—¿Duró sólo 10 meses como ministro de De la Rúa, ¿subestimó las
dificultades?
—Sí,
subestimé las dificultades. Sobreestimé las expectativas que tendría mi propia
designación como ministro. Pero donde más
me
equivoqué fue en evaluar la calidad de nuestra dirigencia política para enfrentar la
crisis, sobre todo la del radicalismo. La experiencia de 2001, que fue tremendamente
costosa para todos los argentinos y, por supuesto, para mí también, me dejó una enseñanza:
hay una
dirigencia en la Argentina que frente a una crisis prefiere salvar su pellejo o
esconder sus propias responsabilidades, aun a costa de hacer sufrir a la gente mucho más de lo que
sería necesario que sufriera.
Ese defecto es más grande en los radicales que en los peronistas.
—Esa es una explicación ingenua.
—Sí,
puede ser que haya sido ingenuo. Había idealizado demasiado a la dirigencia
argentina, pero a nivel de los gobernadores, del peronismo y a algunos radicales, hasta el mes de
agosto de 2001, se observaba responsabilidad y coraje para enfrentar la crisis con unidad, tratando
de minimizar los perjuicios para la gente. Pero a partir de la campaña electoral de ese año, y
sobre todo después de la elección de octubre de 2001, la actitud fue... “bueno, si se va todo
al diablo y se incendia la nación, vamos a disimular los incendios provinciales”.
Lo más notable fue la actitud de radicales como (Raúl) Alfonsín o (Leopoldo) Moreau y otros
que en lugar de apuntalar a su gobierno prefirieron provocar su caída, a sabiendas de que
lo que vendría después le impondría al país, a los trabajadores, a los jubilados, un costo muy
superior al que se demandaba para reequilibrar la situación en 2001.
—Ingenuo en un sentido más técnico: Jorge Brito, el domingo pasado en
Perfil,
dijo: “El Cavallo de 2001 no era el mismo de antes, se había quedado en el tiempo: no
eran los 90 donde la deuda estaba en un grupo de bancos, él confiaba que con William Rhoders y un
grupo de 10 banqueros internacionales iba a salir adelante”. ¿No se dio cuenta de que el
mundo era otro?
—No, no era otro. La actitud de los Estados Unidos, del mundo y del propio FMI con
respecto a Brasil, a Uruguay, a Turquía fue la misma que había sido en los 90.
La nueva teoría de ultraconservadores de los EE.UU. que frente a una crisis lo mejor era
dejar que un país entre en default, toque fondo y se produzca una catástrofe, así el
propio país endeudado y sus acreedores aprendían la lección, esa receta, nos la aplicaron sólo a la
Argentina.
Pero no porque actuaran con maldad deliberada sino porque la dirigencia argentina no
fue
capaz de mostrar suficiente unidad. La mejor prueba está en el reportaje donde
Lavagna presenta como una gran cosa que en mayo de 2002 fue a ver a Horst Köhler y retiró el pedido
de crédito que yo había hecho en 2001. Era un crédito acordado y la Argentina tenía derecho a
reembolsos pendientes por algo así como US$ 14.000 millones de los cuales US$ 1.290 millones
tendrían que haber venido en noviembre, y al no mandarlos agudizaron la crisis en noviembre. La
Argentina tenía aprobados y pendiente de desembolso más de US$ 13.000 millones: en vez de unirnos
para pedir ese dinero y enfrentar una reestructuración de deuda que hubiese atraído al 100 % de los
acreedores con una genuina baja del costo de intereses, no sólo dejamos de usar esos recursos, sino
que después hicimos el gesto tonto de retirar el pedido del crédito, y, peor aún, de pagarle
anticipadamente al Fondo todos los recursos que nos había dado, con lo cual nos vimos obligados a
estafar a todos los que habían invertido en la Argentina, desde los bonistas italianos hasta los
argentinos y los ahorristas, que no tenían por qué sufrir las pérdidas que sufrieron a partir de
enero del 2002.
—¿El 11 de septiembre no le indicaba que algo había cambiado?
—
Desde el 11 de septiembre de 2001, hasta que nosotros caímos, fue muy difícil conseguir la
atención de George Bush y de Paul O’Neill, como antes habíamos conseguido la
atención de Clinton, de (los ex secretarios del Tesoro de EE.UU.) Robert Rubin o Larry Summers en
momentos críticos. Eso fue diferente, pero los países que se manejaron con inteligencia, Turquía
antes que nosotros en 2001, Brasil inmediatamente después que nosotros porque en el primer semestre
de 2002 Brasil estuvo al borde del colapso y si Lula después de ganar no hubiese tenido la
inteligencia que tuvo para manejar la situación de una manera opuesta a la de Duhalde tampoco
hubiese recibido el apoyo que recibió; y Uruguay también recibió apoyo que podría haber recibido
Argentina; si la dirigencia argentina, en lugar de desunirse y provocar una crisis política como la
de fines de 2001 y principios del 2002 y desarticular todas las reglas del juego de la
economía…
—Hace dos años, en una conferencia Ud. sostuvo que se podría haber mantenido la
convertibilidad más allá de diciembre de 2001 aceptando que todos los que desearan cambiar sus
pesos por dólares lo hicieran porque las reservas permitían cubrir el circulante en billetes, y
cubrir los déficits públicos emitiendo Lecops, o sea contar con dos monedas, una convertible: el
peso, y otra que se devaluara, los Lecop.
—Los déficits que se podían financiar con Lecop eran residuales en la medida que
avanzábamos hacía el déficit cero que era perfectamente factible alcanzarlo en el año 2002 porque
ya se habían producido muchas reducciones de gastos y además se iban a conseguir US$ 6.000 millones
en reducción de intereses. Quedaba algún déficit residual, sobre todo por la baja recaudación por
recesión. Ese déficit acotado se financiaría con Lecop y en la negociación que con el FMI habíamos
previsto la emisión de Lecop para pagar gastos de las provincias. Los Lecop sí se desvalorizarían
respecto al peso o al dólar, y hubiesen significado una baja en los salarios de los empleados
públicos y de quienes cobrarían con Lecop, pero no una baja generalizada de los salarios.
—Pero Ud. también explicó en esa conferencia que las empresas privadas y sus empleados
debían pactar qué parte de los sueldos se pagarían en pesos convertibles y qué parte en
Lecop.
—En una negociación voluntaria cada empresa podría haber dicho: “tengo capacidad
para pagar tanto en pesos y tanto en Lecop”. Lo del Lecop, al que Rodríguez Saá luego llamó
“el argentino”, pudo haber sido una forma transitoria de introducir cierta flexibilidad
en el valor de una moneda marginal hasta tanto la gente se convenciera de que teníamos déficit cero
y estuviera reestructurada la deuda con su reducción de intereses y también cambiaran las
circunstancias internacionales. Yo esperaba que la fuerte apreciación del dólar, que se había dado
durante todo 2000 y 2001, en algún momento iba a llegar a su fin. Y de hecho ya en marzo, abril, el
dólar igualó al euro.
—Aun asumiendo que este sistema bimonetario transitorio funcionase, ¿no hubiera sido
lo peor de los dos mundos: la dolarización y otra moneda totalmente depreciada?
—Peor que lo que pasó no hubiera pasado, suponiendo que todos los pesos se hubiesen
convertido a dólares, hubiese funcionado el dólar y el Lecop, o el argentino, y no se hubieran
violado todos los contratos. Además, la razón por la cual el peso luego de la pesificación se
desvalorizó tremendamente, saltó el valor del dólar de 1 a 4, fue que la gente se encontró que, de
repente, en lugar de tener dólares, cien mil millones de dólares, tenía cien mil millones de pesos.
Desesperada y con todo ese stock de pesos quisieron convertirlos a dólar.
—¿Pero la capacidad de compra de los salarios igual se hubiera reducido por la parte
que se cobrara en Lecop?
—Sí, pero el Lecop se hubiese desvalorizado 20% como cualquier moneda que busca su
equilibrio. Lo que pasó con el peso fue mucho peor. Eso no hubiera ocurrido si la gente hubiese
continuado con los dineros que tenía en el banco, aun cuando sólo los pudiera disponer para
transferencias bancarias y firmar cheques, pero aun en ese caso los seguía teniendo en dólares.
La desesperación de la gente vino cuando le dijeron que todos los dólares que tenía
depositados en el sistema bancario no eran dólares, sino pesos, y que no iban a valer
nada.
—En esa conferencia dijo que esperaba levantar el corralito el 15 de febrero de 2002,
cuando imaginaba tener concluido el segundo tramo de la renegociación de la deuda. Al ver que en
noviembre de 2001, un mes después de la caída de las Torres Gemelas, que Anne Krueger presentó en
el FMI un proyecto de quiebra de países, ¿no se dio cuenta de que el FMI le había soltado la mano a
la Argentina y no había solución ni con los Lecop, ni con nada?
—
Anne Kruger presentó ese proyecto el 23 de noviembre.
Fue muy imprudente porque dijo que un país que entraba en ese proceso tenía que poner
controles de cambio, y nos obligó a nosotros a ponerlos: el corralito es el control de
cambio cuando el dinero bancario dentro del país es moneda extranjera. Si se deja que el dinero se
vaya en efectivo, es igual a sacarlo del país.
El corralito fue ineludible porque esta mujer dispuso que para resolver los
problemas de deuda con apoyo del FMI los países tenían que poner controles de cambio.
Nosotros hicimos lo inevitable pero eso no significa que había que decretar la pesificación
y la confiscación de los depósitos como se hizo luego una vez que Duhalde tomó el poder.
