmales, unos como encarnación de la excelsitud, otros como símbolo de la maldad más
horrible.
Pero no es así. Botnia ya está. Pedir todavía que la saquen para recién entonces negociar es
una soberbia tontería. La Argentina debe hacer cesar su absurda (y hace ya tiempo) obsoleta
clausura de la frontera con Uruguay.
No soy, sin embargo, optimista en el corto y mediano plazo: en este país suscitan una
formidable sensualidad los fracasos ilustres y las hazañas vacías. Por eso aún se habla
admirativamente de Charly García y de Maradona. Como si aquello en lo que han devenido hoy esas
atormentadas e irritantes vidas fuese lección, al margen de la música y el fútbol, de algo bueno y
recomendable.
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