En todo caso,
lo que se podría haber hecho, incluso después de voltear al gobierno de (Fernando) de la
Rúa y de sacarme a mí del Ministerio, era haberle cambiado el nombre a los Lecop, como
quería hacer Rodríguez Saá,
buscar alguna solución transitoria, pero sin quebrar toda la base contractual de
la economía y sobre todo defraudar a todos los ahorristas argentinos.
—El FMI cobró su deuda sin quita, ¿para que eso sucediera el resto de los acreedores
tenía que sufrir una gran quita?
—No creo que el Fondo haya buscado eso. Lo que
querían era que nosotros entráramos en default y sufriéramos las consecuencias de
habernos endeudado mucho y los acreedores sufrieran quitas por razones ideológicas. Los
ultraconservadores dicen que no debe haber prestamistas de última instancia, ni en los países, ni a
escala mundial, porque si hay un prestamista de última instancia se produce lo que llaman un riesgo
moral porque los países se endeudan demasiado, los prestamistas prestan porque después viene
alguien y les saca las papas del fuego. Esa filosofía existía antes de la crisis del año ’30
dentro de los países: cuando había una corrida bancaria no había quien asistiera al banco, y así
los bancos quebraban. Pero en el ’30 quebraron tantos bancos que se paralizó la economía y
nacieron los bancos centrales como prestamistas de última instancia. A nivel internacional, se creó
el FMI para que interviniera en momentos de crisis de pagos de los países. En casi todos los países
el FMI actuó como prestamista de última instancia: en México, en Asia y, después que nosotros
caímos, también de Uruguay y de Brasil. Sólo en el caso de la Argentina decidió no actuar.
—Lacan reflexiona sobre la pedagogía del castigo en
En el nombre del padre. Pero, ¿realmente usted cree que la Argentina fue castigada por los
conservadores para dar una “lección” a nivel mundial?
—
Un país que tiene que reestructurar su deuda también sufre castigos, porque la
reestructuración de deuda no es fácil. Pero una cosa es hacerla de manera ordenada, con ciertos
apoyos para no tener que provocar desajustes tan grandes y otra de la forma que fue hecha en la
Argentina. Fue un castigo mucho mayor al necesario. El pensamiento ultraconservador siempre
existió. Uno tiene que manejarse sabiendo que dentro del FMI hay gente que piensa así y gente que
piensa diferente. Hasta unos meses antes había estado Stanley Fischer, que nos había apoyado. El
pensamiento de Anne Krueger yo lo conocía, pero no era ella la que tomaba las decisiones en el
Fondo, ni siquiera Köhler (su director gerente). El que tomaba las decisiones, normalmente, era el
Tesoro de EE.UU. Lo que ocurre es que a nosotros nos tocó el 11 de septiembre, que sacó a Paul
O’Neill y a Bush de nuestro escenario.
—¿No hubiera sido razonable abandonar la Convertibilidad en 1996 luego de superar la
crisis del Tequila y cuando se iniciaba el nuevo ciclo de altos precios de los commodities que
duraría hasta 1998?
—Sí, pero
no abandonar la convertibilidad sino el tipo de cambio fijo. Eso habría que
haberlo hecho en 1997 porque no había ningún indicio de que la Argentina estuviera en crisis, había
una fuerte entrada de capitales porque los que se iban de Asia venían a la Argentina. La prima de
riesgo de la Argentina en 1997 se ubicó por debajo de la de Brasil, por debajo de la de México, y
había una gran afluencia de capitales. Ahora, haber dejado el tipo de cambio fijo hubiese
significado en ese momento dejar apreciar el peso, o sea, ahí no hubiera habido una devaluación,
todo lo contrario, el peso se hubiese apreciado, como en este momento se apreciaría el fenminbi o
el yuan en China si lo dejaran flotar libremente.
—Si usted hubiera sido ministro de Menem en algún momento del segundo lustro de los
años ’90 ¿Hubiese salido del cambio fijo?
—Por supuesto. Yo en 1997 en vez de proponer la dolarización, como propusieron Pedro
Pou y Roque Fernández, hubiese avanzado hacía la convertibilidad flotante. El Banco Central podría
haber dejado de comprar dólares cuando entraban tantos dólares en 1997, la flotación hubiese
significado que el peso se fortalecía y la gente iba a decir: “¿Por qué tengo dólares
depositados?”. Iba a querer tener pesos en los bancos y se hubiese producido una genuina
pesificación. Los bancos, al tener pesos y no dólares, hubieran salido a prestar pesos y no
dólares. Yo siempre dije que el peso argentino iba a dejar el tipo de cambio fijo por vía de la
apreciación, y daba siempre el ejemplo de Singapur. Y cuando viniera un shock externo que demandara
una devaluación, por ejemplo la crisis rusa de 1998 o sobre todo la crisis brasileña de 1999, por
supuesto que el peso en ese momento se hubiese devaluado, pero nadie lo hubiera visto como una
crisis monetaria, porque en ese momento ya la gente estaba acostumbrada a pensar en pesos, tenía
sus ahorros y sus préstamos mayoritariamente en pesos y hubiese sido una fluctuación como cuando
fluctuó el peso chileno o cuando fluctúa hoy día el real.
—¿Los argentinos prefiriendo el peso en lugar del dólar? Reitera Ud. la ingenuidad
acerca de la refinanciación de la deuda.
—No, en absoluto. Porque cuando yo digo que, en 1997, de haber abandonado el tipo de
cambio la gente hubiera preferido el peso al dólar, es porque el peso se hubiese apreciado. El
éxito de un régimen de convertibilidad pasa porque la gente se dé cuenta de que el peso es una muy
buena moneda.
—Pero en 1998 habría ocurrido lo opuesto.
—Pero eso pasa en todos los países. Si usted no tiene dólares dentro de la Argentina lo
mismo la moneda se va a devaluar. La única forma de que un país pueda mantener baja la inflación es
que tenga una moneda creíble y que se hagan contratos con esa moneda. Si el contrato en esa moneda
es obligatorio y hay expectativa de que en esa moneda se devalúe, los contratos se van hacer sólo
si hay indexación. Si usted después empieza a distorsionar los índices, como están haciendo ahora,
directamente no se van a poder hacer contratos de mediano y largo plazo porque no están permitidos
en moneda extranjera y en la moneda argentina nadie confía.
—Después de las devaluaciones en Asia y la pérdida de valor de las monedas europeas
sobre el dólar, al devaluar Brasil en enero de 1999 y siendo Brasil un tercio de todo el comercio
exterior argentino, ¿no resultaba evidente que la Argentina no podía mantener el 1 a 1 con
dólar?
—No podían mantener el 1 a 1 si no se hacía nada. Había que hacer lo que yo intenté
hacer después, pero un poco tardíamente, en 2001. Había que poner énfasis en la reducción de
costos, avanzar muy rápidamente en eliminar los impuestos al Trabajo, y otra serie de cosas.
—De una u otra forma había que devaluar, porque la economía no tenía
competitividad.
—Bueno, tenía que devaluarse en términos de salarios, en términos de determinados
bienes.
—¿Por qué en el último trimestre de 2001, después del 11 de septiembre y luego lo de
Anne Krueger, no devaluó ordenadamente? ¿No hubiera sido mejor que el corralito?
—Es que la devaluación agravaba el problema
.
Una devaluación ordenada cuando se estaban escapando los dólares del sistema bancario no
hubiera resuelto para nada el problema.
—No era inevitable?
—Cuando uno mantiene el corralito y mantiene el valor de los depósitos en dólares...
Qué hacer con el valor del peso podía tomar un tiempo para decidirlo, pero con los depósitos en
dólares dentro del sistema bancario argentino.
Lo que yo nunca hubiera hecho era la
pesificación. Teníamos que reestructurar la deuda, eso sí era inevitable, el
asunto era si la reestructurábamos de manera ordenada, como intentamos hacerlo y se frustró por el
golpe institucional de 19 y 20 de diciembre de 2001, o si se iba a una reestructuración
absolutamente desordenada, como la de 2002.
—Ud. se concentra en las finanzas públicas, pero la recesión hacía a las empresas
inviables: no podían pagar ni sus sueldos ni sus deudas con los bancos.
—Sí, pero resolvieron el problema con la devaluación a costa de una transferencia de
riqueza. En la economía hay que tratar de que la gente gane, pero no sacándole del bolsillo a uno
para dárselo a otro. Las empresas endeudadas había que resolverlas reestructurando sus pasivos, y
reduciendo su costo laboral en dólares.
—¿Y qué cree que respondían los bancos y los sindicatos a esos pedidos?
—Era cuestión de esperar unos 4 o 5 meses y, como pasó, después el dólar se devaluaría
frente al euro, los precios internacionales empezaron a subir, las circunstancias cambiaban.
—Respecto de que las empresas no quiebren por sus pasivos en dólares: ¿hubo puntos de
contacto entre la nacionalización de la deuda privada que usted dispuso como presidente del Banco
Central en 1982, después de cinco años de dólar barato por la “tablita” de Martínez de
Hoz, con la pesificación de las deudas que dispuso Duhalde también después de varios años de dólar
barato y otra gran devaluación?
—No hay ningún punto de contacto porque yo no dispuse ninguna estatización de deudas
privadas. Eso es una
burda mentira que empezaron a repetir los radicales de la Coordinadora cuando yo
le había entregado a Alfonsín mi libro
Volver a crecer, y se asustaron. En 1982, a las empresas yo les ofrecí un seguro de cambio
indexado por precio mayorista, que si los acreedores les alargaban las deudas en dólares podían
comprar un seguro de cambio, pero que no era a un tipo de cambio fijo sino indexado y que no le
implicaba costo fiscal al gobierno. Además, era igual para todos, mientras que Duhalde hizo una
asimetría tremebunda. Debo aclarar que en 1982 sí se terminó estatizando la deuda privada, pero lo
hizo el presidente del Banco Central que me sucedió a mí quien primero cambió los seguros de cambio
y en vez de indexarlo por la tasa mayorista lo indexó por la tasa regulada creada especialmente
para licuar los pasivos de quienes se habían endeudando por la (circular) l.050. La circular que
firmó el presidente del Banco Central que me sucedió literalmente la llamó “Estatización de
la deuda privada”, pero eso no tiene nada que ver con lo que yo había planeado los 59 días
que estuve en el Banco Central.
—Pero la solución al problema finalmente fue la misma: empresas endeudadas en dólares
que después de una fuerte devaluación no podían sobrevivir...
—Eso tiene que ver no con el cambio sino con las altas tasas de interés. Cuando hay un
período de tasas de interés muy altas, las empresas adquieren pasivos que no pueden afrontar; lo
mismo le pasa a un país cuando las tasas de interés altas se prolongan mucho tiempo, como pasó en
la Argentina en 2000 y 2001, sobre todo en las provincias.
—Si usted hubiera sido ministro de Menem en 1997 y se hubiese salido del cambio fijo,
¿no se habría desembocado en lo mismo?
—Pero salir del cambio fijo en 1997 significaba, por ejemplo, que las provincias no se
pudieran endeudar con el sistema bancario como se endeudaron. Al no salir del cambio fijo, entraron
tantos dólares que los bancos estaban muy líquidos, y ante la competencia entre (Carlos) Menem y
Duhalde por la Presidencia los gobernadores recibieron el guiño del gobierno nacional para pedirles
prestado a los bancos. Y los bancos con tanta liquidez le prestaron. Ahí, entre 1997 y 1999, se
armó la bomba de tiempo que no era la deuda total de la Argentina sino la deuda de las provincias
con el sistema bancario argentino.
—Si en lugar de De la Rúa, Menem hubiera sido presidente en 2001, ¿Ud., como ministro,
hubiese logrado salir del corralito el 15 de febrero, completar la reconversión de la deuda y la
situación económica no hubiera explotado?
—Sí, excepto que
yo nunca hubiera sido ministro de Menem, porque nuestra relación estaba totalmente
resentida.
Menem hubiera dado
respaldo a cualquiera que fuera ministro para hacer lo necesario y evitar la
crisis.
Además hubiera sido capaz de disciplinar a su
partido porque un peronista nunca tira abajo a los presidentes de su propio
partido, el pobre De la Rúa era presidente de una alianza donde primero le renunció el
vicepresidente y después su propio partido le movió el piso.
—Chacho Álvarez fue promotor de su ingreso al gobierno aliancista aun como
vicepresidente de la Nación, cuando sostenía que el único que podía sacarnos de la convertibilidad
sin crisis era el que la había inventado. ¿Sigue hablando con Álvarez?
—Lo veo. Ambos pertenecemos a un foro iberoamericano donde nos encontramos con
frecuencia. Pero no sólo Álvarez, muchísima gente quería que yo entrara a ser ministro de Economía.
Dentro de la Alianza y fuera de ella: Duhalde y (Carlos) Ruckauf prácticamente me pidieron que lo
ayudara a De La Rúa. No era una cuestión de Chacho Álvarez, él sólo interpretaba lo que mucha gente
pensaba. Yo también pensaba y creía que iba a ser capaz de conducir el proceso de una manera
ordenada.
—¿Sigue pensando que Duhalde fue la cabeza de un golpe de Estado
institucional?
—No, para mí
la cabeza del golpe fueron los propios radicales, Alfonsín, Moreau y ese tipo de
radicales, pero obviamente que
el gran
beneficiario fue Duhalde. Y cuando a Duhalde los propios radicales le vienen a
ofrecer el poder, obviamente se engolosinó. A Duhalde le venían haciendo la corte y trataban de
convencerlo para que tomara la manija todos los que estaban fuertemente endeudados, que querían la
pesificación y la devaluación.
—¿Su esposa Sonia le pidió que no aceptase ser ministro de De la Rúa y se reservase
para 2003?
—No, mi esposa siempre me apoyó. En realidad, alguna gente que estaba conmigo en
política me decía que debía esperar y acceder por el voto popular. Pero a mí me pareció muy
egoísta. Yo
sentía que el país me necesitaba en 2001. Ahora, que yo pueda haberme equivocado
respecto a mi capacidad para enfrentar esa crisis, lo concedo perfectamente.
—
¿La caída de la Convertibilidad en manos de un tercero igual hubiera herido de muerte sus
posibilidades electorales?
—No sé. No quiero hacer especulaciones sobre ese tema.
—¿Se arrepiente de haber aceptado ser ministro de De la Rúa?
—No,
no me arrepiento. Sí considero que no hubiese perdido tanto pero yo siento que
cumplí con lo que era mi deber. Hay veces en que las cosas salen bien y otras no.
—¿Realmente cree que Kirchner llevará al país al “barro estag-flacionario”
o Lavagna “a la hoguera de la hiperinflación” como escribió en cavallo.com?
—Sí. Ojalá que no, ojalá que finalmente entiendan bien los signos de la realidad y
cambien las prescripciones que pregonan.
Hay más
posibilidades de que las cambie Kirchner a que las cambie Lavagna,
porque veo a Lavagna ideológicamente equivocado. Cuando una persona está
ideológicamente equivocada puede cometer los errores de los dogmáticos, mientras que Kirchner es un
hombre pragmático. Tiene más probabilidades de darse cuenta de los errores Kirchner, pero se está
enredando de una manera que le va a ser muy difícil evitar una estagflación cuando tenga que
permitir todos los reajustes de la inflación reprimida. Para evitar que ella se espiralice tendrá
que aplicar un parate monetario tan fuerte que va a provocar recesión. Si se diera cuenta y
empezara a corregir los problemas de una manera gradual, debería dejar de predicar tanto el dólar
alto de Lavagna y predicar la estabilidad de los precios, el mejoramiento de los empleos, los
salarios y las condiciones de vida de la gente.
—¿Dónde se inspira para esas metáforas: “barro”, “hoguera” o
que Lavagna en lugar de Kirchner “es como salir de la sartén para caer en el
fuego”?
—Son cosas del lenguaje cotidiano de la gente. Por ahí puede ser que utilice algunas
expresiones que suenen demasiado exageradas.
—¿No cree que esas exageraciones retóricas son un reflejo de su exageración en la
vida?
—Eso hay que preguntárselo a algún psicólogo. Cuando uno escribe, y no para un público
técnico sino para la gente, tiene que hacerlo de manera que produzca algún impacto.
—Acusa a Lavagna de dogmático pero esa acusación le cabe también a Ud...
—¡No! Por favor. Primero, yo
no creo que ni en economía ni en organizaciones sociales haya verdades absolutas,
y mucho menos que las verdades absolutas sean respecto a si el cambio tiene que ser alto, fijo,
bajo o flotante. Esos son aspectos puramente instrumentales que dependen de circunstancias
. En lo que yo tengo ideas muy fijas es en que una economía debe tener reglas. La
gran diferencia entre la economía actual y la de los 90, con todas sus imperfecciones, fue que uno
sabía a qué atenerse y cuáles eran las reglas.
Hoy no hay reglas. Justamente en el tema inflacionario, desde la pesificación no
hay reglas monetarias: la Argentina no tiene moneda de valor estable. Y si no tiene esa regla, la
puja distributiva se transforma en salvaje, que da como resultado una aceleración de la inflación.
A mí me pueden decir que soy dogmático sólo en cuanto a que las instituciones económicas. son
importantísimas.
—¿Estamos viviendo en un sistema de cambio fijo de 3 a1 con el dólar?
—Sí, pero
en un cambio fijo que no consigue los beneficios del cambio fijo: la no inflación.
Pero si tiene cambio fijo, pero además pre anuncia que cuando haya inflación va a devaluar para que
el tipo de cambio real aparezca constante, está pre anunciando que habrá espiralización de la
inflación. Fijar un tipo de cambio no significa que la inflación desaparezca instantáneamente. La
inflación recién desaparece cuando se reequilibran todos los precios relativos. Si fijaran el tipo
de cambio 3 a 1, tendrían que dejar libertad para que los precios y salarios se acomoden al 3 a 1.
Ese período sería con inflación pero se iría atenuando con el tiempo y luego habría inflación igual
que la internacional, o muy baja. Siendo que hay toda una inercia inflacionaria derivada de la
propia devaluación, pre anunciar que cuando esa inflación se traslade a los índices van a devaluar
de nuevo, espiralizan la inflación: es el gran error que tiene esta teoría del dólar real alto como
pivote de lo que llaman el modelo productivo. A ese dogmatismo yo le tengo miedo. Si Lavagna fuera
dogmático en temas institucionales del tipo: “acá necesitamos un capitalismo con reglas y no
con discrecionalidad”, o cuando dice “no es bueno el capitalismo de
amigos…”. ¿Pero el capitalismo que él comandó, no era capitalismo de amigos?
—Pero Ud. sabe que no necesitan trasladar la inflación al precio del dólar porque en
los cuatro años de Kirchner el dólar se devaluó frente a la mayoría de monedas del mundo alrededor
de 30% (ver contratapa). Manteniendo el 3 a 1, igual el peso sigue fuerte sin devaluar sobre el
dólar.
—Absolutamente cierto. Es más, yo creo que en la Argentina si anunciaran un regla
monetaria con dólar flotante y eliminaran impuestos extorsivos, el peso se apreciará. Nosotros
devaluamos respecto de todas las otras monedas al tener un tipo de cambio fijo con el dólar.
—Berlusconi atribuye la crisis económica de Italia a la virtual convertibilidad del
euro.
—La falta de productividad de Italia se la crea el gasto público desordenado de Italia,
la falta de desregulación y las muchas ineficiencias que nos las corrigen al mismo tiempo que
Alemania, Irlanda, Inglaterra.
—
The Economist sostiene que Italia es el único país latinoamericano de Europa. ¿Puede un
país indisciplinado ajustarse a las reglas de una convertibilidad?
—Los países que no son disciplinados obviamente no soportan las disciplinas. La
convertibilidad y la disciplina monetaria en general son una disciplina, si uno es
indisciplinado...
—Los psicólogos explican que para curar a un chico indisciplinado no se le pueden
imponer reglas estrictas toda juntas sino gradualmente, porque si no, estalla. ¿No le pasó eso a la
Argentina?
—¿Cuál es la alternativa? ¿A alguien que es indisciplinado, si uno le afloja en algunas
cosas, lo va a curar más? Mientras no estaba en el euro, Italia tenía tasas de interés del 14%, la
lira se devaluaba permanentemente y tenía inflación mucho más alta. En realidad, se disciplinó
bastante y tuvo muchos beneficios por entrar al euro porque le bajaron los costos financieros. Pasó
a tener tasas de interés alemanas.
—
Pero si Ud. escuchara a los italianos quejarse vería que critican lo mismo que los
argentinos de su gestión económica.
—Entonces ¿qué van a hacer? ¿Volver a tener la lira? Estoy de acuerdo con que Italia
tiene problemas de competitividad, pero sería necio para ellos salir del euro.
—Italia no puede considerar esa opción, ¿pero la Argentina no debió haber salido
gradualmente y a tiempo del chaleco de fuerza?
—La Argentina no podía salir gradualmente de la inflación, se había intentado miles de
veces y no había tenido éxito, había que hacer un tratamiento de shock para salir de la inflación.
Que después la disciplina, a través del tipo de cambio, fue demasiado fuerte dada las
circunstancias internacionales, estoy de acuerdo. Pero si uno abandona la disciplina del tipo de
cambio, tiene que poner otro tipo de disciplina, la disciplina monetaria.
—Nuevamente el dogmatismo del que se queja. Yo le hablo de cuestiones de grado de
disciplina.
—Pero si uno tiene tendencia a engordar, una experiencia personal, y dice: “Me
doy ciertas libertades y no voy a engordar tanto como si me pongo en una dieta estricta”,
¿funciona? Para adelgazar hay que ponerse en una dieta estricta y después, para no engordar, hay
que seguir con la dieta estricta. Cuando uno afloja recupera todos los kilos y termina siendo más
gordo que antes de haber hecho la dieta.
—¿No le pasó eso a la Argentina y terminó peor que en 1989?
—Eso que terminó peor que el ’89 no estoy en absoluto de acuerdo. La Argentina de
1989 estaba atrasada en todo sentido, se comparaba a la Europa de 40 años atrás, mientras que la
Argentina de 2002 tuvo una crisis tremebunda porque hubo obviamente una caída desde 1998 hasta 2002
del 25%, pero la capacidad productiva estaba absolutamente intacta, y además se habían modernizado
los niveles de productividad y eficiencia en casi todas las actividades, se multiplicaron por tres
comparado con la década de los ’80.
—Dejemos el pasado, ¿vivimos hoy una etapa similar a la de 1890-1920 cuando Europa y
EE.UU. sumaron al consumo de alimentos a sus clases bajas y se produjo un boom de los precios de
alimentos como ahora generan China e India?
—Sí, el proceso que se está dando en el mundo es bastante parecido al de antes de la
Primera Guerra Mundial, pero en ese momento hubo cambios tecnológicos que aceleraron el proceso,
como hoy.
—¿No considera a la informática un cambio tecnológico?
—A fines del siglo XIX el cambio tecnológico abarató los costos de transporte, ahora
más bien los costos de comunicación.
—¿Continuará este ciclo de precios altos que beneficia a la Argentina?
—Muy probablemente sí, pero
no van a continuar aumentando los precios de los commodities como en los últimos tres
años. La sensación de mejoría vino por el aumento de precios y no del nivel de los
precios, porque cuando un precio se mantiene alto, pero no sigue subiendo, aparecen un montón de
oferentes y ahí gana el país que es más eficiente. Si a nuestro sector agropecuario se lo castiga
con impuestos y se lo desalienta en cuanto a las inversiones, podremos aprovechar mucho menos que
otros países que también tienen la misma oportunidad. Nosotros estamos gravando exageradamente a
los sectores en los que habría que hacer inversiones para aprovechar esos precios altos. Una cosa
es cuando el precio de la soja pasa de $ 200 a $ 400 (la tonelada), pero otra cosa es que se
mantenga en $ 400 porque también los costos de producción de soja van aumentando y, además, cuando
un sector recibe un gran beneficio que era inesperado, todo el mundo empieza a tratar de
coparticipar en esos beneficios y se los van eliminando: puede ocurrir que dejen al sector sin
capacidad de inversión.
—Pero el viento favorable para la Argentina se mantendrá.
—Muy probablemente sí. Más tiempo que otras veces.
—Entonces, ¿por qué vaticina el inminente fracaso de este “modelo
productivo”?
—Lo que yo vaticino es que
va a haber un problema de inflación o la aplicación de una receta monetaria que siempre es
recesiva, sobre todo cuando hay mucha inflación reprimida y se decide curarla. Aun con
viento de cola internacional, se está gestando un problema inflacionario aquí, dentro de la
Argentina.
—¿Cómo evalúa la marcha del gasto público?
—Es preocupante.
Hace tres años que vengo diciendo que el aumento del gasto público bien medido es
enorme. Porque el gasto público no hay que medirlo por la caja, sino por lo devengado, por
el compromiso que se va asumiendo. Cada decisión que el Gobierno toma compromete gastos muy
elevados por un período largo de tiempo. Por ejemplo, lo que están haciendo con el sistema
jubilatorio, también por el incumplimiento de la movilidad a que obliga la Ley de Solidaridad
Previsional: argumentan que no hay movilidad y la ley dice que cuando aumentan los recursos del
sistema de previsión social tienen que dar aumentos en las jubilaciones, los recursos han estado
aumentado, y a la gente que ganaba mil pesos le han aumentado mucho menos. O los subsidios para
mantener bajas las tarifas o el déficit que van a tener los fondos fiduciarios con los que piensan
financiar la infraestructura que dejó de construir el sector privado. Tomemos un gasoducto: lo
contrata un fondo fiduciario, dicen que lo van financiar con tasas que les van a cobrar a los
usuarios, pero no a todos sino a los grandes consumidores; como esas tasas terminan con un costo
del gas para los grandes consumidores al doble del precio que tenían en la época de la
convertibilidad, la Unión Industrial reclama, entonces le bajan la carga y la diferencia entre lo
que le va a tener que pagar al que construye el gasoducto y lo que van a recaudar la va asumir el
Estado.
—¿El hecho de que la recaudación del Estado crece mes a mes no resulta una red para el
aumento del gasto público?
—Lo que primero preguntaría es si el aumento de la recaudación no es simplemente un
reflejo de la inflación: a mí me parece que hay una gran parte del aumento de la recaudación que se
da porque la inflación es más alta de lo que dicen los índices.
—¿Cuál fue para usted la inflación real de 2006?
—Tomaría la recaudación impositiva y le restaría la tasa de crecimiento real de la
economía, ahí tiene la mejor estimación.
—¿O sea?
—Entre 15% y 20%.
—¿Y cuál será la inflación real de 2007?
—
Probablemente sea mayor que en 2006, pero la que va a mostrar con los índices
modificados creo que no aumentará.
—¿Hay riesgos de aceleración inflacionaria en 2008 por el sinceramiento de la tarifas
después de las elecciones?
—Depende de cómo se haga ese sinceramiento de tarifas. Si es con un apretón monetario,
la inflación posiblemente se mantenga igual,
pero el país va a entrar en recesión. Es ahí cuando se va a vivir un fenómeno
stagflacionario,
no sé si en 2008 o tal vez en 2009. El peligro de que haya stagflación es que
enseguida se abandone la política monetaria restrictiva, como el gordo que cuando empieza la dieta
tiene angustia, la abandona y después termina siendo más gordo.
—¿Hay riesgos de aceleramiento inflacionario por un descontrol de las demandas
gremiales?
—Las demandas gremiales van a ser siempre una consecuencia de la inflación real de la
economía, yo no creo que los trabajadores demanden salarios que produzcan un
“rodrigazo”. Los trabajadores demandan por la inflación que ven.
—¿Un poco de inflación ayuda al crecimiento y sólo a partir de un límite produce lo
opuesto?
—La inflación, en general, desmejora el crecimiento. Puede ayudar en un determinado
momento a una reactivación de la economía, pero tiene que ser una especie de inflación correctiva
de un proceso de deflación anterior, pero no una que se descontrola.
—¿Un poco de intervención del Estado en la economía ayuda al crecimiento y sólo a
partir de un límite produce lo opuesto?
—Depende de la intervención del Estado.
El Estado tiene que intervenir para fijar las reglas de juego porque una economía
sin reglas de juego es caótica.
Tiene que haber protección a los derechos de propiedad y haber políticas que la
gente pueda entender y predecir en el futuro.
Los únicos subsidios que se justifican son los subsidios para resolver problemas de extrema
pobreza. Ahora, los subsidios masivos, los que benefician a empresas o a consumidores de
cualquier nivel de ingresos son una forma de gasto público ineficiente y regresivo. La intervención
del Estado discrecional, al ser impredecible, sólo asusta y paraliza las decisiones de inversión,
sobre todo las inversiones de mediano y largo plazo.
—Lavagna, al irse de Economía, denunció la “cartelización” de la obra
pública. También usted cuando se fue del gobierno de Menem denunció “mafias enquistadas en el
poder”. ¿La Argentina está condenada a la corrupción?
—Hay sistemas que facilitan más la corrupción que otros.
Las reglas de juego de los 90 permitían que la corrupción se transparentara y
emergiera. Sin la reforma de los ’90 nadie hubiese entendido las denuncias que yo hice
alrededor de los temas de correos, aeropuertos.
La falta de reglas de juego de hoy es como la corrupción organizada que venía de los 80 y
que continuó durante varios años en los 90, y que yo intenté desmantelar. Parte de ella finalmente
fue desmantelada, lo que a ustedes les costó la vida de José Luis
Cabezas. En una economía como la de hoy nadie la descubre porque no se logra
transparentar, y es caldo de cultivo para que se organicen muchísimas mafias con corrupción. Y no
es que las organice un funcionario o el Gobierno, se organizan aprovechando la oscuridad, la
discrecionalidad y la falta de reglas.
La cartelización de la obra pública que mencionó Lavagna va a ocurrir siempre. Las
privatizaciones tuvieron la virtud de que el que licitaba las obras era un empresario privado que
tenía que encontrar el financiamiento y que se si pagaba más de lo que correspondía por la obra,
perdía él.
—¿El caso Skanska puede ser el equivalente del affaire IBM-Banco Nación, el primer caso
de corrupción donde la Justicia procese a un funcionario de primer nivel?
—La diferencia con el caso IBM-Banco Nación es que aquella investigación la impulsé yo
desde el Ministerio de Economía y conseguí la información de los bancos donde estaba depositado el
dinero.
—
¿Los empresarios argentinos son cortesanos del poder?
—Algunos sí, otros no. Pero depende también de las reglas de juego:
un sistema como el de hoy, donde todo depende de decisiones que toma el Presidente, obliga
a los empresarios a ser cortesanos, pero en una economía en la cual se definen reglas del
juego y el Gobierno no reparte beneficios, los empresarios pueden tomar sus decisiones sin contacto
con el Gobierno.
—¿Ud. discriminó a los empresarios nacionales y benefició a los extranjeros?
—No, en absoluto. Al contrario,
yo trataba de ayudar a los empresarios argentinos, pero no dándoles privilegios. A
mí me hubiese gustado que (Gregorio) Perez Companc o (Carlos) Bulgheroni o alguno del rubro del
petróleo comprara YPF. ¿Por qué no la compraron? Ahora quieren que empresarios argentinos compren
un porcentaje de YPF, para colmo hablan del porcentaje que tenían las provincias. ¿Por qué no
quedaron las provincias con las acciones de YPF si les daban tanto valor? ¿Por qué los empresarios
que hoy dicen que comprarían las acciones de YPF en aquel momento no las compraron si estaban en el
mercado? Muchos empresarios argentinos, quizás razonablemente, dijeron: “Hago clic,
caja” y vendieron sus empresas a extranjeros que les daban un gran valor y, a lo mejor,
después invertían en otras actividades.
—¿Los empresarios argentinos son menos eficientes que los extranjeros?
—No. Con las mismas reglas de juego los empresarios argentinos son tanto o más
eficientes que los extranjeros. Los argentinos han enfrentando tanta inestabilidad en las reglas de
juego. Y es inevitable que en el momento en que las reglas son discrecionales se transformen en
cortesanos.
—¿Fracasaron las AFJP?
—Yo creo que las AFJP
no fracasaron; lo que sí, cobraron comisiones más altas de las que hubiesen tenido que
cobrar. Yo creo que no funcionó bien la competencia entre las AFJP porque si no las
comisiones hubiesen sido menores.
—¿Se cartelizaron?
—No. El sistema no facilitó la competencia entre las AFJP como para verse obligadas a
cobrar menos comisiones, pero si se fija en los rendimientos de los activos teniendo en cuenta
además la pesificación combinada con la devaluación, en términos de los aportes, el rendimiento de
los aportes que la gente hizo fue positivo.
—¿La falta de competencia y precios caros de los servicios que prestaron no fue sólo un
problema de las AFJP, también de las privatizadas?
—Sí, en los rubros donde no había suficiente competencia o donde no había regulación,
pero no en rubros como el gas, la electricidad. En las telecomunicaciones el hecho de que se les
dieran 10 años sin competencia fue para mí un error. Se tendría que haber hecho un período más
corto, o privatizar con competencia desde el vamos. Pero hoy, después de diez años, la competencia
en telefonía celular es grande aunque no telefonía básica.
—¿Su modelo falló por falta de competencia?
—Hubiese sido mejor tener más competencia, pero muchos otros países cometieron mayores
errores en materias de privatizaciones. La competencia es mucho más importante que la propiedad del
capital, es la clave. Quizás lo que podríamos haber hecho era no haber privatizado todo, haber
dejado algunas empresas estatales, luego de dividirlas para que hubiera una competencia entre
empresas estatales y privadas. Entre las AFJP están la del Banco Nación y la del Banco Provincia,
que podrían haberles dado a sus afiliados mejores condiciones. En materia de electricidad, en
algunas provincias siguieron con distribuidoras estatales o gremiales. Pero no se pueden criticar
las privatizaciones sobre la base de que faltó competencia. Salvo la de las telecomunicaciones por
un período de tiempo.
—¿Qué similitudes tiene el dólar alto de la Argentina actual con el de los
‘tigres asiáticos’, como Corea hace algunas décadas?
—Siempre el cambio es inicialmente alto pero después van aumentando los salarios y los
costos. Que signifique pérdida o no de competitividad dependerá de si aumenta o no la
productividad. Tal como está planteado en la Argentina, el tipo de cambio real alto va hacer que
disminuya la productividad porque tratan de alentar inversiones sustitutivas de importaciones
mientras gravan a los sectores de la exportación, lo que llevará a que se desarrollen sectores más
ineficientes y de más baja productividad. Además, cuando un país tiene inflación, todo el sistema
empieza a funcionar muy mal, sobre todo el sistema de precios, que es el que asigna los recursos. Y
las inversiones que se hacen en un país con inflación son inversiones para un recupero muy rápido.
—¿El dólar alto produce inflación?
—La promesa de mantener un dólar siempre alto aunque la realidad exija que baje es lo
que genera la inflación porque es el Gobierno quien preanuncia que va a devaluar permanentemente.
—¿Es psicológico?
—No, no. Si a uno le dicen la inflación que viene va a dar lugar a una devaluación
igual a la inflación, entonces uno tiene que predecir que la inflación se va a mantener
permanentemente en el tiempo o incluso acelerar, y esto hace al sistema totalmente inestable. Si
dijeran vamos fijar el tipo de cambio en $ 3 y vamos a dejar que se ajusten todos los precios que
se tengan que ajustar y no vamos a volver a devaluar, no habría problema.
—Pero Kirchner no dice que va a volver a devaluar; en todo caso lo diría Lavagna,
según usted.
—Por eso Kirchner tiene un criterio más pragmático; Lavagna es el que pregona el modelo
perfecto.
—Pero aun con el pragmatismo que le asigna a Kirchner, Ud. pronostica
stagflación.
—
Todavía se podrían acomodar muchos precios y salarios sin producir recesión pero me parece
que van a seguir con la economía a marcha forzada, conformándose con dibujar los índices
de precios, y cuando tengan que enfrentar el problema van a tener que aplicar el torniquete
monetario con tanta fuerza que generará stagflación. Ojalá que no, no quiero que ocurra, existe la
posibilidad de evitarlo, pero se están enredando mucho.
—¿Deberían elevarse las tasas de interés para controlar el nivel de inflación?—En política monetaria si no se maneja el tipo de cambio se deben manejar la tasas de
interés, como en todo el mundo. Si el Banco Central empieza a aplicar un torniquete monetario, las
tasas van a ser más altas. Pero depende de quién aplique el torniquete monetario, si es muy creíble
subirán primero, pero luego bajarán. Si en EE.UU. aplican un torniquete, mientras las tasas de
interés de corto plazo suben, las de largo bajan porque la gente predice que va a haber menos en el
futuro. Aquí sería bueno porque empezaría a haber crédito de mediano o largo plazo, que hoy no
existe.
—Lavagna y Ud. coinciden en algo: el principal motor de la salida de la crisis de
2001/2002 fue la paciencia de la gente. ¿Esa paciencia llegó a su límite?
—Estamos acercándonos a un límite porque la gente tiene paciencia cuando también ve que
los problemas son inabordables, pero a medida que algunos problemas se van resolviendo piensan:
“¿Por qué el mío no me lo resuelven? ¿Por qué a mí me postergan?”.
—¿Cómo se mejora la distribución del ingreso?
—
Colocando los impuestos, la estructura del gasto público y la gestión gubernamental
focalizada en cuestiones clave como educación, salud, seguridad. Esos son los instrumentos
clave. Si se utilizan el tipo de cambio o los salarios por decreto o impuestos distorsivos como las
retenciones, se hace que funcione mal el diseño de la capacidad productiva y la eficiencia de la
inversión. Así se termina quitándole a todos y cuando se les quita a todos, se les quita
proporcionalmente más a los pobres.
El problema de Kirchner y
cualquiera que siga con esta forma de economía, es que han vuelto a transformar el tipo de
cambio, salarios, precios e impuestos distorsivos en herramientas de redistribución. Para
colmo, a principios de 2002, lo utilizaron para provocar una redistribución regresiva, y hay mucha
gente diciendo: “Señores, reparen aquello y utilícenlo para beneficio de los pobres”,
con lo cual el grado de exigencia y reclamo social va a ser muy fuerte y muy justificado, porque
previamente se utilizaron esos instrumentos en contra de los pobres y trabajadores. Mientras se
enredan en estas confrontaciones, descuidan la eficiencia en la educación y la salud. También, al
no recurrir a la baja de impuestos al trabajo, claramente perjudican a los trabajadores y a los
asalariados, porque lo que los empresarios tienen que pagar como impuesto al trabajo se transforma
en menor salario de bolsillo aunque figuren pagándolo los empresarios.
—El desempleo es una de las formas más gravosas de distribución regresiva del ingreso,
¿no se siente responsable de que la convertibilidad haya generado el mayor hiperdesempleo de la
historia?
—No, el desempleo lo generaron, básicamente, la reestructuración real de la economía
que sobrevino de las privatizaciones y el no haber encontrado mecanismos de salvaguarda frente a la
devaluación de Brasil en enero de 1999. Posiblemente también generó algo la sobrevaluación del
peso, pero no le atribuiría al tipo de cambio fijo la responsabilidad principal del desempleo,
porque los salarios de la economía informal siempre fueron flexibles y de hecho bajaron en momentos
de crisis. Sin embargo, no aumentó significativamente el empleo porque no hubo creación e inversión
de nuevas empresas, el país ya estaba en un clima recesivo. Si hubiéramos dispuesto de formas para
sacar al país de la recesión, hubiera aumentado el empleo. El hecho de que el tipo de cambio fijo
no nos permitió utilizar la política monetaria suficientemente proactiva y pudo haber agregado
puntos al desempleo, eso sí lo concedo.
—Después de la crisis de 2001, ¿alguna vez lloró a causa de ella?
—No recuerdo, pero sí el estar angustiado.
Hubo momentos en que me sentía deprimido. Quizás con ganas de llorar, pero no
recuerdo si lloré. Sí sentí una congoja muy grande.
—Trate de recordar, ¿lloró o no lloró?
—Sí, creo que lloré.
“Se sienta sobre la caja como el Tío Patilludo”
— A Alberto Fernández lo acusan de cavallista porque militó en su partido.
—No, al que deberían acusarlo es a Kirchner. Alberto estuvo conmigo como mandatario de
Kirchner y siempre lo recibí como hombre de él.
Kirchner me apoyó tanto en la candidatura presidencial como en la candidatura a jefe de
Gobierno,
y Alberto Fernández entró en la
lista no porque yo tuviera una relación especial con él ni porque fuera cavallista
sino porque era parte del apoyo de los peronistas que estaban con Kirchner. Lo mismo que Jorge
Argüello, que estaba en mi lista, porque era hombre de Duhalde y había otros que estaban con
Ruckauf.
—¿Por qué lo apoyaba Kirchner?
—En el momento que las encuestas daban que ya ganaba De la Rúa en primera vuelta,
Kirchner me llamó y llamó a Duhalde y nos reunió en un restaurante, estábamos nosotros tres y
Armando Caro Figueroa, que era mi candidato a vicepresidente, y Kirchner propuso que Duhalde
hablara con Ramón Ortega y le pidiera un paso al costado. Y que yo fuera candidato a vicepresidente
de Duhalde pensando que los votos que yo tenía y los de Duhalde se sumaban. Y en esa cena yo les
dije que hacíamos el negocio de los pelones porque estaba seguro de que la gente que me votaba no
iba a votar a Duhalde.
—¿1 más 1 termina siendo 1,80 y no 2,20?
—Claro, hicieron una encuesta y dio que la fórmula Duhalde-Cavallo sacaba apenas el
43%. No debe sorprender que haya mucha gente que estuvo conmigo que esté con Kirchner, pero en
realidad ya estaba con Kirchner de antes. Y además también me apoyó Menem en el 2001: fue cuando
Scioli fue candidato en nuestra lista.
—¿En qué se parecen y en qué se diferencian Menem, Duhalde y Kirchner?
—
El que creo que tiene carisma y dotes de conductor es Menem, muy por arriba de Duhalde o de
Kirchner. Menem tenía una llegada natural a la gente. Lo de Kirchner es muy forzado y
ayudado por las circunstancias. Duhalde es un gran dirigente y se parece a los radicales, sabe
hacer aparatos.
—El opaco Stalin manejando el aparato le ganó al brillante Trotski.
—Claro.
—¿Y en qué los supera Kirchner?
—Kirchner y Menem tienen algo en común: gran
coraje y gran determinación.
—¿Qué no tiene Duhalde?
—A Duhalde no lo caracteriza el coraje.
Menem es más intuitivo que Kirchner. Estoy sorprendido por los errores de
conceptualización de Kirchner, nunca hubiera creído que en economía se iba equivocar tanto.
—Pero va a arrasar en octubre.
—No puedo juzgar eso. A Kirchner lo pueden perjudicar más las huelgas de los docentes y
el conflicto que se está planteando en varias provincias, incluida la de él, que lo que dicen los
comentaristas de la baja calidad institucional. La calidad institucional de Argentina se deterioró
de una manera terrible, pero eso para la gente en general no cuenta. Sólo cuando perciba que sus
problemas se agravan y no se resuelven va a perder la confianza en Kirchner.
—¿Kirchner hace un gobierno de izquierda?
—Lo que está haciendo es una
política estatista. Un estatismo muy primitivo y anticuado porque no se fija en
reglas de juego sino en decisiones casuísticas imposibles de predecir. En economía no se puede
decir que eso es una actitud izquierdista. Hay liberales de izquierda que entienden muy bien la
economía, por ejemplo Romano Prodi (primer ministro de Italia) o Tommaso Padoa-Schiop-
pa, actual ministro de Hacienda (Italia), que está desregulando y liberalizando la economía.
—¿Y eso es de izquierda?
—Claro. Si consideramos que una economía de privilegio o de protecciones excesivas es
de derecha, sí: lo que está haciendo Prodi es de izquierda. Es muy difícil argumentar que ésta (la
de Kirchner) sea una política de izquierda. Posiblemente sí lo sea en términos culturales, o en
temas de derechos humanos.
—Muchos creyeron que su silencio de años era una señal de respeto hacia Kirchner, a
quien asesoraba desde ese silencio.
—No,
yo nunca asesoré a Kirchner. Nunca tuve contacto con él ni con su gente.
Tampoco tuve contacto con la oposición porque me considere un “no actor”
político.
—¿No habló nunca con el Presidente?
—No, nunca hablé.
—¿Y con algún enviado?
—Tampoco.
—Dada la preocupación de Kirchner por “la caja” y no sólo el déficit cero
sino ya el superávit, ¿ha sido él más cavallista que usted mismo?
—No. Lo importante no es cómo se maneja la caja sino el presupuesto, y no sólo los
presentes sino los futuros. Siempre tuve en mente un control del gasto público y del déficit fiscal
pero no como una medida para un trimestre sino como un sistema permanente. Kirchner está en las
antípodas mías porque él está sentado sobre la caja del día a día, como el “Tío
Patilludo”, contando cuántos dólares tiene en el Banco Central o cuánta plata ha dejado de
gastar y cuánto ha recaudado, pero no les presta atención a los efectos de mediano y largo plazo.
—¿Es cortoplacista?
—Lo de Kirchner es muy parecido a lo del Fondo Monetario Internacional
(FMI). Mis discusiones con el FMI eran porque quería que hiciéramos cajas cada trimestre y
no les interesaba lo que iba a pasar uno, dos, tres o cuatro años después. En este sentido Kirchner
es más fondomonetarista que el FMI.
—¿Usted rompió con el FMI en 1996?
—Romper no, yo quise no estar condicionado por las restricciones que nos ponían en el
segundo semestre del ’94 y como en ese momento no necesitábamos recursos de ellos... Pero
después vino el “efecto tequila” y tuvimos que acelerar el proceso de discusión y
aprobación de la Ley de Seguridad Provisional. No rompo con las instituciones.
—¿Hizo bien Kirchner en pagarle anticipadamente al Fondo?
—Fue una
decisión absurda, porque él dice que le pagó para salir de los condicionamientos
del Fondo pero sobrecumplió cualquier condicionamiento del Fondo con superávits primarios
altísimos. En lugar de pagarle al Fondo, debió haberles dado solución a todos los reclamos
justificados sobre el gobierno argentino empezando por los jubilados.
—Si hubiera que señalar un “enemigo” que combatió en sus dos gestiones fue
el gasto público provincial. La devaluación, las retenciones y los nuevos impuestos transfirieron
enormes recursos de las provincias a la Nación y permiten su superávit. ¿Qué opina de esta nueva
situación Nación-provincias?
—Kirchner tiene la gran suerte de que no hay un Kirchner del otro lado del mostrador,
porque ha revertido todo el proceso favorable a las finanzas provinciales que habíamos puesto en
marcha nosotros, y que había sido peleado por Kirchner a favor de las provincias. El aprovecha para
construir poder nacional todos los impuestos que se han agrandado por las retenciones.
—¿Y Menem no usaba esa chequera?
—Nunca de esa manera. El que usaba la chequera era Brodersohn en la época de Alfonsín,
y a mí me indignaba que fuera al Congreso y que para sacar una determinada ley le diera plata a La
Rioja y no se la diera a otra provincia... Menem había hecho mucha campaña a favor del federalismo.
El se sentía federalista aunque se daban algunas con concesiones, por ejemplo a La Rioja la trataba
mejor que a Catamarca...
—Pero usted mismo criticaba la indisciplina fiscal de las provincias.
—Menem usó el crédito bancario a las provincias en los años ’97 a ’99,
también lo utilizó Duhalde para su propia provincia y esa competencia entre los dos y el hecho que
le aflojaban a un gobernador sí y a otro no dependiendo de cuán cerca querían tener a ese
gobernador para sus respectivos proyectos, fue generando este problema de deuda enorme de las
provincias con el sistema bancario. Reconozco que Kirchner algo tenía que hacer para construir
poder federal porque los gobernadores, en la última parte del gobierno de De la Rúa, se
transformaron en un poder autónomo y hubo una cuasi anarquía, y el poder presidencial estaba
totalmente desvalorizado. Kirchner tuvo mucha habilidad para disciplinar a los gobernadores y en
eso hay que sacarle el sombrero.
“Menem le tenía gran desconfianza a Kirchner”
—¿Siendo ministro aconsejó a Kirchner depositar en el exterior los fondos que Santa
Cruz cobró por la venta de YPF?
—
No, yo le aconsejé a él, como a todos los gobernadores, gastar sólo la renta de esos fondos
y preservar el capital, dado que los habían obtenido por un recurso natural: el petróleo.
Mi consejo fue incorporar a los presupuestos anuales de las provincias sólo la renta (los intereses
de ese capital) y mantener el capital como un recurso que así se tornaría renovable
permanentemente.
Kirchner fue uno de los pocos, casi el único, que me hizo caso en ese sentido.
Ahora: dónde invertir ese capital, si en la Argentina o en el exterior, en qué tipo de títulos, es
algo sobre lo cual nunca me consultó y sobre lo que yo nunca le di ningún consejo. Al contrario, en
julio de 2001 cuando habíamos entrado en una crisis muy grande y tuvimos que pedirles a empresarios
que aportaran US$ 1.000 millones para formar un fondo para asistir a las provincias que estaban
endeudadas y pedimos también dinero al FMI,
llamé a Kirchner y le pedí que trajera los
700 millones que yo creí que tenía por entonces y que los integrara a un fondo que él
manejaría, o sea, le propusimos designarlo administrador de ese fondo como símbolo de su
buen manejo presupuestario provincial. Ese fondo se integraría no sólo con los que manejaría sino
también con los que venían de los organismos multilaterales más los que ponían los empresarios:
Kirchner iba a conducir una especie de Fondo Monetario Interprovincial, o sea, iba a manejar la
relación con las provincias, para ayudarlas a reestructurar sus pasivos y a salir de la situación
de endeudamiento en la que estaban.
Él me dijo que lo iba a pensar y semanas
después me llamó y respondió que no, que no estaba dispuesto a poner ese dinero
porque en definitiva iba a ir a las provincias que no habían tenido la prudencia de administrar
bien sus recursos, en particular él era muy crítico de la provincia de Buenos Aires y tenía razón
en ser crítico, pero no quiso traer esos fondos.
—Usted creía que tenía US$ 700 millones. ¿Sobre qué base hizo ese cálculo?
—Habían cobrado un poco menos de 600 millones, pero como cobraron una parte en acciones
de YPF a US$ 19 y varios años después se las vendieron a Repsol a US$ 40, así que yo calculé que lo
que recibieron fue del orden de los US$ 700 millones. Yo sabía por Kirchner que él todos los años
transfería la renta de ese capital, los dividendos o los intereses que le pagarían, y los
transfería al presupuesto provincial. En una oportunidad le pedí a un ayudante que mirara los
presupuestos de Santa Cruz y efectivamente había una cifra a veces de 30 millones, otras de 40
millones, de esos ingresos
. Lo que no está claro es qué pasó con el capital, cómo lo administraron, cómo lo
invirtieron y dónde está ese capital hoy.
—¿Le genera desconfianza tanta oscuridad sobre ese tema?
—¿Por qué esconder esa información? Y si hubieran perdido, por ejemplo por haber
comprado bonos de algún país que entró en default, sería cuestión que lo hagan conocer y la gente
lo entendería. El hecho de que no hayan explicado quién manejó, cómo manejó y cuáles fueron las
rentabilidades obtenidas se ha prestado a esta discusión. Es una lástima. Mi consejo, eso ya no se
lo di personalmente a Kirchner sino que en el momento que se discutía este tema, antes incluso de
la campaña electoral del 2003, fue: “Transparencia, den toda la información” .
—¿Qué pensaba Kirchner de la convertibilidad mientras usted era ministro?
—Fue uno de los grandes defensores de la convertibilidad, incluso la seguía
defendiendo en enero y febrero de 2002. Creo que no estaba equivocado entonces, ni estaba
equivocado en enero y febrero del 2002 cuando le rechazó a Duhalde el ofrecimiento de ser jefe de
Gabinete precisamente porque estaba en total desacuerdo con la devaluación y la pesificación y esa
forma desordenada de abandonar la convertibilidad.
—¿Qué pensaba Kirchner de las privatizaciones mientras usted era ministro?
—Era muy favorable, el privatizó el Banco de Santa Cruz, antes incluso de que el banco
tuviera problemas. Otros gobernadores los privatizaron después que tenían problemas prácticamente
irrecuperables.
—¿Y respecto específicamente de la privatización de YPF?
—Fue uno de los que más ayudó al Gobierno Nacional a que saliera la ley que autorizó la
privatización de YPF –no me estoy refiriendo a la compra por parte de Repsol sino la oferta
pública que se hizo de acciones- porque él entendía que si alguna provincia quería comprar acciones
o quedarse con acciones como él mismo se quedó, podía hacerlo. Incluso cualquier empresario
argentino que quisiera comprar acciones de YPF, podría comprarlas, o sea, que hubo oportunidad para
todo el que quisiera ser copropietario de YPF, por supuesto había que pagar el precio.
—¿Qué decía Kirchner de Menem en las reuniones que mantuvo con él en los 90?
—Menem nunca se llevó bien con Kirchner ni Kirchner con Menem. En realidad
Menem le tenía gran desconfianza, pero la desconfianza que le tenía no era porque
Kirchner no apoyara las políticas nacionales o las privatizaciones. Menem le tenía desconfianza
porque no le gustaban algunas actitudes de Kirchner,
lo veía demasiado peleador y exigente respecto de muchas cosas a favor de su
provincia y tenía un estilo de discusión que aparentemente le chocaba a Menem. Yo a la excesiva
contundencia de los pronunciamientos de Kirchner no le daba importancia en la medida de que el
reclamo fuera razonable y legítimo. Y debo decir que ojalá hoy los gobernadores tuvieran a alguien
como Kirchner bregando por el federalismo argentino. El junto con otros gobernadores como Rodríguez
Saá, Puerta, Romero y Marín, planteaban que el Fonavi debía distribuirse automáticamente entre las
provincias y deberían ser las provincias las que manejaran los Fondos para Vivienda, y que todos
los fondos de política social se distribuyeran según una regla entre las provincias y además
consiguieron que el régimen de coparticipación incorporara mínimos obligatorios a favor de las
provincias y una serie de cuestiones que hacía que la Nación no tuviera poder discrecional para
darle a una provincia y quitarle a otra. Todas las modificaciones que se fueron introduciendo se
plasmaron en los “pactos federales fiscales” que luego fueron leyes. Primero se hacía
una reunión de gobernadores, venían los ministros de Economía y se discutían todos los temas. Ahí
las discusiones eran muchas veces muy fuertes, pero luego se llegaba a un acuerdo, lo firmaban
todos los gobernadores y después se mandaba al Congreso.
—¿Menem les daba más importancia a las formas de Kirchner mientras que a usted sólo le
preocupaba que estuviera de acuerdo con la cuestión de fondo?
—Menem, como buen político que es, le da mucha importancia al tema de los gestos, de
los discursos, de lo que la gente dice. Y se fija si la gente dice lo mismo adentro de la reunión
que afuera cuando habla en el micrófono. Yo a estos aspectos no le prestaba atención en ese
momento. Yo le prestaba atención a la cuestión de si el gobernador hacía un reclamo legítimo o no,
si lo hacía con inteligencia y si la solución que proponía era eficiente o no era eficiente.
—¿Y hoy, después de 15 años, le presta atención?
—La coherencia entre la comunicación y la acción es muy importante. Yo era ministro de
Economía y además estaba embarcado en promover una reorganización institucional de la economía
argentina, entonces a mí me interesaba mucho el intercambio de ideas.
—¿A Menem lo que más le irritaba de Kirchner es que dijera algo en privado distinto de
lo que se decía en público?
—Sí, pero creo que no era sólo eso, también el hecho de que Kirchner reclamara mucho y
con mucho énfasis.
—¿Y qué le decía Kirchner de Menem en esos años?
—Mientras yo estuve en el gobierno de Menem no había gran confrontación entre ellos,
como Kirchner tenía muy buen diálogo conmigo y en general los reclamos que él hacía eran legítimos,
terminaban siendo aprobados.
—¿Qué le decía en privado?
—Tuve muchas conversaciones con Kirchner, lo mismo que con Duhalde y con muchos
dirigentes después que me fui del Ministerio y sobre todo el último año, en el ´95, ´96 cuando
empecé a tener mis propios enfrentamientos con Menem por el tema Yabrán y por otros temas, y ahí en
general Kirchner, lo mismo que Duhalde, me daban la razón a mí.
—¿Kirchner las hacía sólo en privado?
—No, Kirchner las hacía más en público que el propio Duhalde.
—¿Cuál fue la diferencia entre Kirchner y Duhalde a la hora de criticar a
Menem?
—
Kirchner, y en particular la esposa de Kirchner, Cristina, empezó a ser muy crítica de
Menem en los años ´97, ´98 y ´99, incluso entiendo que en el bloque de senadores ella
estaba marginada en esa época. Hay que reconocer que la confrontación Kirchner-Menem viene de
lejos, pero no por temas económicos, yo creo que más bien por cuestiones políticas. En el año ´96,
después que yo me fui del Ministerio, Menem derogó un decreto que habíamos hecho antes a pedido de
Kirchner y que para él era muy importante: una gran zona franca para un conjunto de ciudades de
Santa Cruz para ponerlas en una situación no muy diferente a la zona franca de Tierra del Fuego.
Cuando Menem se lo derogó, Kirchner quedó muy herido con él. Las críticas que Kirchner le hacía a
Menem durante el ´96, ´97, ´98 y ´99 eran las mismas que yo le hacía a Menem y hasta el mismo
Duhalde en cierta medida. Duhalde estaba enfrentado a Menem por el tema de la re-reelección, claro
que Duhalde no tenía autoridad moral para criticarlo, por el descontrol fiscal que se estaba
produciendo en su provincia. Kirchner sí tenía autoridad moral para criticarlo.
—¿Entonces el discurso actual de Kirchner coincide con el de los años 90?
—Respecto del Menem político, sí. Pero
nunca lo escuché durante los 90 tener una opinión enfrentada por el tema de
derechos
humanos, eso es un discurso que Kirchner adoptó después que ganó el poder en la
Argentina. Lo mismo que sus críticas a las privatizaciones: yo nunca lo escuché antes
hacer una crítica.
—¿A qué atribuye esos cambios de opinión de Kirchner?
—Yo tengo mi propia interpretación de qué fue lo que pasó con el pensamiento de
Kirchner en materia económica.
Lavagna le vendió un
libreto que Kirchner compró. Para mí el libreto que hoy predica Kirchner es el
libreto de Lavagna. Ahora, ¿por qué lo compró Kirchner? ¿Kirchner compró ese libreto porque la
economía ha estado creciendo y el problema de la desocupación se fue resolviendo y la gente parece
estar muy contenta con lo que está pasando en materia económica, o por oportunismo? No sabría
calificarlo porque no puedo saber si está confundido y no percibe que la bonanza internacional ha
permitido que se produjera esta expansión de la economía de los últimos cuatro años, en parte
gracias a la capacidad productiva que viene de la década del noventa, o ese discurso sobre el nuevo
modelo productivo le sirvió hasta ahora y no lo va a cambiar frente a una campaña electoral.
—¿Y respecto a los derechos humanos?
—A lo mejor
en la década del 90 Kirchner directamente no quiso hablar del tema. Nunca lo
escuché criticar a Menem por los indultos o por las medidas que tomaba en ese sentido. Sí es cierto
que él estuvo en contra del acuerdo con Chile por los hielos continentales. Pueden ocurrir dos
cosas: que él no haya estado de acuerdo con la política de Menem pero viendo que no tenía poder
para revertirla haya optado por no decir nada y que cuando tuvo poder decidió llevar adelante su
pensamiento y explicitarlo totalmente, o que por alguna razón cambió la forma de pensar.
“Perdí un poco de seguridad en mi capacidad”
—Para alguien cuyo rasgo fue la precocidad, presidente del Banco Central a los 35
años, ministro de Economía a los 44, ¿lo cambió haber cumplido 60 años?
—Ahora tengo nietos. Lo que me cambió la percepción de la vida no es la edad sino la
experiencia.
Perdí un poco de seguridad en mi
capacidad: antes creía que conocía todo lo que se necesitaba para resolver los
problemas y, a medida que he tenido más experiencia y tiempo para reflexionar y para leer,
llego a la conclusión de que uno sabe mucho menos de lo que necesitaría.
—¿Qué impresión le da ver en fotos un Menem rubio-canoso?
—No las he visto.
—¿Se psicoanaliza o se psicoanalizó?
—Nunca me psicoanalicé. Siempre me preguntan, a lo mejor valdría la pena. Nunca tuve
tiempo ni sentí la necesidad. Hay tanta gente que dice que se psicoanaliza y que le ayuda que lo
podría considerar.
—Dado que la esposa del reconocido psiquiatra Marcos Aguinis fue compañera suya de
secundaria, ¿nunca buscó acercarse para consultarlo?
—A través de Marita, su esposa, yo conocí a Marcos cuando yo era estudiante y Marcos ya
era médico psiquiatra. Después ellos se fueron a vivir a Río Cuarto y desde que ganó el Premio
Planeta prácticamente se dedicó a la literatura y nunca se me ocurrió preguntarle sobre
psiquiatría. Pero no es una mala idea.
—¿Qué piensa sobre su propio carácter?
—Hubiera ayudado ser un poco más paciente, menos ansioso. Haber sido más reflexivo,
menos temperamental. Lamentablemente uno es como es. Si yo hubiese sabido que el análisis
con un analista era una forma de atemperar un defecto de mi personalidad o de mi temperamento, lo
hubiera hecho en la época. Muchos de los problemas que yo tenía se han ido resolviendo con el
tiempo. Yo antes era muy impaciente, muy ansioso, ahora tengo paciencia y no soy tan ansioso.
—¿Por qué cree que muchos lo acusan de loco?
—
Pienso que porque era tan vehemente y tengo un poco de ojo exoftálmico: como que están
salidos de las órbitas. La combinación de todas esas cosas llevó a pensar a la gente que
estaba rayando la locura.
—Sus conocidos sostienen que uno de los rasgos más característicos de su personalidad
es que cuando tiene una idea persevera hasta concretarla. ¿Alguna vez le dijeron que era
monomaníaco?
—Perservero hasta concretarla o hasta que veo que estaba equivocado.
—¿Alguna vez le dijeron que era obsesivo?
—Muchas veces lo he escuchado.
—¿E hiperkinético?
—La que me decía hiperkinético era mi mamá. Me había puesto un sobrenombre,
“Refusilo” o “Relámpago”, porque yo desplegaba tanta energía y de repente
no me encontraba donde tenía que estar.
—Si fuera un chico en la actualidad le estarían prescribiendo Ritalin para el Trastorno
de déficit de atención.
—Tenía mucha actividad e inventaba algo nuevo para hacer, además movilizaba a otros
chicos del barrio para hacer cosas, desde juegos a carrozas de carnaval, fiestas del deporte. Tenía
mucha energía.
—¿Y de grande le dijeron que era ególatra?
—Mi esposa siempre me dice que yo hablo demasiado y que escucho poco, por ejemplo
cuando estamos en una mesa. Me lo ha dicho tantas veces que ahora trato de escuchar más y hablar
menos.
—¿Alguna vez pensó que fracasó en 2001 porque su problema fue creérsela?
—Sin dudas me pasó en 2001. Yo creí que podía algo que finalmente la realidad probó que
no podía. O sea esto sí me lo marcó siempre mi esposa con gran sabiduría y percepción, ella muchas
veces me dijo que yo estaba sobreestimando mi propia capacidad y mi propia fuerza.
“En Capital voto por Macri y para presidente a Carrió”
—En 1999 obtuvo 2 millones de votos y fue la tercera fuerza, ¿a qué candidato fueron
esos votos en 2003 y a cuál irán en octubre?
—En 2003 fueron a López Murphy, y en la Ciudad, a Macri. Ahora pienso que
aún no hay un candidato a la Presidencia que ocupe el espacio que yo ocupaba. A lo mejor si López
Murphy lo fuese, y
seguramente si fuera Macri de candidato, la gente que en aquel entonces me votó a
mí
, votaría a Macri o a López Murphy. Pero también pienso que algunos que me votaron pueden
llegar a votar a Carrió, aunque parezca contradictorio. En esta coalición cívica que está
armando están Patricia Bullrich, María Eugenia Estenssoro y líderes de la comunidad, que en aquel
entonces votaron por mí.
—¿Tiene razón el Gobierno al decir que Carrió se está derechizando?
—Primero, yo
nunca me consideré un candidato de derecha, siempre me consideré un
liberal pragmático. Lo de derecha en la Argentina hay que ver a quién se aplica:
si dentro de la derecha incluimos el autoritarismo, diría que los que hoy dicen “ser
progresistas” dentro del Gobierno se parecen mucho a las derechas autoritarias. Carrió, por
la gente de la que se está rodeando, avanza hacia un liberalismo que no va a ser dogmático. Además,
es una coalición con intelectuales como Sebreli, Kovadloff, que habían estado con López Murphy en
2003.
—¿Macri puede ganar?
—No estoy muy seguro pero, lo que si sé es que la Ciudad va a tener un buen intendente.
Va a estar entre Macri y Telerman, y los dos son buenos candidatos.
—¿Por quién votará?
—Votaría por Macri, pero no tanto por la Ciudad sino por la señal que se
enviaría a nivel nacional. Creo que en el caso de Telerman no está claro si este alineamiento con
Carrió se hace en función de que Carrió ha cambiado o Carrió sigue siendo la misma dirigente del
pasado. A mí lo que no me gusta de Carrió es su apego a la acusación indiscriminada y a la mentira
que yo, por ejemplo, padecí.
—Si le ofreciera sumarse a la coalición, ¿aceptaría?
—Imposible que ella me lo ofrezca e imposible para mí sumarme porque hemos tenido una
confrontación demasiado fuerte. Yo le deseo suerte, ojalá logre lo que dice que quiere lograr. En
este momento, pienso que sería bueno que hubiese una alternativa que creo va a surgir si Macri gana
la Ciudad. No porque Macri vaya a ser candidato a presidente pero imagino que, desde la Ciudad,
puede apuntalar a un candidato que abra o que mantenga abierto un espacio que sea el que en 2009 o
2011 aporte una alternativa.
—
Imaginemos que los candidatos de octubre son Kirchner, ya sea Néstor o Cristina, Lavagna y
Carrió. ¿Usted votaría por Carrió?
—Sí, entre estos tres
voto por Carrió.
—En 2005 quiso volver a ser candidato a diputado y desistió rápido...
—Hice un cálculo costo-beneficio. Yo no iba a llegar a ser diputado porque no tenía
votos suficientes, sí podría haber logrado un legislador...
—¿Cree que se convirtió en mala palabra para siempre o que podrá volver a la política
alguna vez?
—Tengo grandes dudas,
es muy difícil contrarrestar toda la campaña en contra. A pocas personas han demonizado
como a mí. Pero tengo la tranquilidad de poder pensar sobre el futuro y hablar sin tener
que considerar
“mi futuro político”, porque ya no existe.
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